Tamara Tenenbaum traduce los libros que quiere volver a leer con más cuidado. Por gusto y por encargo. Para cada traducción, encuentra un método, según el tono, la forma, el tema de la obra a traducir, y lleva una bitácora sobre los hallazgos, las decisiones, lo que ese texto en otro idioma le va haciendo pensar en su lengua madre.
Cuando le encargaron en 2022 la traducción del clásico de Virginia Woolf, Un cuarto propio, Tenenbaum recuperó las ideas que había dejado en esa bitácora y escribió el ensayo Un millón de cuartos propios, que ganó el Premio Paidós 2025 y que presentó en la Feria Internacional del Libro de Montevideo hace una semana.
En Un millón de cuartos propios, la escritora, guionista y docente argentina funge de médium para sintonizar “el espíritu del libro”, cuya tesis principal es que, “para escribir literatura, una mujer solamente necesita un cuarto propio y un ingreso que le permita subsistir con independencia”. Tenenbaum revisita ese texto feminista de 1928, lo aggiorna, lo hace dialogar con la coyuntura, lo vuelve –aún– más contemporáneo. Así, el libro pivota entre ejes como trabajo, tiempo, dinero.
¿Qué toma Tamara de Virginia? El ensayo de una afirmación sabiendo que es provisoria: “Su forma central de pensar es contar las circunstancias en las que algo se le ocurrió y llevarnos de la mano por ese camino con mente y cuerpo”. El uso de la primera persona como demostración de “autoconfianza para descubrir y pensar el mundo”, antes de la “academización de todo”, de tener que citar una decena de autores para validar el pensamiento propio. “La valentía de escribir lo que estaba pensando, explorar territorios y temas, animarse a equivocarse y decirlo”.
En la coda de Un millón de cuartos propios contás que estás releyendo la novela Orlando. ¿Por qué leer hoy a Virginia Woolf?
Una hipótesis posible es que Virginia ha envejecido mucho mejor que otras autoras feministas porque es de las más queer que tenemos, y porque su pensamiento de lo queer es muy posmoderno. O sea, Orlando tiene una idea de la identidad muy superadora, incluso muy superadora de pensar lo queer hoy: el personaje un día es varón, otro mujer, no importa tanto. Esa forma liviana, en el sentido de atrevida, de pensarlo. Y así piensa todo ella, creo. Es muy atrevida en su forma de pensar lo queer, pero también la relación de las mujeres con el trabajo, la relación de las mujeres burguesas con las mujeres trabajadoras; todo lo piensa de una manera muy atrevida. Se atreve a hacer preguntas, se atreve a equivocarse, se equivoca y lo vuelve a pensar. No le tiene miedo a la incorrección política ni está pensando en pedir disculpas por lo que piensa.
Hay una imagen que pegó muy fuerte sobre Virginia Woolf, que es su languidez, su figura melancólica, su suicidio. Sin embargo, en tu ensayo recuperás una figura activa.
Virginia Woolf tiene ese problema que pasa con las figuras que se suicidaron: sus vidas quedan muy opacadas por lo que sabemos de sus muertes. Por cierto que en Un cuarto propio hay rastros de esa subjetividad difícil, de una personalidad melancólica, pero también hay rastros de una persona muy vital, muy divertida, muy juguetona. En Un millón de cuartos propios intenté destacar, más que su melancolía, la vitalidad. Eso pasa con los autores que se suicidaron: los años que vivieron, los vivieron a pleno.
En ese movimiento de rescatar la vitalidad de Woolf, recuperás el ensayo como forma de pensar y la traducción como otra forma de ensayo. Ensayar, probar, en una contemporaneidad donde pareciera que no hay tiempo para equivocarse, para permitirse el error. Donde todo es mostrarse: en redes, en streaming, en fotos que tienen que quedar bien. ¿Cómo fue para vos volver al género ensayístico? ¿Cómo estimular para que haya más ensayos?
Creo que hay muchos ensayos dando vueltas, pero muchas veces atados a la actualidad, a la agenda, al tema de moda. Y eso creo que termina siendo muy plano. Cuando doy talleres de ensayo, de crónica, de no ficción, les digo a los estudiantes que piensen en un tema que a ellos les interese, no uno que parece interesante ahora. Piensen en un tema que no esté de moda, a ver qué pasa. Porque uno descubre cosas cuando escribe sobre temas que no están de moda. Por supuesto que eso es muy difícil porque la batalla de esta época es por la atención: que te pongan like por tu nota, que te pongan un título para el clickbait. Y la gente está pensando en cómo pegarla, pero eso es muy destructivo para el pensamiento, para la originalidad, para la novedad. Los buenos ensayos tratan sobre cualquier cosa, esos autores tienen su propia agenda, sus propias preocupaciones, y eso necesariamente conecta con “lo actual”. Hay que pensar que la conexión con la actualidad es lo que está dado, vos ya vivís en este mundo, es imposible que no estés conectado con “acá”. Lo difícil es estar conectado con otra cosa. Si faltan autoras publicando, es porque todavía algunas siguen pensando que no están a la altura; eso ya no lo veo en las más jóvenes, ya no le tienen miedo a presentarse, son más mandadas, se animan.
En el libro remarcás que el feminismo –así, en singular– no es una comunidad, sino un colectivo, y “requiere que aprendamos a encontrarnos porque no vivimos juntas”. ¿Cómo recuperar lo colectivo en el movimiento feminista, en un momento donde parece muy disgregado, aun considerando que se realizó el 39° Encuentro Plurinacional de Mujeres y Disidencias?
Pienso que el feminismo es una fuerza que hoy está detrás de muchos reclamos. Hay algo que pasó durante el reclamo del aborto, que se transmitió a reclamos como el de la Universidad, la Ley de Tierras, una sensación de una participación ciudadana que va más allá de las pertenencias partidarias. Ese ir más allá no significa ir en contra de los partidos políticos, porque la mayoría de esas personas no está en contra de los partidos, pero sí buscan acuerdos más amplios. Y ese creo que es el legado más grande del feminismo argentino en la política, que no es poco. Una noción de participación ciudadana que no estuvo tan presente en los años previos. La pregunta es cómo se puede traducir en política electoral. Hay ciertas causas que están logrando aunar a un montón de gente, la pregunta es si después toda esa gente se puede sentir representada por un candidato. No me queda tan claro.
Sobre el dinero: en Un millón de cuartos propios decís que “el tabú del dinero es el tabú de la desigualdad”, que las mujeres no tenemos que quedarnos fuera del discurso sobre el dinero, que “el feminismo tiene que hablar de dinero y, a la vez, desplazar la conversación a otros lugares, poner sobre la mesa valores no medibles económicamente (la comunidad, los afectos, el arte, la cultura, la democracia)”. Es raro seguir teniendo pruritos en torno a hablar de dinero, cuando gran parte de nuestros vínculos –y la vida en sí– está sostenida por el consumo.
Creo que el pudor católico sobre lo que uno gana ya no existe más. Hoy se cuenta lo que uno gana como una forma de ostentación. Pero hay generaciones que se criaron con una cultura del consumo muy grande: pienso en los recitales; nosotras íbamos a recitales donde las entradas no eran tan caras. Siento que la relación entre dinero y placer, o la cultura del entretenimiento, es muy distinta con respecto a hace 20 o 30 años. También me parece muy rara la idea de que yo voy a perder algo si te cuento cuánto gano, cuánto cobré por los derechos de una serie, etcétera. Hay que ser más solidario con los colegas. Todos nos llenamos la boca con “hay que hablar”, pero después nadie quiere decir cuánto gana, ni cuánto cobró. Es incómodo hablar de dinero, porque hablar de dinero es hablar de poder. Hablar de dinero es hablar de esas incomodidades, y a las corporaciones les sirve que no hablemos entre nosotras.
Siempre tuviste un vínculo muy cercano con internet: consumiendo contenidos, analizándolos, siendo publicada y consumida en plataformas con columnas, podcast, series que guionaste. ¿Qué futuro le ves a esta internet llena de superricos, influencers, criptobros?
La cultura de internet está cambiando mucho. No sé cuánto queda del internet auténticamente libertario: el internet de Napster, de la piratería, de los foros, de la participación horizontal. Creo que bastante poco. En parte porque la tecnología ha cambiado y hoy todo tiene dueños, y lo que no tiene dueños está en unos servidores rusos, que no sé cuánto van a durar y que mejor no preguntemos quién los usa y para qué. Internet ahora es de los ricos, de las marcas, de los influencers, de los famosos –que arruinaron internet–: la gente linda no tenía que estar en internet, se tendrían que haber quedado en la tele. No quiero dejar de ser una persona de internet: a mí me sigue gustando Twitter, aunque está absolutamente roto por Elon Musk. Internet está muy empobrecido y eso es muy malo.
Hay que ver cómo reaprender a tomar las máquinas, ¿no? Algo que se puede cruzar con tus preguntas en el ensayo sobre cómo hemos llegado a este nivel de precariedad en los trabajos y cómo podemos recuperar la belleza del trabajo, “el valor del trabajo como forma de inserción en el mundo” y “trabajar de lo que nos gusta”, en vez de pensar en “ganar dinero sin trabajar”.
El progresismo ha dejado de tomar las máquinas. La gente quiere retirarse de la conversación. “La paso mal en Twitter, me voy de Twitter a Bluesky, donde está lleno de no binaries que ni idea”. Me pasó eso [cuando usó Bluesky]. Quizás ya soy una señora, estoy grande y no entiendo nada. Pero tiene que volver la ironía, reírnos un poco. Estamos en un momento de “la huida”: la gente progresista que se retira y arma su quintita y habla solo con sus amigues. Entiendo el “hago la mía” como manera de sobrevivir, pero como estrategia colectiva es muy mala. Si todos pensamos “voy a cuidar mi salud mental, mejor me sustraigo”, ok, pero después no te quejes por quién gana las elecciones, porque vos decidiste retirarte de la conversación, no embarrarte ni pasarla un poco mal. Nunca nadie que participó en la política pudo privilegiar su salud mental; la política es lidiar con gente mala y psicótica.