Fin de semana Conocimiento

Miguel Sierra.

Foto: Inés Guimaraens

Miguel Sierra: el agro “puede ser de los sectores más impactados” por el avance tecnológico

El presidente del INIA afirmó que la innovación no pasa solamente por incorporar tecnología, sino también por evitar que su adopción profundice la concentración y las desigualdades entre productores.

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La transformación tecnológica plantea desafíos para el empleo en el campo, un sector en el que el 51,7% de los ocupados en la fase inicial del rubro agropecuario tiene como máximo primaria completa, advirtió, en diálogo con la diaria, el ingeniero agrónomo Miguel Sierra, presidente del Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria (INIA). “Si la automatización llega antes que la reconversión, el costo se concentra en quienes tienen menos margen para adaptarse”, señaló en el marco del Cuestionario Futuria.

El avance tecnológico también puede profundizar la concentración y la desigualdad entre los productores si el acceso a las nuevas herramientas queda restringido a quienes tienen mayor capacidad de inversión, indicó el también presidente del Consejo Nacional de Innovación, Ciencia y Tecnología entre 2018 y 2021.

“En el mundo hay una reducción muy importante de todo lo que son pequeños productores, agricultura familiar”, advirtió Sierra. Por eso planteó que uno de los desafíos para el sistema de investigación e innovación es establecer procesos que “no sean tan excluyentes”. “Hay que pensar soluciones tecnológicas accesibles, pero también dinámicas para fomentar el cooperativismo y redes vinculares que permitan que las tecnologías que requieren escala se puedan obtener de forma conjunta”, sostuvo.

Si hoy tuviera que explicarle al mundo en qué punto está Uruguay en materia de agregación de valor mediante conocimiento e innovación, ¿cómo lo definiría? ¿Qué indicadores describen la situación del país?

Diría que Uruguay sabe más de lo que se reconoce e invierte menos de lo que necesita. Solemos asociar la agregación de valor por conocimiento con el software o con los servicios globales, que crecieron mucho.

Pero hay otra historia, menos contada. Detrás de cada tonelada de arroz, de cada kilo de carne o de lana ultrafina y de cada litro de leche que exportamos hay décadas de mejoramiento genético, de manejo de suelos, campo natural y pasturas, de sanidad, bienestar animal y trazabilidad, de sistemas de alerta climática y de plagas y enfermedades, de control biológico, de inoculantes que fijan el nitrógeno del aire y de gestión del riego.

Es conocimiento generado durante décadas por la academia, los productores, los técnicos e INIA, y está incorporado en el producto aunque las estadísticas no siempre lo registren así.

Los números ayudan a verlo. Según Uruguay XXI, en 2025 las exportaciones uruguayas de bienes sumaron 13.493 millones de dólares, el valor más alto de los últimos diez años. La mayor parte de lo que Uruguay vende al mundo tiene base biológica y en cada uno de esos productos hay conocimiento acumulado.

Dicho esto, sería autocomplaciente quedarnos ahí. Todavía exportamos mucho producto con escasa transformación y son pocas las empresas que investigan de manera sistemática. En 2023 el país invirtió en investigación y desarrollo el 0,71% de su PIB [producto interno bruto]. Según la ANII, es el nivel más alto de su historia y el segundo de América Latina.

En investigación agropecuaria, un relevamiento de ASTI, publicado por el BID [Banco Interamericano de Desarrollo] en 2025, estimó que la inversión pública en 2023 fue del 1,24% del PIB del sector. Son avances, pero todavía no alcanzan. Tenemos capacidades científicas de calidad, pero el puente entre ese conocimiento y la estructura productiva sigue siendo angosto y, en muchos casos, unidireccional.

¿Qué debería modificarse en el sistema innovador para cambiar la matriz productiva?

Lo primero es reconocer cómo se construyó. Nuestro sistema de innovación creció por acumulación: cada etapa sumó instituciones, fondos y programas, casi todos razonables por separado, pero con una coordinación débil entre sí y con la estrategia productiva. El resultado es un sistema con muchas ventanillas y pocas apuestas compartidas.

Hoy el programa Uruguay Innova busca justamente una mejor articulación y el reto de los próximos años será integrar la Estrategia Nacional de Desarrollo, el proyecto País Industrial y el Plan Estratégico Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación con un rol relevante de la Secretaría Nacional de Ciencia y Valorización del Conocimiento.

¿Qué sectores poco conocidos por el público presentan mejor potencial?

Cuando se habla de sectores emergentes suele pensarse en el software, las industrias creativas o el turismo. Yo quisiera poner el foco en otro lugar, porque me gustaría que como sociedad superáramos la visión del agro como un ámbito atrasado, ajeno al conocimiento y a las transformaciones de nuestro tiempo. Muchos de los sectores con más potencial no están lejos del campo, sino dentro de él, y por eso cuesta verlos.

En lo tecnológico mencionaría cuatro áreas. La primera son los bioinsumos: productos de origen biológico para nutrir cultivos o controlar plagas, que combinan microbiología, formulación y validación a campo. La segunda es la genética animal y vegetal, entendida no solo como insumo para producir, sino como conocimiento que puede licenciarse y exportarse; ahí las biotecnologías modernas, como la edición génica, permiten acortar tiempos y ganar precisión. La tercera son los servicios basados en datos: agricultura de precisión, alertas climáticas, modelos para anticipar rendimientos o riesgos sanitarios . Y la cuarta, quizás la menos conocida, es la medición ambiental: herramientas para cuantificar el carbono en los suelos, la huella de los sistemas productivos o la biodiversidad de nuestros pastizales naturales. Los mercados exigen cada vez más esa evidencia, y quien sepa producirla con credibilidad tendrá una ventaja.

¿Considera que todavía existen prejuicios sobre el agro en parte de la sociedad uruguaya que dificultan reconocer su potencial y su aporte al desarrollo del país?

Sí, yo creo que sí. También hubo cambios. En estos últimos años hay mucha gente que ya percibe que hay una transformación profunda, incluso [el historiador y politólogo Gerardo] Caetano habla de la revolución silenciosa en el agro uruguayo. Pero igual entiendo que todavía quedan temas de prejuicios y de desconocimiento. El ciudadano urbano está cada vez más distante del mundo donde se producen los alimentos y eso a veces atenta contra la posibilidad de conocerlo más realmente. Por tanto, queda mucho por hacer.

¿Cuánto puede estar frenando ese imaginario al desarrollo del país?

Yo creo que es una barrera importante, porque con el agro no alcanza, pero sin él es imposible pensar en un desarrollo de Uruguay. Así que ese prejuicio o no comprensión del mundo rural y agropecuario sin duda ha dificultado integrarlo de forma más activa en las políticas de desarrollo. Cada vez más estamos hablando de bioeconomía, bioindustria, de todos los sectores que están vinculados al agro, que distan de ser obsoletos, artesanales y atrasados.

¿Qué rol juega el interior del país en el cambio de la matriz productiva?

Una parte importante de lo que Uruguay exporta se produce en el interior, pero la mayoría de los empleos intensivos en conocimiento se concentra en Montevideo y su área metropolitana. Esa asimetría es uno de nuestros problemas de diseño más importantes. Si el conocimiento se genera en un lugar y el valor en otro, el cambio de matriz puede ocurrir sin que los territorios se desarrollen: más tecnología en el campo, pero menos gente y escasos servicios y oportunidades para los jóvenes.

El interior tiene un papel que va más allá de producir: es donde las tecnologías se prueban en condiciones reales y donde se descubre qué funciona y para quién. Nuestra experiencia con la investigación radicada en el territorio muestra que la cercanía cambia la conversación: los productores participan en definir los problemas, los técnicos locales se forman en contacto con la investigación y aparecen iniciativas y emprendimientos de servicios que antes no existían.

La descentralización de la Universidad de la República, la creación de la UTEC [Universidad Tecnológica] y el papel de la UTU y de las escuelas agrarias están tejiendo un nuevo entramado en los territorios, pero seguimos necesitando actores de intermediación, lo que se conoce como brokers de innovación, que hagan efectiva la conexión entre ciencia y producción.

A su vez, para que el interior sea protagonista hacen falta condiciones básicas: conectividad de calidad en el medio rural, oferta terciaria vinculada a la producción local, empresas de servicios tecnológicos en las ciudades intermedias y políticas para desarrollar y atraer talento. El cambio de matriz será sostenible si también es un proyecto territorial que involucre oportunidades de vida, esparcimiento, realización y arraigo.

¿Qué trabajos corren el riesgo de desaparecer en Uruguay antes de que estemos listos para reestructurar la cadena de valor?

Prefiero no hacer pronósticos sobre puestos que desaparecen porque la experiencia muestra que la tecnología transforma tareas antes que eliminar ocupaciones completas. En el agro ya lo vemos: el registro manual de datos, algunos monitoreos a campo y ciertas tareas de maquinaria y de clasificación e inspección en la agroindustria se están automatizando con sensores, guiado satelital y visión artificial. Lo mismo ocurre con tareas administrativas y de asesoramiento básico en los servicios vinculados al sector.

Lo que me preocupa es quién hace esas tareas. Según datos de la Oficina de Programación y Política Agropecuaria del Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca, elaborados con la Encuesta Continua de Hogares de 2025, el 51,7% de los ocupados en la fase inicial del sector agropecuario tiene como máximo primaria completa. En el conjunto de los ocupados del país esa proporción es del 23,8%; en el agro es más del doble. En los servicios agrícolas y ganaderos llega al 58,6% y en la agroindustria es del 32%. Esas tareas suelen ser la puerta de entrada al empleo de estas personas, muchas veces en localidades pequeñas y con menor acceso a capacitación y conectividad. Si la automatización llega antes que la reconversión, el costo se concentra en quienes tienen menos margen para adaptarse.

Al mismo tiempo, aparecen tareas nuevas: operar equipos de precisión, gestionar datos productivos, aplicar bioinsumos, monitorear indicadores ambientales. La cadena de valor no necesariamente se achica: cambia de forma. El desafío es anticipar esas transiciones rubro por rubro y territorio por territorio, con información y con formación, en lugar de reaccionar cuando el cambio ya ocurrió.

Usted mencionó que el 51,7% de los ocupados en la fase inicial tiene como máximo primaria completa. ¿Cree que el avance de la automatización y de las nuevas tecnologías puede impactar especialmente sobre esos trabajadores?

Sí, sobre todo en las tareas que requieren menos capacitación. Estos trabajadores son los que potencialmente están más amenazados por las nuevas tecnologías de automatización. Por eso creo que tenemos que plantear una reconversión laboral. De lo contrario, se corre el riesgo de sustituir muchas veces mano de obra que difícilmente podamos ocupar en otras áreas.

¿Se puede decir que el sector agropecuario es uno de los más expuestos al riesgo de que la automatización afecte a los trabajadores?

Sí, en los estudios internacionales es de los sectores que pueden ser más impactados. Se automatiza mucho la cosecha en el mundo.

En algunos lugares de Uruguay es muy importante, como en la citricultura, la hortofruticultura en Canelones y San José, hay mucha mano de obra allí. No es un tema automático y drástico de un día para otro, pero es un proceso que en el mundo se va dando. Lo mismo ocurre con la poscosecha y a nivel de plantas industriales. Hay ciertas tareas que son más afectadas y habría que pensar en esos trabajadores cómo reconvertirlos.

¿Hay riesgo de que aumente la concentración y la desigualdad en el campo frente al avance tecnológico?

Sí. En el mundo hay una reducción muy importante de todo lo que son pequeños productores, agricultura familiar, y ahí es uno de los temas que tenemos como instituto de investigación y como sistema de innovación, que es cómo establecemos procesos que no sean tan excluyentes. Hay que pensar soluciones tecnológicas accesibles, pero también dinámicas para fomentar el cooperativismo y redes también vinculares que permitan que las tecnologías que requieren escala se puedan obtener de forma conjunta y no queden supeditadas a productores que están atomizados.

¿Qué otras desigualdades estamos subestimando hoy y que podrían convertirse en la principal fuente de conflicto o atraso en el futuro?

Solemos medir la desigualdad por ingresos y está bien. Pero hay otra que avanza en silencio: la distancia entre quienes pueden incorporar conocimiento y tecnología y quienes no.

En el agro se ve con claridad. Dentro de un mismo rubro conviven productores con niveles de productividad muy distintos, y esa brecha no se explica solo por el tamaño o el capital, sino también por el acceso a asesoramiento, información, crédito y a redes y por la capacidad de gestión. Y se cruza con otras desigualdades que también subestimamos: las de género, las generacionales y las territoriales. No es lo mismo ser mujer, ser joven o vivir en una zona con pocos servicios a la hora de acceder a la tierra, al crédito o al asesoramiento, o de proyectar un futuro en el campo.

Si no las atendemos, la innovación puede acelerar procesos de concentración y de salida de productores que ya existen, con consecuencias sociales y territoriales. Por eso la investigación pública tiene una responsabilidad particular: generar tecnologías que funcionen en distintas escalas y sistemas de producción, y no solo en la frontera. Una innovación que solo puede adoptar quien ya está adelante no reduce brechas: las acelera.

Los tres libros que Miguel Sierra recomienda para pensar el futuro

El presidente del INIA propone tres libros muy diferentes que, desde la inteligencia artificial, las políticas públicas y una historia marcada por la exclusión social, invitan a pensar los vínculos entre conocimiento, tecnología y desarrollo.

  • Una teoría crítica de la inteligencia artificial, de Daniel Innerarity, es una reflexión sobre cómo cambia nuestra capacidad de decidir cuando cada vez más decisiones se delegan en algoritmos.
  • La brecha entre saber y hacer, de Joan Subirats, sobre la distancia entre el conocimiento científico disponible y las decisiones que efectivamente toman las políticas públicas.
  • Máxima pureza, de Fernando Butazzoni, un relato sobre la vida de un hombre atravesado por la adicción y la calle en Montevideo, que pone en primer plano a quienes quedan más lejos de las oportunidades.
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