la diaria Conocimiento

Karina Colombo, el 11 de agosto

Foto: Inés Guimaraens

Fibra óptica y primera infancia: un estudio uruguayo encontró efectos negativos en comunicación y habilidades socioemocionales

Investigadoras analizaron el despliegue de la fibra óptica de Antel y lo cruzaron con datos de desarrollo infantil. Los resultados muestran efectos negativos en las habilidades de comunicación y socioemocionales.

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La llegada de internet de alta velocidad a los hogares uruguayos dejó una huella que va más allá de la posibilidad de navegar más rápido. Un estudio realizado por las economistas uruguayas Karina Colombo y Elisa Failache utilizó la expansión de la fibra óptica de Antel para analizar qué ocurrió con el desarrollo de los niños pequeños a medida que aumentó el acceso a las nuevas tecnologías.

El trabajo buscó responder una pregunta que resulta cada vez más difícil de esquivar: qué sucede cuando las pantallas y el acceso permanente a internet entran en la vida cotidiana durante los primeros años de vida.

“Los que más se mantienen son los efectos negativos en las habilidades de comunicación y en las habilidades socioemocionales [...] Potencialmente, no se ve, por lo menos por ahora, que haya ninguna ganancia por exponer a niños tan chiquitos”, sostuvo, en diálogo con la diaria, Colombo.

La investigación, denominada “¿Es perjudicial el internet de alta velocidad para el desarrollo de la primera infancia? Evidencia de un programa a nivel nacional”, encontró que “la conectividad por fibra óptica provocó un deterioro en las habilidades de desarrollo de los niños”. Las áreas más afectadas fueron “la comunicación, la resolución de problemas y las habilidades sociales”. Además, el estudio mostró que “el impacto negativo es mayor en los niños cuyos padres tienen un mayor nivel educativo”.

El artículo estima que un aumento de 10 puntos porcentuales en la exposición a la fibra óptica reduce entre 6% y 17% de una desviación estándar las puntuaciones de desarrollo en comunicación, resolución de problemas y habilidades sociales.

Cómo surgió

La investigación surgió en 2020 durante los doctorados de las investigadoras, cuando comenzaron a interesarse por el aumento de la exposición de los niños a las pantallas. “Estábamos muy motivadas por los cambios, por la exposición a pantallas de los niños en el último tiempo, porque veíamos que cada vez estaban más expuestos y accedían a edades más tempranas, y que había todo un desarrollo de contenido para niños que antes no existía para edades muy tempranas”, explicó Colombo.

El problema era cómo estudiar ese vínculo de manera causal. “Es súper difícil poder hacer inferencia causal en ese sentido”, señaló. Las investigadoras, ambas economistas, recurrieron entonces a la literatura médica y comenzaron a buscar una forma de aproximarse al fenómeno que permitiera aislar el efecto de la exposición a las nuevas tecnologías.

El despliegue de fibra óptica en Uruguay ofrecía una oportunidad particular. Antel era el único proveedor y extendió la red a los hogares que ya contaban con teléfono fijo, independientemente de que luego contrataran o no un plan de fibra.

Además, la expansión se realizó de forma escalonada. En algunos casos, una cuadra podía contar con fibra mientras otras cercanas debían esperar durante años.

En aproximadamente ocho años, el despliegue alcanzó prácticamente todo el país. Para las investigadoras, esa expansión permitió utilizar el acceso potencial a la fibra como una variable de tratamiento, en lugar de observar solamente qué hogares habían contratado efectivamente el servicio.

Asimismo, en ese momento se habían hecho las encuestas de desarrollo infantil. “Tuvimos mucha suerte de poder calzar los indicadores”, resumió Colombo.

La estrategia del estudio consistió en combinar los datos sobre la exposición a la fibra óptica con los de la Encuesta Nacional sobre Nutrición, Desarrollo Infantil y Salud (NCDHS), realizada a niños nacidos entre 2010 y 2018. La encuesta recopiló pruebas psicométricas de desarrollo infantil, características demográficas y socioeconómicas de los niños y sus hogares, información sobre el tiempo de exposición a pantallas y datos sobre las prácticas y creencias de los padres.

Resultados

Los resultados no fueron una sorpresa completa. “Nuestra hipótesis a priori era que (el mayor acceso) iba a tener un efecto negativo”, explicó la investigadora. Sí esperaban que eventualmente pudiera aparecer algún efecto positivo en determinadas áreas, como la motricidad fina, pero los resultados generales apuntaron en otra dirección.

“Lo que más se vio fueron efectos nulos o negativos”, señaló. Y agregó que, al realizar diferentes pruebas y modificar las formas de medir los resultados, los principales hallazgos se mantuvieron: “Lo que nos sorprendió es que los resultados después eran súper robustos, hicimos un montón de testeos, de alternativas, de cómo medir diferente y demás, y siempre volvíamos a lo mismo”.

El estudio utilizó instrumentos internacionales para medir el desarrollo infantil, entre ellos el ASQ-3 y el ASQ. El primero permite evaluar cinco dimensiones: comunicación, motricidad fina, motricidad gruesa, resolución de problemas y un componente socioemocional. El segundo se concentra específicamente en la dimensión socioemocional.

Los datos fueron combinados con información sobre el despliegue de fibra. Para reconstruir cómo avanzó la red, las investigadoras tuvieron que recurrir incluso a versiones antiguas de las páginas web de Antel, debido a que parte de la información histórica del despliegue ya no estaba disponible.

El factor que no esperaban: los adultos

Uno de los elementos que más llamó la atención de las investigadoras fue que el análisis de los mecanismos no mostró tanto un papel de las propias pantallas utilizadas por los niños, sino del cambio en el comportamiento de los adultos dentro del hogar.

“No vimos tanto un rol importante en las horas de pantalla de los niños, sino que todo apunta a que lo que cambia más es el rol del adulto cuidador”, explicó Colombo.

Ese resultado también coincide, según señaló, con un cambio en las recomendaciones de las sociedades de pediatría, que inicialmente estaban más enfocadas en cuánto tiempo pasaban los niños frente a una pantalla y qué contenidos consumían, pero luego comenzaron a prestar mayor atención a la relación de los adultos con la tecnología.

“Lo que se mira es el cambio en el entorno donde se desarrolla el niño, y ahí, en realidad, lo que nos da como más fuerte es un cambio en el rol de los adultos”, sostuvo.

El análisis del artículo permite precisar qué cambios pueden estar detrás de ese efecto. Las investigadoras encontraron una disminución en la cantidad de libros infantiles disponibles en los hogares, lo que apunta a una posible reducción del tiempo dedicado a la lectura. También observaron un aumento en el uso de Internet por parte de los adultos.

“Esto sugiere que una mayor exposición a internet de alta velocidad probablemente esté afectando el entorno familiar del niño, disminuyendo las interacciones de alta calidad entre padres e hijos, cruciales para el desarrollo cognitivo y no cognitivo durante la primera infancia”, se afirma en el estudio.

La investigación, en ese sentido, puso el foco no solamente en cuánto tiempo pasa un niño frente a una pantalla, sino en qué actividades puede estar dejando de realizar y qué ocurre en el vínculo con los adultos que lo rodean.

“Muchas veces nos enfocamos en los niños y en los adolescentes, y, en realidad, hay mucha evidencia que apunta a qué hacemos los adultos”, remarcó Colombo.

El costo de oportunidad

El artículo confirma que el impacto negativo es mayor entre los niños cuyos padres tienen un mayor nivel educativo. Las autoras plantean dos posibles explicaciones: diferencias en la adopción del servicio según el nivel educativo y un mayor costo de oportunidad asociado al deterioro de las interacciones entre adultos y niños.

La explicación que encontraron las investigadoras está vinculada al concepto económico de “costo de oportunidad”.

“Lo que más apunta no es que la pantalla sea mala en sí misma, sino que puede tener un gran costo de oportunidad en términos de desarrollo. [...] No importa tanto cuánto me cuesta la actividad en sí misma, sino qué es lo que estoy dejando de hacer”, explicó.

En el caso de las pantallas, la idea no es necesariamente que internet o la tecnología produzcan un daño directo, sino que pueden desplazar actividades más beneficiosas para el desarrollo infantil. “No es que estar expuesto a internet, a la pantalla, en realidad, genere un daño en sí mismo, sino que, en términos comparativos, ese entorno de desarrollo para el niño, si no hubiera estado con pantallas, hubiera sido más productivo para el crecimiento del menor”, afirmó.

El resultado también puede vincularse con quienes efectivamente contrataron los servicios de fibra. “Los hogares de mayores ingresos” fueron quienes más contrataron una vez que tuvieron la posibilidad, explicó, lo que puede contribuir a entender por qué los efectos aparecen con mayor intensidad en ese grupo.

Un estudio con alcance nacional

Las investigadoras consideran que una de las principales contribuciones del trabajo está en su capacidad para generar evidencia causal sobre la primera infancia. En la literatura médica existen estudios sobre pantallas y niños pequeños, pero suelen trabajar con muestras reducidas o con metodologías que no permiten separar completamente el efecto de las pantallas de otras características de los hogares.

El propio artículo señala que la investigación busca llenar ese vacío: según las autoras, es el primer estudio que utiliza una fuente de variación exógena para analizar los efectos de la exposición a pantalla durante la primera infancia sobre habilidades cognitivas y no cognitivas.

En este caso, en cambio, pudieron analizar dos cohortes de niños de entre cero y cinco años y combinar una muestra representativa con instrumentos de desarrollo infantil. “Nos parece que nuestro estudio hace una contribución grande; no es un caso aplicado a Uruguay, sino que genera un avance en el conocimiento en general”, sostuvo Colombo.

La investigación se inscribe además en una línea de trabajo más amplia sobre tecnología, infancia y adolescencia. Las investigadoras han estudiado los determinantes de la exposición a pantallas en niños uruguayos y realizaron otro trabajo sobre el impacto de la fibra en la salud mental de adolescentes. También desarrollaron experimentos con madres y padres para analizar posibles mejoras en las prácticas de crianza vinculadas al uso de pantallas y trabajan junto con Unicef en un nuevo experimento sobre el vínculo de los adolescentes con internet y las redes sociales.

Para las investigadoras, los resultados no implican que haya que eliminar la tecnología. El desafío está en cómo incorporarla en la vida cotidiana de los niños.

“Nunca el mensaje es eliminemos la tecnología, saquemos la fibra, volvamos 30 años atrás donde las tecnologías no existían, sino cómo podemos prestar más atención para fomentar el desarrollo de los niños y distribuir los riesgos lo más posible”, señaló.

Y agregó: “La idea es que todos estos proyectos terminen aportando al debate, a la generación de políticas públicas para proteger lo más posible a los niños y promover su desarrollo al interactuar con estas tecnologías y no al revés”.

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