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Ciencia Investigación científica
Foto: Rodrigo Viera Amaral (archivo, enero de 2023)

Foto: Rodrigo Viera Amaral (archivo, enero de 2023)

Tanto el uso activo como el pasivo de las redes sociales se asocia con niveles más altos de ansiedad en adolescentes

Con datos de pruebas PISA de adolescentes de 15 y 16 años de 47 países, Uruguay incluido, además de este efecto en la ansiedad se reporta que el uso activo se relacionó con un aumento del nerviosismo en ellas.

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El debate está instalado en varias partes del globo y también en Uruguay: ¿debe regularse el acceso a redes sociales y plataformas de niños, niñas y adolescentes? Mientras se analizan diversas iniciativas, contar con evidencia sobre el impacto de las redes en la población menor de edad no viene nada mal. Y eso es justamente lo que hace un reciente trabajo científico en el que participaron, sin proponérselo, jóvenes de 15 y 16 años de nuestro país.

Titulado algo así como “Asociaciones entre el uso activo y pasivo de las redes sociales y afecto en la ansiedad en adolescentes de todo el mundo”, el artículo lleva la firma de Jean Twenge, Alana Rio y Alexis Diomino, de la Universidad Estatal de San Diego, y Lindsey Rodriguez, Tamun Hanjra, Shanting Chen, de la Universidad de Florida, ambas de Estados Unidos. ¿Cómo es que este grupo de investigación del norte accedió a datos de jóvenes de Uruguay y de otros 46 países del globo? Gracias a las pruebas PISA de 2022, que recabaron información sobre uso de redes sociales, y también sobre ansiedad y nerviosismo de 143.203 muchachos y muchachas.

A modo de conclusión, el trabajo señala que hay una asociación entre el uso intensivo tanto pasivo como activo de redes sociales y un aumento de la ansiedad para jóvenes de ambos sexos, y, en el caso de las chicas, también lo hay entre el uso activo y nerviosismo. ¿Qué es eso de uso pasivo y activo en el contexto de esta investigación? ¿Y de la ansiedad y nerviosismo? Ya vamos a todo eso.

Usando las pruebas PISA

“Los participantes fueron estudiantes que completaron la encuesta del Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes (PISA) de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, la cual obtiene muestras representativas a nivel nacional de jóvenes de 15 y 16 años matriculados en escuelas de todo el mundo”, señalan los autores en el artículo, agregando que emplearon los datos de la encuesta PISA de 2022, que abarcó a 47 países y a 143.203 jóvenes.

En el trabajo los datos no aparecen por país, sino agrupados por región “cultural”, a saber: “Europa occidental” (con países como Alemania o Dinamarca), “Europa central y del Este” (Croacia, Hungría, entre otros), “Países angloparlantes” (por ejemplo Australia, Irlanda, Reino Unido), “ Medio Oriente y norte de África (Marruecos, Arabia Saudita, Jordania, entre otros), “América Latina” (abarcando entre otros a Argentina, Brasil, Chile, Costa Rica, República Dominicana, Panamá y Uruguay) y “Asia” (con países como Corea del Sur, Malasia o Tailandia).

Si bien estamos acostumbrados a que las pruebas PISA reporten sobre resultados en aprendizajes, aquí se utilizaron para el análisis de preguntas sobre otros aspectos de las vidas de los jóvenes, que también se realizan durante la encuesta.

Pasivos y activos, intensos y leves

En el contexto del trabajo, se considera “consumo activo” de redes sociales acciones como “interactuar con otros a través de posteos, compartir links, comentar los contenidos de otros, enviar mensajes directos”. Por el contrario, el “consumo pasivo” abarca acciones como “escrolear a través de los feeds, leer comentarios o discusiones”, pero sin participar en lo que se despliega.

Por otro lado, el uso “intensivo” refiere a estar 7 horas o más al día en redes, tanto de forma pasiva o activa, mientras que el uso “leve” o “light”, a estar menos de una hora al día.

Para abarcar estas dimensiones, recurrieron a una pregunta realizada durante la encuesta que los interrogaba sobre cuánto tiempo dedicaban en “un día típico de la semana” a distintas actividades de ocio, entre ellas, “navegar por redes sociales (por ejemplo Instagram o Facebook)”, lo que valdría como “uso pasivo”, y a “comunicarse y compartir contenido digital en redes sociales o cualquier plataforma de comunicación (por ejemplo, Facebook, Instagram, Twitter, correos electrónicos, chat)”, lo cual sería un indicador de uso activo de las redes sociales. Las respuestas a esas opciones podían ser “ninguno”, “menos de una hora”, “entre una y tres horas al día”, “más de tres horas y hasta cinco”, “más de cinco horas y hasta siete” y “más de 7 horas al día”. Estos datos serían cruzados con indicadores del bienestar. Vamos a eso.

Ansiedad y nerviosismo

En la encuesta, quienes participaron debían señalar qué tan de acuerdo estaban “con dos afirmaciones que medían la ansiedad”: “me pongo nervioso/a fácilmente” y “me preocupan muchas cosas”. A esto podían responder desde “totalmente en desacuerdo” hasta “totalmente de acuerdo”, pasando por una escala de cinco puntos en el que el intermedio era “ni de acuerdo ni en desacuerdo”.

Como bien señalan los autores del trabajo, a los participantes se les asignaban aleatoriamente varias preguntas, entre ellas estas dos opciones, por lo analizaron “cada ítem por separado”.

Cruzando respuestas y calculando

En el trabajo reportan los resultados de este cruce de respuestas y además comparan “a los usuarios intensivos (más de 7 horas al día) con los usuarios ocasionales (menos de una hora al día) y los no usuarios (ningún tiempo en absoluto)”, utilizando el tamaño del efecto “para las medias de los ítems de ansiedad”, y establecen “el riesgo relativo para el porcentaje que estuvo totalmente de acuerdo con cada ítem” de lo que denominan el “efecto de ansiedad”. También separaron las respuestas sobre “ansiedad” y “preocupación” en dos modelos distintos.

Como resultados descriptivos, en el caso de la ansiedad, informan que a nivel mundial y para todas las regiones, las jóvenes que reportaron nunca usar redes sociales y reportaron “estar muy de acuerdo” con la afirmación de que se ponían nerviosas fácilmente fueron 26% en el caso del uso activo y 24% en el pasivo, mientras que los jóvenes fueron 12% en el caso de uso activo y 11% en el caso del uso pasivo. Entre quienes usaban las redes más de siete horas diarias, esos guarismos subían: 37% y 37% para el caso de ellas, uso activo y pasivo, respectivamente, y 21% y 20% para ellos, uso activo y pasivo, respectivamente.

Como dato a destacar desde nuestro paisito, en la región “América Latina”, el nivel de base para quienes sentían que se ponían nerviosos fácilmente, aun cuando no usaban redes, fue más alto: 31% y 30% para las chicas en uso activo y pasivo, respectivamente, y 14% y 13% para los chicos, uso activo y pasivo, respectivamente. Dicho de otra manera: todo parecería indicar que aquí tenemos un nivel de ansiedad en nuestros y nuestras adolescentes mayor al del promedio mundial (la única región con niveles superiores a los de América Latina fue la de “Países angloparlantes”). Aun así, estos niveles de ansiedad aumentaron en quienes estaban más de siete horas al día en redes: en ellas pasó a 32% y 36% (uso activo y pasivo, respectivamente) y en ellos a 20% y 16% (uso activo y pasivo, respectivamente).

Los datos con respecto a preocuparse por muchas cosas fueron similares, pero un poco menores. Las jóvenes que reportaron nunca usar redes sociales y reportaron “estar muy de acuerdo” con la afirmación fueron 31% en el caso del uso activo y 28% en el pasivo, mientras que los jóvenes fueron 18% en el caso de uso activo y 16% en el caso del uso pasivo. Entre quienes usaban las redes más de siete horas diarias, esos guarismos subían: 41% en el caso de ellas tanto para el uso activo como pasivo y 25% y 26% para ellos, uso activo y pasivo, respectivamente.

Sacando en limpio: el uso activo y pasivo de redes se asocia con mayor ansiedad

En el trabajo dicen entonces que “en los datos combinados de todas las regiones, tanto el uso activo como el pasivo de las redes sociales se asociaron con el efecto ansioso”, siendo menor ese efecto en la ansiedad “entre los usuarios leves y mayores entre los usuarios intensivos”.

También señalan que entre las chicas de todas las regiones “las puntuaciones medias en el ítem de nerviosismo fueron 38% más altas entre las usuarias pasivas intensivas que entre las usuarias pasivas leves y 27% más altas entre las usuarias activas intensivas en comparación con las usuarias activas leves”. Agregan que “las usuarias pasivas intensivas de redes sociales tenían 88% más de probabilidades que las usuarias pasivas leves de estar totalmente de acuerdo en que se ponían nerviosas fácilmente”, mientras que “las usuarias activas intensivas tenían 64% más de probabilidades que las usuarias activas leves de estar totalmente de acuerdo”. Para el caso del ítem preocupación, los resultados fueron “similares, pero con un efecto menor”.

Viene a cuento aquí una investigación realizada por Karina Colombo, Elisa Failache y Martina Querejeta, que reportó que el despliegue de la fibra óptica en nuestro país, entre 2013 y 2018, si bien alivió la sensación de soledad en cinco puntos porcentuales en adolescentes y jóvenes de 15 a 24, aumentó la preocupación en la misma magnitud.

En el caso de los chicos, dicen que para “todas las regiones, las puntuaciones medias en el ítem de nerviosismo fueron 20% más altas entre los usuarios pasivos intensivos que entre los usuarios pasivos leves y 13% más altas entre los usuarios activos intensivos en comparación con los usuarios activos leves”. Para el ítem “preocupación” los resultados fueron similares y también con “tamaños del efecto algo menores”.

Por todo eso señalan que “entre los adolescentes de ambos sexos de todo el mundo, el uso intensivo de las redes sociales, tanto activo como pasivo, se asoció sistemáticamente con un estado de ánimo ansioso en comparación con un uso ligero o nulo”. También destacan que si bien el uso activo tuvo en promedio un efecto menor, en el caso de las adolescentes “el uso activo aún se asociaba a mayores sensaciones de nerviosismo”.

Claro que los autores reconocen que su investigación no agota el tema ni es perfecta. “Estudios futuros deberían investigar los mecanismos psicológicos específicos que subyacen a los efectos adversos del consumo activo y pasivo, como la comparación social ascendente, el miedo a perderse algo y la reducción del tiempo que se pasa con amistades en la vida real”, dicen, a modo de ejemplo. También remarcan que aquí reportan una asociación y no una relación causal: “este análisis no puede determinar si la ansiedad conduce a un mayor uso excesivo de las redes sociales o viceversa”, admiten, señalando que estudios longitudinales y experimentales serán necesarios para “desentrañar esta relación temporal” observada.

Aun así, concluyen que sus hallazgos “ofrecen una perspectiva más amplia sobre la relación entre el uso de las redes sociales y la ansiedad, demostrando que este vínculo se observa tanto en el uso activo como en el pasivo, en todas las regiones del mundo y entre adolescentes de ambos sexos, si bien el uso pasivo y el uso entre las niñas están más fuertemente vinculados a la ansiedad”.

Volviendo al principio: ¿hay que regular o no las redes? Depende lo que decidamos como sociedad. Aquí solo se presenta evidencia. Su uso desmedido o exagerado puede disparar una ansiedad ya de por sí elevada en nuestra gurisada.

Artículo: “Associations between active and passive social media use and anxious affect among adolescents around the world”
Publicación: Journal of Mood & Anxiety Disorders (julio de 2026)
Autores: Jean Twenge, Lindsey Rodríguez, Tamun Hanjra, Shanting Chen, Alana Rio y Alexis Diomino.