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Posible reconstrucción de _Oligopterna orientalis_ basada en ilustración de proterotérido de Edu Sganga

Posible reconstrucción de Oligopterna orientalis basada en ilustración de proterotérido de Edu Sganga

Con ustedes Oligopterna orientalis, la nueva vieja especie de mamífero que vivió en Soriano hace unos 21 millones de años

Un pequeño fragmento de mandíbula, encontrado cerca de Nueva Palmira hace una década, tras tomografías y meses de estudio, permitió definir a una nueva especie de proterotérido del Oligoceno tardío, el más antiguo del Uruguay y el más oriental de los de su época en toda de América del Sur.

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Cuando escuchamos hablar de la independencia de América del Sur, suele ser por los distintos procesos que nos llevaron a liberarnos de la dominación europea, mayormente la española y portuguesa, durante el siglo XIX. Sin embargo, el nuestro fue un continente que buscó independizarse desde muchísimo antes.

Tras haber coexistido durante más de 330 millones de años junto a todos los continentes de la actualidad, formando el supercontinente Pangea, América del Sur y el resto de los continentes comenzaron a tomar distancia. Durante el Jurásico, África, América del Sur y la Antártida andaban abrazadas en una gran masa continental llamada Gondwana. Aquello no duró para siempre, y en el Cretácico, probablemente hace unos 150 millones de años, América del Sur comenzó a emprender un camino que la llevaría a separarse de África y de la Antártida. Aquella emancipación que llevaría a nuestro continente hacia la total independencia se logró hace cerca de 35 millones de años. Desde entonces, y hasta la formación del istmo de Panamá, hace algo así como tres millones de años, América del Sur anduvo sola y aislada del resto del mundo. A los efectos de las formas de vida que allí vivían, fue una isla. Y en las islas a la evolución le encanta jugar y crear seres vivos que no se ven en otras partes del planeta.

Así como solo en Oceanía, otro continente-isla, hay canguros, en esos millones de años de aislamiento de América del Sur surgieron formas de vida completamente distintas a la del resto de los continentes. Por ejemplo, en nuestro Laboratorio Sudamericano de Innovación de Formas de Vida vieron su origen los armadillos, mamíferos acorazados que proliferaron por el continente y de los que tres especies aún viven en nuestro país (los llamamos tatús y mulitas). Otros animales que fueron producto de ese prolífico aislamiento fueron los ungulados nativos de América del Sur, un grupo de mamíferos herbívoros en el que algunos animales desarrollaron la habilidad de caminar sobre la punta de sus dedos. En otros continentes, eso de andar sobre los dedos lo desarrollaron los antepasados de caballos, vacas o ciervos.

El Laboratorio Sudamericano de Innovación de Formas de Vida desarrolló entonces unos ungulados nativos propios y exclusivos de estas tierras que se conocen como proterotéridos. Se originaron durante el Oligoceno, época que va desde los 33,9 millones de años atrás hasta hace unos 23 millones de años, y al no tener hoy descendientes vivos, debemos recurrir a quimeras para hacernos una idea de cómo se habrían visto. Si un proterotérido pasara corriendo sobre sus cuatro patas ante nuestros ojos, pisando sobre sus pezuñas, podría llegar a parecernos una extraña mezcla entre un minicaballo y un ciervo.

Hoy, un nuevo trabajo científico llena de orgullo al prolífico Laboratorio Sudamericano de Innovación de Formas de Vida. Porque, titulado algo así como “Un nuevo género y especie de Proterotheriidae de la Formación Fray Bentos (Oligoceno tardío, Deseadense), Uruguay”, el artículo reporta una nueva especie de estos caballiciervos no solo para Uruguay, sino para todo el continente. Más aún, se trata del proterotérido más antiguo de nuestro país —tendría entre 29 y 21 millones de años, tal es la edad de mamíferos definida por el término “Deseadense”–, y sería igual de antiguo que los más viejos proterotéridos conocidos de toda América.

El fabuloso artículo lleva la firma de Ana Badín, Andrea Corona, y Daniel Perea, del Departamento de Paleontología del Instituto de Ciencias Geológicas de la Facultad de Ciencias de la Universidad de la República (Udelar), y de Laura Cruz, del Museo Argentino de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia, del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas Técnicas (Conicet), y también de la Universidad Nacional de Luján, Argentina. Como si fuera poco, el trabajo expande 450 kilómetros hacia el este la presencia de estos animales durante el Oligoceno tardío sudamericano.

Así que sin más salimos volando más rápido de lo que memorizamos la palabra proterotérido al encuentro de Ana Badín y Andrea Corona, dos de las paleontólogas que trajeron a la vida científica la perdida historia del fantástico Oligopterna orientalis.

Un fósil que lleva esperando más de una década

Describir una nueva especie fósil necesariamente es un proceso que debe comenzar con los restos de la especie en cuestión. En este caso, no fue un fósil recientemente encontrado, sino uno que llevaba más de diez años esperando que alguien notara lo especial que era.

“El fósil se encontró al costado de la ruta 21, en un camino de entrada a una cantera que ya estaba inactiva, pero de donde se sacaba sí material para hacer relleno para la caminería de la zona”, rememora Andrea Corona, quien no estuvo presente el día que sus colegas Daniel Perea y Aldo Manzuetti, junto a colaboradores de la zona, dieron con el material hace tiempo. El lugar está a unos pocos kilómetros de la localidad de Nueva Palmira, en el departamento de Soriano.

“Era una salida de prospección de otras cosas, y en un desmonte comenzaron a caminar mirando para abajo, que es como solemos trabajar, y ahí apareció ese pedacito de mandíbula”, sigue Andrea. En esa zona aflora la Formación Fray Bentos, que tiene una fauna que permite definirla como de antigüedad Deseadense, es decir, de entre esos 29 y 21 millones de años. “Encontrar un pedacito de fósil en la Formación Fray Bentos es una locura. De todas las salidas que hemos hecho a buscar fósiles a esa formación, en solo una encontramos un fragmento de hueso, así que tuvieron mucha suerte”, cuenta sorprendida Andrea. “Encima que sea un diente que te permita hacer una determinación de especie, lo hace todavía más impresionante”, agrega.

“Sí, en ese sentido Fray Bentos es muy tacaña”, ríe Ana Badín, de cuya tesis de doctorado surge este artículo. Andrea y Daniel Perea son sus tutores. “Por otro lado, es una formación muy interesante, porque todo lo que aparece en ella generalmente es novedoso. Por ejemplo, tiene los fósiles de cuerpo más antiguos de mamíferos de Uruguay”, agrega.

Si, así como suena. La formación Fray Bentos nos ha proporcionado los fósiles más antiguos de mamíferos de Uruguay, a excepción de las marcas en huesos de dinosaurios dejadas por un pequeño mamífero multituberculado a fines del Cretácico en la Formación Guichón de Paysandú. En la Formación Fray Bentos han aparecido fósiles del marsupial carnívoro Proborhyaena, xenartros como Dasypodon atavus y gliptodóntidos, roedores como Palmiramys walthieri (palmiramis por la cercanía de Nueva Palmira), o notoungulados como Scarrittia robusta o Pseudohegetothierium palmirense (nuevamente, por Palmira). A esa gran camada de parientes mamíferos originarios, ahora tenemos que sumar al pequeño proterotérido de este artículo.

Ana Clara Badín y Andrea Corona.

Ana Clara Badín y Andrea Corona.

Foto: Inés Guimaraens

El fósil, un pedacito de mandíbula derecha que no mide más de cinco centímetros, ya había sido reportado por Daniel Perea y colaboradores en 2014, quien lo ingresó a la colección de vertebrados fósiles de la Facultad de Ciencias con el número FC-DPV 2811, y lo identificó como perteneciente a un proterotérido. También estableció que, al estar en la Formación Fray Bentos, era el fósil de esa familia de animales más antiguo de Uruguay.

“Con Daniel habíamos reportado el fósil en un resumen de un congreso de paleontología”, detalla Andrea. De hecho, su presencia en aquella ponencia era bastante poco protagónica, ya que la conferencia, titulada “Litopternos terciarios de Uruguay”, lo listaba entre otros muchos fósiles de ese período que abarca desde el fin del Jurásico, hace 66 millones de años, hasta hace apenas 2,6 millones de años, cuando con el Pleistoceno arranca el Cuaternario.

Para su tesis de doctorado, Andrea ya había reseñado el material. Sin embargo, tenía tanto entre manos que no pudo dedicarle demasiado tiempo. “Como era un material tan pequeñito y tan fragmentario, y como para mi doctorado teníamos materiales mucho más completos que abordar, como un cráneo completo de Pseudobrachytherium breve , o la mandíbula completa de lo que terminó siendo la nueva especie Uruguayodon alius, este fósil pasó a un segundo plano. No es que nos olvidáramos de él, pero quedó ahí”, comenta Andrea asumiendo que el tiempo es finito y que no siempre para una tesis se puede estudiar todo lo que se quisiera. Pero entonces, llegó nuestra heroína al rescate del pequeño fósil.

“Entonces vino Anita, con todo su entusiasmo, decidida a que había que hacer algo con él. El momento era perfecto, porque además de ganar una beca de doctorado, Ana había ganado un proyecto de investigación”, cuenta Andrea.

Ana estaba entonces en pleno proceso de su tesis de doctorado, título que le permitirá luego conducir y liderar investigaciones paleontológicas. Pero el fósil, lejos de ayudarla, le complicó la vida. ¿Cómo fue eso? Veamos.

¿Una molestia?

El pequeño fragmento de mandíbula FC-DPV 2811, lejos de traer alegría y regocijo, se convirtió en un momento en una verdadera molestia para Ana y lo que había planeado para su tesis.

“Sí, este trabajo sale, medio de casualidad, de mi tesis de doctorado. Andrea, si bien sigue estudiando a los litopternos, dejó a los proterotéridos y pasó a estudiar a los macrauquénidos, así que ahora estoy ocupando su nicho, sigo el legado que me dejó”, dice Ana entre risas, aclarando entonces que su tutora sigue enfocada en el mismo orden de mamíferos ungulados nativos de Sudamérica pero cambiando de familia dentro de ellos. Andrea, si bien cambió de familia, no ha podido dejar atrás a los litopternos.

“Me siguen llamando, hay mucho por hacer todavía. Como Anita es muy entusiasta, encaró este material que estaba para estudiar desde hacía tiempo”, confiesa Andrea.

Pero las cosas no siempre son lineales. El fósil no estaba entre ceja y ceja de Ana, sino que tuvo que hacerse su lugar un poco a prepo. “Fue un poco de suerte, porque en realidad yo nunca había visto el material”, confiesa Ana sobre ese momento eureka en el que sus ojos de paleontóloga entusiasta y el fósil enigmático unieron sus destinos para siempre. “Fue cuando vino un extranjero que solicitó ver materiales de la colección de Facultad. Yo justo estaba trabajando en el laboratorio y al verlo recordé que era el material que había trabajado Andrea en su doctorado”, rememora Ana, que además venía estudiando en profundidad fósiles de proterotéridos juveniles a través de mandíbulas a las que recién les están saliendo los molares o que aún tienen dentición de leche. “¡Cuando lo miro me doy cuenta de que ese era el fósil de un juvenil!”, exclama.

“En ese momento habíamos acordado una pasantía de un mes en el Museo Argentino de Ciencias Naturales con Laura Cruz, que también es autora del artículo, para estudiar juveniles de proterotéridos y entonces nos dijimos de aprovechar para describir dos materiales juveniles, uno de allá y uno de acá”, rememora Ana. El de acá sería este... pero las cosas se les fueron de las manos.

“Cuando empezamos a describir el material, procurando asignarlo a una especie de las conocidas de proterotéridos del Oligoceno tardío, vimos que no entraba en ninguna. Consulté con Andrea y le dije que no lograba asignarlo a ninguna. Tenía varias características que lo separaban de todos los fósiles conocidos de proterotéridos de su época, como una cúspide del molar que todos los demás bichos de su edad no tienen, entre otras. Le dije a Andrea que este fósil no encajaba en nada y Andrea me contestó que si no encajaba en nada, entonces era algo”, dice soltando una risa. ¡Ese “era algo” implicaba que estaba ante un animal aún no descrito para la ciencia!

“¿Te parece que me ponga a describir algo nuevo en el medio del doctorado?”, dice Ana que le preguntó a Andrea. Es que el objetivo de su tesis era revisar la filogenia de los proterotéridos, ver cómo era esa rama del árbol de la vida, cuáles eran los parentescos entre las especies conocidas y cuáles los parentescos con otros litopternos. Ver si los juveniles mantenían sus características dentales en la adultez ayudaba a clasificar a los animales conocidos y, por tanto, a clarificar la filogenia. Sin embargo, una nueva especie implicaba un desvío. En el mes en el que comparó materiales en el museo de Buenos Aires gracias a la pasantía junto a Laura, el pequeño fósil le susurró “pssst, la filogenia va a tener que esperar un poquito”.

“Al final prácticamente dedicamos todo el mes de la pasantía enfocándonos en este material y en otros juveniles de allá que son de la misma edad. Los comparamos con muchísimos otros fósiles. Laura además era muy exhaustiva y no paraba de traer nuevos materiales para comparar”, dice Ana.

Si todo hubiera salido como en sus planes, al hacer las comparaciones el fragmento de Soriano habría calzado dentro de alguna de las cuatro especies de proterotéridos de fines del Oligoceno que ya se conocían en Argentina y Bolivia, y para las cuales, encima, hay muchos dientes y mandíbulas de juveniles. Pero no. El fósil terco de Soriano tenía sus propios planes.

Fragmento de mandíbula de _Oligopterna orientalis_. Imagen de Badin y otros 2026

Fragmento de mandíbula de Oligopterna orientalis. Imagen de Badin y otros 2026

Un juvenil de más de 20 millones de años

Lo que permite erigir a este fósil como perteneciente a una nueva especie es el estudio de un molar que está emergiendo, es decir, una muela de un juvenil que aún estaba desarrollando su dentadura, y un diente de leche premolar (el cuarto). Alguien podría pensar que eso podría complicar las cosas: ¿una característica en dientes de un juvenil se mantendrá luego en la adultez? Pero ya se ha visto que esas características no cambian a lo largo de la vida de los proterotéridos.

“De hecho, en esta familia hay muchas especies que se describen a partir de juveniles”, cuenta Ana. Precisamente por eso, había ido al museo de Argentina a hacer la pasantía con dientes de juveniles.

“Pasa igual con los macrauquénidos, muchas especies están descritas a partir de dientes de juveniles. Eso en el fondo ocasiona cierto ruido, porque si no tenés en un mismo individuo la dentición de leche junto con la definitiva, como pasa con este fósil, cuando se encuentran los dientes por separado, no tenés cómo asociar uno al otro. Allí el problema es el de la proliferación de especies que tal vez puedan ser las mismas, solo que una está basada en un diente de leche y la otra en un diente definitivo”, explica Andrea. “Estudiar toda esa complejidad de los juveniles es un plus, y por eso recurrimos a técnicas que nos ayudan a aclarar el panorama”, agrega.

Pase el fósil al tomógrafo

Ana toma una pequeña cajita redonda de plástico transparente. Cuando la abre, entre algodón, hay un pequeño pedacito de hueso de entre 21 y 29 millones de años. La ciencia hace que ese fósil de apenas cinco centímetros crezca hasta un tamaño gigantesco: con él se describe a una especie que formó parte del complejo árbol de la vida en nuestro planeta.

“Sí, es chiquito. Esta es la mandíbula, esta es la parte hacia donde está el rostro, y esta es la parte hacia atrás. Y este es el diente que está eclosionando. Es una muela que recién está saliendo, si la mirás de costado, prácticamente ni salió. Y esta cúspide de la muela es la que lo diferencia de los proterotéridos de su edad, del Oligoceno”, dice Ana señalando las diferentes partes del fósil.

El material es fascinante. Pero entonces Ana prende su computadora y abre un programa que muestra las tomografías integradas en un modelo en tres dimensiones. Y ahí es cuando los 21 millones de años del fósil se unen con tecnologías médicas actuales para contarnos más sobre un pasado al que apenas podemos asomarnos gracias a la ciencia. Así que en el tomógrafo encontraron un gran aliado.

“Aprovechamos para hacer un montón de tomografías del material. Hicimos varias, una en el Hospital de Clínicas, otra en Clínica Imagen, con quienes estamos muy agradecidos porque las realizaron sin costo, y en Facultad de Veterinarias hicimos tomografía y radiografías”, cuenta Ana.

“Con estos renders se hace una imagen 3D del material, y con esta herramienta podemos ver la morfología interna, hasta dónde va el desarrollo del diente, podemos medir las densidades. Esto fue fundamental para describir al fósil y la especie, porque hay cosas que están tapadas, algunas porque la muela no terminó de emerger, y otras porque se han formado carbonatos que ocultan cúspides y características de los dientes”, agrega.

“Hay que recurrir a ese tipo de cosas para no quedarte sólo con lo que ves a simple vista”, complementa Andrea, que para un trabajo anterior bañó en oro un diente para así poder ver mejor sus detalles en un microscopio electrónico de alta resolución. “Tratar de ir un poco más allá con las herramientas disponibles ayuda muchísimo. Por ejemplo, para el estudio de los juveniles, las radiografías y tomografías son impresionantes, te cambian completamente lo que podés ver y describir”, complementa.

“A simple vista, hacer todo eso no solo no hubiera sido tan sencillo, sino que para algunas características hubiera sido imposible. Las tomografías y radiografías fueron muy relevantes para determinar que efectivamente estábamos ante un molar que estaba eclosionando y que lo que estaba delante era un premolar cuatro deciduo y no un diente permanente. Eso nos permitió comparar mejor este fósil con los otros materiales”, sostiene Ana.

En el trabajo publicado comparan el fósil con los dientes de las otras cuatro especies de proterotéridos conocidas del Oligoceno, las tres argentinas, Lambdaconus suinus, Lambdaconus inaequifacies y Protheosodon coniferus, descritas entre 1897 y 1904, y la especie reportada en Bolivia, Promylophis cifelli, la única que se consignó en tiempos recientes (2022). Esto muestra que los fósiles de proterotéridos del Oligoceno no solo son escasos, sino que dar con especies nuevas de esta vieja familia de herbívoros con pezuñas es poco frecuente en la paleontología de nuestros días. Ana, Andrea, Laura y Daniel entran al club selecto de los autores que en el siglo XXI describen una especie de proterotérido de entre 20 y 29 millones de años.

“Los restos que hay en Argentina son muy escasos y, además, fragmentarios. Tuvimos suerte de que muchos de esos materiales fragmentarios fueran mandíbulas, porque eso permitió comparar este molar con los ya conocidos”, comenta Ana.

A instancias de los revisores, también compararon el fósil con otros animales juveniles de otras épocas, algunos cercanos a la familia de los proterotéridos y otros bastante lejanos.

“Se compararon con materiales mucho más modernos de litopternas y también de otros taxones, por las dudas, recurriendo incluso a colecciones que no nos quedaban cerca”, acota Andrea. Por ejemplo, dado que muchos materiales recolectados en Argentina están en Francia, le solicitaron al Museo de Historia Natural de París fotografías de los materiales. “Nos respondieron enseguida y nos enviaron muy buenas fotos”, reconoce Andrea con agradecimiento. Lo mismo hicieron con materiales que estaban en el Museo Peabody de Historia Natural de Yale, Estados Unidos.

¡Maldición, es una nueva especie!

Cuando les pregunto qué pasó cuando se convencieron de que estaban ante una especie de mamífero distinta a todas las conocidas, la respuesta de Ana es fabulosa: “Ay, me quería morir”. Por su cara queda claro que no fue un “me quiero morir de alegría, de qué lindo”, sino un “me quiero morir” por todo lo que eso complicaba sus planes. Le pido que me aclare si es correcta esa interpretación.

“Sí, porque yo lo que quería era una pasantía de la que saliera un trabajo medianamente rápido, para poder enfocarme en la otra parte del doctorado, la de la filogenia de la familia de los proterotéridos”, dice Ana. Una nueva especie, en ese sentido, implicaba irse por las ramas.

“Lo de la filogenia de la familia ya es muchísimo trabajo”, confiesa Ana. Lo que uno calcula que Andrea procuraba como tutora era que Ana ordenara lo que ya se conocía de esta familia de una forma sencilla y parsimoniosa. “Pero ella no me hace caso”, ríe Andrea. En ese plan, describir una especie nueva en lugar de ordenar las ramas del árbol filogenético conocidas, complica. Más aún, agrega otra rama que hay que ubicar en un árbol ya de por sí complicado. “¿Te das cuenta? ¡Me encajó otra rama, no puede ser!”, protesta en broma Andrea.

Al volver del Museo Argentino de Ciencias Naturales, Ana comparaba el material de Soriano con todas las mediciones que había realizado allá tratando de hacerlo calzar en lo ya conocido para proterotéridos del Oligoceno. “No puede ser, me decía, esto no puede ser”, recuerda Ana. Juntó coraje y evidencia y llamó a Andrea para decirle que se había complicado el partido. “Ahí nos sentamos las dos y empezamos a analizar bicho por bicho, al menos con los más cercanos en edad y morfología”, dice Andrea. Y no, no calzaba con nada.

“Este es un diente que es más grácil, las cúspides, las crestas, todo, cuando estos bichos, nosotras decimos, tienen dientes regordetes. Este es más estilizado, más delicado si se quiere. Eso no es normal para los bichos conocidos. Y después estaba la cúspide del molar, que no era igual a ninguna otra. Algo que tenía que ser un trabajo un poco más sencillo, terminó en todo esto”, relata Ana.

La rigurosidad que se autoimpuso Ana para determinar que aquello era una nueva especie, sumada a las exigencias de los revisores del trabajo, consumió tiempo para dedicarse a la filogenia de los proterotéridos. “Sí. La pasantía fue en marzo de 2025. Estuvimos más de un año con este fósil”, admite Ana. “Y claro, volví de la pasantía con un montón de información y después con Laura Cruz metíamos zooms de siete horas... Fueron jornadas de trabajo sumamente complejas”, señala.

De pura curiosidad, les preguntamos a Ana y Andrea si hay alguna forma de saber cuánto habría medido este proterotérido del pequeño fragmento. Ana se toma un tiempo y dice que consultará un trabajo de Chistinte Janis que tiene ecuaciones que permiten estimar el tamaño corporal de ungulados a partir de dimensiones de dientes y cráneo. Con las medidas del molar y la guía de Janis, este proterotérido del oligoceno habría pesado entre 18 y 20 kilos.

Andrea Corona, Ana Badín y Laura Cruz. Foto: gentileza de las entrevistadas

Andrea Corona, Ana Badín y Laura Cruz. Foto: gentileza de las entrevistadas

Eligiendo el nombre

Ana nos tiró al piso todo ese imaginario que tenemos de la paleontóloga o paleontólogo que sueña con su momento de gloria de encontrar una especie nueva. Y ahora, al preguntarle qué sintió al tener el privilegio de nombrarla, nos vuelve a sacudir los esquemas.

“Me dio un poco de cosa”, dice. “Es mucha presión nombrar un bicho, una responsabilidad. Es que cuando uno va a describir algo nuevo, tiene que estar 100% seguro y tiene que hacer el trabajo lo más minucioso posible”, agrega intentando arrojar luz al desconcierto que generó su declaración anterior. Como no lo logra del todo, explica aún más: “Sentí también un poco el síndrome del impostor, pensar ‘pah, yo estoy haciendo esto, me parece un montón'”.

“Un poco por ese síndrome del impostor, me decía que esto tenía que salir perfecto. Tenía que ser algo muy riguroso y tenía que estar realmente convencida. Pasé por muchas emociones en todo el proceso, y el convencimiento fue algo que fue surgiendo. Al principio fue más algo del tipo 'no, no puede ser, no me puede estar pasando esto ahora'. Yo veía como algo muy lejano describir una especie en ese momento y con ese material”, dice Ana.

Andrea la apoyaba, como se espera de una buena tutora. “Fue una presión desde ese lugar, no desde lo engorroso, sino porque tenía que estar totalmente segura y hacer el trabajo lo más riguroso y exhaustivo posible de comparar con todo lo que existía, utilizar técnicas como la tomografía y demás para respaldar la decisión”, comenta Ana.

Y entonces, trabajando sin pausa, llegó la calma. “Después de compararlo con todo lo que pudimos, ahí sí llegó la tranquilidad y me dije que entonces había que nombrarlo”, recuerda Ana.

“La parte de encontrarle nombre fue divertida, surgieron un montón, pero la idea era ponerle uno que tuviera sentido”, confiesa Ana. “Hicimos una lluvia de ideas, con Ana y también con Daniel, que tiene mucha experiencia en la parte de la nomenclatura”, complementa Andrea.

“Al principio pensamos nombrarlo de alguna manera que refiriera al Deseadense, porque queríamos que en el nombre quedara la edad del material”, cuenta Ana. Ese objetivo lo lograron, si bien el nombre escogido, Oligopterna, surgió porque el fósil proviene del Oligoceno, y es la primera especie de proterotérido de esa antigüedad descrita en nuestro país, y una de las cinco que hoy se conocen para ese período en toda Sudamérica. Como describen en el artículo, “el sufijo pterna se ha aplicado históricamente a algunos ungulados”. El epíteto de la especie también tiene su razón de ser.

“Queríamos salir un poco de poner Uruguay en el nombre, porque ya veníamos de haber nombrado al Uruguayodon alius y ya había otros nombres con eso”, remarca Andrea.

“Lo de orientalis empezó más por el lado de que era el registro más oriental de un proterotérido del Oligoceno, y terminó cerrando también por el lado de que es un fósil uruguayo, el registro para esta especie de Uruguay”, cuenta Ana.

Así las cosas, a la nueva especie ahora la conocemos como Oligopterna orientalis, o más coloquialmente, oligopterna oriental. Como señalan en la publicación, este registro amplía en 450 kilómetros al este la distribución conocida de los proterotéridos del Oligoceno en Sudamérica. Así de oriental resultó ser.

“Nos gusta porque hay mucha información en el nombre”, dice satisfecha Ana. Y lo que dice va en línea con lo que ya nos habían dicho en una nota previa con Andrea: su predilección por nombres científicos que dieran cuenta de algunos atributos de los fósiles, sea por su forma, procedencia, antigüedad, o cosas así.

“Ya aparecerá un bicho rarísimo y le inventaremos un nombre más fantasioso, pero este, como era el primero cuyo nombre estaba como a mi cargo, quería que fuera riguroso y que fuera en línea con eso que ya te había dicho Andrea”, explica Ana.

Es que Ana, al ser quien estaba al frente de esta investigación de su doctorado, era la que tenía la palabra final sobre el nombre. “Le tirábamos nombres hasta por Whatsapp. Algunas cosas le gustaban, otras no, y así estuvimos un buen tiempo”, puntualiza Andrea. “Con Ana siempre trabajamos mucho a la par, más allá de que junto con Daniel yo dirijo su doctorado. Pero el crecimiento que ha tenido está bueno, y parte de ese crecimiento es que empiece a tomar cada vez más protagonismo en estas cosas, como debe ser. Por ese motivo es que la decisión era de ella. Esto es parte de su doctorado, es parte de un proyecto que tiene en marcha, así que lo mío es darle apoyo. Ya dentro de poco va a caminar ella solita”, dice Andrea con orgullo.

“Y yo le digo que no me va a soltar. Estamos tan acostumbradas a trabajar juntas que no puedo cortar el cordón”, dice emocionada Ana. Cuando la ciencia se hace con corazón, pasan estas cosas. Formar a alguien no es solo transmitirle determinado conjunto de conocimientos, técnicas y formas de pensar. Es un ida y vuelta en el que todas las partes salen ganando: ellas, sus casas de estudio, la sociedad y las personas curiosas por nuestro rico pasado fósil.

La pequeña mandíbula FC-DPV 2811 finalmente se salió con la suya. Desvió a Ana del objetivo de su doctorado pero, como decía Clemente Estable, no está mal irse un poco por las ramas si se vuelve con un fruto. El Oligopterna orientalis, con sus más de 21 millones de años y dejando una marca para todo el continente sudamericano, está ahí para darle la razón al célebre investigador.

Artículo: “A new genus and species of Proterotheriidae (Mammalia, Litopterna) from the Fray Bentos Formation (late Oligocene, Deseadan SALMA), Uruguay”
Publicación: Journal of Vertebrate Paleontology (junio de 2026)
Autores: Ana Badín, Andrea Corona, Laura Cruz y Daniel Perea.