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Corte transversal de gleditsia del río Uruguay, mostrando anillos de crecimiento anual. Imagen del proyecto ANII fondo María Viñas UruDendro 2.0

Corte transversal de gleditsia del río Uruguay, mostrando anillos de crecimiento anual. Imagen del proyecto ANII fondo María Viñas UruDendro 2.0

Señora de los anillos: trabajo descifra los secretos de una invasora en su conquista de un área protegida

Investigación de los anillos de crecimiento de la Gleditsia triacanthos, especie invasora que atenta contra nuestros bosques, permite comprender su avance en Esteros de Farrapos y brinda herramientas para hacerle frente.

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Desconfía siempre de los regalos de madera, pues pueden esconder una invasión latente. Es la moraleja que se desprende de la historia del caballo de Troya, pertinente ahora que estamos en plena fiebre global por La Odisea, pero aplica perfectamente para algunas invasiones biológicas que sufrimos en Uruguay, y que llegaron con la promesa de un beneficio que se volvió en nuestra contra.

Para muestra, basta una especie. Su historia en Uruguay no es tan vieja como la del caballo famoso del ciclo troyano, pero tampoco es reciente, a tal punto que necesitamos retroceder al menos un siglo para entenderla bien.

Ya por entonces Uruguay se mostraba deseoso por abrir las puertas a esta invasora, que venía instalándose con timidez al menos desde fines del siglo XIX. Un artículo de la Revista de Agronomía de 1933 confesaba el objetivo de “poner de manifiesto el valor de la Gleditsia triacanthos como árbol forrajero, es decir, cuyo fruto puede ser utilizado provechosamente por el ganado para su alimentación”. Ese es el nombre científico de la protagonista de esta historia, aunque aquí la conocemos comúnmente como gleditsia, corona de Cristo o acacia de tres espinas, por sus intimidantes espinas leñosas que crecen agrupadas de a tres.

El artículo lamentaba que en Uruguay estuviera poco cultivada y recomendaba plantarla “en las faldas y valles de las sierras, la orilla de los arroyos y las islas deltarias, por el valor forrajero de sus chauchas y la calidad de su madera”.

De hecho, la Facultad de Agronomía las había plantado en su arboreto para comprobar justamente estas bondades. Explicaba que era una especie de alto valor para Uruguay, de “fácil repoblación natural” y con semillas “fácilmente transportadas por el agua” y por el ganado. Incluso sugería cultivarla en mezcla con árboles nativos. Era también apreciada por su valor ornamental, ya que da buena sombra y es resistente en ambientes urbanos.

Para entonces, la gleditsia llevaba por lo menos 40 años de cultivo experimental en jardines y chacras de Montevideo y Canelones, tal cual se deduce del artículo, pero con este impulso se expandiría muy rápidamente por otras zonas del país, en especial el oeste, y generaría consecuencias lamentables que nadie entonces pudo prever.

Para la década de 1950, por ejemplo, Gleditsia triacanthos se abría paso en el parque nacional Santa Teresa junto con otro temible invasor de características similares, el ligustro, que Horacio Arredondo intentó reproducir allí intensamente. Al menos 1.000 gleditsias podían contarse en el parque, en pequeños grupos sobre suelos arenosos y rocallosos.

Fue una pésima idea, pero no hay que ser demasiado severos con la Facultad de Agronomía o con el pionero Horacio Arredondo. En esas épocas el mundo no discutía aún los riesgos de las especies invasoras, que terminarían por convertirse en una de las amenazas más grandes para la biodiversidad global. Introducir organismos en ecosistemas que no están preparados para ellos ha traído como consecuencia impactos severos en la fauna y flora nativa, el ambiente e incluso en las propias actividades humanas.

En las últimas décadas, sin embargo, científicas y científicos locales comenzaron a estudiar los efectos de las invasiones biológicas en Uruguay, aportando así evidencia que nos da herramientas para luchar contra ellas y aprender de errores del pasado. Así ocurre con la gleditsia y su avance por regiones de Uruguay ambientalmente muy sensibles.

Por ejemplo, Gleditsia triacanthos es protagonista de una reveladora y reciente investigación llevada a cabo por Christine Lucas y Sofía Acosta, del Departamento de Ciencias Biológicas del Centro Universitario Regional (Cenur) Litoral Norte de Paysandú (Cenur) de la Universidad de la República (Udelar), Serrana Ambite, del Departamento Forestal de la Facultad de Agronomía (Udelar), Melina Aranda, de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires (Argentina), Ludmila Profumo del Laboratorio de Dendrocronología y Anatomía de la Madera del Cenur Noreste de Rivera (Udelar) y Beatriz Sosa del Instituto de Ecología y Ciencias Ambientales de la Facultad de Ciencias (Udelar).

En ella hacen hablar a los árboles para contarnos cómo avanza la gleditsia en el área protegida Esteros de Farrapos e Islas del Río Uruguay, cómo y cuándo llegó a esa zona y qué información tenemos que manejar si queremos evitar que siga desplazando a las especies nativas de una de las áreas con más biodiversidad del país.

Toco madera

La gleditsia es una abusadora, aunque tampoco podemos echarle la culpa por comportarse de esa manera. Trasladada a un ambiente que la favorece, ha aprovechado su oportunidad para abrirse paso entre los bosques uruguayos.

Es originaria de América del Norte, pero ha invadido exitosamente 43 países gracias a su alta producción de frutos, su germinación rápida, su tolerancia a distintos tipos de suelo y condiciones ambientales y, sobre todo, gracias a un crecimiento leñoso veloz que la lleva a sacar ventaja a otras especies de talla más pequeña. Eso le permite acaparar el acceso a la luz, el bien más preciado en el funcionamiento de los bosques.

Según estimaciones de 2022, ocupa unas 22.000 hectáreas en Uruguay, lo que equivale a 2,6% de la cobertura de bosque nativo. Invadió particularmente las zonas ribereñas del bajo río Uruguay y se convirtió así en un desafío para el manejo y la conservación de estos ecosistemas, especialmente en áreas protegidas.

“Hemos observado que puede llegar al doble de altura que muchas de las especies nativas que crecen en bosques ribereños, y eso hace que tenga más acceso a la luz y capte más recursos”, explica Beatriz Sosa. En los bosques de Norteamérica en los que es nativa, compite con otras especies de altura similar a la suya, lo que explica en parte que tenga allí una abundancia y densidad menores que en áreas invadidas.

Al igual que el ligustro (Ligustrum lucidum), la gleditsia se caracteriza por su alta presión de propágulos, es decir, la cantidad de semillas o individuos que libera en el ambiente. Esta característica implica una competencia desleal para muchas especies nativas, que quedan relegadas a la hora de hacerse un lugar en el bosque y ocupar los espacios que van quedando. Por algo el Comité de Especies Exóticas Invasoras de Uruguay definió a ambas como prioritarias de actuación, debido a su capacidad de degradación del monte nativo y a los efectos en cascada que generan a nivel poblacional, comunitario y ecosistémico.

“Al ir desplazando a las especies nativas va homogeneizando los ecosistemas, hasta formar casi bosques monoespecíficos”, agrega Beatriz. Eso es lo que está pasando justamente en algunas partes de Esteros de Farrapos, donde la invasión de esta especie es seguida desde hace años por Beatriz y sus colegas.

_Gleditsia triacanthos_ en zona riparia del río Uruguay.

Gleditsia triacanthos en zona riparia del río Uruguay.

Foto: gentileza, Beatriz Sosa

A la gleditsia también se le dio la bienvenida ingenuamente en esa zona, con la misma lógica mencionada en el comienzo del artículo. “Lo que pudimos averiguar es que en los años 70 se la introdujo porque estaban talando el bosque nativo y precisaban tener una especie que creciera rápidamente y pudiera ser una fuente de madera más útil para pueblos cercanos como San Javier”, agrega Beatriz.

Como aclara la investigadora, para resolver un problema se terminó creando otro más grande. “Es importante pensar en las especies invasoras como una lección sobre las cosas que hemos hecho creyendo que generábamos un bien, sin entender bien sus consecuencias”, dice.

Dentro de la conservación, es un cuento con moraleja que nos cuesta aprender, a juzgar por la cantidad de introducciones de especies exóticas que se han producido incluso cuando ya estábamos al tanto de sus riesgos. En ese sentido, los investigadores locales tienen la desgracia de parecerse al profeta bíblico Jeremías, que iba de un lado a otro anunciando verdades a las que nadie hacía caso (aunque a diferencia de Jeremías, tienen evidencia científica para respaldar sus afirmaciones).

Hasta ahora, el equipo de Beatriz trabajó en la dinámica espacial y temporal de la invasión de la especie y modelaron las zonas de avance de la gleditsia en Farrapos. Esto permitió entender mejor dónde es necesario destinar los esfuerzos de control de esta invasora, algo fundamental, pero para tener un panorama completo de la situación les faltaba una parte de la historia.

Necesitaban entender, entre otros aspectos, la edad de la invasión y los factores ambientales que están contribuyendo al desarrollo de la especie de la región. Es allí donde entra en escena Christine Lucas, cocoordinadora del Laboratorio de Ecología Fluvial del Departamento de Ciencias Biológicas del Cenur Litoral Norte.

La señora de los anillos

Christine se especializa en la dendrocronología, el estudio de los anillos de crecimiento de los árboles. Así como J R R Tolkien hacía hablar a los árboles a través de los míticos ents, que narran en El señor de los anillos la historia de destrucción ambiental de sus bosques, quienes trabajan en dendrocronología hacen algo similar al permitir a los árboles contar su historia a través de sus anillos de crecimiento. El relato a menudo es igual de triste, pero también brinda herramientas para cambiar su final.

Aunque muchos asocian esta técnica a algo básico, como contar los anillos para saber los años de un árbol, la dendrocronología es mucho más que eso. El grosor y la densidad de cada anillo suelen variar según las condiciones ambientales del año específico en el que surgieron, lo que permite dar fechas precisas a eventos como sequías, inundaciones, temperaturas extremas u otros eventos estresantes, y deducir cómo afectó eso al árbol.

Si uno cuenta con recursos, también puede estudiar la huella química que dejan los anillos y descubrir episodios de contaminación, por ejemplo. “Si alguien quiere esconder el pasado, los anillos te muestran la verdad”, dice Christine, en una frase que suena atinadamente tolkieneana.

“Con la gleditsia, esta técnica nos permitió indagar en preguntas ecológicas: ¿qué edades tienen los árboles? ¿Cómo responden los ejemplares viejos o los jóvenes a la inundación o a los calores de verano? ¿Hay pulsos de reclutamiento? ¿Hay factores climáticos y ecológicos que favorecen su crecimiento o que lo inhiben?”, se pregunta Christine.

Para responder a ello, contaron con un poco de ayuda de la naturaleza. En una zona de Esteros de Farrapos, a lo largo del margen oriental del río Uruguay, hay una franja que las investigadoras llaman “área de experimento natural”. Es una suerte de barra de unos 1.400 metros de largo por 160 de ancho formada por la deposición de sedimentos, que les permite estudiar distintos estadios de formación de los ambientes y cómo ha crecido y avanzado allí la gleditsia.

Para realizar su estudio, obtuvieron muestras de 26 árboles vivos de esta especie dentro del área de estudio. Para ese muestreo seleccionaron los ejemplares de mayor tamaño de la barra arenosa (la zona de “experimento natural”), los más grandes y accesibles en la parte continental del área protegida, donde se sospecha que están las gleditsias más antiguas de la zona, y árboles sanos, de tallo único y sin bifurcaciones, por debajo de los dos metros de altura. Las investigadoras tenían muy claras las preguntas que les interesaban, pero ¿qué respondieron los árboles a través de la dendrocronología?

Ese loco show de los 70

El primer dato interesante es que los árboles corroboran la información que recuerda la gente del lugar. Los ejemplares más viejos en la zona de estudio tienen unos 55 años, fecha coincidente con su introducción a comienzos de los 70 para su explotación maderera. Los árboles estudiados abarcan una gama que va desde esa edad hasta los 6 años, lo que muestra la persistencia a largo plazo de la especie en el área.

Con respecto a la distribución de las edades, corroboraron un proceso de colonización de norte a sur en el área de estudio. “A la vez hemos notado que donde hay árboles nativos más grandes y más diversidad, el avance de la gleditsia se frena un poco”, señalan las investigadoras.

El estudio de la variación del grosor de los anillos también permitió confirmar la plasticidad que tiene esta especie y la estrategia que desarrolla en un área invadida como Farrapos. Mostró un crecimiento rápido durante los primeros años de la etapa juvenil, alcanzando el punto máximo del crecimiento de diámetro del tronco entre los 7 y 10 años. Eso es algo llamativo. La gleditsia crece en Uruguay con mucha más rapidez en esta etapa que lo que logra en su zona de origen.

Rafaela Sol Lopes muestreando gleditsia (2025).

Rafaela Sol Lopes muestreando gleditsia (2025).

Foto: gentileza, Beatriz Sosa

Esta tendencia es característica de las especies invasoras “que adoptan una estrategia de crecimiento horizontal y vertical rápido para ocupar claros del dosel o espacios abiertos”, señala el trabajo.

Christine ha visto cuán distinto crece y luce esta especie en Norteamérica, donde es nativa. “Esa diferencia puede tener que ver con las variedades de gleditsia que han llegado aquí y también con la ausencia de controladores biológicos que podrían mantenerla a raya en su sitio de origen, como los muchos insectos que la atacan allí”, señala Christine.

Son algunas de las varias hipótesis a explorar para explicar este tipo de procesos invasivos, pero, como bien apunta Beatriz, siguen la misma lógica que la de las invasiones biológicas de fauna. Si una especie llega a una región en la que no cuenta con depredadores ni controladores, es factible que se reproduzca más rápida y libremente.

Otro hallazgo relevante del estudio es que se constató una desaceleración en el crecimiento luego de ese pico máximo de crecimiento entre los 7 y 10 años, lo que coincide con la edad de maduración sexual de la especie.

“Es como que están empezando finalmente a enlentecer ese pulso de crecimiento de la adolescencia”, señala Christine. Esto ocurre, quizá, porque una vez que está bien establecida en el dosel del bosque, la gleditsia reorienta parte de sus recursos a la reproducción (también como buen adolescente).

El trabajo también detectó pulsos de crecimiento ocurridos en 2000, 2009 y 2012-2014, y logró asociarlos a determinadas condiciones ambientales. En este punto la historia se vuelve más compleja, pero a la vez más interesante.

No me encasilles

A la hora de controlar la gleditsia para evitar que siga homogeneizando nuestros bosques nativos, sería muy conveniente tener una receta clara. Por ejemplo, saber que ciertas condiciones ambientales, como inundaciones, sequías, o temperaturas extremas, inhiben o favorecen su crecimiento. Pero no podemos encerrar el comportamiento de la naturaleza en envases rígidos que se ajustan a nuestras necesidades. La situación varía mucho según la época del año y la edad de los individuos.

Por ejemplo, los resultados muestran que las primaveras más cálidas y los caudales moderadamente altos favorecen el crecimiento físico de esta especie (algo relevante ante los posibles escenarios futuros que nos depara el calentamiento global). Sin embargo, las temperaturas elevadas durante el inicio del otoño limitan su actividad biológica, quizá por pérdida de humedad.

Aunque la especie es tolerante a los aumentos del nivel del río e incluso se ve favorecida por ellos hasta cierta medida, cuando estos niveles son demasiado altos comienza a ser perjudicada.

Con la edad se dan otras diferencias. Los ejemplares juveniles y adultos jóvenes disminuyen su crecimiento cuando hay temperaturas elevadas en verano y comienzos del otoño, pero los individuos de 11 a 20 años de edad mostraron una respuesta positiva. Otras condiciones ambientales, como las precipitaciones, provocaron también respuestas distintas según la edad.

“Esto es interesante en el sentido de que nos desestructura un poco. El gestor espera que le digas cuándo es conveniente actuar. Y una tiene que responderle que en primavera, pero capaz que no en todas las primaveras, sino las lluviosas y para ejemplares de cierta edad o tamaño”, dice Beatriz.

“Necesitamos entender justamente que las cosas no son tan lineales y que la gestión tiene que acoplarse a los ciclos de la naturaleza. Primero debemos conocerlos y pensar en un enfoque más sistémico, que tenga en cuenta la dinámica de la especie”, agrega. Es obviamente un desafío para la burocracia y los tiempos administrativos humanos, pero la naturaleza no espera por los trámites.

Aunque vuelve más complejo el control de esta invasora tenaz, es muy relevante saber estos datos. “Estás identificando cuáles son los puntos débiles de la especie o los factores que son estresantes para poder integrar eso en el comportamiento de la especie y entender cómo avanza”, aclara Christine.

La investigación es muy relevante por la información que obtuvo, pero da también un paso más allá: brinda consejos prácticos y concretos en los que aplica el conocimiento obtenido.

¡No pasarás!

“Los esfuerzos de control deberían priorizarse durante las etapas de vida muy tempranas, antes de que se alcancen las tasas máximas de crecimiento. En esta etapa, es probable que los individuos estén asignando la mayoría de los recursos al crecimiento, aún no han acumulado reservas suficientes para tolerar perturbaciones y no han alcanzado la madurez sexual para producir propágulos”, sugiere el trabajo. Además, como permanecen por debajo del dosel superior, están potencialmente limitados por la disponibilidad de luz, “lo que podría aumentar aún más su vulnerabilidad”.

Sabiendo que las temperaturas medias mensuales elevadas al inicio del otoño restringen el crecimiento juvenil, pero que las inundaciones de verano pueden favorecerlo, “las acciones de control podrían programarse estratégicamente para coincidir con estas condiciones hidroclimáticas favorables y desfavorables”, agrega la investigación. En otras palabras, se trata de combinar los efectos del estrés ambiental con el de las intervenciones de control para detener el avance de la gleditsia.

“No es tarde para actuar. Especialmente en las zonas que todavía no están del todo degradadas, porque en términos costo-beneficio es donde salís ganando. Pero se está a tiempo incluso en las zonas donde la invasión está consolidada. Si hacemos las cosas bien, la naturaleza se regenera”, dice Beatriz.

Para eso, también hay que ver el árbol y no el bosque, para variar. “Quizá una persona que no maneja el tema de las invasiones ve que el bosque se mantiene en tanto conjunto de árboles, pero hay que entender que pierde un montón de biodiversidad. No perdés solo los árboles de una especie, perdés los insectos asociados, las aves, la red de interacciones”, agrega.

Montando muestras de tarugos para análisis de anillos de crecimiento anual.

Montando muestras de tarugos para análisis de anillos de crecimiento anual.

Foto: gentileza, Beatriz Sosa

Las dos científicas tienen claro que el avance de la gleditsia no es una prioridad nacional, pero saben bien lo que se podría perder si no se hace nada. Por eso, dice Christine, buscan “aportar herramientas a la caja que tiene el gestor para actuar con pocos recursos”. La gleditsia tiene sin dudas sus ventajas, como evaluaron quienes decidieron cultivarla hace más de un siglo en Montevideo y Canelones, o hace 50 años en los bosques de Esteros de Farrapos. Ya que da buena madera, podría dársele más uso y asociarlo con el control de la especie.

Salir a cortar la gleditsia sin un plan puede ser contraproducente, como ha ocurrido con el ligustro, porque ambas especies cuentan con un batallón de plántulas dispuestas a ocupar los espacios libres que quedan en el bosque. Tal cual apuntan las dos investigadoras, hay que pensar en términos de una estrategia sostenida en el tiempo y no en acciones puntuales.

La prueba de que el éxito es posible puede verse en una suerte de plan piloto en Rivera. Las investigadoras aprovecharon para combinar allí la lucha contra Gleditsia trtiacanthos en un parque urbano con un proyecto de la Intendencia de Rivera destinado a ayudar a carboneros en situación vulnerable. En ese caso, la tala de seis hectáreas de la especie proveyó materia prima de venta para los carboneros, un proyecto que se inició hace casi diez años y ha hecho que el parque siga hoy bajo control.

“Creo que cuando hay pocos recursos, la estrategia es intentar acoplar la lucha contra la gleditsia con un ordenamiento territorial que ya se venga desarrollando”, explica Beatriz. Limitarse solo a esto no es lo ideal, pero es un comienzo, y muestra también el esfuerzo extra que los científicos del país deben hacer para que sus investigaciones tengan un impacto real en la defensa del ambiente.

Los árboles nativos, a diferencia de los ents de Tolkien, no pueden aguardar 10.000 años para recuperar sus bosques en un retorno épico ni cuentan con la ayuda de hobbits buena onda. Nada pueden esperar si no es de nosotros mismos.

Artículo: “Lifetime growth dynamics as revealed by tree-ringsof the exotic invasive Gleditsia triacanthos in Uruguay river floodplains”
Publicación: Biological Invasions (junio de 2026)
Autores: Christine Lucas, Serrana Ambite, Melina Aranda, Sofía Acosta, Ludmila Profumo y Beatriz Sosa.