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Ciencia Investigación científica
Playa Ramírez. (archivo, enero de 2019) · Foto:  Santiago Mazzarovich

Playa Ramírez. (archivo, enero de 2019)

Foto: Santiago Mazzarovich

Detectan bacterias resistentes a antibióticos en las aguas de las playas Cerro, Pocitos y Ramírez

Basado en tres muestras tomadas en 2020 en esas playas, un trabajo reporta que de una colección de 21 cepas de bacterias fecales E. coli, 86% presentaba resistencia a antibióticos.

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Resistir es un verbo con un profundo sentido positivo. Resistimos ante situaciones adversas, como un frío extremo, una dictadura, una pérdida trágica. Resistir además puede suponer una oposición activa que va más allá del simple “aguantar” esas situaciones adversas, y, por ejemplo, ofrecemos resistencia ante un gobierno ilegítimo o ante acciones misóginas, xenófobas, sexistas o racistas. Resistir es, también, perdurar ante todas las adversidades, aun cuando se pierdan todas las partidas, cuando se duerma con la soledad, cuando se cierren las salidas y la noche no deje paz. Por eso, la expresión resistencia a los antibióticos no es para nada afortunada.

Sucede que quienes resisten a los antibióticos no somos nosotros, sino las bacterias. La gran mayoría de ellas no nos producen daño, y prueba de ello es que de los 39 billones de células de microorganismos que viven generalmente en nuestros cuerpos, la mayoría son bacterias. Pero hay unas pocas que sí pueden provocarnos enfermedades. Para combatir a esas pocas y preservar nuestra salud es que usamos los antibióticos. Que las bacterias se vuelvan resistentes a ellos significa que desarrollaron habilidades que hacen que los antibióticos que tenemos no las liquiden. Y eso es un problema grande para nosotros.

Para la Organización Mundial de la Salud (OMS), la resistencia a los antibióticos (de las bacterias) “es hoy una de las mayores amenazas para la salud mundial, la seguridad alimentaria y el desarrollo”. Por ejemplo, el gobierno británico estimó que para 2050 “las muertes atribuibles a la resistencia a los antimicrobianos excederá a aquellas causadas por el cáncer”. Tal es el problema.

¿Por qué se genera esa resistencia de las bacterias a los antibióticos? En primer lugar, porque, como reza el dicho popular, lo que no mata fortalece. El mal uso de los antibióticos, como su prescripción equivocada cuando no estamos cursando una infección bacteriana, o cuando los dentistas lo recetan “por las dudas” antes de hacer una extracción, o cuando los tomamos por menos tiempo del indicado, permite que determinadas bacterias con mecanismos para defenderse ante ellos proliferen. Esos mecanismos implican el desarrollo de proteínas por genes que, en el marco de este problema, se denominan “genes de resistencia a antibióticos”.

Problema aparte y de gran envergadura es el uso indiscriminado de antibióticos en la industria animal. Como decía en un artículo el microbiólogo del Instituto de Investigaciones Biológicas Clemente Estable (IIBCE) Pablo Zunino, “más de 70% de los antibióticos definidos como médicamente importantes están destinados a animales”, y recordaba que pertenecen “a las mismas familias” de los usados en la medicina humana. Empleados para promover el crecimiento o como prevención ante infecciones en criaderos donde hay animales hacinados, la producción animal es una guardería donde las bacterias resistentes a antibióticos retozan a sus anchas.

Por otro lado, las bacterias se reproducen muchísimo más rápido que nosotros. De hecho, algunas lo hacen cada 20 minutos. Al aplicar un antibiótico que no las liquida a todas, las que no murieron por ser resistentes generarán pronto una gran cantidad de bacterias que no serán sensibles a su acción. Pero además las bacterias guardan otro maravilloso truco bajo la manga.

Así como los humanos cambian figuritas de un álbum, las bacterias pueden pasarse genes entre ellas, lo que se denomina “transferencia horizontal de genes”. No hace falta reproducirse ni engendrar nuevas bacterias. “Che, tengo este gen que te protege contra la ampicilina, ¿te sirve?”, podría decirse en un intercambio bacteriano. Y este jipismo genético bacteriano representa un gran desafío: permite que bacterias que nunca han estado ante determinados antibióticos ya tengan genes de resistencia a ellos. Por ejemplo, si las bacterias que están bajo lluvia constante de antibióticos en los establecimientos de producción animal se encuentran con bacterias de nuestros cuerpos, o de entornos urbanos u hospitalarios, pueden pasarles unos cuantos piques de resistencia. Por eso la OMS habla de “una salud”: la salud humana, animal y ambiental están estrechamente relacionadas. Lo que hagamos mal (o bien) en una de esas tres patas afectará indefectiblemente a las otras dos.

En este contexto, la publicación del artículo “Análisis de una colección de aislamientos de Escherichia coli obtenidos en Montevideo del agua de playas del Río de la Plata” es sumamente relevante.

En el trabajo, firmado por Ludmila Berrueta y Fernanda Azpiroz, de la Sección Fisiología y Genética Bacterianas de la Facultad de Ciencias de la Universidad de la República, y Felipe Castro y Silvia Batista, del Laboratorio de Microbiología Molecular del IIBCE del Ministerio de Educación y Cultura, se comunican los resultados de un estudio realizado en “una pequeña colección de Escherichia coli”, una bacteria que es un “indicador clásico de contaminación fecal del agua”, recolectada en tres playas de Montevideo (Cerro, Ramírez y Pocitos). ¿Qué buscaban? Ver si estas bacterias de los intestinos humanos y animales, que llegan al mar de playas de uso recreativo a través del sistema de saneamiento, eran o no resistentes a antibióticos. Veamos un poco más del asunto.

De intestinos, saneamiento, plantas de tratamiento y playas

¿Por qué ir a ver si las Escherichia coli –para los amigos E. coli– estaban en la playa y si encima tenían resistencia a los antibióticos? Por varias razones.

Como vimos, E. coli es una bacteria muy común en nuestros intestinos (y en los de otros animales). El intestino es de hecho un lugar donde vive gran cantidad de bacterias. Como explica el artículo, cuando un antibiótico llega allí, se promueve “la selección de bacterias resistentes, ya sea por la aparición de mutaciones” o por la ya mencionada transferencia horizontal. De hecho, se considera que “la microbiota intestinal es uno de los entornos más favorables para la aparición de bacterias patógenas resistentes a los antibióticos”.

Pero no solo el intestino es un entorno favorable para la emergencia de bacterias resistentes a antibióticos. Los humanos hemos creado otro lugar ideal para que esto también suceda: las plantas de tratamiento de aguas residuales.

Según reseña el artículo, estas plantas “se consideran sitios críticos para la aparición de resistencia a los antibióticos y su propagación en el medioambiente”, ya que en ellas confluye “una alta carga” de bacterias intestinales (allí va nuestra caca cada vez que tiramos la cadena) “junto con concentraciones subterapéuticas de antibióticos”, gracias, entre otras cosas, a restos de antibióticos que eliminamos por la orina, los desechos de hospitales y demás. Como citan en el trabajo, varios informes consideran a las plantas de tratamiento de aguas residuales como “las principales fuentes de diseminación de bacterias resistentes y genes de resistencia a los antibióticos en el medioambiente”. Y Montevideo aporta lo suyo en ese sentido.

El trabajo señala que la capital de Uruguay “cuenta con dos plantas de tratamiento preliminar de aguas residuales operativas: una ubicada en Punta Carretas desde 1991 y la otra en Punta Yeguas”, que comenzó a operar en 2020 un tiempo después de cuando se tomaron las muestras para esta investigación. El asunto es que en ambas plantas las aguas residuales “se filtran para eliminar partículas macroscópicas y se vierten al estuario a 2 km de la costa”, pero carecen de un tratamiento “para reducir el contenido microbiano”. En otras palabras, las plantas de Montevideo remueven sólidos, pero dejan pasar cualquier microorganismo que ande por el saneamiento y alcantarillado.

“Dado que no se hace ningún tratamiento para reducir el contenido microbiano del efluente”, dice el artículo, bacterias intestinales, incluyendo cepas resistentes a antibióticos, “llegarían a las zonas costeras de Montevideo, donde se desarrollan actividades como la pesca y el ocio en la playa”, lo que “podría representar un riesgo potencial para las personas”. Ante esto, el gobierno departamental “monitorea regularmente la calidad del agua de las playas mediante el conteo de coliformes y enterococos para determinar si son aptas para uso recreativo”, pero esa vigilancia no incluye el análisis de si en bacterias fecales como E. coli hay o no resistencia a los antibióticos. Eso justo fue lo que se propuso hacer esta investigación.

Buscando bacterias resistentes

“Este trabajo surgió como un proyecto del Programa de Apoyo a Investigación Estudiantil de la Facultad de Ciencias, que se enmarcaba en la temática sobre la diseminación de la resistencia antibiótica al ambiente”, cuenta Fernanda Azpiroz, autora correspondiente del artículo. “Dado que el agua es el principal vehículo de diseminación de bacterias resistentes y de sus genes de resistencia, surgió la pregunta de si en las aguas de la costa de la ciudad se detectaba la presencia de bacterias resistentes de origen entérico”, explica.

“A partir de este análisis preliminar se obtuvo una pequeña colección de cepas de E. coli resistentes a algún antibiótico. Posteriormente, en el marco de su tesina de grado, Ludmila Berrueta profundizó en el análisis de dicha colección de cepas, obteniendo la mayor parte de los resultados publicados”, señala Fernanda, y agrega que esos hallazgos “se complementaron con el análisis bioinformático de algunos elementos genéticos que contenían los genes de resistencia, trabajo realizado en conjunto con Silvia Batista y Felipe Castro”, ambos investigadores del IIBCE.

Las muestras de agua de las que se aislaron las bacterias E. coli de esta investigación se tomaron a finales de agosto de 2020 en las playas Ramírez y Pocitos, próximas “a la planta de pretratamiento de aguas residuales de Punta Carretas”, y de la playa del Cerro “por su proximidad a la bahía del puerto de Montevideo”. Para entonces la planta de tratamiento de Punta Yeguas aún no había comenzado a operar (lo haría unas semanas después). De todas esas muestras se aislaron siete cepas de bacterias de la playa del Cerro, ocho de la Pocitos y seis de la Ramírez, trabajando entonces con “una colección de 21 aislamientos de E. coli”.

Experimento de transferencia horizontal de genes de resistencia en cepa de playa del Cerro. Prueba ante 1) ampicilina; 2) trimetoprima: 3) estreptomicina. Con “E” se marca la cepa a la que le transfirieron genes y la mancha blanca muestra que las E coli crecieron igual aún ante la presencia de los antibióticos. Tomado de Berrueta y otros 2026

Experimento de transferencia horizontal de genes de resistencia en cepa de playa del Cerro. Prueba ante 1) ampicilina; 2) trimetoprima: 3) estreptomicina. Con “E” se marca la cepa a la que le transfirieron genes y la mancha blanca muestra que las E coli crecieron igual aún ante la presencia de los antibióticos. Tomado de Berrueta y otros 2026

Al buscar en estas 21 cepas de bacterias fecales de las tres playas resistencia a diez antibióticos empleados para tratar infecciones causadas por bacterias gram negativas (ampicilina, ceftazidima, cefotaxima, imipenem, trimetoprima/sulfametoxazol, tetraciclina, amikacina, gentamicina, ciprofloxacina y cloranfenicol) dieron con resultados que invitan a abrir los ojos.

Resistencia playera

Mirando el cuadro que acompaña el trabajo podemos decir que todas las cepas (siete de siete) de la playa del Cerro presentaban resistencia a alguno de los 10 antibióticos, mientras que cinco eran resistentes a más de uno.

En el caso de la playa Pocitos, siete de las ocho cepas de E. coli aisladas presentaban resistencia a alguno de los antibióticos, mientras que seis presentaban resistencia a más de uno.

Finalmente, cuatro de las seis cepas aisladas de aguas de la playa Ramírez presentaba resistencia, mientras que tres mostraron ser eran resistentes a más de un antibiótico.

Por tanto, de las 21 cepas obtenidas de las tres playas, 86% presentaron resistencia a algún antibiótico y 62% resistencia a más de uno. ¿Esto sorprendió a las investigadoras o estaba dentro de lo esperado?

“El hallazgo no fue inesperado, dado que era de nuestro conocimiento que la capital presenta un sistema de saneamiento que no cuenta con un tratamiento completo que permita la reducción de la carga microbiana. A su vez, las enterobacterias como E. coli, en particular las provenientes del ambiente clínico, contienen con frecuencia elementos genéticos que portan genes de resistencia a distintos antibióticos, producto de la presión ejercida por su uso”, comenta Fernanda Aspiroz.

Al preguntarle a Fernanda qué tan preocupante es el alto nivel de multirresistencia encontrado, responde invitando a hacer más ciencia: “Una herramienta para saber cuán preocupante es la presencia de este tipo de organismos en un ambiente sería seleccionar y aplicar protocolos de monitoreo estandarizados para estimar su abundancia a partir de muestras recolectadas en sitios definidos”, sostiene.

Por otro lado, el trabajo reporta que todas las cepas aisladas “fueron sensibles a la ceftazidima, imipenem y amikacina”. ¿Eso sería tranquilizador? Fernanda puntualiza: “Este estudio es una foto puntual y no podemos descartar que en otras instancias se encuentren bacterias resistentes a esos antibióticos”, dice, señalando que trabajos anteriores, como el de Pablo Fresia y colegas en 2019, o el de Cecilia Salazar y colegas de 2022, “encontraron en el agua de playa genes de resistencia a antibióticos betalactámicos, como son la ceftazidima e imipenem”. Sobre esos dos antibióticos Fernanda explica que “son empleados con frecuencia para el tratamiento de infecciones bacterianas, y en particular el imipenem se usa contra bacterias que evidencian resistencia a varios antibióticos, siendo un recurso para tratar infecciones complicadas”. Por todo eso, señala que “no podemos a priori calificar este resultado como tranquilizador o no tranquilizador”, insistiendo en que “un monitoreo prolongado en el tiempo podría permitir conocer mejor la ocurrencia y abundancia de bacterias entéricas resistentes a antibióticos” en nuestras aguas de uso recreativo.

Si bien los muestreos son solo de tres playas, con base en muestras de agua obtenidas en un solo día de agosto de 2020, se podría asumir que en otras playas de Montevideo es probable que se dé una presencia similar de E. coli con resistencia a antibióticos. “En principio, sí”, conjetura Fernanda. “Esto no solo es válido para otras playas de Montevideo, sino también para todas aquellas que puedan recibir vertimientos de saneamiento”, dice ampliando el margen de nuestra preocupación. “Cabe mencionar además que las condiciones ambientales como salinidad, radiación solar, sólidos en suspensión, entre otras son importantes, ya que pueden afectar la supervivencia de las bacterias en el medio acuático”, agrega. Por eso lo que dijo de que esto es “una foto”. Tal vez con más ciencia podamos ver una película más completa.

Confirmado: nuestras bacterias playeras son jipis genéticas

En el trabajo fueron más allá. De los aislamientos de E. coli de las tres playas obtuvieron clones que luego fueron puestos en placas junto a bacterias E. coli de laboratorio (K12 su nombre) que se sabe que no tienen genes de resistencia a los antibióticos. En estos experimentos procuraron ver si efectivamente estas bacterias resistentes a antibióticos de la Ramírez, Cerro y Pocitos podían transferir horizontalmente sus genes de resistencia, es decir, si eran jipis genéticas. Como si se pasaran todo el día escuchando a Manu Chao o Martín Buscaglia, resultó que sí.

“Tres aislamientos de E. coli, representativos de las tres playas, transfirieron por conjugación todos sus genes de resistencia a antibióticos a una cepa de E. coli K12”, reporta el artículo. Es decir, esa inocente bacteria que nunca había visto en su vida un antibiótico adquirió la capacidad de resistir a varios gracias a la generosidad genética de nuestras bacterias fecales playeras.

“La transferencia conjugativa de genes de resistencia se probó en condiciones in vitro, distantes de las del agua de las playas, y a una cepa de E. coli de laboratorio. Por lo tanto, si bien algunas de las cepas tienen la capacidad de transferir horizontalmente sus genes de resistencia, no sabemos si efectivamente la diseminación de la resistencia puede ocurrir en el agua del Río de la Plata”, nos ataja Fernanda. “En este sentido, prevemos continuar esta línea de investigación analizando la transferencia de la resistencia antibiótica en condiciones semejantes a las naturales”, amplía.

De aquí en más

“Dado que las playas de Montevideo se utilizan para actividades recreativas, sería importante monitorear la abundancia de bacterias resistentes a los antibióticos y sus genes correspondientes en las zonas costeras de la ciudad”, dice hacia el final del artículo el equipo de investigación, agregando que ese monitoreo “proporcionaría información sobre la propagación de la resistencia a los antibióticos en este entorno y, por consiguiente, sobre el riesgo potencial para la salud humana”.

Ante los resultados presentes y la evidencia acumulada sobre la temática en otras partes, ¿debería Montevideo comenzar a pensar en un sistema de tratamiento que no solo removiera sólidos, sino que también eliminara microorganismos?

“Lo apropiado sería instalar plantas de tratamiento que permitan reducir la carga de microorganismos de las aguas residuales”, señala Fernanda. “Seguramente esto implica una alta inversión. Mientras tanto, consideramos adecuado realizar un monitoreo riguroso de la contaminación fecal de las playas que permita establecer alertas oportunas”, sostiene.

El objetivo de esta nota no es generar alarma, sino divulgar evidencia para dimensionar el problema. “Como todo estudio científico, nuestro objetivo es ampliar el conocimiento, en este caso en una temática que es actualmente un problema global de salud”, sostiene Fernanda. “En total sintonía con el objetivo de tu nota, no pretendemos generar ningún tipo de alarma. Por el contrario, procuramos que los resultados obtenidos sean un insumo útil para desarrollar acciones a futuro que permitan mitigar la problemática”, concuerda.

El artículo que publicaron salió en la revista Antonie van Leeuwenhoek, que lleva ese nombre en homenaje al pionero de la microscopía y la microbiología. Van Leeuwenhoek fue el primero en observar bacterias bajo un microscopio y ayudó a que la humanidad abriera los ojos a fenómenos que, por pequeños, se nos escapaban. Este artículo continúa con esa tradición: pequeñas grandes cosas pasan en nuestras aguas y Ludmila Berrueta, Felipe Castro, Silvia Batista y Fernanda Azpiroz ayudan a hacerlas visibles.

Artículo: Analysis of a collection of Escherichia coli isolates recovered from beach waters on the coast of the Río de la Plata in Montevideo
Publicación: Antonie van Leeuwenhoek (junio de 2026)
Autores: Ludmila Berrueta, Felipe Castro, Silvia Batista y Fernanda Azpiroz.