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Ciencia Investigación científica
Bidones de agroquímicos usados en un campo sobre ruta 1, en Colonia (archivo, julio de 2025). · Foto: Ignacio Dotti

Bidones de agroquímicos usados en un campo sobre ruta 1, en Colonia (archivo, julio de 2025).

Foto: Ignacio Dotti

Preocupante: detectan glifosato por encima de los límites máximos en seis de 12 alimentos de Uruguay

Trabajo reporta presencia de altísimos niveles del herbicida glifosato en fideos, lentejas, arroz, polenta, leche en polvo y avena laminada de Uruguay y en leche en polvo, galletas de trigo, pavo en lata y maíz de Perú.

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Ya lo sabemos porque lo hemos dicho en múltiples notas, pero dado que el público siempre se renueva, vaya una vez más: el glifosato, un herbicida creado para eliminar malezas, es el agroquímico más importado y usado en nuestro país (en 2024 Uruguay importó más de 18.000 toneladas de glifosato). Es un herbicida de amplio uso en cultivos de soja transgénica, ya que las principales modificaciones genéticas de estas plantas justamente se hicieron para que fuera capaz de resistir a su devastador efecto. Pero el producto es tan efectivo en liquidar malezas, hierbas y cualquier integrante del reino vegetal, que su aplicación se ha generalizado más allá de los campos de soja y se aplica antes de la siembra de muchos cultivos e incluso como desecante previo a la cosecha de varios granos. Y como sucede con muchos productos químicos empleados para eliminar plantas, insectos, bacterias u hongos, se ha demostrado que la aplicación excesiva de glifosato es dañina para la salud de los ecosistemas de gran cantidad de seres vivos, los seres humanos incluidos.

Como decíamos en una nota previa, “se ha demostrado que el glifosato no es solo un eficaz asesino de plantas: también es perjudicial para un montón de otros organismos que no serían su blanco específico, como han reportado investigaciones científicas a lo largo y ancho del globo”.

En Uruguay se ha mostrado que es perjudicial, por ejemplo, para arañas que ayudan a controlar los cultivos y para las abejas. Sin detallar el efecto del glifosato, pero debido a su gran ubicuidad en zonas de producción agrícola, investigaciones han relacionado la aplicación de agroquímicos con un aumento de los nacimientos prematuros y con peso por debajo de lo normal.

Ahora una nueva publicación en una revista científica nos llama la atención sobre la presencia de glifosato ya no en las zonas rurales donde se aplica, sino también en los alimentos que consumimos, ya sea que estemos en la ciudad, en el campo o en cualquier rincón del país. Titulado “Presencia de glifosato en alimentos distribuidos a través de programas sociales destinados a poblaciones vulnerables en Perú y Uruguay”, el artículo publicado en la revista Salud Colectiva lleva la firma de Susana Ramírez, del Departamento de Antropología, Filosofía y Trabajo Social de la Universidad Rovira i Virgili, España, y Claudio Martínez, de la Universidad de la República y el Programa de Posgrado en Biociencias y Sostenibilidad Alimentaria de la Universidad Tecnológica (UTEC) y miembro de la Unión de Científicos Comprometidos con la Sociedad y la Naturaleza de América Latina.

En la investigación analizaron si había o no glifosato y en qué cantidades en muestras de cinco alimentos distribuidos en canastas del programa social Qali Warma de Perú (en concreto, latas de leche, latas de pavo, paquetes de galletas de trigo, granos de arroz y granos de maíz a granel para animales), que fueron recolectadas en junio de 2023, y en 12 alimentos que integraban en febrero de 2024 el Programa Canasta de Emergencia Alimentaria, gestionado por la Intendencia de Maldonado (en concreto, pasta seca al huevo, harina de trigo, lentejas, avena laminada, “cacao”, atún claro proveniente de Ecuador, aceite de soja proveniente de Brasil, arroz patna, pulpa de tomate, azúcar blanco refinado, polenta y leche en polvo entera).

Si bien, como aclaran en el trabajo, los resultados “son preliminares y exploratorios”, ya que analizaron unas pocas muestras de unos pocos productos de cada país, de todas formas preocupan y causan cierta bronca e impotencia (perdón, se dice que la ciencia se ciñe a la evidencia, pero reaccionar ante la evidencia está en nuestra naturaleza). En el trabajo los resumen así: “Los resultados evidenciaron presencia de glifosato en tres de cuatro muestras analizadas correspondientes al programa Qali Warma y en ocho de 12 muestras asociadas al programa uruguayo, registrándose en algunos casos concentraciones superiores a los límites máximos de residuos establecidos por el Codex Alimentarius”. ¿Qué es eso del Codex? Lo vemos.

“El Codex Alimentarius, elaborado conjuntamente por la FAO [Oficina de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura] y la OMS [Organización Mundial de la Salud], establece los límites máximos de residuos de plaguicidas en alimentos con el propósito de garantizar la inocuidad alimentaria y facilitar el comercio internacional”, se explica en el artículo publicado. Más aún, allí se indica que “en el caso de Uruguay los límites máximos de residuos se basan en el Codex, aunque también incorporan referencias de otras normativas internacionales cuando no existen valores específicos”, como podría ser la normativa de la Unión Europea (en el trabajo también se incluyen los límites que se aplican en Argentina, que se emplean en ocasiones como referencia por países de América Latina).

Así las cosas, de las 12 muestras de Uruguay, en ocho se detectó presencia de glifosato, aunque en dos no se pudo cuantificar por estar presente en muy baja proporción (se mide en partes por millón). En cinco muestras no solo se pudo cuantificar la presencia de glifosato, sino que estaba presente entre cinco y más de diez veces más de lo que la normativa establece como límite máximo permitido. ¿Cómo llega ese herbicida a la pasta o las lentejas que comemos? ¿Y a la leche en polvo? Con estas y otras interrogantes, consultamos a Claudio Martínez, coautor del artículo e integrante del Colectivo TÁ de la Universidad de la República (Udelar), dedicado a estudiar los impactos de los transgénicos y plaguicidas, así como de la construcción de alternativas (hoy está “jubilado pero no retirado” y es “docente libre” en la Facultad de Ciencias de la Udelar, donde se llevaron a cabo los análisis).

¿Por qué analizar productos de las canastas de alimentación?

Para el trabajo analizaron muestras de alimentos que se reparten como parte de programas sociales destinados a poblaciones vulnerables, tanto en Perú como en Uruguay. Sin embargo, eso no debiera distraernos de los resultados que importan: no es que en esos programas se distribuya comida en mal estado o de descarte, o que provenga de distintos proveedores a los que accede la población en general (al menos en el caso de Uruguay). Esto significa que el trabajo desnuda que hay glifosato en los alimentos no solo de esas canastas repartidas en determinados programas de asistencia, sino en alimentos que todos podemos comprar en cualquier supermercado o almacén. Es altamente probable que si se replicara este análisis con lentejas que se comercializan en cualquier comercio de Uruguay también encontremos trazas de glifosato.

“Es así. En este trabajo lo que está publicado es el análisis de las muestras provenientes de las canastas porque era fácilmente sistematizable”, explica Claudio Martínez a la diaria. Había además razones metodológicas propias de la cocina de los artículos científicos. “Me contactaron desde Perú, me propusieron analizar los productos de una canasta y me dijeron que podían enviarme las muestras. Les respondí que sí y se me ocurrió la idea de comparar con los productos de una canasta de acá”, rememora Claudio. Dado que está viviendo en Maldonado, recurrió a lo que tenía más a mano. “Me puse en contacto con gente de la Intendencia de Maldonado, y una persona gentilmente consiguió una canasta y me la dio en mano. A partir de ahí hicimos el estudio comparativo. No fue por una cuestión estratégica de analizar particularmente las canastas, sino que de esta colaboración surgió el comparar los resultados de los alimentos de una canasta y otra”, agrega.

El tema no le era ajeno. “Además de estos análisis, hice experimentos y análisis de productos que exceden a los de la canasta y te puedo asegurar que también en ellos hay glifosato. De manera general, podemos decir que se está reflejando el modo de producción en campo en los alimentos, aun cuando sean ultraprocesados. Y eso también ya lo habíamos reportado”, señala.

Claudio ya había participado, con colegas de México, en una investigación en la que analizaron derivados del maíz, desde tortillas hasta snacks. En 2017 reportaron que en aquellos donde se había usado maíz transgénico, una gran proporción dio positivo para glifosato. Luego tuvo otro indicio relevante para la presente investigación.

“En 2020 hicimos un análisis de la orina de 28 integrantes del Colectivo TÁ. Lo hicimos de una manera restringida porque era más fácil tratar el consentimiento informado y todo el protocolo que hay que tener cuando se trabaja con muestras humanas. Ahí encontramos que todos teníamos glifosato en orina. ¡Todos!”, recuerda aún impactado Claudio.

“Lo que dice la literatura es que en poblaciones urbanas la mayor exposición al glifosato proviene de los alimentos, de la dieta. Esos resultados fueron los que nos permitieron empezar a tirar del hilo, porque si teníamos glifosato en orina, queríamos saber de dónde venía”, dice. La hipótesis que manejaban entones era que, de alguna manera, “ese glifosato en campo termina en el alimento, aun cuando se trate de un ultraprocesado”. Lo de las canastas fue una oportunidad en avanzar en esa dirección.

“Lo que saco de este artículo es que tenemos que seguir investigando más, en todos los niveles, para tener un mapa de lo que está pasando en nuestro país, que es algo que refleja lo que ya se sabe en otros lados del mundo”, remarca Claudio.

El investigador retoma la posibilidad de que lo reportado en este trabajo pueda aplicarse a alimentos por fuera de las canastas repartidas. “Que lo que vemos en este trabajo suceda con todos los productos similares a la venta en comercios del país no lo podemos afirmar, porque este es un estudio exploratorio, pero es muy probable que todos aquellos alimentos que provienen de cultivos que han sido sometidos a agrotóxicos contengan sus restos. Acá analizamos glifosato como la punta del iceberg, pero claramente, así como hay glifosato, debe de haber otros agroquímicos”, conjetura. “Estos resultados preliminares y acotados ameritan un estudio más en profundidad, y a eso apuntamos con las autoridades”, afirma.

Vamos ahora a los productos repartidos en Uruguay y lo que encontraron en ellos.

Peores resultados que en las pruebas PISA: 8 en 12 con glifosato

¿Por qué de los 12 alimentos de la canasta del programa Canasta de Emergencia Alimentaria se reportan los datos de solo ocho? Es que previamente Claudio había aplicado unas “tirillas reactivas a glifosato”, una forma rápida y menos costosa de detectar su presencia. “Las muestras que dieron positivas o dudosas las pasé por Elisa, que es el método de referencia validado”, dice, empleando la sigla en inglés de este test llamado Enzyme Linked Immuno Sorbent Assay. La prueba Elisa es una técnica muy común en laboratorios bioquímicos y se utiliza para detectar y cuantificar proteínas, anticuerpos o antígenos específicos en una muestra dada. En este caso se empleó un kit específico que producía un cambio de color ante la presencia de glifosato.

El trabajo reporta que “en la Canasta de Alimentos de Maldonado se detectó glifosato en ocho de las 12 muestras analizadas”. Sin embargo, Claudio señala que hay dos muestras, la de harina de trigo y el cacao, que dan una pequeña señal”, por debajo del rango cuantificable de 0,75 partes por millón. “Esas no podríamos informar que son positivas, por lo que de las 12 muestras analizadas bajaría a seis el número de las que presentan glifosato”, señala. Ahora, las seis que dice Claudio que sí debemos dar como positivas generan preocupación.

En esas seis muestras “las concentraciones superaron los límites máximos de residuos establecidos por el Codex Alimentarius, la UE [Unión Europea] y Argentina”, reporta el trabajo.

En el caso de la pasta seca al huevo y las lentejas, “las concentraciones excedieron los límites máximos de residuos en más de cinco veces”, reporta el artículo. En efecto, en la pasta encontraron glifosato en 54 partes por millón, cuando el límite máximo que establece el Codex es de 30 y para el trigo en la UE ese límite está en 10 partes por millón. En el caso de las lentejas, había glifosato en 62,1 partes por millón, siendo de 10 partes por millón el límite máximo permitido por el Codex y la UE. Si eso era alto, peor fue el caso de los otros cuatro alimentos analizados.

Al hablar del arroz, la harina de maíz y la leche en polvo, reportan que “los valores superaron en más de diez veces” los límites. ¡Guau! En el caso del arroz, encontraron 4,7 partes por millón de glifosato. El Codex no establece límite para el arroz, pero la UE sí: no son aceptables más de 0,09 partes por millón. La polenta, elaborada con sémola de maíz, registró 16,1 partes por millón, cuando para el Codex el límite máximo son 5 partes y para la UE solo una.

Por otro lado, la avena laminada rompió la aguja: presentó un valor muy por encima del rango medible, por lo que no es posible determinar qué tanto excede los valores de referencia, aunque superó las 80 partes por millón. El trabajo señala que “considerando el amplio rango entre los límites máximos de residuos de la UE (20 partes por millón) y del Codex Alimentarius (100 partes por millón), y dado que Uruguay adopta como referencia los valores del Codex, es posible que la muestra se encuentre dentro de los límites permitidos; sin embargo, no puede descartarse que se trate de una muestra altamente contaminada, con concentraciones superiores al límite máximo de residuos”. Es que más de 80 puede ser desde 81 a cualquier número superior. Pero no nos distraigamos. Vayamos a lo que importa.

“Estamos acostumbrados a asociar el glifosato con los transgénicos”, comenta Claudio. Pero aquí la presencia excede a los transgénicos habilitados en nuestro país, que según reseña el artículo solo son eventos “de maíz y soja para su producción y uso comercial, ya sea para consumo directo o para procesos de transformación”, aunque “también hay eventos transgénicos de algodón, papa, tomate y trigo, aprobados únicamente para investigación”. ¿Por qué si no hay trigo transgénico, por ejemplo, en la pasta de trigo al huevo hay glifosato?

“Aquí incide el modelo de producción, el uso extendido del glifosato como herbicida general y, por otro lado, el uso de herbicidas como desecantes precosecha”, apunta Claudio.

¿Por qué se aplicaría un producto tóxico como el glifosato antes de la cosecha de diversos granos? En teoría, por varias razones productivas, como acelerar y uniformizar la maduración del grano al secar las partes verdes de la planta, reducir la humedad del grano y permitir que las máquinas ingresen antes a cosechar y, también, para disminuir la presencia de malezas y partes verdes durante el corte de la cosecha.

“De lo que estamos hablando es de ingredientes no declarados, como me gusta llamarles, que reflejan el modo de producción. En Uruguay no hay transparencia al respecto, no la hay de los ministerios competentes, en este caso sería Ganadería, Agricultura y Pesca [MGAP], en el sentido de asumir que hay una regulación muy clara cuando se hace el registro del producto químico para un uso determinado. Como dijo Pedro Mondino, de la Facultad de Agronomía, sabemos que se están utilizando productos agrotóxicos de manera ilegal, en el sentido de que se utilizan para matrices o productos para los cuales no fueron autorizados”. Esto lo vimos en una nota anterior, en la que Mondino comentaba que tres de los cinco plaguicidas encontrados en una investigación sobre frutillas no estaban autorizados para ser utilizados en ese cultivo por el MGAP.

“Además de ese uso ilegal, luego está la costumbre de secar el cultivo antes de la cosecha para facilitar el pasaje de las trilladoras. Entonces uno se pregunta qué tanto mayor es el rendimiento en campo por pasar un herbicida sabiendo que después va a quedar el alimento envenenado?”, se pregunta Claudio.

“La cuestión de fondo que tenemos que revisar son las prácticas agrícolas. No puede ser que estén echando un veneno poco antes de la cosecha, que no sé si queda registrado, porque no hemos podido acceder a ese tipo de registros, y que después quede en los alimentos. Claramente lo que están reflejando los resultados de este trabajo es el modo de producción en el campo. No es lo que pasa en la fábrica, no es lo que pasa en la cadena de distribución, no es lo que pasa en los supermercados; esto viene del origen”, remarca Claudio.

Un caso a seguir: glifosato en la leche en polvo

En la muestra analizada de leche en polvo se encontró glifosato en una concentración de 16,6 partes por millón. Para el Codex y la normativa europea, el límite máximo en leche en polvo es de 0,05 partes por millón. La normativa argentina es más permisiva y acepta hasta 0,1 partes por millón. Aun para esta última la muestra analizada en Uruguay superó 166 veces el máximo permitido. La presencia de glifosato en la leche en polvo llama poderosamente la atención. ¿De dónde viene?

“No sé por qué el glifosato está ahí. Quizás lo que está reflejando es la dieta de las vacas”, conjetura Claudio, ya que determinar el origen de ese glifosato en cada matriz no era el objetivo que se propusieron para la investigación.

Ahora, que el glifosato esté en fideos, leche en polvo, lentejas, arroz y polenta nos hace pensar que con una dieta normal es difícil escaparle (más allá de aclarar una vez más que este trabajo no detectó glifosato en una muestra representativa de todos esos alimentos, sino en seis de 12 muestras puntuales analizadas).

“Los modelos de producción deberían ser revisados a fondo. Si me pongo desde el punto de vista del consumidor, en primer lugar, nadie me avisó que me iban a dar un alimento contaminado con un agroquímico peligroso para la salud. En segundo lugar, en ningún lado firmé que aceptaba eso. Y lo tercero es que yo no quiero aceptar eso para mi dieta. Creo que tengo derecho a negarme a alimentarme de esa manera. El problema es que no tengo otra, porque esa es la realidad. No voy a dejar de comer avena, no voy a dejar de comer lentejas, no voy a dejar de comer arroz, leche, fideos...”, sostiene Claudio.

Y peor: si la leche en polvo tiene glifosato, entonces la leche líquida, que es el ingrediente con el que se hace la leche en polvo, ¿también tendría? “Asumo que sí, pero como científico, como técnico responsable de este trabajo, solo puedo afirmar lo que está en él, nada más”, aclara Claudio.

Pero un divulgador puede dejar la pregunta en el aire: si una muestra de leche en polvo tenía glifosato y la leche en polvo se hace a partir de la leche, se puede asumir que el glifosato está también en parte de la leche líquida que llega al mercado. Podríamos también aventurar que eso está reflejando cómo se alimenta la vaca en el tambo. Y entonces preguntar: ¿será que podemos hacer más investigación para determinar en qué tipo de producción de leche el glifosato está más presente en el producto final? ¿Esto afecta a la leche de todas partes o solo a las de algunas regiones/sistemas productivos/establecimientos?

“Lo que sí podemos sacar como conclusión es que esto es un llamado de atención para analizar las políticas de alimentación, en particular las dirigidas a poblaciones vulnerables, y el modo de producción, porque está reflejando que hay una contaminación omnipresente en nuestros alimentos por parte de agrotóxicos”, sentencia Claudio.

“De a poco, a través del trabajo de varios grupos de investigación y de distintas instituciones, lo que se está manifestando es una realidad que hace diez años se negaba. Antes se decía que el glifosato desaparecía una vez que lo ponías en el suelo, que tenía baja persistencia. Después se discutía si era tóxico o no, y hoy está categorizado como probablemente cancerígeno por la OMS. Entonces hay una realidad que está emergiendo: este modelo de producción, desde el punto de vista de la salud socioambiental, no es sostenible”, redondea.

¿Alarma o preocupación genuina?

“Ahora, con los resultados, quiero ir a las autoridades para ver cómo gestionamos esto. Mi idea no es salir a generar alarma, pero una vez que esto gane las redes y se haga público, por ejemplo, a partir de esta nota, algo de alarma se va a generar, es inevitable, porque el panorama es preocupante, no podemos negar la realidad”, dice Claudio.

Al leer el trabajo, más que alarma, uno siente cierta indignación. Todos tendríamos derecho a tomar leche y a comer pasta o arroz sin consumir glifosato. Siendo un país agroexportador, deberíamos revisar la forma en que producimos, porque acá está la prueba científica de que lo que se echa en el campo no queda en el campo.

“Como consumidor me parece que tanto el Ministerio de Salud Pública, como el de Ganadería y el de Desarrollo Social tendrían que ponerse las pilas y hacer algo efectivo en relación con esta situación, aunque no tengo claro cómo sería. Siempre digo que entre comer y no comer, es mejor comer aunque el alimento esté contaminado, porque si no, hay una desnutrición”, comenta, no demasiado convencido.

“En lo personal, a lo que apunto en mis cursos es a tratar de fortalecer el sistema inmune, la microbiota, los cuidados antes de cocinar, como lavar las frutas y hortalizas con bicarbonato, para bajar o mitigar por lo menos un poco el efecto de estos tóxicos, pero sabiendo que esa no es la solución al tema, que pasa por cuestiones mucho más estructurales que hay que abordar de manera medio urgente”, dice Claudio.

“Más aún, comparto esa rabia e indignación que vos tenés, y la comparto doblemente, porque hay alternativas. Habiendo un Plan Nacional de Agroecología, que apunta a otro tipo de producción, me da doble rabia porque ese plan no se apoya lo suficiente como para que tenga llegada masiva a la población. Algunos afortunados tenemos acceso a producción orgánica, pero no toda la gente lo tiene”, cuenta.

“Creo que, valga la metáfora, hay que poner el tema sobre la mesa, y es a eso a lo que apunta este trabajo: asumamos que hay una situación que no debería darse, pensemos entre todos cómo salir de este berenjenal, y actuemos en consecuencia ya”, finaliza Claudio.

El trabajo es preliminar y exploratorio. Aun así, nos llama poderosamente a no hacer como si nunca lo hubiéramos leído.

Artículo: Presencia de glifosato en alimentos distribuidos a través de programas sociales destinados a poblaciones vulnerables en Perú y Uruguay
Publicación: Salud Colectiva (julio de 2026)
Autores: Susana Ramírez y Claudio Martínez.