18 de febrero de 2026. Venimos de una seguidilla de hechos terribles consecuencia de los retortijones que anuncian el fin de la hegemonía estadounidense. Aun así, la orden ejecutiva que figura en el sitio oficial de la Casa Blanca, firmada por el presidente Donald Trump, logra sorprender ya desde el título: “Promoviendo la defensa nacional al garantizar un suministro adecuado de fósforo elemental y herbicidas a base de glifosato”.
Luego de hablar de varios usos del elemento fósforo (“omnipresente en las cadenas de suministro de defensa y, por lo tanto, crucial para la preparación militar y la defensa nacional”), el documento sostiene que ese elemento “también es un precursor esencial para la producción de herbicidas a base de glifosato, que desempeñan un papel crucial en el mantenimiento de la ventaja agrícola de Estados Unidos”. Agrega que estos herbicidas “son un pilar de la productividad agrícola y la economía rural del país, al permitir a los agricultores y ganaderos estadounidenses mantener altos rendimientos y bajos costos de producción, a la vez que garantizan que todas las familias estadounidenses tengan opciones de alimentos saludables y asequibles”.
El texto añade que “no existe una alternativa química directa e integral a los herbicidas a base de glifosato” (¡sic!), y que no poder acceder “a herbicidas a base de glifosato pondría en grave peligro la productividad agrícola”, por tanto, “garantizar un suministro adecuado de fósforo elemental y herbicidas a base de glifosato es crucial para la seguridad y la defensa nacionales, incluyendo la seguridad alimentaria, esencial para proteger la salud y la seguridad de los estadounidenses”. La orden firmada por Trump “delega al secretario de Agricultura” de su país “garantizar el suministro continuo de fósforo elemental y herbicidas a base de glifosato”, invitándolo a coordinar con el secretario de Guerra las acciones para lograr tal objetivo.
Uno no quiere ni imaginarse qué estarían sintiendo los autores del artículo científico, publicado a fines de enero, titulado “Intensificación agrícola y contaminación del agua por pesticidas: perspectivas multiescala de una cuenca subtropical”, si vivieran en Estados Unidos.
En el artículo reportan que en la cuenca del río San Salvador, en Soriano, en una de las zonas de mayor producción agropecuaria de Uruguay, a lo largo de un año de muestreo se encontraron en el agua 38 compuestos de pesticidas. Entre ellos, dominan los herbicidas. ¿Y adivinen qué herbicida en concreto es el que más se encontró en el San Salvador y seis de sus afluentes? Shhh, que Trump puede estar escuchando.
Bah, la evidencia es evidencia. Acá va: “El glifosato y su producto de degradación (AMPA) representaron el 20% de la carga total de plaguicidas que entró al medio acuático”, a la vez que fueron los “herbicidas detectados con mayor frecuencia” y los que “presentaron las concentraciones promedio más altas”. ¿En Estados Unidos ahora se considerará un acto de guerra o antipatriótico mostrar evidencia de que los herbicidas están en grandes cantidades en el ambiente, comprometiendo la salud humana, animal y de los ecosistemas? Vaya uno a saber. Pero acá, que aún es un país libre para la producción de evidencia científica, el trabajo es un gran aporte para pensar el futuro productivo del país y la salud de sus cursos de agua.
Se trata de una brillante investigación interdisciplinaria e interinstitucional que lleva la firma de Juan Manuel Gutiérrez, César Rodríguez, Margenny Barrios, Emilia Heber, Eugenia Fontes, Alejandra Kroger, Martín Pacheco, Giancarlo Tesitore y Franco Teixeira de Mello, del Departamento de Ecología y Gestión Ambiental del Centro Universitario Regional del Este (CURE, Maldonado) de la Universidad de la República (Udelar); Andrés Pérez, del Departamento de Desarrollo Tecnológico del CURE (Rocha); Verónica Cesio, Horacio Heinzen y Rodrigo Souza, del Grupo de Análisis de Compuestos Traza de la Facultad de Química (Udelar); Silvina Niell y Fiamma Pequeño, del Departamento de Química del Litoral del Centro Universitario Regional Litoral Norte (Cenur, Paysandú) de la Udelar; Ismael Díaz y Camila Fernández, del Instituto de Ecología y Ciencias Ambientales de la Facultad de Ciencias (Udelar); Natalia Barboza y Alejandro Mangarelli, del Laboratorio Ambiental del Ministerio de Ambiente; Mercedes Gelós y Florencia Hastings, de la Dirección Nacional de Calidad y Evaluación Ambiental (Dinacea) del Ministerio de Ambiente, y Dalma Soñez, del Departamento de Ecología y Evolución de la Facultad de Ciencias (Udelar).
Así que para hablar de la gran cantidad de plaguicidas que están presentes a lo largo de todo el año en los cursos de agua de nuestras tierras productivas, salimos, más rápido que Trump para proteger al glifosato, a hablar con Juan Manuel Gutiérrez, primer autor del artículo.
Una de las más ambiciosas búsquedas de pesticidas en agua
Al leer el trabajo queda claro el gran número de centros, laboratorios y reparticiones de los distintos investigadores e investigadoras: en las muestras de agua colectadas en el río San Salvador y seis de sus afluentes (los arroyos San Martín, Maciel, Águila, Magallanes, Bizcocho y Espinillo) se buscó, con cinco técnicas de detección distintas, un total de 138 compuestos de plaguicidas. Algunos eran los propios principios activos de estos agroquímicos, mientras que otros eran sus metabolitos, es decir, compuestos que se forman tras la degradación o cambios de los plaguicidas en el ambiente.
Probablemente el metabolito de plaguicida más famoso sea el ácido aminometilfosfónico –AMPA por su sigla en inglés–, que es producto de la degradación del glifosato, el herbicida más usado en nuestro país. ¿Qué tanto se usa el glifosato en Uruguay? Según datos citados en el propio artículo, en 2022 representó “casi dos tercios del volumen total de agroquímicos importados” por Uruguay. Se estima para ese año que Uruguay importó 8.000 toneladas solo del ingrediente activo glifosato.
Buscar rastros de 138 plaguicidas en agua es todo un récord para nuestras ciencias ambientales. ¿Cómo surgió este monitoreo? “Este proyecto fue coordinado por Franco Teixeira de Mello, que es mi tutor en el doctorado donde analizo pesticidas en agua y en peces”, dice Juan Manuel Gutiérrez. Pero como todo en ciencia, el asunto viene de antes: “Es la continuación de otro proyecto de pesticidas en Laguna del Cisne, y es un trabajo en conjunto de varias facultades y centros de la Udelar y el Ministerio del Ambiente”.
Si en el fútbol la pelota busca al jugador, en este caso la pelota llevó a Juan Manuel a la cancha grande. “Yo quería hacer un doctorado en esta área y justo llegué cuando estaba por empezar este proyecto. Franco me invitó a participar, así que entré en el momento justo”, señala.
¿Cuál es la idea de buscar plaguicidas en el agua en una cuenca con gran producción agropecuaria? Por un lado, claro está, saber qué está pasando. Pero hay más: “El interés pasa por desarrollar toda la metodología para poder cuantificar lo que hay en diferentes cuerpos de agua, ríos, lagunas, y de esa manera aportar al control y la gestión”, señala Juan Manuel.
Como bien dice el artículo, la información que presenta “es el resultado de un esfuerzo colaborativo entre la Udelar y el gobierno [desde el] Ministerio de Ambiente, con el objetivo de mejorar las capacidades nacionales para la evaluación y gestión de plaguicidas”.
La elección del San Salvador
“Se decidió estudiar la cuenca del San Salvador, en Soriano, porque es de las más intensas en agricultura de todo Uruguay, por lo que representa un extremo máximo de los pesticidas que se podrían llegar a encontrar”, cuenta Juan Manuel.
En el trabajo aportan algunos datos que ayudan a que nos hagamos una idea. Por ejemplo, dicen que la cuenca del río San Salvador, con sus 3.085 km², “alberga la mayor proporción de tierras agrícolas de secano en Uruguay, con un aumento del 50% en la superficie cultivada entre 1990 y 2018”. Agregan que está ubicada “en una de las regiones agrícolas más fértiles de Uruguay” y que tiene “76% de sus suelos destinados a la agricultura”, cultivándose allí “soja, trigo, cebada, maíz y sorgo, así como, en menor medida, canola, lino y girasol”. Luego de la agricultura hay ganadería, en general en pastizales mejorados, y en tercer y último lugar aparece la forestación, que abarca un pequeño porcentaje de la cuenca.
En este artículo reportan los restos de plaguicidas encontrados en el agua, pero el proyecto va bastante más allá. “Sí, este proyecto del San Salvador analizó la presencia de plaguicidas no solo en el agua y en los peces, sino también en sedimentos, en bivalvos y en abejas, ya fuera en la miel de las colmenas, en cera o en polen”, dice en referencia a las distintas “matrices” analizadas, que les permitirán “afinar las metodologías de detección y cuantificación de plaguicidas”. Por eso afirma que se trata de un proyecto “súper interesante, por las distintas matrices y la gran cantidad de compuestos que se analizan, que superan ampliamente a las analizadas en el proyecto anterior”.
Los muestreos de agua superficial se hicieron durante mayo (otoño), agosto (invierno) y noviembre (primavera) de 2022 y febrero (verano) de 2023, abarcando así las cuatro estaciones de un año, en 13 puntos de la cuenca, siete en el propio río San Salvador, tanto en las nacientes como en cursos medios y zona próxima a la desembocadura, y seis en distintos afluentes.
“La idea era ver si había diferencias entre las cabeceras y la desembocadura, entre afluentes y el cauce principal, de manera de abarcar un abanico grande y después poder usar esta cuenca como una experiencia para afinar futuros monitoreos, tanto en la decisión de cuántos puntos de muestreo poner en una cuenca, si una vez por estación es suficiente, etcétera”, dice Juan Manuel.
Juan Manuel Gutiérrez.
Foto: Natalia Ayala
Por más que el artículo incluye muchos detalles que buscan justamente aportar herramientas para realizar monitoreos, al leerlo lo que se lleva toda la atención es la lista de los plaguicidas encontrados, en qué épocas del año, cuáles eran los más frecuentes, cuáles los presentes en más cantidad. A eso iremos. Pero antes, algunas precisiones.
“Sí, en el trabajo nos centramos en tres variables: el número de plaguicidas, la concentración y la carga”, explica Juan Manuel. “El número de plaguicidas te da un panorama de qué se está usando. La concentración te habla de la intensidad con la que se están usando esos plaguicidas encontrados. La carga te muestra realmente qué cantidad es la que hay, y se determina con el caudal y la concentración detectada en ese punto”, detalla. En efecto, en el trabajo la concentración se expresa en microgramos por litro de agua, mientras que la carga se expresa en kilos del plaguicida por día. ¿Qué encontraron?
38 plaguicidas. ¿Sorpresas o tristemente previsible?
En la cuenca del San Salvador había 38 compuestos de plaguicidas, reporta el artículo. 14 son herbicidas, 13 insecticidas y 11 fungicidas. ¿Les sorprendió encontrar tal cantidad?
“Esperábamos encontrar un número alto, pero igual nos sorprendió que fueran 38, es un número importante”, sostiene Juan Manuel. Tantos son que confiesa que en el trabajo “quedó larga la lista de compuestos”. Bromeo con que si hubieran aparecido menos tal vez hubieran publicado el artículo antes. Sin embargo, además de la cantidad, hubo algo que los sorprendió aún más.
“También nos llamó la atención que la mayoría de los compuestos se detectaron en el agua en las cuatro estaciones. Se ve algo bastante homogéneo en cuanto a la cantidad de compuestos que salen, en los diferentes sitios de muestreo y también en las cuatro estaciones. Eso nos habla de que hay un paquete de plaguicidas que se está usando todo el año y en toda la cuenca”, sintetiza Juan Manuel.
En efecto, no hubo ni una de las 52 muestras que tomaron durante todo el año en los 13 sitios que no tuviera plaguicidas. Más aún: en la muestra que tenía menor cantidad encontraron 9. ¡En la que batió el récord de plaguicidas por muestra cuantificaron 24!
También reportan que “cinco compuestos estaban presentes en al menos el 90% de las muestras”: el herbicida metolaclor, el herbicida atrazina y sus productos de degradación (atrazina desetil y atrazina desisopropil) y los fungicidas ciproconazol y azoxistrobina.
Por otra parte, 22 de los 38 pesticidas encontrados, es decir, 58% de los que andaban flotando por el San Salvador y sus afluentes, no están aprobados para su uso en Europa según la base de datos de pesticidas de la Unión Europea. Peor aún, cinco compuestos de pesticidas hallados en la cuenca del San Salvador no están permitidos para su uso en Uruguay.
Ahora que tenemos la lista de los que estaban presentes, veamos algunas cuestiones relevantes.
Glifosateados todo el año
El trabajo muestra que no hay una gran variabilidad asociada a los cultivos de verano (94% soja, 5% maíz) y los de invierno (70% trigo y cebada, 25% canola), sino que hay un grupo de plaguicidas que está en el agua todo el año, independientemente de lo que se esté plantando. “Sí, son plaguicidas que se usan todo el tiempo y que ‘sirven’, entre comillas, para todos los cultivos”, afirma Juan Manuel.
“Los herbicidas fueron los que mostraron la mayor frecuencia de detección y también las mayores concentraciones. Entre ellos, el glifosato y el AMPA están prácticamente siempre. Después el metolacloro, que es otro herbicida muy utilizado, está siempre, todo el año en casi todos los puntos”, dice Juan Manuel.
Dados los grandes volúmenes de glifosato que Uruguay importa por año, no es casualidad que él y su metabolito estén presentes a lo largo del año: el glifosato se detectó en 83% de las muestras, con presencia en todos los puntos de muestreo en las cuatro estaciones. Su metabolito, el AMPA, apareció en 54% de las muestras. Por eso el trabajo afirma que “los herbicidas, especialmente el glifosato, su metabolito AMPA, metolaclor y los productos de degradación de la atrazina fueron los más frecuentes y alcanzaron las concentraciones y cargas más altas”.
En lo referido a la concentración, es decir, la cantidad de microgramos por litro de muestra, “las medias más altas se registraron para herbicidas, especialmente 2,4-D, metolaclor, glifosato y su principal producto de degradación (AMPA)”. Para las cargas promedio más altas, esto es kilos de pesticida por día estimados sobre la base del caudal, “el producto de degradación AMPA presentó la carga media más alta, seguido del metolaclor y el glifosato”, reporta el artículo.
Prohibida desde hace años, pero igual presente
“Una cosa interesante es que la atrazina, y también dos de sus productos de degradación, la atrazina desetil y desisopropil, aparecieron en alta frecuencia”, dice Juan Manuel. De hecho, uno de sus metabolitos apareció en el 100% de las muestras.
“La atrazina está prohibida en Uruguay desde 2016, con venta permitida hasta marzo de 2018, y sin embargo, sigue apareciendo. Y no es que aparece puntualmente, sino que se vio en todos los sitios y en las cuatro estaciones”, remarca Juan Manuel.
En el trabajo proponen varias hipótesis para esto: o bien su presencia podría tener que ver con “su relativamente alta persistencia ambiental”, o bien “su presencia continua y la ausencia de una disminución en sus concentraciones durante el año de muestreo podrían indicar un uso ilegal continuo, existencias remanentes o un probable intercambio transfronterizo”.
El asunto es que ya pasaron diez años desde su prohibición y ocho desde que no se pudo vender más en nuestro territorio. “Es mucho tiempo. Que aparezca en todos los sitios y a lo largo de todo el año nos puede estar hablando de que se sigue utilizando”, sostiene Juan Manuel. “No sé si es que los agricultores tienen reservas todavía de ese plaguicida, o si se continuó usando hasta hace poco. Son todas conjeturas, no puedo afirmar nada porque no tengo esa información”, agrega.
Sin acusar pero advirtiendo, en el trabajo señalan que la atrazina “sigue siendo uno de los herbicidas más utilizados en países vecinos, como Argentina y Brasil”, y en lugar de hablar de contrabando apuntan a un “probable intercambio transfronterizo”. “En los países vecinos se sigue utilizando. Y seguro están a un menor precio que el que se vendía en Uruguay. Aun así, hablar de contrabando es algo que escapa a lo que puedo afirmar con los datos que tengo”, aclara.
Esto pone en el tapete una de las principales conclusiones de un maravilloso trabajo realizado por la Sociedad Latinoamericana de Investigación en Abejas (Solatina) que encontró que 49% de los plaguicidas usados en los cultivos más importantes de América Latina están prohibidos en Europa, lo que nos habla de asimetrías e hipocresía en la normativa sobre el uso de plaguicidas en el globo y, para colmo, de falta de armonización de normativas aun dentro de los propios países de América Latina. La atrazina del San Salvador nos dice que prohibir su uso solo en Uruguay no alcanza para proteger nuestros ríos si no se prohíbe también en los países vecinos. ¿Esto es una consecuencia de no tener un criterio unificado entre todos los países, mínimo a escala Mercosur?
“Sí, supongo que ahora, con el acuerdo Mercosur-Unión Europea, se van a unificar un poco los criterios a nivel del Mercosur, porque si no corremos riesgo de que se rechacen nuestras exportaciones. Supongo que a futuro tendrían que unificarse los criterios de regulación de estos productos, sin duda”, reflexiona Juan Manuel.
La atrazina, que fue uno de los tres compuestos que aparecieron en 100% de las muestras, es decir, en cada una y todas las 52 muestras realizadas en los 13 sitios, nos permite otra reflexión: cada día que se pierde en no tomar la decisión de prohibir plaguicidas que en otras partes ya se han prohibido nos condena a seguir encontrándolos en nuestro ambiente por muchísimo tiempo más. Así, la atrazina nos grita al oído que los 81 compuestos activos habilitados para soja, maíz, arroz, manzana, trigo, uva, girasol y caña de azúcar que están prohibidos en Europa deberían prohibirse aquí también cuanto antes: por más que los prohibamos hoy, los seguiremos encontrando en el ambiente durante años.
“Se sabe que aun cuando se prohíben, los compuestos van a seguir estando en el ambiente. Por lo tanto, cuanto más tarde se tome la decisión, se encontrarán por más tiempo en el futuro”, dice Juan Manuel. Para colmo, el trabajo nos muestra que a veces el remedio es casi lo mismo que la enfermedad.
Desatame de este enredo
“La simazina es un herbicida de la misma familia que la atrazina, y vendría a ser su reemplazo. La importación de simazina viene en aumento en nuestro país, por más que está prohibida en Europa desde hace más de 20 años”, dice Juan Manuel.
“Es un producto que tiene menor solubilidad y movilidad en suelos que la atrazina. Por estos motivos se considera una mejor alternativa. En realidad, no es una alternativa mejor, sino una menos peor”, comenta.
Juan Manuel lo dice con propiedad, porque el trabajo así lo demuestra: la simazina se encontró en el 81% de las muestras. Por otro lado, fue el cuarto compuesto con mayor carga en la cuenca (representó 5% de la carga total de pesticidas encontrados en el San Salvador, solo superada por el glifosato y el AMPA, que constituyeron el 20% del total, por encima de la atrazina y sus metabolitos con 13%, y el metolaclor con 7%).
“Esto nos muestra que se está usando, que realmente es el sustituto de la atrazina en Uruguay”, desliza Juan Manuel.
Cóctel de plaguicidas: juntos son más tóxicos que por separado
En el trabajo llaman la atención sobre las cantidades de plaguicidas encontrados, que nunca bajaron de 9 por muestra y que llegaron a ser hasta 24 en una ocasión, lo que “resalta el potencial de efectos aditivos o sinérgicos que no se pueden comprender a partir de los datos de toxicidad de un solo compuesto”. Es decir, si en cada punto muestreado encontraron entre 9 y 24 plaguicidas juntos, todo organismo que se ponga en contacto con el agua del San Salvador está expuesto a un verdadero cóctel tóxico.
Y eso nos lleva a cómo se evalúa la toxicidad de estos agroquímicos. La empresa registra un producto, ve cuál es la dosis que mata a la mitad de determinados organismos, y sobre esa base determina dosis que generan una letalidad “tolerable”. Pero lo que nadie está teniendo en cuenta, ni ninguna empresa evalúa, es qué pasa si se tira ese producto a un río que ya tiene como mínimo otros ocho plaguicidas.
El río San Salvador, en Soriano.
Foto: Juan Manuel Gutiérrez
“Sin duda, hay propiedades emergentes de la mezcla de estos compuestos. No se pueden analizar de forma aislada los efectos y simplemente sumarlos; seguramente van a ser muchos más que la suma de los efectos por separado. Es necesaria más investigación y regulación en ese aspecto”, concuerda Juan Manuel.
Aun así, si miramos por separado, ya podemos preocuparnos: “Varias de las sustancias detectadas, incluyendo metolaclor, 2,4-D y productos de degradación de atrazina, superaron los valores establecidos por las directrices nacionales e internacionales para la protección de organismos acuáticos”, reporta el artículo.
“Esa es otra línea de investigación que estamos desarrollando en nuestro laboratorio, en el CURE de Maldonado, sobre el riesgo ecotoxicológico. Lo que vemos es que muchas de las concentraciones que encontramos generan un riesgo crítico para el ambiente, sobre todo en el caso de insecticidas y herbicidas”, comenta Juan Manuel.
“El problema con los herbicidas, a pesar de tener riesgos más bajos que muchos insecticidas, es la frecuencia con la que se aplican y las altas concentraciones. Hay muchos herbicidas que tienen una degradación rápida, que en pocos días pueden eliminarse del ambiente, pero el problema es la cantidad que ponen y la frecuencia con la que los ponen. Entonces los organismos están constantemente expuestos a estos plaguicidas, por más que tengan una vida media corta o que se degraden rápido. Por eso no alcanza con que un plaguicida se degrade rápido, sino que también hay que evaluar la frecuencia con la que se ponen”, remarca con claridad Juan Manuel.
¿De todas partes vienen? No de los bosques nativos y pastizales
Esta contaminación por plaguicidas que escurren de los campos hacia los cursos de agua se denomina “difusa”. Así las cosas, es difícil determinar exactamente de dónde viene, por ejemplo, la atrazina que encontraron en el 100% de las muestras. Sin embargo, al asociar qué tipo de producción se correlaciona con la presencia de estos agroquímicos, el trabajo restringe un poco lo extremadamente difuso de esta contaminación: había una relación entre suelo usado para la agricultura y un efecto atenuado en el caso de suelos con bosque nativo o pastizal, tanto natural como de pradera mejorada.
De cierta manera, la forma en que estamos produciendo granos (en la zona los cultivos se dedican más que nada a soja, maíz, sorgo, trigo, cebada y canola) se refleja en el estado de nuestros cursos de agua. “La concentración total de plaguicidas mostró relaciones significativas con el uso o la cobertura del suelo a partir de la escala espacial de 200 metros, con una correlación positiva para las áreas agrícolas y negativa para los bosques naturales”, dice el artículo. Algo similar pasó para las cargas, observándose “relaciones positivas con las plantaciones forestales y la agricultura, mientras que se detectan relaciones negativas con los pastizales sembrados”.
Por lo tanto, dicen que “la presencia y los niveles de pesticidas estaban estrechamente vinculados a la distribución de los usos productivos de la tierra, y las coberturas naturales y seminaturales parecían desempeñar un papel moderador”.
“En este trabajo vimos que a partir de los 200 metros del punto de muestreo empezaban a aparecer relaciones significativas entre la concentración y la carga de plaguicidas y el uso del suelo. Entonces, a la hora de la gestión y de futuros monitoreos, es importante considerar el uso del suelo, pero de un área mínima de 200 metros perpendicular al curso del río”, comenta Juan Manuel.
Por otra parte, los bosques nativos emergen como aliados: “El monte nativo en la cuenca del San Salvador está muy reducido, es apenas un 2%, y está en su mínima expresión a los costados de los afluentes o del río mismo. A pesar de este bajo porcentaje, se constató una relación negativa con la concentración y carga de plaguicidas. Eso habla de la importancia del monte nativo como área buffer o de amortiguación”, sostiene Juan Manuel.
El bosque ripario estaría ayudando un poco a limpiar el río. “Sí, sin duda, filtra y hace que los plaguicidas lleguen en concentraciones menores a las que llegarían si no estuvieran. En los modelos se ve esa relación. Eso nos habla de priorizar el monte nativo como área buffer o de amortiguación, ya que son una excelente forma de mitigar que los plaguicidas lleguen en grandes concentraciones a los cuerpos de agua”, sostiene.
El bosque nativo ya tiene una ley que lo protege. Por tanto, habría que pensar otras medidas, por ejemplo, un plan para que aumente su área. “Eso sería ideal. Y es algo que creo que es más fácil de fiscalizar, porque si sacás un monte nativo no lo vas a poder recuperar en poco tiempo. Es más fácil fiscalizar que haya bosque nativo en la ribera de los ríos que fiscalizar cuánto plaguicida se está utilizando, aunque eso también debería hacerse mejor”, comenta.
Tratando de no intoxicarse
El trabajo que realizaron es clarísimo y pinta una realidad de una cuenca que es intensiva en agricultura. Podría pensarse que algo similar está pasando en todas las cuencas de los arroyos de Soriano, Colonia u otras zonas donde hay gran producción agrícola (como la arrocera en el este).
La ciencia que Juan Manuel decidió estudiar es brava. No permite irse a dormir con tranquilidad luego de juntar evidencia como la que arroja esta publicación. En el fondo, estudiar ecología implica en cierta manera intentar cambiar aquellas cosas que comprometen el funcionamiento de los ecosistemas. ¿Cómo se siente un investigador cuando reporta algo así?
“Es difícil de asumir. Y también hay cierta impotencia, porque tampoco es que vayamos a cambiar el mundo con un artículo. Pero lo primero es generar esta información”, dice Juan Manuel. Sin embargo, para él eso no es suficiente y agradece la posibilidad de divulgar la investigación a la población. “El cambio tiene que venir desde ahí, desde el conocimiento y la elección de la gente hacia otro tipo de sistema productivo, uno un poco más amigable con el ambiente”, dice convencido.
“Siendo realistas, los plaguicidas no van a dejar de existir, la forma de producir va a seguir más o menos igual, pero por lo menos se podría mejorar determinadas cuestiones. Por ejemplo, la elección de los compuestos, las concentraciones a las que se usan, fomentar la implementación de áreas buffer, en definitiva, llevar a la práctica una serie de medidas que mitiguen parte del impacto que genera esta forma de producción agrícola”, afirma. “Sin cambiar del todo la forma de producir, se puede hacer cambios que perjudiquen menos la calidad del ambiente”, remarca.
A veces se dice que la ciencia queda dentro de cuatro paredes. Otras, que es difícil que los tomadores de decisiones se acerquen a la evidencia que genera. Pero en este caso los tomadores de decisiones son parte de la investigación: el Ministerio de Ambiente estuvo presente, por lo que no solo conocen todo esto de primera mano, sino que ayudaron a generar esta evidencia. “Creo que hay una muy buena voluntad por parte del Ministerio del Ambiente, que ya viene de otros proyectos anteriores en los que venimos trabajando en conjunto. La idea es generar más información para mejorar la gestión. Por ejemplo, para el cambio en la normativa de aguas, impulsado por el Ministerio del Ambiente, se tomaron en cuenta muchas de las consideraciones de la comunidad científica, hubo un buen intercambio y eso redundó en generar una mejor legislación de los cuerpos de agua. Entonces, además de buena voluntad, creo que se están haciendo avances importantes; sin embargo, a nivel productivo es difícil generar cambios y ahí está la principal dificultad”, enfatiza.
¿Qué tan nocivo sería darnos un chapuzón en el San Salvador? Mínimo sabremos que estaremos chapoteando entre nueve plaguicidas. Le pregunto si tomaría agua del San Salvador. “Definitivamente no. Pero algún baño me he dado durante los muestreos”, confiesa.
Más pensando en los resultados que en el chapuzón, siento curiosidad por saber cómo hace para que todos estos plaguicidas que hay en el San Salvador no lo intoxiquen.
“A veces me abstraigo un poco cuando trabajo. Modelizo y me meto en toda la parte estadística y no pienso que son plaguicidas. Pero esto es una realidad y nos tendría que afectar a todos, no solo a mí. Mi aporte en este caso es dar a luz y publicar los resultados, con la intención de propiciar un cambio, por mínimo que sea”, redondea Juan Manuel.
Él y sus colegas ya hicieron lo suyo. Ahora nos toca al resto hacer lo nuestro para ver si nos animamos a empujar un país productivo pero con cursos de agua sin tanto cóctel de plaguicidas.
Claves de esta investigación
- La investigación se propuso evaluar “la contaminación por plaguicidas” en el agua de la cuenca del río San Salvador, ubicado en una región de gran importancia agropecuaria.
- Para ello se tomaron 52 muestras de agua superficial de 13 sitios a lo largo de cuatro estaciones (mayo, agosto y noviembre de 2022 y febrero de 2023) y se buscó detectar 138 compuestos de plaguicidas.
- Los análisis permitieron cuantificar 38 pesticidas (14 herbicidas, 13 insecticidas y 11 fungicidas) en total.
- Todas las muestras contenían como mínimo 9 plaguicidas. El máximo en una sola muestra fue de 24 plaguicidas.
- Dos compuestos de degradación del herbicida atrazina, el fungicida ciproconazol y el herbicida metolaclor aparecieron en el 100% de las 52 muestras a lo largo del todo el año.
- Los herbicidas fueron los plaguicidas que se encontraron con más frecuencia, con mayores concentraciones y cargas. Entre ellos se destacaron el glifosato, su metabolito AMPA, el metolaclor y los productos de degradación de la atrazina, que tras su prohibición en Uruguay en 2016 dejó de venderse en marzo de 2018.
- Además de la atrazina y dos de sus metabolitos, se encontraron otros dos plaguicidas prohibidos en el país: el insecticida permetrina y un metabolito del insecticida DDT (op’DDD).
- 58% de los plaguicidas encontrados en el San Salvador y sus afluentes (22 de los 38) no están aprobados para su uso en Europa.
- Las concentraciones medias más altas se registraron para los herbicidas, especialmente el 2,4-D (2.500 microgramos por litro), el metolaclor (0,6 microgramos por litro), glifosato (0,6 microgramos por litro) y su principal producto de degradación, el AMPA (1.700 microgramos por litro).
- Las cargas de pesticidas variaron entre las temporadas de muestreo, lo que estuvo relacionado con cambios en el caudal. Los picos más altos de carga total de pesticidas fueron 15 kg al día en otoño, 5 kg al día en invierno, 26 kg al día en primavera y 4 kg al día en verano.
- Los herbicidas fueron “el grupo de compuestos con mayor presión ambiental”. Detallan que “el glifosato y el AMPA representaron 20% de la carga total de plaguicidas que entró al medio acuático”, seguido de la atrazina y sus productos de degradación (13% del total), el metolaclor (7%), la simazina (5%) y la metribuzina (6%).
- Si bien hubo más cantidad de plaguicidas detectados en otoño y “mayores cargas durante los períodos de alto caudal”, reportan que “se encontraron 16 compuestos (42% del total) en todas las estaciones, lo que indica un grupo central de pesticidas que se aplican continuamente”.
- Las concentraciones y cargas de pesticidas guardaban relación con las tierras dedicadas a la agricultura y las plantaciones forestales, mientras que disminuían cuando en el suelo había bosques naturales, pastizales o los pastizales sembrados.
- Por todo esto, afirman que “la detección generalizada y repetida de múltiples pesticidas en diferentes sitios y estaciones indica una exposición química continua y compleja en la cuenca del río San Salvador”.
Artículo: Agricultural intensification and pesticide pollution on water: cross-scale insights from a subtropical watershed
Publicación: Science of the Total Environment (enero de 2026)
Autores: Juan Manuel Gutiérrez, Andrés Pérez, César Rodríguez, Natalia Barboza, Margenny Barrios, Verónica Cesio, Ismael Díaz, Camila Fernández, Eugenia Fontes, Mercedes Gelós, Florencia Hastings, Emilia Heber, Horacio Heinzen, Alejandra Kroger, Alejandro Mangarelli, Silvina Niell, Martín Pacheco, Fiamma Pequeño, Dalma Soñez, Rodrigo Souza, Giancarlo Tesitore y Franco Teixeira de Mello.