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Escultura del presidente estadounidense Zachary Taylor vandalizada tras el asalto al Capitolio el 7 de enero de 2021 en Washington, DC.

Foto: Samuel Corum, Getty Images, AFP

El poder del capital y la perversión

Psiquis descontroladas para un capitalismo sin control.

La obscenidad del poder actual desconcierta: líderes que humillan, gozan con la angustia ajena. “Está loco” es la explicación más frecuente ante la violencia política contemporánea. Pero... ¿y si no fuera locura sino funcionalidad? El psicoanálisis ofrece claves inquietantes para entender el poder.

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¿Hace falta tener tiempo de ocio para interesarse nuevamente por el psicoanálisis? [En Francia] había desaparecido de los radares y nadie se quejaba demasiado. Durante mucho tiempo considerado un pensamiento y una práctica emancipadora, llegó luego al extremo de hacerse odiar por “la izquierda de la emancipación”. Lo cierto es que él mismo contribuyó a ganarse ese rechazo: derivas sectarias, hermetismo y, sobre todo, un alineamiento masivo con las fuerzas del orden simbólico [francés] que habilitó –por ejemplo– su uso como coartada “científica” por parte de movimientos como Le Manif pour Tous [La manifestación para todos] y como aval de consignas del tipo “Una familia es un papá y una mamá”.

Nuevo contexto: las categorías del psicoanálisis reaparecen y vuelven a impregnar el discurso de la izquierda, sea para explicar la coyuntura actual o para ser objeto de crítica –señal, en cualquier caso, de que recuperan vigencia–. La autora y el autor del presente texto no se quejarán de ello: su intención es precisamente contribuir a ese retorno.1

Sin embargo, esta reaparición se produce no sin reactivar de inmediato el habitual reflejo defensivo: “No hay que psicologizar”. Si dejamos de lado la confusión entre lo psicológico y lo psíquico –distanciados, sin embargo, por un abismo–, la intención “crítica” es bastante clara: sería un error limitarse a mirar lo que sucede “en la cabeza de los individuos (que están en el poder)”. Si así ocurre, habría buenas razones para resistirse. Lo cierto es que, además, muchas de las reutilizaciones contemporáneas confirman una desconfianza metodológica a priori bien justificada: sabemos, desde Durkheim, que lo social no se explica por lo individual. Lo que principalmente se advierte es la indigencia de los discursos que, absortos en los desarreglos del mundo, no miran más que a [los presidentes de Estados Unidos, Argentina y Francia] Donald Trump, Javier Milei o Emmanuel Macron –y la única explicación que ofrecen es: “Está loco”–.

O bien creen causar mejor impresión hablando de “la pulsión” a diestra y siniestra, sin criterio alguno. Así, como explicación del fascismo, venimos a descubrir que existirían “pulsiones fascistas” –y listo, problema resuelto–. Debe ser un nuevo tipo de pulsión. ¿Será vecina de la “pulsión de muerte”? ¿O acaso hay que suponer que antes no existía ninguna pulsión y que acaba de aparecer exclusivamente en clave fascista?

En realidad, no: no hay tales “pulsiones fascistas” preexistentes que estaban esperando en un cielo de formaciones maléficas para caer sobre el mundo –como una abominación sin causa–. Lo mismo ocurre, a fortiori, con “el loco”; esa anomalía incomprensible cuya invocación no hace sino aumentar aún más el embrollo de una lectura política que, en realidad, debería ser precisa. Además, se suponía que, después de Michel Foucault o de Gilles Deleuze y Félix Guattari, ya no era posible recurrir a la figura del loco como instrumento de condena monstruosa –sobre todo desde la izquierda–. En cualquier caso, el mal uso de las categorías le quita toda fuerza y condena a la inanidad cualquier análisis enteramente centrado en “individuos extraños”, habitados por “fuerzas oscuras”. Ahora bien, así como las pulsiones fascistas no caen del cielo, los monstruos no salen de las cavernas. Existe la pulsión, fuerza motora fundamental, cuyo concepto puede elaborarse con rigor y cuyo carácter subdeterminado resulta relevante destacar.2 La pulsión es susceptible a priori –tal como lo vio Sigmund Freud a la perfección– de investirse literalmente en cualquier objeto, en cualquier práctica. ¿Según qué? –y eso es lo que Freud no vio tan bien–. Según los regímenes a los que es sometida por las formaciones sociales en las que se activa. La pulsión, por sí misma, no explica ni explicará jamás nada. Aquello con valor explicativo tendrá que ser buscado en las configuraciones de la pulsionalidad conformadas en y por las estructuras sociohistóricas.

La pulsión y sus estructuras

Este tipo de abstracciones podría parecer árido, pero en la coyuntura actual no faltan “viñetas” explicativas. Pensemos, por ejemplo, en esas puestas en escena inéditas que aparecen en las publicaciones de soldados israelíes en el marco del genocidio perpetrado en Gaza. Machos alfa con fusiles de asalto se fotografían vestidos con lencería de mujeres palestinas que fueron asesinadas o que huyeron. Resulta impactante la incongruencia de lo sexual, que reaparece al mezclarse con una violencia masacradora. No es una novedad el hecho de que la devastación bélica se anuda de forma habitual –y de manera atroz– a lo sexual, siempre bajo la forma de la violación. Cuando la deshumanización pasa todos los umbrales posibles, se llega incluso a sacar la violación de la penumbra en la que suele mantenerse para convertirla en objeto de debate institucional abierto, en apariencia perfectamente legítimo; como en esa reunión de parlamentarios donde, sin el menor pudor, se intercambian con calma argumentos contrapuestos en torno al derecho a sodomizar a los prisioneros palestinos.3 Sin embargo, al ver a esos soldados en ropa interior entre los escombros de viviendas destruidas, es posible percibir con claridad que se trata de otra cosa. Se trata de manifestaciones pulsionales configuradas de un modo muy distinto, claramente reconocidas por todo un cuerpo social: la toma de esas fotografías no representa un acto aislado y, además, fueron compartidas con entusiasmo. Ya no estamos en el registro del asalto destructivo bruto que constituye la violación: una configuración muy singular de la pulsionalidad organiza esta escena.

Es por eso que hoy, cuando un autor afirma que la fascistización “empieza por los locos”, habría que responderle: en absoluto. En realidad, ocurre lo contrario: la fascistización empieza por las estructuras. Son, por ejemplo, las estructuras de un Estado colonialista –cuyo horizonte es el racismo supremacista– las que determinan el estatuto de los “animales humanos” y, por ende, vuelven lícito masacrarlos o humillarlos. En realidad, la tesis es de una generalidad extrema: las estructuras sociohistóricas definen las orientaciones pulsionales autorizadas, distribuyen las autorizaciones y, al hacerlo, favorecen la trayectoria de determinadas estructuras psíquicas –aquellas mejor dispuestas a ejercer esas autorizaciones, con tanto mayor ímpetu cuanto que reciben el pleno aval de un régimen de dominación–. Por lo tanto, se puede sostener que las estructuras sociales seleccionan las estructuras psíquicas que les son funcionales.

Los procesos de la “globalización”, por ejemplo, han hecho emerger en tres décadas un nuevo estado de las estructuras económicas en el que el capital ha conquistado latitudes estratégicas sin precedentes gracias a la posibilidad abierta de todos los arbitrajes competitivos internacionales –fiscales, jurídicos, regulatorios, industriales, comerciales, etcétera–. La movilidad adquirida gracias a las sucesivas desregulaciones habilitó la extorsión a los territorios, bajo la amenaza de la desinversión ante la menor contrariedad. ¿Cómo no iba a tener repercusiones considerables en la mentalidad de los capitalistas esta nueva situación estratégica del capital, que permite no solo exigirlo todo, sino también obtenerlo todo? Las tuvo. Las estructuras del capitalismo desregulado han instalado así una dinámica particular que podría calificarse como una satisfacción pulsional incondicional, decidida a ignorar cualquier límite. Esta dinámica interpela de forma directa ciertas etapas de la construcción psíquica, aquellas que –anteriores a la incorporación de las normas colectivas– aún no reconocen una alteridad con la que deban componerse. ¿Cómo sorprenderse de que, al reactivarse así un estado salvaje de la pulsión, esta se apropie de ese ofrecimiento de satisfacción con furia extrema? De ahí surge la mezcla de fanatismo y obscenidad en la que ha caído la burguesía; así lo ilustran, por ejemplo, el rechazo berrinchudo ante la más mínima contribución fiscal, o el apoyo incondicional a Nicolas Sarkozy [expresidente de Francia] sin atender en lo más mínimo los hechos que lo llevaron a prisión.

El descarrilamiento no podía detenerse en camino tan propicio: así como se pasa de las autorizaciones estratégicas del capital a las autorizaciones psíquicas de los capitalistas, era inevitable pasar fatalmente de estas últimas a las de sus delegados en el poder. De este modo, la burguesía política se ve implicada, a su vez, en ese mismo desenfreno; y la oferta pulsional se propaga a instituciones políticas donde se concentran poderes gigantescos en manos de personajes que ya no reconocen límites para sus prerrogativas imaginarias.

Psiquis desbordadas 

Estados Unidos, protesta denominada No Kings Day: siete millones de manifestantes salieron a las calles para cuestionar la política abiertamente fascista de Trump. ¿Cuál fue la respuesta del presidente de la mayor potencia mundial? Un video hecho por una inteligencia artificial. Banda sonora de Top Gun. Como piloto del legendario F-15, Trump en persona, vestido exactamente igual que el protagonista encarnado por Tom Cruise –pero en lugar del casco lleva una corona en la cabeza–. Al sobrevolar la manifestación, el king arroja ráfagas de excremento sobre los manifestantes. “Me cago en ustedes”: resulta imposible formular de otro modo el sentido de la réplica presidencial. El video dejó a todo el mundo sin palabras, salvo para volver a reparar en los detalles o para repetir: “Está loco” –pero sin nadie para explicarlo–.

Nadie, salvo Melanie Klein. Quien la haya leído habrá reconocido en ese reyezuelo que defeca sobre la causa de sus disgustos lo que ella teorizó como la “posición esquizo-paranoide del lactante”.4 Klein designó de esa forma a ese momento de la construcción psíquica en el que el lactante se percibe como omnipotente y como fuente de todo lo bueno que le acontece, y solo concibe el exterior bajo la forma de una agresión a destruir. Pero ¿cómo destruirlo cuando se es una cosita tan chiquita que ni siquiera es capaz de alimentarse por sí sola? El lactante conoce un solo recurso, cuyos efectos corporales experimenta en carne propia, y que considera “lógicamente” susceptible de convertirse en un arma contra las potencias exteriores que lo contrarían: su caca –precisamente–. Elocuencia psíquica de Trump, cuya omnipotencia imaginaria se ha encontrado, por desgracia, con un aparato de poder que la convierte en realidad.

Otro presidente, otro régimen presidencial: Macron. En junio de 2024 la victoria aplastante del partido Agrupación Nacional [RN, por su sigla en francés] en las elecciones europeas dejó en evidencia el rotundo repudio a su política. ¿Qué decidió hacer? Redobló la crisis y sumió al país entero en el caos: disolvió la Asamblea Nacional y convocó elecciones anticipadas. Si bien en estas medidas intervino una decisión deliberada –puesto que Macron quiere que RN llegue al poder–, también obedece a una lógica psíquica que él no controla. “Les tiré una granada sin seguro a las piernas”, admitió en una fanfarronada cargada de síntoma. Tanto los actos de Macron como sus innumerables declaraciones –provocaciones o falsedades–, todo obedece a esa lógica que el psicoanálisis denomina perversión: le resulta insoportable experimentar la incertidumbre. De ahí provienen dos mecanismos que, durante sus mandatos, nos ha hecho padecer hasta el hartazgo: negar todo fracaso de sus iniciativas y cualquier revés a sus intenciones, y sumir a los demás en la angustia y la incomprensión para preservarse él mismo.5

A esta altura, ya se debería empezar a comprender que la perspectiva del psicoanálisis no es ni un simple entretenimiento intelectual ni una sofisticación teórica gratuita. En determinadas coyunturas –que la vuelven particularmente “elocuente”–, la “parte de la psiquis” no puede ser desatendida sin correr el riesgo de cometer errores políticos y estratégicos de consecuencias severas. Para ajustar la reacción adecuada en una situación política dada, es preferible contar con una completa inteligibilidad, incluida la psíquica; sobre todo cuando las psiquis que hay que comprender ocupan, dentro de la estructura social, posiciones que conceden una altísima concentración de poder personal.

Entre los innumerables puntos ciegos de la intersindical durante el conflicto por las jubilaciones en 2023, hubo uno que la llevó a no tener la menor idea del “tipo” de individuo al que se enfrentaba: dio por sentada la hipótesis por defecto –sin siquiera advertir que con ello formulaba una hipótesis– de una psiquis “habitual”, es decir, razonablemente sensible a la alteridad y susceptible de ser orientada por la expresión de un disenso masivo. Para nuestra desgracia, era exactamente lo contrario. A eso nos lleva la falta de análisis. En este caso, no haber comprendido que el capitalismo desbocado ha vuelto a hacer una “selección” de las estructuras psíquicas que le convienen, y que la “decencia”, ordinaria o no, ya no forma parte de sus propiedades. La intersindical de 2023 no pudo haber cometido un error más grande que el de imaginar que la repetición de las jornadas de acción y la movilización de millones de personas en la calle podían lograr que Macron recapacitara. En ningún momento la estrategia de “la masa tranquila” tuvo la menor chance –y no se trata de una de esas fáciles predicciones retrospectivas, sino de la anticipación racional de lo que hace una psiquis que encuentra su goce en la angustia que logra provocar en el mayor número posible de personas–.

Conectada directamente a las estructuras políticas de la Quinta República, la psiquis de Macron no ha dejado de desplegar una y otra vez, con gran aparato escénico, los mecanismos de la perversión: desde las reestructuraciones interminables –que mantienen en vilo tanto a los candidatos como a la opinión pública– en un clima de suspenso y angustia, hasta la disolución en 2024 de la mano de su ya famosa “granada sin seguro”. Tales son los requisitos de una estructura psíquica que, para conservar sus anclajes, debe hacer perder a los otros los suyos –y cuanto más numerosos sean los otros desconcertados, mayor será su consolidación personal–. Conviene tener una idea clara de esta mecánica para determinar a qué cosas responderá y cuáles despreciará. La popularidad de Macron podría caer al cero por ciento y, sin embargo, él no vería en ello una razón suficiente para renunciar, sino que lo consideraría, más bien, un estímulo –una inyección de goce–. Los circuitos inconscientes tienen necesidades que la razón desconoce.

Mutatis mutandis, podría decirse otro tanto de Trump, en cuyo caso también conviene saber a qué atenerse: a todo aquello que las psiquis dominantes se prohibían hasta ahora –y cuyas realizaciones, por lo demás, ya están a la vista–. En virtud de la llamada doctrina del “Poder Ejecutivo Unitario”, Trump opera una gigantesca des-separación de los poderes: anula la idea de una soberanía distribuida entre instituciones estructuradas por antagonismos regulados, para reunificarla y concentrarla en su sola persona –de hecho, destruirá todo el sistema de controles recíprocos (checks and balances) entre poderes para convertir al conjunto de las instituciones del país en una posesión personal–. Ahora bien, convertir las instituciones en una posesión personal del presidente, en desprecio de su lógica impersonal, constituye por excelencia el punto en el que se manifiesta la variable psíquica, aunque dentro de un contexto estructural particular: el del capitalismo descontrolado que “se reconoce” en las psiquis desbordadas, a las que otorga un dinamismo evolutivo superior.

Violencia institucional

Este es el mundo al que nos ha arrojado la mutación estructural conocida como “neoliberalismo”, y estos son los individuos bajo cuya tutela nos ha puesto. Desde hace un tiempo, las condiciones económicas y políticas del capitalismo contemporáneo son tales que permitieron la llegada al poder de dirigentes como Trump o Macron, decididos a pisotear las mediaciones institucionales para hacer prevalecer su deseo de potentado. No se trata, entonces, de individuos nefastos que llegaron al poder de manera accidental y de los que bastaría deshacerse. Un panorama estructural como este debería hacer ver con mayor claridad el carácter profundamente ilusorio de las respuestas que todavía insisten en jugar cortésmente al juego de la buena voluntad, el diálogo y los “compromisos” equilibrados.

No obstante, sería un error creer que los análisis de un “psicoanálisis materialista” de este tipo están reservados a los niveles más altos del poder –y a sus “grandes personajes”–. Todo el espesor de la estructura social puede ser, en principio, analizado a partir de este enfoque. Sucede que ciertas autorizaciones que vienen de arriba –aquellas que convienen al poder– se filtran hacia abajo. Así ocurre, por ejemplo, con la autorización racista, tolerada con benevolencia cuando no directamente fomentada por poderes en proceso de fascistización; y que, a su vez, viene a reactivar las capas persecutorias, odiosas y destructivas en las psiquis donde siguen siendo más vivaces, donde han sido menos superadas.

Además, cuanto más cerca se está de la fuente de autorización, más espectacular es su desborde. Así ocurre con los individuos enrolados en el mantenimiento del orden cuando ese orden, ya sin más recursos que la represión para sostenerse, sabe que puede contar con ciertas psiquis para cumplir las necesidades de su estructura social en crisis. A igualdad de condiciones, el aparato de fuerza del Estado constituye un espacio elegido por individuos cuya estructura psíquica los ha predispuesto a actuar de manera violenta. La estructura institucional será, por lo tanto, la que defina hasta qué punto esos impulsos violentos pueden manifestarse. En particular, se trata –por supuesto– de la policía, que a su vez está subordinada al Estado del capital. Este último se encuentra, según Antonio Gramsci, en una situación de “crisis orgánica”, en la que las tensiones sociales, al no poder ser absorbidas adecuadamente por las instituciones políticas existentes, dejan al poder sin otra alternativa que recurrir a la represión para mantenerse. Una vez más, la institución se conecta de forma directa con esa etapa arcaica –denominada esquizo-paranoide por Melanie Klein–: reactiva su goce de destruir y –lo que es peor– lo legitima. Es entonces cuando un Estado acorralado desata explosiones de violencia institucional, en una perfecta alineación de tendencias que va desde lo más alto del poder hasta lo más profundo de las comisarías. O bien en la llanura de Sainte-Soline, después de que las grabaciones de las cámaras de los gendarmes ofrecieran un espectáculo sobrecogedor de las cloacas psíquicas del mantenimiento del orden. “Un verdadero placer”, “esperaba que estuviera bien, pero no tanto”, “estoy en el Nirvana, estamos en el Everest”: palabras de gendarmes “en plena acción”. Palabras que rozan el orgasmo. “Firmé para esto, hermano; esperé diez años en la Gendarmería para esto”. Verdad pulsional de los enrolamientos.

Habíamos dicho que todo empieza por las estructuras, y no por “los locos”. Primero está el movimiento de las estructuras –del capitalismo–; luego, las autorizaciones que este movimiento amplía, y, finalmente, las psiquis predispuestas que se enganchan –y en todos los niveles de la estructura social–. Un evento que parece local, como Sainte-Soline, es en realidad un paradigma. Lo que ocurrió en ese lugar está destinado a extenderse a toda la sociedad política, a través de saltos progresivos. El alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, podría terminar en la cárcel o asesinado por algún matón manipulado por el poder; el partido La Francia Insumisa podría ser disuelto, y quienes contemplan atónitos estas hipótesis como meras fantasías delirantes no hacen más que dejar expuesta su profunda incomprensión de los procesos en curso. En situaciones “propicias”, los incendios del Reichstag nunca dejaron de ser una opción. Para dimensionar este tipo de eventos, debe hacerse un completo análisis de los procesos, y esto solo es posible si se comprenden todas las fuerzas en juego: es decir, las de todas las estructuras. Primero, las estructuras sociales, pero también las estructuras psíquicas que les son adecuadas. La dimensión de las posibilidades institucionales restantes se vuelve exacta solo cuando el análisis es completo. Ya sabemos que estas posibilidades pasarán necesariamente por la constitución de una fuerza opositora tan masiva como radical; y, de no ser así, habrá que prepararse para considerar respuestas extrainstitucionales.

Por lo tanto, la propuesta no es restablecer el psicoanálisis en su forma de “montaña mágica”,6 donde la burguesía internacional, reunida en un sanatorio con “excelentes sillones”, se disecciona el alma mientras se organiza la marcha hacia la guerra. Por el contrario: el psicoanálisis, en la medida en que se preocupe por una comprensión materialista de las fuerzas políticas, es indispensable para anticipar las vías que conducen a catástrofes, y para protegerse.

Frédéric Lordon y Sandra Lucbert, filósofo y escritora, respectivamente. Coautores de Pulsion. Capitalisme, fascisme et pulsionnalité, La Découverte, París, 2025. Traducción: Paulina Lapalma.


  1. Frédéric Lordon y Sandra Lucbert, Pulsion. Capitalisme, fascisme et pulsionnalité, La Découverte, París, 2025. ↩

  2. Frédéric Lordon y Sandra Lucbert, op. cit. ↩

  3. Debora Patta y Tucker Reals, “Israeli lawmaker defends alleged rape of Hamas prisoner as far-right protesters rage over IDF troops’ detention”, cbsnews.com, 30-7-2024. ↩

  4. Melanie Klein, El psicoanálisis de niños. Obras completas, Vol. II, Buenos Aires, Paidós, 1975. ↩

  5. Sandra Lucbert, “La vie psychique de ce pouvoir”, collateral.media, 18-6-2024. ↩

  6. Thomas Mann, La montaña mágica, Barcelona, Edhasa, 2019. ↩