El olvido es una fosa común. De Leandro Taramasco. Yaugurú; Montevideo, 2026. 108 páginas, 600 pesos.
Ganador del Premio Onetti 2025, este poemario refleja una deriva interior en la que la infancia no es un paraíso perdido sino la más terrenal de las realidades. Está la violencia doméstica, las salas del Pereira Rossell, las dificultades para poner un plato de comida en la mesa, la búsqueda de un refugio en medio de la tormenta. Se intercalan momentos de felicidad a veces inesperados –un viaje al cementerio–, otras frustrados –un día de pesca–, y otras cargados de un augurio eléctrico tan peligroso como un columpio que se empuja demasiado alto. Todo, sin embargo, con un tono que se resiste a recubrirse con el fácil celofán del patetismo. La voz narradora –porque el libro, aunque utiliza las herramientas de la lírica, cuenta una historia– va dejando al descubierto el modo en que cada adversidad es enfrentada. Si el autor hubiera resuelto a través de la narrativa ese problema mayor de la literatura que es definir cómo se va a decir lo que se dice, podría haber escrito una saga familiar de resiliencia, más o menos esperanzada. Pero eligió, afortunadamente, la poesía. Entonces, al confiarse al más bastardeado y noble de los géneros, pudo hacer una operación doble. Por una parte, logró colocar el tono en un punto en el que la ambigüedad no necesita explicarse, sino que se puede presentar, simplemente, como una campera olvidada en un respaldo. Una puñalada puede ser un punto de sangre y una voz que se vuelve más dulce. Una pelea familiar, resolverse en un conjuro para atraer el rayo. Y, por otro lado, pudo resolver la galería de personajes, que de otro modo hubieran tenido que estar trabajados en su individualidad, en cierta forma de arquetipos.
Taramasco utiliza además otra prestación de la poesía: la posibilidad de usar el contrapunto entre dos voces sin que dejen de ser la misma voz. Entonces, mientras esa línea ya mencionada –y que puede llamarse narrativa– va haciendo avanzar lo que ocurre, se intercalan con ella pequeños textos que hilan casi aforismos. Le otorgan al conjunto el latido de un marco de pensamiento, una suerte de refranero modificado por la voz del poeta. En ese doble batir se va conformando un libro que apunta a la tragedia por su contenido y que se resuelve en drama cuando se descubre que lo que podría parecer inusual es pura vida cotidiana. El segmento principal es esa huida de la capital al interior y el regreso después de que el sitio de refugio se descubre igualmente espinoso, pero las posdatas (“Fosa común” lo es también, a su manera) brindan una pista de aterrizaje que permite esperar el tiempo necesario para volverlo a abrir. Porque si bien todo poemario, cuando es bueno, tiene la virtud de acoger la relectura, este requiere volver a leerse casi de inmediato. Para recuperar las lascas de vidrio que el autor fue dejando en cada texto e iluminar con ellas, con el reflejo en ellas de lo que ya se supo, lo que los primeros poemas apenas sugerían. Y después de esa segunda lectura se entiende mejor el título, que no es capricho.