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Plaza Azadi cerca de la Torre Azadi (Libertad) que conmemora los 2.500 años del imperio persa, en Teherán, Irán, el 23 de febrero.

Foto: Atta Kenare, AFP

La instauración de la República Islámica en Irán

6 minutos de lectura
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¿Qué cambió en 1979?

La revolución que transformó aquel Irán que era aliado occidental en una teocracia islámica cambió tanto a Medio Oriente que medio siglo después sigue siendo necesario entenderla para comprender las noticias del mes. El ayatolá Jomeini derrocó al Shah en 1979, rompió con Estados Unidos e Israel, y desató una pugna global entre sunitas y chiitas.

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Tres eventos ocurridos en el transcurso de un solo año, 1979, desataron una nueva dinámica de acción que modificó el patrón de poder en Medio Oriente. Los grandes sucesos de ese año están compuestos por la instauración de la República Islámica en Irán, la ocupación de la Gran Mezquita, en Arabia Saudita, por un grupo radical islámico sunita y su violento final, cuando tropas saudíes retomaron el control del sitio y el reino decidió profundizar su versión extrema del Islam con la intención de contener a los radicales y, por último, el acuerdo de paz entre Egipto e Israel.

[...] Desde 1979, el “Islam político” dejó de ser una expresión teórica para convertirse en una fuerza activa y reguladora de la zona, y también de la política global. Ese año comenzó, para Irán, con multitudinarias protestas en contra del reinado de 37 años del Shah Reza Pahlavi. En 1977 había asumido la presidencia de Estados Unidos el demócrata James Earl Jimmy Carter, con una plataforma a favor de los derechos humanos globales y, por lo tanto, al empezar su mandato, presionó al Shah para que liberalizara su gobierno y liberara a sus prisioneros políticos. Así Carter inició un período que se podría caracterizar como una suerte de “apoyo crítico” de Estados Unidos hacia Irán. El presidente estadounidense no quería repetir la actuación de su país en 1953, cuando un golpe ideado por las agencias de inteligencia de Estados Unidos y Reino Unido, la CIA y el MI6, destruyó al gobierno nacionalista de Mohammed Mossadegh para recolocar al Shah en su trono. Pero tampoco podía permitirse perder a un importante aliado en la región, que no solo custodiaba los accesos a los pozos petroleros de los países del Golfo Pérsico, sino que era el Estado que más petróleo le había proporcionado cuando ocurrió el embargo saudita de 1973.

[...] Antes de que comenzara la Revolución islámica, el Shah consideraba como sus mayores enemigos dentro del país a los nacionalistas del Frente Nacional (el antiguo partido de Mossadegh), al grupo reformista islámico Movimiento por la Libertad de Irán (encabezado por el futuro primer ministro Mehdí Bazargán), al partido prosoviético Tudeh y a dos organizaciones guerrilleras (la Organización de los Muyahidines del Pueblo de Irán y la Organización de Irán Fedaian Popular) que habían iniciado una lucha armada en contra de su régimen. Para contrarrestar la amenaza, el monarca prohibió al Frente Nacional y al Movimiento por la Libertad de Irán, encarcelando a sus líderes, condenó a la dirigencia del Tudeh al exilio y persiguió a las dos organizaciones guerrilleras a través de la Savak; además, en 1976 prohibió a todos los partidos políticos y solo permitió la existencia de uno, el Rastakhiz, el partido único de su gobierno.1 El Shah, en cambio, no consideraba a los religiosos chiitas como una fuerza política “viable” de oposición que pudiera llegar a gobernar el país y recordaba que gran parte de ellos lo habían apoyado en su retorno al poder, en 1953. No obstante, el chiismo en Irán (es decir, el 90 por ciento de su población) es una poderosa fuente de identidad nacional, incluso entre los menos devotos, desde su introducción en Persia por la dinastía Safávida para contrarrestar el poder del Imperio otomano, gobernado por musulmanes sunitas. Como no existían intermediarios entre el Estado y la sociedad (la mayoría de los políticos estaban presos o exiliados, y los partidos, prohibidos), el pueblo comenzó a expresar su descontento en el único lugar posible y seguro para hacerlo: las mezquitas. Pero los clérigos chiitas estaban divididos en su oposición al Shah: mientras que algunos no querían intervenir en política, una porción significativa, liderada por el ayatolá Ruhollah Jomeini, un carismático predicador que se había opuesto a los intentos modernizadores del Shah en la llamada “Revolución Blanca” de 1963, que amplió los derechos femeninos, si lo promovían.

Factor Jomeini

Las posturas antigubernamentales terminaron provocando el destierro de Jomeini, en Turquía, primero, y luego en Irak, desde donde comenzó a bregar por una “teocracia chiita”. El problema central de esta visión radicaba en que los chiitas carecían de una autoridad central religiosa después de que −según sus creencias− desapareciera (o fuera ocultado por Dios) el duodécimo imán, que terminó por provocar una crisis de liderazgo entre los seguidores de la rama mayoritaria del Islam chiita conocidos como duodecimanos. Jomeini, siguiendo la tradición de los usulíes −escuela mayoritaria en el chiismo duodecimano−, formuló una pregunta fundamental para salir del brete: si la jurisprudencia religiosa chiita puede autorizar la formación de una monarquía, o un gobierno civil, para cumplir con las obligaciones religiosas y gubernamentales mientras perdure la ausencia del imán (se cree que el imán oculto volverá en forma del “Mahdi prometido” antes del “Día del Juicio”), ¿no sería más conveniente que los jurisprudentes conformen un Estado, ellos mismos, y gobiernen de acuerdo a la ley religiosa −y en nombre del imán− hasta que se produzca su retorno? (Jomeini elaboró su concepto de un Estado islámico en una serie de conferencias realizadas en 1970, durante su destierro en Irak, y que fueron publicadas, en árabe y en persa, bajo el título “Gobierno islámico”).2 Fue así que, cuando la Revolución se inició, en 1978, esta fue la única organización que operaba libremente, no se encontraba debilitada, mantenía toda su estructura en pie (9.000 mezquitas, 180.000 mulás, millones de seguidores) y tenía un proyecto de Estado y de gobierno, y comenzó a dominar el movimiento contra el Shah.

[...] Las clases populares y medias, exacerbadas por una crisis económica que se inició en 1977 producto de la corrupción, el despilfarro en proyectos megalómanos del Shah (como las celebraciones de los 2.500 años del Imperio persa),3 la descontrolada importación de productos extranjeros, la acelerada migración hacia las ciudades pero, principalmente, por la baja en los precios del petróleo, pronto se sumaron al levantamiento de los religiosos.

[...] Por si fuera poco, el Shah también logró ponerse en contra a los dueños de los negocios de los influyentes bazares iraníes, al culparlos de la inflación del país. En 1978, el por entonces vicepresidente de Irak, Saddam Hussein –un político cuyo poder ya se había tornado indisputable diez años antes−, contactó, a través de su hermano, al Shah, para consultarlo sobre qué debería hacer su gobierno con Jomeini en su exilio iraquí (el clérigo no solo desestabilizaba a Irán, sino que servía como fuente de inspiración para la mayoría chiita que habitaba Irak). Las opciones eran dos: su asesinato o su deportación. El shah eligió la segunda, temeroso de que su muerte lo convirtiera en un mártir.4 Desde Najaf, en Irak, Jomeini viajó a Francia (su primera opción fue Kuwait, pero el emirato impidió su ingreso) y en la capital francesa el ayatolá encontró el lugar ideal para preparar la revolución. En París nadie limitaba sus visitas ni controlaba sus conversaciones, y podía, por primera vez en 14 años de exilio, comunicarse a toda hora con sus seguidores en Irán.

En noviembre de 1978, Irán se encontraba prácticamente paralizado −sus principales servicios nacionales, su comercio y su industria petrolera casi habían dejado de funcionar− y, a principios del año siguiente, la insurrección ciudadana ya había logrado torcer los designios del shah, que se vio obligado a nombrar a Shapour Bakhtiar, un político opositor del Frente Nacional (partido que lo expulsó apenas aceptó el cargo) como primer ministro. [...] Presionado por Bakhtiar, las multitudinarias movilizaciones callejeras y la inacción de Estados Unidos, el shah Reza Pahlavi anunció que abandonaba Irán “por unas largas vacaciones” y el 16 de enero de 1979 emigró de su país para nunca más volver.

El semestre decisivo

Dos semanas después, el 1° de febrero de 1979, Jomeini regresó a Irán, acompañado en el avión por 120 periodistas por temor a que su vuelo fuera atacado por militares iraníes. Lo recibieron cinco millones de personas en las calles. Cuando la aeronave ingresó al espacio aéreo de Irán, el periodista Peter Jennings le preguntó a Jomeini qué sentía al volver a su país luego de su largo exilio. “Nada”, respondió el ayatolá.5

Con Jomeini en Teherán, la revolución se tornó imparable: el 4 de febrero de 1979 formó un gobierno alternativo encabezado por Mehdí Bazargán, a pesar de que el representado por el primer ministro Bakhtiar seguía en pie. Un grupo de comandantes militares, miembros del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, encabezado por el jefe del Estado Mayor, Abbas Qarabaghi, se reunió durante la mañana del 11 de febrero para tomar una decisión que resultaría crucial para la revolución: declarar la neutralidad del ejército y dar la orden a las tropas de volver a sus bases.6 Ese mismo día, por la tarde, el ayatolá Jomeini tenía en sus manos el poder total del Estado y Mehdí Bazargán era su indiscutido primer ministro (poco tiempo después, Bakhtiar se exilió en París, donde sería asesinado, en 1991, por agentes iraníes).7

[...] Si bien la Revolución islámica fue democrática en su inicio –así como sus demandas– dio origen a un régimen que, basado en la religión, fue igual o aún más tiránico que el del autoritario shah. El impacto de la Revolución en Irán “despertó” un movimiento islámico en ciernes que, potenciado por las guerras árabes-israelíes de 1967 y 1973, pronto se esparciría por toda la región como alternativa de cambio. A partir de 1979, la tendencia más visible de esta “revolución” fue la modificación del patrón de poder en Medio Oriente, que abandonó el panarabismo y nacionalismo árabe para comenzar a vincularse con el radicalismo religioso.

Ezequiel Kopel, periodista. Fragmento del libro La disputa por el control de Medio Oriente (Clave Intelectual, 2022), publicado en Le Monde diplomatique, edición Cono Sur.


  1. Parvin Merat Amini, “A single party state in Iran, 1975-1978: the Rastakhiz Party. The final attempt by the Shah to consolidate his political base”, Middle Eastern Studies, Vol. 38, N° 1, 2002. 

  2. Hamid Mavani, “Ayatullah Khomeini’s concept of governance (wilayat al-faqih) and the classical Shi’i Doctrine of Imamate”, Middle Eastern Studies, Vol. 47, N° 5, 2011. 

  3. “La fiesta más extravagante de la historia moderna que le costó un imperio al sha de Irán”, bbc.com, 2-7-2017. 

  4. Ronen Bergman, The secret war with Iran, Simon & Schuster, Nueva York, 2008, p. 20. 

  5. Elaine Sciolino, Persian mirrors: The elusive face of Iran, Simon & Schuster, Nueva York, 2000, p. 55. 

  6. Telegrama del embajador británico Sir John Graham transmitiendo el anuncio del general Abbas Qarabaghi sobre la neutralidad de las Fuerzas Armadas iraníes, según “37 days after 37 years: Shapour Bakhtiar’s Iranian revolution”, amdigital.co.uk, 7-2-2017. 

  7. Leela Jacinto, “Ali Vakili Rad: The perfect murder and an imperfect getaway”, france24.com, 18-5-2010. 

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