Quizá porque el espesor conceptual, el sólido manejo de los dispositivos escénicos y los códigos compartidos con su público forman parte del territorio de lo esperado, no sorprende que El síndrome de Stendhal, del francouruguayo Sergio Blanco, haya dejado la sensación de que ya es, desde ahora y pese al tiempo que falta para llegar a diciembre, uno de los grandes estrenos del año.
Los dos clásicos, en cambio, tuvieron suerte dispar. Las brujas de Salem, de Arthur Miller con dirección de Andrés Lima, logró, en su reposición, dialogar de forma más que acertada con persecuciones del presente y conectar con las intenciones metafóricas de un autor que, como es sabido, había apuntado por elevación contra el macartismo de los tiempos de la Guerra Fría. Fue, en todo sentido, un gran acierto. En cambio, Antígona, de Sófocles, pareció adolecer de algunos errores de adaptación que impidieron que las intenciones del director, Miguel del Arco, se cumplieran a cabalidad. La actualización del discurso de Creonte no acompañó la potencia del texto original y las propias motivaciones del autócrata se diluyeron en la desorientación que pareció reinar en la propuesta, pese al gran trabajo protagónico de Mané Pérez (ver recuadro), a la solidez habitual del elenco y a los aciertos de escenografía y vestuario. Cabe preguntarse si en el momento de “refrescar” Antígona no sería más necesario, en lugar de apelar a reformulaciones efectistas, bucear en las lógicas políticas de la Grecia clásica para intentar comprender las motivaciones del poder de entonces y tender puentes con el poder de hoy. Estampas como la que reprodujo el rezo colectivo de los pastores evangélicos en el salón oval de la Casa Blanca, refiriendo al presidente estadounidense, Donald Trump, parecen descolgadas en relación con la lógica que el texto original plantea.
Al lado de las obras mencionadas, casi cualquier texto es “comparativamente emergente”. Sin embargo, esta ubicación en la línea de tiempo de la dramaturgia no es obstáculo para que Música de regreso a casa1 se sitúe como el gran acierto de la Comedia Nacional en este cuatrimestre. Por el contrario, esta característica potencia su impacto. Escrita y dirigida por Victoria Vera, logra la difícil proeza de tener a la platea riendo y rumiando pensamientos a la vez. El camino empedrado de dificultades de la vida cotidiana para cualquier persona tiene, en el caso de las mujeres de edad madura, escollos muy particulares que la obra plantea a través de recuerdos que se van intercalando con las decisiones que su protagonista toma en un viaje decisivo. Soledad Gilmet, que en 2024 se sumara a la Comedia Nacional, tiene aquí su primer protagónico importante y no desaprovecha la ocasión. Una larga trayectoria en el teatro independiente, iniciada en 1996, se nota en la solidez con la que compone aquí un personaje tragicómico que conecta con el público desde que pisa el escenario.
Memoria
Zelmar
El 20 de mayo se cumple medio siglo del asesinato de los legisladores uruguayos Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz, ocurrido en Buenos Aires. Para recordarlo, el ministerio de Educación y Cultura, el PIT-CNT, la Comedia Nacional, las fundaciones Zelmar Michelini y Mario Benedetti, entre otros, impulsan la performance Zelmar irrumpe, dirigida por Marianella Morena e interpretada por Martín Buscaglia, María Mendive y Mané Pérez (protagonista de Antígona y que en Las brujas de Salem encarnara el rol de Elizabeth Proctor. Serán el viernes 15 de mayo en la explanada de la Facultad de Derecho (11.30) y en la Puerta de la Ciudadela (13.00); el sábado 16 en la explanada de Punta Carretas Shopping (11.30 y 13.00); el domingo 17 en la plaza Primero de Mayo (11.30) y en Tres Cruces (13.00); el lunes 18 en las plazas Matriz (11.30) y Cagancha (13.00); y el martes 19 en la Plaza del Entrevero (11.30) y en la explanada de la Facultad de Derecho (13.00).
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Quienes no vieron la obra en Sala Verdi, tienen la oportunidad de hacerlo este fin de semana (viernes 8 y sábado 9 de mayo a las 20.30; domingo 10 a las 19.00) en el Florencio Sánchez del Cerro. Entradas: 300 pesos. ↩