La revolución iraní de 1979 se caracterizó por la irrupción del islam popular como fuerza política. Desde entonces, se ha mirado a la República Islámica principalmente a través del prisma del islam revolucionario y se ha pronosticado regularmente su inminente caída, ocultando las fuerzas e ideas políticas de independencia, libertad, respeto de los derechos humanos y justicia social que habían llevado al derrocamiento de una monarquía despótica y vasalla de Estados Unidos. Estas fuerzas nunca desaparecieron, mientras que el régimen se encerraba en el despotismo y la corrupción y la sociedad seguía transformándose y, a menudo, rebelándose.
Irán ya no es el país de 1979, cuando una “minoría ilustrada”, urbana, instruida y abierta a los valores del mundo contemporáneo contribuyó al derrocamiento del sha antes de ser marginada por la mayoría de una población que esperaba que el islam chiita tradicional respondiera a sus esperanzas. Cuatro décadas más tarde, esta minoría se ha convertido en mayoría, ya que las tasas de población urbana y alfabetización, que superaron el umbral simbólico del 50 por ciento en febrero de 1979, han seguido aumentando, mientras que la vida política ha evolucionado con la adopción de una constitución “republicana”. Con el paso del tiempo, el clero y el poder islamista tradicional fueron quedando poco a poco superados por estas profundas transformaciones de la sociedad. La apertura al mundo contemporáneo ya no era privilegio de una élite, sino de la mayoría de una población que escapaba al control de los religiosos.
Un episodio temprano ilustra bien esta evolución contradictoria. La “revolución cultural” de abril de 1980 tenía como objetivo islamizar las escuelas y las universidades. En realidad, el envío de maestras a las aldeas y la creación en todas las ciudades, incluso en las más pequeñas, de sucursales de la Universidad Libre Islámica (Daneshgah Azad Eslami, fundada por Abdollah Jasbi y Ali-Akbar Rafsanjani) permitieron sobre todo la escolarización masiva de las mujeres en las zonas rurales y el acceso de los jóvenes a la ciencia y la cultura internacional. En 1976, el 17,3 por ciento de las mujeres sabían leer y escribir, frente al 73 por ciento en 2016. Al mismo tiempo, y a pesar de algunos esfuerzos de “modernización”, las escuelas teológicas de Qom o Mashhad no han sido capaces de responder a estos retos educativos y científicos y han perdido el vínculo social que les permitió movilizar a las masas en 1978.
La urbanización de Irán (74 por ciento de la población en 2016) no ha borrado la cultura rural del país, pero la mayoría de los pueblos participan hoy en día en la vida económica, política, cultural y mediática nacional. Las disparidades sociopolíticas son menos relevantes entre la ciudad y el campo que entre los centros urbanos y los nuevos suburbios populares cada vez más poblados: el 40 por ciento de los habitantes del gran Teherán son suburbanos. Estos nuevos ciudadanos no siempre tienen los mismos intereses y ambiciones políticas que la clase media alta de los centros urbanos, y afirman su identidad política y sus reivindicaciones, como en noviembre de 2019 con respecto al aumento del precio de la gasolina. Por otra parte, la concentración en torno a las grandes ciudades de poblaciones procedentes de provincias a veces lejanas ha transformado la geografía político-étnica de Irán, ya que cada barrio o pequeña ciudad suburbana está en permanente interacción con las provincias de origen.
El legado institucional y político de la República Islámica es, por supuesto, difícil de asumir, ya que Irán dista mucho de ser una democracia, pero no deja de ser una república. Los poderes que se han atribuido el líder supremo y el clero chiita no pueden ocultar el lugar que han adquirido las elecciones en la cultura política popular iraní (42 comicios nacionales o locales desde 1979). La eliminación de los “malos candidatos” antes de las votaciones o los fraudes masivos, como en 2009, no han impedido que los iraníes utilicen las elecciones para afirmar sus ideas y reivindicaciones, en particular durante varias elecciones presidenciales que han ofrecido breves momentos de debate político y han dejado entrever lo que podría ser una vida política libre. En todos los ámbitos, la nueva sociedad iraní no ha dejado de demostrar que pretende ser la principal protagonista de su futuro.
Empates y derrotas
El Acuerdo Nuclear de 2015 (Joint Comprehensive Plan of Action), validado por la Organización de las Naciones Unidas, no fue más que un interludio cuestionado tanto por el Partido Republicano como por Israel, pero también por las facciones islamistas radicales iraníes cercanas al líder Alí Jamenei. En 2018, el rechazo del acuerdo por el presidente Donald Trump, seguido del abandono de los europeos, sumió al país en una crisis económica sin precedentes y provocó la desesperación de la nueva clase media, que veía alejarse una posible normalización económica, cultural y política. Las revueltas populares se hicieron entonces cada vez más frecuentes, masivas y reprimidas de forma ciega y brutal.
Dos derrotas importantes han debilitado el régimen. Por un lado, el clero chiita finalmente cedió en lo relativo al uso del velo. Por otro lado, los aliados externos de los Guardianes de la Revolución, componentes del “Eje de la Resistencia”, han sufrido derrotas como la del Hezbolá libanés, sin olvidar la caída del régimen de Bashar al-Asad en Siria. El ataque de Hamas contra Israel el 7 de octubre de 2023, seguido de la destrucción de Gaza y el enfrentamiento militar directo con Israel, exacerbaron las divisiones y tensiones dentro de un poder incapaz de responder a las reivindicaciones económicas y políticas de los iraníes más que con la masacre de miles de manifestantes.
Por lo tanto, el estancamiento es total. Para intentar encontrar una salida aceptable, la República Islámica se ve obligada a encontrar una solución política global y duradera al conflicto con Estados Unidos. La cuestión nuclear sigue siendo la piedra angular, un símbolo a menudo debatido por la comunidad internacional. Pero, en realidad, el punto neurálgico para Teherán es el levantamiento de las sanciones económicas, que son una forma de agresión que afecta la vida de todos los iraníes y alimenta una economía paralela y corrupta controlada por las familias y los grupos sociales vinculados al poder. Una resolución del conflicto con Estados Unidos implicaría el desbloqueo de los capitales iraníes, la apertura del mercado nacional a las empresas estadounidenses y una mejora a corto plazo de la vida cotidiana de la población. Para el poder teocrático, sin embargo, sería una derrota política probablemente fatal.
Sería una victoria para muchos iraníes a los que la República Islámica ha convertido, a corto plazo, en filoestadounidenses. El regreso de Estados Unidos a Irán, con las consecuencias internas y regionales que ello implica, podría producirse por la vía militar en caso de una intervención importante destinada a derrocar al régimen, pero lo más probable es que se produzca por la vía económica. Es cierto que no faltan obstáculos, aunque solo sea por el feroz nacionalismo de los iraníes. La inercia y los miles de problemas heredados de varias décadas de aislamiento tampoco ayudarán. A ello se suman las ambiciones regionales de Israel, las ambiciones políticas de la diáspora monárquica y la hostilidad de las facciones islamistas radicales, que no han dejado de oponerse a esta normalización anunciada. Sin embargo, esta última parece irreversible, bajo la presión de la sociedad, pero también de los países de la región (monarquías del Golfo, Turquía, Egipto), que temen cada vez más el poder militar y político de Israel.
Escenarios
Pero ¿quién podría tomar el relevo? A pesar de las apariencias, la vida política de la República Islámica no se reduce al despotismo y la represión. Es cierto que la Constitución otorga al líder [rol que ocupó Alí Jamenei hasta su asesinato en los recientes bombardeos] poderes muy amplios, pero cabe preguntarse cuál es su papel real como estratega, árbitro, decisor o simple apoyo a las facciones o personas capaces de garantizar la estabilidad de su régimen, siendo el único rol político capaz de controlar los múltiples clanes, facciones e intereses financieros rivales reunidos en la pletórica “Oficina del Líder” (beyt-e rahbari). El poder está menos en manos de un solo hombre que en la fuerza y la inercia de un sistema ideológico, financiero y policial que ha sabido aliarse o asociarse mediante la corrupción de numerosos individuos o grupos sociales, antes de que los ciclos de represión pusieran de manifiesto su incapacidad para gobernar.
La alternancia entre conservadores y reformistas permitió durante mucho tiempo mantener una unidad aparente y, dentro de ciertos límites, preservar la vida política y la expresión de la oposición (debidamente controlada), en especial, en el Parlamento y en una prensa valiente. Los herederos de los revolucionarios que derrocaron al sha –revolucionarios con sus ideas tercermundistas, de independencia, libertad, democracia y justicia social– siguen activos. Entre dos estancias en prisión, estas personalidades liberales o miembros de la “izquierda islámica” nunca han dejado de denunciar los abusos del poder clerical, la corrupción, la falta de libertad y la violencia de la represión, pero la mayoría no ha querido romper con el poder del Guía, por prudencia o por la expectativa de volver a encarnar una esperanza de cambio. Los “de 1357” (por el año 1978 en el calendario iraní) son hoy objeto de duras críticas por parte de los partidarios de un cambio radical de régimen –esencialmente monárquicos– por haber derrocado un régimen monárquico despótico y haber sido incapaces de contrarrestar el auge del poder clerical.
En el contexto actual de abandono, estas personalidades y grupos poco estructurados conservan una audiencia y redes aún activas, dentro del aparato estatal, la alta administración, las empresas e incluso entre el clero o los guardianes de la revolución. Siguen encarnando a quienes buscan un equilibrio virtuoso entre la herencia nacional iraní, la cultura popular chiita y la participación en el mundo contemporáneo. Se presentan como capaces de garantizar una transición política controlada, preparando un profundo cambio de política o de sistema.
Quizá sean desplazados por otros actores, pero esperan su momento y el apoyo de un consenso popular más amplio, que incluya a las clases medias que trabajan en la alta administración y los suburbios populares, que a menudo pertenecen a la comunidad azerí, cuya adhesión a la revolución de 1978-1979 fue decisiva.
Bernard Hourcade, director emérito de investigación del CNRS, miembro del comité editorial de Orient XXI. Traducción: Le Monde diplomatique, edición Cono Sur.