Hace 35 años, Jean Baudrillard publicaba un artículo de título provocador: “La guerra del Golfo no ha tenido lugar”.1 Para el pensador francés, la intervención militar de la coalición liderada por Estados Unidos contra Irak en 1991 no fue percibida por la opinión pública como un conflicto verdadero, sino como un acontecimiento mediático, un “simulacro” en el cual la realidad –aquella de las atrocidades tangibles– fue absorbida por su mediatización. Baudrillard se refería de modo específico a las grandes puestas en escena tecnológicas que reemplazaron la experiencia de la guerra. El ataque contra Irán lanzado por Washington y Tel Aviv otorga hoy una nueva envergadura al mismo fenómeno. La muerte se trivializa, e incluso en algunos casos se glorifica (el asesinato del líder supremo Alí Jamenei), mientras que Irán se presenta como un gigantesco blanco militar y deja de ser percibido como un territorio que cobija a una población.
Sin embargo, existe una diferencia de naturaleza manifiesta entre esta guerra y la de 1991. El ataque israelí-estadounidense no se lleva a cabo en nombre del derecho internacional, sino con total desprecio por él. No hace falta buscar consenso alguno, ni internacional, ni regional. Es un hecho de autoridad arbitraria con el consentimiento, o el silencio culpable, de los principales aliados de Washington. En París, Londres y Berlín existe conciencia de la situación, pero no se plantea la posibilidad de oponerse a la fuerza bruta.
Una guerra israelí
Hace años que los investigadores, analistas y periodistas diseccionan la estrategia de Donald Trump. Toda la experticia del mundo se moviliza para hacer la exégesis de las palabras o decisiones de un dirigente que casi nunca dice nada coherente ni fiable. Algunos se divierten viendo, en cada una de sus excentricidades, una aplicación de su libro, prácticamente erigido como tratado, The Art of the Deal (Random House, 1987). Pero con esta guerra hoy algo salta a la vista: el presidente estadounidense no sabe lo que hace. Detrás de la vehemencia de sus discursos, incluso de los dirigidos a los “aliados” tradicionales de su país, se esconde un personaje que se contradice permanentemente y que tiene todos los rasgos de un hombre manipulable.
De hecho, la génesis del ataque de Washington contra Irán es particularmente opaca. En los primeros días, el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, empezó declarando que Estados Unidos reaccionaba después de enterarse de que Israel planeaba atacar Irán, y todas las rectificaciones que vinieron después fueron difíciles de creer. Por otra parte, The Washington Post informó que los debates con los dirigentes del Congreso, algunos días antes del inicio de la guerra, trataron una cuestión precisa: atacar junto con Israel o esperar una ofensiva iraní contra las fuerzas estadounidenses en la región. Finalmente, se privilegió la primera opción. En suma, los estadounidenses no respondieron a ninguna amenaza iraní, tal y como han señalado, entre otros, Tulsi Gabbard, directora de Inteligencia Nacional, y Joe Kent, exdirector del Centro Nacional de Lucha contra el Terrorismo, quien afirmaba en su carta de dimisión: “Irán no representaba ninguna amenaza inminente para nuestra nación. Está claro que iniciamos esta guerra bajo presión de Israel”.2 El ataque se produjo mientras tenían lugar las negociaciones en Ginebra alrededor de la cuestión nuclear, en un momento en que un acuerdo parecía todavía posible, según los mediadores omaníes y The Guardian (17 de marzo).
Es difícil, en estas condiciones, no reconocer que se trata de una guerra israelí. Y eso es lo que la distingue de la invasión a Irak en 2003 –igual de ilegal y mentirosa, pero profundamente estadounidense–: no se corresponde ni con los intereses estadounidenses claramente identificados ni con la política anunciada por Trump. Por supuesto, él pretende estar librando una guerra para conseguir la paz, y nadie ignora las cuestiones económicas en juego: después de Venezuela, que detenta las mayores reservas de petróleo del mundo, ahora se dedica a Irán (la tercera reserva mundial). Pero la hipótesis de una toma del control del mercado mundial de hidrocarburos solo tendría sentido si los estadounidenses estuvieran a punto de ocupar y controlar ambos países y, de paso, si tuvieran los medios para lograrlo. Por el momento, esta guerra corre el riesgo de costar decenas de miles de millones de dólares, sin mencionar las consecuencias internas. Un aumento sostenido del precio del petróleo posiblemente esté en la medida de afectar el consumo y ralentizar la economía.
En otros términos, el imperialismo de Estados Unidos se transparenta en el modus operandi (la impunidad y las amenazas de crímenes a gran escala) pero no en la finalidad. No se fijó con claridad ningún objetivo de guerra. Trump incluso deja la impresión de que podría frenar todo en cualquier momento para gritar la victoria, sin indicar con claridad a qué podría remitir ese triunfo. Cualquiera sea el resultado de este conflicto, es evidente que el poder estadounidense está esencialmente al servicio de un tercer actor: Israel. En el plano estrictamente militar, lo que el presidente Trump denominó una “excursión” se parece más a una serie de errores de apreciación tanto en lo que respecta a las consecuencias económicas como a las capacidades de represalia de Teherán a escala regional.
Multiplicación de conquistas
Para Israel, el apoyo estadounidense no solo es esencial desde un punto de vista militar y logístico, sino que también le permite sostener el relato de una guerra civilizatoria entre “Occidente” y la República Islámica, apoyado por sus aliados regionales. Neutralizar al “régimen de los mullah” es un objetivo que logra consenso en América del Norte y en Europa. Pero, en la práctica, la guerra ha desplazado a Irán precisamente desde la política (las sublevaciones populares, en gran medida reprimidas por el régimen) hacia la geopolítica (el conflicto regional), con el trasfondo de la vulnerabilidad exacerbada de su población (100.000 personas habrían huido de la capital en los dos primeros días del ataque). Hay que observar también que el apoyo constante de Trump al primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, no parece contar con la aprobación de su propia población.3
Tampoco la democracia es algo que obsesione a los dirigentes israelíes, más preocupados por su propia supervivencia política (en el caso de Netanyahu) o por ir detrás de una orientación expansionista. Esta última tiene una dimensión estructural y otra más coyuntural. Por un lado, se confirma el aumento del poder del sionismo religioso, ya sea cristiano (el embajador estadounidense en Israel, Michael Huckabee, declaró en febrero que Israel podía expandir legítimamente su territorio, sin descartar la hipótesis de un “Gran Israel” desde el Éufrates hasta el Nilo) o bien judío (el líder de la oposición “centrista”, Yair Lapid, recuperó esta idea de las “fronteras bíblicas”). Por otro lado, desde octubre de 2023 existe una voluntad israelí de capitalizar plenamente el “apoyo incondicional” inicial acordado por Occidente (que nunca se erosionó del todo si consideramos la ausencia de sanciones en respuesta a los muchos crímenes cometidos) multiplicando sus conquistas. En este sentido, la escalada que representa la guerra contra Irán constituye una perfecta distracción para estos dirigentes; ya no se trata de rendir cuentas por el genocidio en Gaza, sino de ser evaluados respecto del futuro de la República Islámica.
De acuerdo con una lógica colonial ya probada, las características tóxicas atribuidas al otro justifican la negación de sus derechos. En Gaza, el “antiterrorismo” sigue sirviendo de cortina de humo para exacciones regulares, y más de la mitad del lugar está bajo control israelí. En Cisjordania, el desprecio por la Autoridad Palestina (y el rechazo a cualquier perspectiva de un Estado palestino) se acompaña de una aceleración sin precedentes de la instalación de los asentamientos. En Siria, la desconfianza hacia las nuevas autoridades inmediatamente después de la caída de Bashar al-Assad favorece la multiplicación de los ataques y la expansión del territorio ocupado en los Altos del Golán (con una represión comparable a la ejercida en Cisjordania). Y en el Líbano, los israelíes continúan con su estrategia de dividir a la sociedad y la clase política a propósito del destino de Hezbolá.
Mientras intenta sostener una apariencia de “eje de la resistencia”, Hezbolá respondió simbólicamente al asesinato del ayatolá Jamenei lanzando cohetes al otro lado de la frontera sur. Israel encontró en este hecho un pretexto para reiniciar sus bombardeos masivos, desplazar a una parte de la población (a mediados de marzo, cerca de uno de cada cinco libaneses fue registrado como desplazado) y exigir una “zona de seguridad” hasta el río Litani. Tel Aviv puede conjugar así la expansión territorial y la manipulación política: Hezbolá es presentado –por una parte de los analistas y políticos libaneses– como verdugo por efecto rebote. Y, en el mismo movimiento, se olvida de forma conveniente de que Israel ya mantenía una presencia militar ilegal en el país, contraviniendo los términos del cese del fuego de noviembre de 2024. Esta es, de hecho, toda la paradoja de la situación. Los dirigentes libaneses y sus padrinos internacionales quieren acabar con el movimiento chiita y la noción de resistencia en favor de un Estado libanés que detente el monopolio de la violencia legítima; pero seguir con la ocupación hace inevitable la voluntad de resistir.
Otros actores del conflicto
El ataque israelí-estadounidense contra Irán demuestra también la debilidad de la capacidad de acción de las monarquías del Golfo. Particularmente bien representadas entre los principales compradores del mercado mundial de armamento (en especial Arabia Saudita y Qatar, tercero y cuarto, respectivamente), estos Estados padecen una deflagración que los concierne directamente, sin que se hayan aclarado en lo más mínimo sus intenciones ni estrategias. Las réplicas iraníes, desde los ataques a instalaciones de petróleo y gas hasta el cierre del estrecho de Ormuz, amenazan de forma directa, sin embargo, a sus propias economías. Israel espera que semejante caos pueda conducir a un frente común contra Irán, pero las monarquías parecen muy reticentes. Para Teherán, el peligro que gravita sobre la economía mundial es un medio de presión sobre Washington.
No hay que pasar por alto ciertos matices y diferendos. Si bien Emiratos Árabes Unidos decidió presentarse como un socio privilegiado de Tel Aviv en la región, nada indica que Arabia Saudita y Qatar se preparen para comprometerse plenamente con una “paz israelí” en Medio Oriente. Para un país que pretende desempeñar el rol de potencia regional ineludible como es Arabia Saudita, dos problemas podrían seguir planteándose después de la guerra actual: el aventurismo emiratí (en particular en Yemen) es cada vez menos aceptado, y la lista de prioridades alineada de modo sistemático con los intereses israelíes por parte de Washington invita a una confianza limitada en la protección estadounidense y a una continua diversificación de las alianzas. En aspectos más fundamentales, la huida hacia adelante confirmada por este ataque convierte a Israel en la principal amenaza regional, incluso para Estados tan diferentes como Arabia Saudita y Turquía.
Frente a esta guerra, China y Rusia confirman su capacidad de adaptación a acontecimientos cuyo derrotero escapa en gran medida a su control. Para China, el problema se plantea en términos principalmente económicos. Mejor equipada que otros (reservas de petróleo, diversificación parcial de los suministros...), Pekín podría temer, sin embargo, una alteración duradera de los flujos energéticos y una escalada que afectaría de forma grave al comercio mundial, mientras que Moscú suele ser presentado como el principal beneficiario de esta guerra. Pero para ambos, la ecuación sigue siendo simple. A diferencia de Washington, Pekín y Moscú mantienen canales de comunicación con la totalidad de los actores de la región y abogan por la desescalada. Para ambos, cualquier retroceso de la influencia estadounidense debido a otra enésima guerra desastrosa resulta un golpe de suerte. Mientras tanto, la “desoccidentalización” del mundo no impide que los pueblos sufran los reflejos occidentalistas.
Adlene Mohammedi, investigador y experto asociado al Centro de Estudios Internacionales. Traducción: Merlina Massip.
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Jean Baudrillard, “La guerre du Golfe n’a pas eu lieu”, Libération, París, 29-3-1991 (publicado como libro por la editorial Galilée ese mismo año; fue traducido en español, junto con otros dos artículos, en La guerra del Golfo no ha tenido lugar, Anagrama, Barcelona, 2006). ↩
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Cuenta personal de Joe Kent en X (@joekent16jan19), 17-3-2026. ↩
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Serge Halimi, “Cuando los estadounidenses se cansan de Israel”, Le Monde diplomatique, edición Uruguay, diciembre de 2025. ↩