La elección de los bombardeos aéreos suele derivarse no de una reflexión sobre la mejor manera de alcanzar un objetivo, sino de una preocupación práctica: no exponer a las propias tropas. Este razonamiento no es nuevo. Durante la década de 1910, los ejércitos de países como Francia y Reino Unido, tras haber sufrido grandes bajas en sus colonias, consideraron que la aviación de bombardeo era un medio para “pacificar” esos territorios limitando la exposición de sus combatientes.
Este cálculo soslaya un dato esencial: los bombardeos aéreos causan más víctimas inocentes que el despliegue de tropas terrestres. El historiador David E Omissi relata así el dilema moral de un oficial británico en Irak antes de la Segunda Guerra Mundial: “El desencanto de Lionel Charlton con respecto a los bombardeos policiales comenzó cuando se desplazó a Diwaniya, visitó el hospital local y vio a víctimas de los bombarderos británicos recuperándose de sus heridas. [...] Atormentado [...] solicitó ser relevado de su cargo”.1
Cuando el objetivo es incitar a una población a no apoyar a un grupo o régimen enemigo, o a rebelarse contra él, la “transferencia del riesgo”2 hacia la población civil constituye no solo un problema ético, sino también estratégico. Esto quedó patente cuando dicha estrategia se aplicó contra lo que entonces se denominaba “naciones civilizadas”. “Los bombardeados se unen automáticamente en un odio y un terror comunes hacia el enemigo invisible”,3 constataba el psicólogo Eric Benjamin Strauss tras estudiar las reacciones de la población ante los bombardeos ítalo-alemanes sobre Barcelona en marzo de 1938. La misma observación se hizo tras los ataques nazis durante la batalla de Inglaterra, en 1940.
Esto no impidió que Reino Unido y Estados Unidos libraran contra Alemania una guerra aérea cuya intensidad fue diez veces superior, tanto en toneladas de bombas como en número de víctimas civiles, a la que había sufrido Inglaterra. Ya en 1943, sin embargo, académicos estadounidenses señalaban: “No hay elementos que permitan concluir que los bombardeos británicos y estadounidenses sobre las ciudades alemanas hayan debilitado el control del gobierno nazi sobre la población”.4
La mayoría de los especialistas coinciden en la ineficacia estratégica de los bombardeos en Corea en la década de 1950. Ineficacia que no disuadió a los partidarios de esta forma de hacer la guerra de volver a emplearla en Vietnam, Camboya y Laos en las décadas de 1960 y 1970, con el único resultado concreto de la muerte de millones de civiles.5 Hay un elemento que contribuye a legitimar la persistencia de las ilusiones que rodean a esta estrategia: la tecnología. A partir de la década de 1990, la generalización de dos nuevos instrumentos –las armas dotadas de sistemas de guía y los programas informáticos de evaluación de daños colaterales– proporciona argumentos a los defensores de las guerras aéreas. Estas tecnologías se presentan como “morales”, porque cumplirían con el derecho de la guerra al apuntar solo a objetivos presentados como combatientes y al garantizar que los “daños colaterales” sean proporcionales al efecto militar buscado. Esta forma de combatir constituiría un avance con respecto a lo que Martin Shaw denomina “la antigua forma occidental de hacer la guerra”6: los bombardeos intensivos. Por citar un ejemplo, la asociación Airwars estima en unos 10.000 el número de civiles iraquíes y sirios muertos por los bombardeos occidentales contra el Estado Islámico (EI) entre 2014 y 2018. En 1944-1945, los bombardeos aliados contra ciudades causaban estas víctimas en dos días.
Sin embargo, es importante destacar que el menor nivel de letalidad de las guerras aéreas de 1990-2010 no las convirtió en más estratégicas. Cuando atacaron a grupos que carecían de sistemas de defensa aérea (Al Qaeda, EI), solo les dejaron dos opciones: no responder o atacar a la población civil de los países autores de los bombardeos. En este sentido, han producido no una sino dos “transferencias de riesgo”: la primera, de los combatientes de los países atacantes hacia los civiles de los países bombardeados, y la segunda, hacia los civiles de los países que bombardean. Los atentados que han ensangrentado Francia desde 2015 son un ejemplo de este fenómeno.
Por otra parte, cabe preguntarse si la llegada de la IA no supone un aterrador paso atrás. En Gaza, en 2023-2024, Israel se valió de esta nueva tecnología para identificar el mayor número posible de objetivos denominados “combatientes” (presuntos militantes de Hamas). El mando militar esgrimió entonces el argumento (jurídico) de que era aceptable matar a decenas de civiles para neutralizar a un militante. Al hacerlo, Tel Aviv ha generado una violencia comparable a los mayores bombardeos de la historia, al tiempo que ha dado a esta acción un barniz liberal –del que sus representantes se han valido ante la Corte Internacional de Justicia en el procedimiento iniciado por la denuncia de Sudáfrica por genocidio–. Los objetivos de Israel y Estados Unidos en Irán son diferentes, pero ambos países han reconocido utilizar la IA en sus programas informáticos de selección de objetivos para los bombardeos. Esta guerra habría causado más de 1.000 muertos civiles en las primeras dos semanas.
Mathias Delori, investigador del Centro de Investigaciones Internacionales. Traducción: Le Monde diplomatique, edición Cono Sur.
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David E Omissi, Air Power and Colonial Control. The Royal Air Force 1919-1939, Saint Martin’s Press, Nueva York, 1990. ↩
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Martin Shaw, The New Western Way of War. Risk-Transfer and Its Crisis in Irak, Polity Press, Cambridge, 2006. ↩
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Eric Benjamin Strauss, “The psychological effects of bombing”, The Royal Services Institution Journal, Vol. 84, N° 534, Londres, 1939. ↩
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Gian P Gentile, How Effective is Strategic Bombing? Lessons learned from World War II to Kosovo, New York University Press, 2001. ↩
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Thomas Hippler, Le Gouvernement du ciel. Histoire globale des bombardements aériens, Les Prairies ordinaires, París, 2014. ↩
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Martin Shaw, The New Western Way of War, Polity Press, 2005. ↩