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Melania Trump y el robot humanoide Figura 3, de fabricación estadounidense, a su llegada a la Cumbre de la Coalición Global “Fomentando el Futuro Juntos” en la Casa Blanca en Washington DC, el 25 de marzo.

Foto: Oliver Contreras, AFP

Inteligencia artificial al servicio imperial

8 minutos de lectura
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Nuevo destino manifiesto estadounidense.

¿Cómo entender el auge y el papel de la industria tecnológica estadounidense? Nociones como “tecnofeudalismo”, “nueva ilustración” o “tecnofascismo” compiten por el podio de las explicaciones en las que no falta la novedad de la moda. Sin embargo, hay una perspectiva que anima a pensar en un concepto más antiguo, pero también más sólido: el imperialismo.

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La noción de imperialismo tuvo en los últimos meses una suerte proporcional a la intensidad de los desórdenes del mundo. El segundo mandato presidencial de Donald Trump actualizó el término al gusto de la época, y ahora reaparece de manera cíclica para criticar la política exterior de Estados Unidos. Sin embargo, el imperialismo designaba en su origen algo más preciso: el vínculo estrecho entre los Estados y los grandes monopolios económicos, y su expansionismo común en el contexto de la rivalidad entre potencias. Este enfoque, desarrollado por muchos teóricos a principios del siglo XX, se revela particularmente iluminador hoy en día para entender la relación de dependencia mutua entre el Estado estadounidense y los gigantes tecnológicos conocidos como big tech.

Cómo entender al imperialismo

Después de la relativa estabilidad internacional del período posnapoleónico, las décadas previas a la Primera Guerra Mundial se caracterizaron por un auge de la expansión colonial y una intensificación de los antagonismos entre las grandes potencias. En el ámbito económico, la implementación de políticas proteccionistas puso fin al liberalismo del período anterior. En 1902, el economista británico John Hobson denominó “imperialismo” a esta configuración histórica, caracterizada por el enfrentamiento entre “imperios rivales, cada cual guiado por las mismas aspiraciones a la expansión política y al beneficio comercial”.1

Algunos años más tarde, distintos pensadores marxistas se apoderaron del tema: Rudolf Hilferding, Rosa Luxemburgo, Nikolai Bujarin y –el más famoso de todos– Vladimir Ilich Lenin. Aunque sus explicaciones diferían en ciertos puntos, todos anclaban sus enfoques en el análisis de las transformaciones económicas. El capitalismo se caracterizaba ahora por una unión entre el capital industrial y el capital bancario (al que Hilferding llamaba “capital financiero”), así como por la alianza entre las grandes empresas y los Estados de los cuales estas provenían. Bujarin describió el surgimiento de los “trusts capitalistas nacionales”.2 La gran empresa concentrada, que dominaba el mercado nacional, necesitaba ahora el poder político y militar del Estado para sostener una competencia que se había convertido en feroz a nivel mundial.

Para los teóricos marxistas, el imperialismo “marca la transición del sistema capitalista a un orden económico y social superior”.3 En este aspecto, la historia tendió a demostrar que estaban equivocados. También se debería considerar al imperialismo como un tipo de capitalismo que reaparece de manera cíclica cada vez que una potencia hegemónica ve que se resquebraja su dominio. La transición del liberalismo al imperialismo entre 1880 y 1914 se explica por el declive industrial del Reino Unido, convertido al proteccionismo para frenar el ascenso de sus rivales. ¿Vivimos una época análoga? El debilitamiento de Estados Unidos tuvo como corolario el cuestionamiento de la globalización del libre comercio desarrollada bajo su supervisión. De esto da testimonio el ascenso de China, la puesta al margen de la Organización Mundial del Comercio (OMC), las nuevas barreras aduaneras y el retroceso del derecho internacional. Esto es también lo que afirmó sin rodeos el secretario de Comercio estadounidense, Howard Lutnick, el 20 de enero en Davos: “La globalización no les sirvió ni a Occidente ni a Estados Unidos; es una política fracasada”.

Dependencia mutua

Igual que a principios del siglo XX, la concentración de capital crece de modo espectacular. En enero, las siete principales empresas tecnológicas estadounidenses (Nvidia, Alphabet, Apple, Microsoft, Amazon, Meta y Tesla) representaban el 34 por ciento del valor total del índice S&P 500, en comparación con el 12,5 por ciento de 2016. En 2025, el crecimiento de Estados Unidos fue resultado principalmente de las inversiones faraónicas hechas por las industrias tecnológicas para desplegar nuevas infraestructuras de inteligencia artificial (IA) y sostener a las “estrellas” del sector: OpenAI y Anthropic. Se espera que estas inversiones aumenten todavía más en 2026 y alcancen los 650.000 millones de dólares solo para Amazon, Alphabet (Google), Microsoft y Meta (Reuters, 23 de febrero).

Si las enormes ganancias de estas empresas durante un tiempo alimentaron una orgía de capitales, esto ya no alcanza. OpenAI y Anthropic planean entrar en la bolsa en 2026 para hacerse de fondos adicionales. El sector también debe solicitar préstamos cada vez mayores a actores financieros no bancarios: firmas de capital de riesgo, compañías de gestión de activos y créditos privados. Los proveedores de infraestructuras para la IA, Oracle y CoreWeave se habrían endeudado en un monto de 100.000 millones de dólares. Los grandes actores como Amazon, Google y Meta también recurrieron a los préstamos mediante sofisticados mecanismos financieros.4 Así, la industria tecnológica quedó más entrelazada que nunca con las finanzas, mientras que las perspectivas de obtener ganancias siguen siendo inciertas: OpenAI recién prevé ser rentable en 2029.

Todo esto explica el papel decisivo del gobierno estadounidense, que ahora se centra en “neutralizar el riesgo” de estos gastos. El 5 de noviembre de 2025, la directora financiera de OpenAI mencionaba a The Wall Street Journal que existía una “garantía federal” para hacer seguras las inversiones en infraestructuras de IA. Ante las protestas que despertaron, sus palabras fueron rápidamente corregidas. Pero el mensaje había sido recibido: OpenAI era ahora too big to fail [demasiado grande para caer], haciendo imposible que el gobierno ignorara sus posibles dificultades.

Más allá de este caso específico, la administración Trump está implementando una política industrial. El Estado incentiva la instalación, en terrenos que le pertenecen, de centros de datos, de centrales eléctricas de carbón y de centrales nucleares. Además, exime a estas nuevas instalaciones de los estudios de impacto ambiental que normalmente exige la Ley de Política Ambiental Nacional (NEPA) [todas las siglas están en inglés]. La Casa Blanca finalmente pidió al Departamento de Comercio que diera sostén financiero (préstamos, garantías, subvenciones, incentivos fiscales, exenciones arancelarias) a estos proyectos estratégicos,5 explicitando así –para quienes estén dispuestos a escuchar– que la realidad apenas mantiene un parecido lejano con el mercado autorregulado.

Hace más de un siglo, Bujarin subrayaba que la política del imperialismo se debatía entre la internacionalización de la economía y la voluntad de “encastrarla dentro de los marcos nacionales”.6 Esta observación tiene hoy una cierta pertinencia. Desde hace varias décadas, la globalización neoliberal está permitiendo a las empresas de la industria tecnológica estadounidense capturar lo esencial del valor producido en las cadenas globales apoyándose en numerosos subcontratistas, especialmente en el sudeste asiático. Pero esta organización económica hoy se ve cuestionada desde el momento en que los sucesivos gobiernos estadounidenses pretenden reducir las dependencias estratégicas de Estados Unidos y cuentan con la IA para mantener su ventaja sobre China. Por lo tanto, la presencia continua de la industria tecnológica estadounidense en las estructuras económicas de la globalización impacta contra el deseo de Washington de reorganizar las cadenas de valor en función de los imperativos de la seguridad nacional.

Desde que esto ocurre, el intervencionismo económico asume diversas formas. El gobierno estadounidense adquiere capital de las empresas consideradas estratégicas –desde la explotación minera hasta la energía nuclear, pasando por los semiconductores–. Negoció con Nvidia un acuerdo que le permite recibir el 25 por ciento de los ingresos generados por la venta a China de sus chips H200, que anteriormente estaban sujetos a embargo. Así fue cómo The Wall Street Journal aludió al surgimiento de un nuevo “capitalismo de Estado” (11 de agosto de 2025).

Otra iniciativa emblemática: la alianza Pax Silica, controlada por el Departamento de Estado y dirigida por el subsecretario de Estado para los asuntos económicos, Jacob Helberg, un exejecutivo de Google y Palantir conocido por sus posiciones intransigentes respecto de China. Pax Silica apunta a construir, bajo liderazgo estadounidense, una coalición entre “aliados y socios de confianza” a fin de hacer más segura la cadena de valor de la IA, desde las tierras raras hasta los modelos tecnológicos más avanzados.7 Hoy tiene como miembros a Australia, Corea del Sur, Emiratos Árabes Unidos, Grecia, India, Israel, Japón, Qatar, Reino Unido y Singapur. Cada uno debe contribuir en función de sus ventajas: Australia provee los metales críticos, Qatar y Emiratos ofrecen energía barata, así como capacidades de inversión, Japón y Corea del Sur aportan su experticia en materia de semiconductores, etcétera. Estados Unidos mantiene el control sobre los aspectos más críticos del proceso de innovación, a la vez que garantiza un mercado para sus productos tecnológicos. Pax Silica representa, de este modo, una respuesta a la política de autonomía tecnocientífica de China. Es emblemática de un mundo en el que la industria tecnológica estadounidense no puede desplegarse de manera autárquica, sino que debe volver a pensar sus dependencias internacionales a la luz de las nuevas prioridades políticas.

Complejo militar digital

Como en cualquier configuración histórica de tipo imperialista, la cuestión militar es central. La relación de dependencia mutua entre el Estado estadounidense y la industria tecnológica se anuda en torno a los asuntos de defensa y seguridad, como lo demostró en febrero la pulseada entre la empresa Anthropic y el Pentágono: cuando la primera le negó al segundo el uso de su IA Claude para guiar armas autónomas sin supervisión humana o para vigilar a la población estadounidense, el presidente de Estados Unidos ordenó a las agencias federales suspender toda colaboración con la empresa. Muchas de las tecnologías desarrolladas bajo la etiqueta de la IA tienen la finalidad, en muchos casos, de garantizar la supremacía militar y el predominio económico de Washington. La Casa Blanca apunta a “una dominación tecnológica mundial indiscutida e indiscutible”. El Pentágono incluso presentó la IA como un “nuevo destino manifiesto”.8

En este contexto, la aplastante mayoría de las empresas de Silicon Valley dejaron atrás sus reticencias a trabajar con la policía y el ejército. Este cambio de posición fue teorizado por el cofundador de Palantir Alexander Karp, según el cual el sostén de la supremacía estadounidense exige “la unión del Estado y la industria del software”.9 Amazon suministra sus servicios en la nube a la Agencia Central de Inteligencia (CIA) desde 2013, a la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) desde 2021 y al Departamento de Defensa desde 2022, en el marco de un contrato con Google, Microsoft y Oracle. Meta ahora permite los usos militares de su modelo Llama de IA y compró Scale AI, una gema de la tecnología de defensa de la que proviene Michael Kratsios, hoy principal asesor de Trump en ciencia y tecnología. En cuanto a OpenAI, aprovechó con rapidez la caída en desgracia de Anthropic para ocupar su lugar en el Pentágono. Los movimientos de personal (las “puertas giratorias”) entre las big tech y las instituciones militares se multiplican.10 Lejos de las fantasías tecnolibertarias, según las cuales las grandes empresas tecnológicas se volverían autónomas respecto del Estado, hoy existe un complejo militar-digital, una simbiosis público-privada que recuerda a la de principios del siglo XX.

Sin embargo, varias características siguen siendo específicas del período actual. Incluso si la hegemonía estadounidense está en crisis, la competencia entre potencias imperialistas sigue estando mucho más desequilibrada hoy que antes de 1914. Además, la alianza entre el Estado y el capital se forja en un contexto donde la interdependencia de las economías nacionales supera con creces la de principios del siglo XX. Por lo tanto, el poder político y las élites capitalistas se ven tironeadas entre tendencias contradictorias. La administración Trump se divide entre los “halcones”, partidarios de una línea dura respecto de China, y una postura más neoliberal, que empuja a una flexibilización de las restricciones tecnológicas y comerciales.11 Esta ambivalencia reaparece dentro de Silicon Valley. Firmas como Nvidia y Oracle no tienen la menor intención de renunciar a los intercambios económicos con China, mientras que las empresas de tecnología de defensa no ven con malos ojos la exacerbación de la rivalidad chino-estadounidense.

El giro imperialista de la industria tecnológica provoca revuelo dentro de las propias empresas, como en Google, por ejemplo, entre los empleados mayoritariamente leales al Partido Demócrata.12 La corrupción, el nepotismo y la prevaricación que caracterizan la alianza de las industrias tecnológicas con la administración Trump también introducen el riesgo de acentuar la fractura entre las élites de Silicon Valley y la base popular del movimiento Hacer a Estados Unidos Grande de Nuevo (MAGA). Una última incógnita, y no la menor, se refiere a la tecnología misma: ciertos expertos interpretan el desarrollo de la IA “a toda costa” como un error estratégico. Según el investigador Gary Marcus, “es posible que el verdadero ganador resulte el país que no se sobreendeude al punto de arruinarse financieramente en un esfuerzo insensato por ganar una carrera que no se puede ganar”.13 Es otra manera de decir que los imperios terminan, en general, pereciendo por su propia desmesura.

Sébastien Broca, profesor en Ciencias de la Información y la Comunicación en la Universidad París 8. Traducción: Merlina Massip.


  1. John A. Hobson, Imperialism. A Study, James Pott & Co., Nueva York, 1902. 

  2. Nikolaï Boukharine, L’Économie mondiale et l’impérialisme. Esquisse économique, Anthropos, París, 1971 [hay edición en español: La economía mundial y el imperialismo. Bosquejo económico, Buenos Aires, Ediciones Pasado y Presente, 1973]. 

  3. Vladimir Ilitch Lenin, L’Impérialisme, stade suprême du capitalisme, Éditions sociales, París, 1945 [Hay edición en español: El imperialismo, fase superior del capitalismo, Madrid, Ediciones Akal, 1976]. 

  4. Evgeny Morozov, “El oxímoron de la IA soberana”, Le Monde diplomatique, edición Uruguay, noviembre de 2025. Ver también Advait Arun, “Bubble or nothing: data center project finance”, Center for Public Enterprise, noviembre de 2025. 

  5. Ver Brian J. Chen, “The big AI state. How the Trump administration is shaping US industrial policy toward ‘global technological dominance’”, datasociety.net, 21-1-2026. 

  6. Nikolái Bujarin, op. cit

  7. United States Department of State, “Pax Silica”. 

  8. “Winning the race. America’s AI action plan”, julio de 2025, whitehouse.gov; United States Department of State, “The war department unleashes AI on new GenAI.mil Platform”, war.gov, 9-12-2025. 

  9. Alexander Karp y Nicholas Zamiska, The Technological Republic. Hard Power, Soft Belief, and the Future of the West, Crown Publishing, Nueva York, 2025. 

  10. Francesca Bria, “El golpe de Estado de la tecnología autoritaria”, y Evgeny Morozov, “El oxímoron de la IA soberana”, Le Monde diplomatique, edición Uruguay, noviembre de 2025. 

  11. Ver Mathilde Velliet, “Les trumpistes veulent-ils vraiment faire la guerre à la Chine?”, Institut Français des Relations Internationales, 3-2-2026. 

  12. Ver Kali Hays, “Google staff call for firm to cut ties with ICE”, bbc.com, 6-2-2026, y Frédéric Lordon, “Marx va avoir raison (IA et lutte des classes)”, La pompe à phynance, Les blogs du “Diplo”, 2-3-2026. 

  13. Gary Marcus, “The core misconception that is driving American AI policy”, garymarcus.substack.com, 14-12-2025. 

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