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Muhammad Ramiz Hujeila, de 18 meses, herido en un ataque israelí contra la escuela Mustafa Hafez, el 21 de enero, en el Hospital de Médicos Sin Fronteras en Gaza.

Foto: Khames Alrefi / Anadolu / AFP

Kant y los señores de la guerra

8 minutos de lectura
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Una lectura kantiana del desorden internacional.

A fines del siglo XVIII, el filósofo Immanuel Kant (1724-1804) reflexionó sobre las condiciones de una “paz perpetua”. Su pensamiento, que fue fundamental para el derecho internacional, sigue vivo. Arroja luz sobre la dinámica de la guerra, los dilemas de seguridad, los estancamientos diplomáticos y los trágicos reveses que caracterizan nuestro tiempo.

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El ensayo filosófico-político La paz perpetua, escrito hace casi dos siglos y medio por Immanuel Kant, parece todavía tener actualidad si consideramos lo que sucede en la escena internacional, específicamente en Ucrania, en Gaza, pero también en el Caribe. Didáctico, fácil de leer, pone de relieve la dialéctica entre la naturaleza humana, profundamente egoísta, y la razón, potencialmente moral. Kant dice que existe una disposición moral que duerme en el hombre, aunque él sea manifiestamente egoísta. Y no hay actividad humana que no se inscriba entre estos dos polos que modelan la historia. Bueno y malo simultáneamente en religión y economía, el hombre lo es también en política. De este modo, cuando dirige el Estado, no alcanza a emanciparse de sus condicionamientos patológicos. Kant subraya que los Estados se comportan como individuos que buscan de forma permanente el poder para lograr dominar, pero también para resistir a la dominación. Pero si bien la política evolucionó y progresó bajo la forma del Estado-nación que, a través del monopolio del ejercicio de la violencia, protege la paz civil por medio de la coacción y la ley en el interior de fronteras definidas, en el plano internacional no existe ninguna instancia superior a los Estados que les imponga respetar el derecho. Los Estados no reconocen ninguna autoridad superior a la suya, lo que instala la escena mundial dentro de un sistema acéfalo regulado por la fuerza, una situación anárquica de no-derecho en la cual la resistencia es la única respuesta a la tentación hegemónica de las potencias imperiales. Kant habla de una libertad bárbara de los Estados, los cuales, al igual que el hombre particular, son belicosos y están llenos de hostilidad y de un apetito insaciable de poder. Pero existe, dice, “un mecanismo de la naturaleza para dirigir el antagonismo de las disposiciones hostiles [...] de manera tal que los hombres [o los Estados] se obliguen mutuamente, ellos mismos, a someterse a leyes de coacción que producen así, necesariamente, el estado de paz en el que las leyes disponen de la fuerza”.1

“Que el poder vuelva a la ley”

Al someterse voluntariamente a lo que se podría llamar el “derecho internacional”, los Estados constituyen un espacio jurídico mundial garante de la paz entre los pueblos de la tierra. La idea de Kant es que el derecho internacional no es la expresión de la bondad de los hombres de Estado sino más bien la expresión de la disuasión mutua, porque hasta los países más débiles tienen recursos potenciales de resistencia. Los imperios coloniales se derrumbaron porque, después de la Segunda Guerra Mundial, el precio político de la dominación de los pueblos colonizados se había vuelto demasiado alto. El poder militar no alcanza para garantizar la dominación de un Estado extranjero sobre otro. El de Estados Unidos no le garantizó la victoria ni en Vietnam, ni en Irak, ni en Afganistán. Pese a sus capacidades militares, los estadounidenses tuvieron que retirarse de los países que habían invadido porque la resistencia local les resultaba insoportable en materia de vidas humanas y de cargas financieras. Esto no es privativo de los estadounidenses: todos los Estados se ven empujados a la expansión (y son susceptibles de padecer la dominación de sus vecinos), pero si algo los disuade de hacerlo es, en este caso, el precio a pagar. Kant ve en ello la mano de la naturaleza que viene en ayuda de la voluntad universal para hacer retroceder las inclinaciones belicosas. “La naturaleza quiere de manera irresistible que el poder supremo vuelva, finalmente, al derecho”.2

Por otra parte, ningún Estado, por más poderoso que sea, es capaz de imponer un gobierno mundial que garantice la paz internacional. La naturaleza, dice Kant, se opone a una perspectiva de este tipo y, por eso, “utiliza dos procedimientos para impedir la fusión de los pueblos y para separarlos, a saber, la diversidad de lenguas y de religiones”.3 Por un lado, la imposibilidad de un Estado mundial y, por el otro, el carácter belicoso de los Estados que buscan siempre más poder militar, económico, ideológico, etcétera. La rivalidad no se detiene y es capaz de degenerar en todo momento en un conflicto armado. La única manera de escapar a ello es la construcción permanente de un derecho internacional promulgado por una organización interestatal basada en una carta a la cual adhieran los Estados y cuya vocación sea impedir la guerra. Desde este punto de vista, Kant es el padre espiritual de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), la cual, al ser fundada en 1945, prohibió la guerra. Instruidos por las dos guerras mundiales, los Estados habían dimensionado la importancia de la paz para el devenir de la civilización.

Pero, por indispensable que sea, la ONU fue y es incapaz de garantizar la paz perpetua anhelada por Kant. En efecto, se les prohibió la guerra a todos los Estados excepto a las cinco potencias que tienen un escaño permanente en el Consejo de Seguridad, donde disponen de un derecho de veto capaz de bloquear cualquier resolución que no sirva a sus intereses. La ONU no tiene la potestad jurídica de oponerse a una guerra en la cual se vea implicada alguna de estas cinco potencias. El derecho internacional, en consecuencia, no es universal, lo que es una anomalía desde el punto de vista jurídico. Imaginemos una comunidad de 200 personas dirigida por un “consejo de sabios” que prohíbe el uso de la violencia, pero que se la concede, no obstante, a cinco miembros de esa comunidad que se comportan entonces como señores de la guerra. Mediante un juego de alianzas, los miembros permanentes del Consejo de Seguridad comercian con ese privilegio de hacer la guerra concediéndolo a Estados vasallos que se benefician de su protección diplomática. Así es como la ONU y las organizaciones no gubernamentales (ONG) de la sociedad civil mundial no tuvieron la capacidad de impedir el primer genocidio del siglo XXI que tuvo lugar en Gaza. Miembro de la ONU, Israel llevó adelante una guerra de exterminio con el favor de la protección diplomática que le acuerda Estados Unidos. Uno de los cinco señores de la guerra de ese poblado llamado “ONU” incluso sancionó a los jueces de la Corte Penal Internacional que condenaron (y emitieron órdenes de arresto contra) el primer ministro de Israel y su ministro de Defensa. Estados Unidos, primera potencia mundial, rechaza la jurisprudencia internacional cuando sus protegidos son culpables de delitos tales como crímenes de guerra. Es decir, reconoce el derecho internacional solo si le resulta favorable.

Kant es hostil a la existencia de los ejércitos que reúnen individuos, escribe, a quienes se les paga para matar o morir. Sin embargo, los Estados necesitan un ejército para proteger a sus poblaciones contra el riesgo de invasiones militares extranjeras. Entonces, el ejército es necesario si su vocación es defender al país contra vecinos belicosos. Pero, para Kant, tiene que ser pensado como un instrumento que preserva la paz y no como un medio de vulnerarla. Para que haya paz, no es necesario que un Estado inquiete a sus vecinos con el pretexto de reforzar su protección. Es el dilema de la seguridad: un Estado piensa protegerse reforzando su ejército, lo que es percibido como una amenaza por un Estado vecino, que se prepara para ser atacado. En las relaciones internacionales, la percepción de la amenaza, sea fundada o no, es un elemento estructurante de las políticas de seguridad de los Estados. Para protegerse mejor, estos implementan alianzas militares, lo que atemoriza a los adversarios potenciales, que también forman a su vez otras alianzas –y todo esto se va acercando peligrosamente a la guerra–. Dentro de esta perspectiva, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), por su misma existencia, incita involuntariamente a Rusia y a China a una coalición militar desde el momento en que perciben la organización atlántica como una amenaza. Al final de la Guerra Fría, la OTAN debería haber sido disuelta, o bien puesta bajo la autoridad de la ONU. Pero el lobby del armamento impulsó a que se siguiera sosteniendo, y a que se ampliara para vender armas pagadas por los impuestos de los contribuyentes.

Odios pasados y futuros

¿Cuál sería un enfoque kantiano sobre los conflictos en Ucrania y Gaza? La invasión de Ucrania por parte de Rusia es resultado de un doble miedo: el de los gobiernos europeos, que quieren contener a una Rusia sospechada de expansionismo, y el de la propia Rusia, que percibe la ampliación de la OTAN como una tentativa de encierro e intimidación. Ambos bandos se amenazan mutuamente pero no van a cruzar el Rubicón: las armas nucleares hacen improbable la guerra entre las potencias de la OTAN y Rusia, mientras que la paz sigue siendo todavía imposible, según la célebre fórmula de Raymond Aron. Si Moscú logró convencer a una gran parte de los rusos de que la OTAN constituye una amenaza existencial, no ocurre lo mismo con los gobiernos europeos. Sus opiniones públicas parecen favorables, en cierta medida, a un apoyo militar y financiero a Ucrania, pero no a una guerra frontal con Rusia. Como regla general, los gobernantes son belicosos y los pueblos son pacíficos. En Francia, Jean Jaurès, marxista kantiano, fue asesinado en 1914 porque se había opuesto a la guerra mundial inminente. Después de haber aniquilado a millones de seres humanos, esta sembró los gérmenes de una nueva guerra mundial, todavía más devastadora.

La Segunda Guerra Mundial fue una guerra en la cual se produjo el mayor genocidio del siglo XX. En efecto, los nazis tenían como proyecto exterminar a los judíos, considerados como indignos de formar parte de la especie humana. Era el sumun del odio hacia el otro y la expresión del mal absoluto del cual es capaz el hombre. Apenas terminada la Segunda Guerra, los judíos fueron considerados, y con razón, como las víctimas de una injusticia innombrable. Su sufrimiento y el dolor padecido por la pérdida de un hijo, de un padre, de un marido les otorgó un capital de simpatía que los sionistas explotaron para crear un Estado ocupando las tierras de los palestinos, que fueron expulsados de sus casas. Sostenido militar, financiera y diplomáticamente, el Estado de Israel se volvió poderoso mientras se modelaba según una lógica bélica y de opresión colonial. En algunas décadas, el judío mártir, o más bien sus hijos, se convirtió en el verdugo de los palestinos oprimidos en su país. Incluso en el hombre oprimido duerme un opresor, diría Kant. Los dirigentes de los Estados poscoloniales ¿acaso dieron a sus pueblos los derechos cívicos que les negaba la dominación colonial?

Al ser la historia un encadenamiento de causas, dice Kant, lo que pasa en Gaza terminará fortaleciendo el odio de las futuras generaciones de palestinos, que buscarán vengarse. Si la relación de fuerzas internacional, hoy favorable a Israel, cambia, el porvenir de ese Estado será incierto. Porque, en un futuro cercano [...], le llegará el turno de acceder al poder nuclear a Arabia Saudita y probablemente a Egipto. Israel ya no se beneficiará de su supremacía nuclear en caso de confrontación con sus vecinos. Para evitar el derrumbe, después de un éxodo probable de su población hacia los países occidentales, Israel podrá elegir entre un Estado binacional en el cual los ciudadanos tengan los mismos derechos cívicos cualquiera sea su religión, y el reconocimiento de un Estado palestino cuya población no olvidará lo que sufrió en el pasado.

Convertida en impotente por el veto acordado a los cinco señores planetarios de la guerra, la ONU no logró imponer el derecho internacional, lo que llevó al fracaso de la paz universal esperada por Kant. Incluso existe un riesgo muy alto de que la tercera guerra mundial comience por un ataque desde Kaliningrado –hipótesis considerada el 17 de julio de 2025 por el general estadounidense Chris Donahue, jefe militar de la OTAN–. Cedido a la Unión Soviética después de la Segunda Guerra Mundial, este antiguo bastión prusiano es uno de los puntos más militarizados de Europa y cobija la flota rusa del mar Báltico, una base aérea y –según algunas fuentes occidentales– misiles nucleares tácticos. La ironía de la historia es que Kaliningrado es Königsberg, la ciudad donde nació y vivió Kant hasta su muerte.

Lahouari Addi, investigador asociado en Triangle, École normale supérieure de Lyon, y profesor invitado en la Universidad de Maryland, Baltimore. Este texto es una versión ligeramente retocada del posfacio de su obra Retour sur Kant. Aux origines de la modernité intellectuelle, Armand Colin, París, 2026. Traducción: Merlina Massip.


  1. Immanuel Kant, La paz perpetua, traducción de Joaquín Abellán, Editorial Tecnos, Madrid, 1985. 

  2. Ibidem

  3. Ibidem

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