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Presa de Kariba, entre Zimbabue y Zambia, el 20 de enero de 2020.

Foto: Guillem Sartorio, AFP

Regreso a Kariba

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La minoría blanca y la historia de Zimbabue.

En la frontera con Zambia, la represa inaugurada en 1960 creó un lago; el lago dio forma a un paisaje; el paisaje contribuyó a arraigar una comunidad, convencida de haber moldeado la naturaleza y de haber adquirido sobre ella un derecho. Pero los blancos de Zimbabue constituyen hoy una minoría que negocia su lugar en un orden que ya no domina.

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En los años 1950, la Federación de Rodesia y Nyasalandia, en el sureste de África, construyó una represa hidroeléctrica en el río Zambeze. Inaugurada en 1960 en presencia de la reina británica Isabel II, la obra –diseñada por el ingeniero francés André Coyne– dio origen a un lago de más de 5.000 kilómetros cuadrados, es decir, cinco veces la superficie de Nueva York.

La empresa movilizó a ingenieros europeos, capitales internacionales y trabajadores africanos para construir el mayor embalse hidráulico de la época. Transformó un valle habitado en un embalse estratégico. Con una potencia total de más de 2.000 megavatios (MW) en la actualidad, la represa alimenta dos centrales subterráneas, cada una de las cuales suministra dos tercios de la electricidad de los países ribereños, Zambia al norte y Zimbabue al sur.

Paraíso de los blancos

La acumulación de agua en el lago Kariba (“pequeña trampa” en tonga) inundó entonces el valle del Zambeze. Hubo que trasladar a 57.000 tongas –un pueblo bantú que llevaba varios siglos viviendo allí– hacia el interior, lejos del río del que obtenían su sustento, a veces a más de 100 kilómetros de sus antiguas aldeas. El llenado del lago también dio inicio a la operación Noé: entre 1958 y 1963, el guardabosques Rupert Fothergill organizó el espectacular rescate de más de 6.000 animales atrapados en islotes y amenazados por la crecida de las aguas. Junto con su equipo, capturó antílopes, elefantes, rinocerontes y cebras, para luego liberarlos en espacios protegidos. Como el parque Matusadona, que bordea el lago y es reserva desde 1963. Al año siguiente, Fothergill se convirtió en director del nuevo Departamento de Parques Nacionales y Gestión de la Fauna Silvestre.

El doble movimiento de desplazar a las poblaciones africanas y crear santuarios para la fauna configuró un paisaje acorde con el imaginario colonial: una naturaleza salvaje vaciada de sus habitantes, pero poblada de animales emblemáticos.1 El antropólogo David McDermott Hughes observó cómo, en los años 1970, “escritores rodesianos imaginativos trasladaban el lago del ámbito de la tecnología al de la naturaleza. Describían una extensión salvaje característica de una África primitiva, prehumana. Antes de sacar conclusiones más políticas, planteaban: si los blancos se sienten en casa en Kariba, y si Kariba es un concentrado de la auténtica África, entonces los blancos son verdaderamente africanos”.2

La idealización de la naturaleza salvaje no impidió la aparición de nuevas formas de actividad, en un contexto de destrucción de las y de los tongas –en particular, la agricultura de secano–.3 El parque creado alrededor del lago formó una franja de tres kilómetros hacia el interior, donde estaban prohibidos tanto la ganadería como los cultivos. La central hidroeléctrica dio empleo a numerosos blancos que vivían en las alturas; más abajo se extendía la township negra. La primera granja de cocodrilos establecida a orillas del lago vio la luz en 1965, en la ciudad de Kariba, seguida de cerca por otra en Binga, antes del desarrollo de la pesca comercial de la sardina de agua dulce.

Hasta 1979, la guerra enfrentó al régimen segregacionista de Ian Smith con el Ejército Nacional Africano de Liberación de Zimbabue y el Ejército Popular Revolucionario de Zimbabue. Se cobró 20.000 muertos y cientos de miles de heridos. Pero la minoría blanca no abandonó el lago. De hecho, se convirtió en un lugar de esparcimiento. Cerca de las bases militares, la gente acudía a acampar y disfrutar de las aguas termales. Y la independencia proclamada en 1980 no cambió nada al respecto. En los años siguientes, el país vivió una cierta prosperidad, gracias a la quita de las sanciones económicas y a unas cosechas muy buenas. Los blancos que decidieron quedarse, sobre todo los agricultores adinerados, disfrutaron de Kariba, donde floreció una sociedad dedicada al ocio: estadías en resorts, cruceros en las famosas “casas flotantes” (house boats), torneos de pesca del pez tigre. “Teníamos canchas de tenis, de básquet, galerías de tiro”, recuerda Robert D, un excolono. “Estaba realmente muy bueno. Ahora se ha terminado”.

La expropiación

De hecho, continúa: “El gran cambio se produjo cuando [Robert] Mugabe [primer ministro de Zimbabue de 1980 a 1987] expulsó a todos los agricultores. Porque este lugar sobrevivía gracias a los agricultores”. Hasta entonces, una minoría blanca controlaba la mayor parte de las tierras agrícolas más productivas: en el año 2000, en un país de 12 millones de habitantes (17 millones en la actualidad), cerca de 3.500 agricultores blancos poseían la mayor parte de las tierras fértiles, según explica la Organización de las Naciones Unidas (ONU), debido a “las políticas de la era colonial que habían obligado a los negros a abandonar sus tierras”.4 Pero la reforma agraria aprobada en el 2000 beneficiaba principalmente al entorno del régimen de Robert Mugabe –“la banda de ladrones más rapaz de toda África”, de acuerdo con Doris Lessing, premio Nobel de Literatura, que creció en Rodesia del Sur–.5 Esto desencadenó una terrible crisis, que alcanzó su punto álgido a fines de los años 2000 (hiperinflación, devaluación de la moneda local, colapso de la producción, aumento vertiginoso de las importaciones y de la deuda pública, explosión del mercado negro) y de la que Zimbabue todavía intenta recuperarse, más de 25 años después de la transferencia de las propiedades, y casi diez años después de que Mugabe fuera sustituido por Emmerson Mnangagwa tras un golpe de Estado.

La confiscación también provocó la partida de centenares de agricultores blancos. Al final, solo quedaron 200. En términos generales, la población blanca se redujo de manera drástica, pasando de unos 100.000 a menos de 30.000 en 15 años. De manera indirecta, las reformas agrarias sacudieron el funcionamiento social y económico de Kariba, cuyas cabañas, restaurantes y puertos deportivos vivían gracias a este sector de la población. Pero, más allá de la pérdida financiera, fue una realidad territorial la que se tambaleó. En Binga había unos 150 blancos en la década de 1990; hoy solo quedan nueve. En la ciudad de Kariba, la asociación que gestiona Lomagundi Lakeside, un complejo de habitaciones y chalets para turistas, contaba con 200 miembros –todos blancos–; ahora no superan los 20. “Tuvimos una vida muy linda”, repite Steve, un exagricultor, obligado a abandonar sus tierras a comienzos de la década del 2000, y que vive desde hace unos años en Kariba.

Las ciudades y centros turísticos que rodean el lago, Mlibizi al oeste, Binga en el centro y la ciudad de Kariba al este, conservan las huellas de aquella época y dan testimonio de las transformaciones recientes. En uno de los puertos deportivos de la ciudad de Kariba yacen varios restos: aquí el de un barco que perteneció a Ian Smith; allí, el de un house boat abandonado por agricultores expropiados. En el muelle hay unas 20 embarcaciones amarradas, la mayoría de las cuales pertenecen a empresas que las utilizan o las alquilan. Los turistas son gente de la zona o exagricultores blancos que viven en Australia, Nueva Zelanda o Sudáfrica. Vuelven para mostrar a sus nietos “su África” tan querida.

Auge del turismo de lujo

Un poco más lejos, cruzamos el African Dream y el Zimbabwean Dream, destinados a turistas internacionales que se embarcan en un crucero safari. La relativa estabilidad monetaria ligada al uso del dólar estadounidense ha permitido el auge del turismo de lujo. A orillas del lago, el paisaje yuxtapone aldeas sin agua ni electricidad, formadas por unas pocas chozas con techo de paja y cabañas privadas con piscina. De Mlibizi a Kariba, un territorio abandonado: para ir de un lado a otro hay que tomar –cuando funciona– un ferry de lujo (22 horas de travesía) o recorrer una carretera de más de 300 kilómetros.

El Mlibizi Resort, un complejo de pesca fundado en la década de 1970, cuenta hoy con 17 chalets más o menos deteriorados, de dos o tres habitaciones cada uno, algunos de ellos con vistas al lago. Una estación de servicio abandonada sugiere su antigua grandeza. “Antes había turistas”, explica el gerente del lugar, “ahora ya no hay nadie. Dicen que es por la ruta, pero es una cuestión política. Los pescadores autóctonos con redes ocupan demasiado espacio, y la gente que venía a los chalets a pescar ya no está contenta y se va a otra parte”. Sobreexplotación pesquera, pesca furtiva, proliferación de redes cerca de las orillas: los pescadores recreativos (blancos) denuncian la inacción y corrupción de las autoridades frente a estas prácticas prohibidas, pero vitales para los autóctonos. “Si uno se mete, te desatornillan la hélice del barco”, afirma uno de ellos. Detrás de la cuestión pesquera se perfila una pregunta más amplia: ¿quién tiene la legitimidad para explotar Kariba? El lago escapa en este momento de las manos de quienes se creían sus guardianes, mientras que quienes siempre lo han utilizado únicamente para subsistir son ahora sus principales protagonistas.

Afecto y distancia

En la ciudad de Kariba, en Lomagundi Lakeside, una decena de familias mantienen una vida social heredada de los años 1970: noches de dardos, pesca, gin-tonic, golf. Los jardines están bien cuidados y son muy apreciados por los hipopótamos y cebras, aunque a veces se producen algunos accidentes mortales. En el restaurante local, dos televisores emiten partidos de críquet, rugby y noticieros de forma continua. Los clientes hablan de pesca, de animales salvajes y, como es obvio, de deporte. Las conversaciones se desvían a veces hacia el pasado, en particular hacia la guerra, no tan lejana, en la que murieron varios familiares. Fue la época de la Bush War (1964-1979) [bush por “naturaleza salvaje”], una guerra contra los “terroristas”, que los negros llaman “guerra de liberación”.

Muchos de los contertulios recuerdan la época de Rodesia y la edad de oro de los años 1980. “El país funcionaba”. Las infraestructuras estaban bien mantenidas, la mayoría de los productos manufacturados se fabricaban en el país. “Hoy en día todo es importado”, explica una mujer de 45 años que ha regresado recientemente a vivir al país. La nostalgia no solo expresa el pesar por un poder perdido y una vida moderna, sino que también refleja la convicción de haber encarnado el “ser competentes”. Este registro técnico permite a una minoría, que se ha convertido en políticamente marginal, reivindicar su utilidad económica. Se reconvierten en intermediarios agrícolas y empresarios del turismo. “Para sobrevivir en Kariba, hay que ser creativo y tener una mentalidad muy empresarial”, explica una joven que abrió un café en uno de los puertos deportivos de la ciudad de Kariba, donde se puede tomar un buen latte acompañado de una torta sin gluten. Algunos jóvenes blancos regresan a las granjas: ya no son propietarios, pero se convierten en gestores o alquilan parcelas. Algunos incluso vuelven así a su propia tierra. Y todos perpetúan la tradición de las vacaciones en Kariba, aunque de manera más discreta. Atrás quedaron los tiempos en que cada quien tenía su house boat.

Una parte de esta juventud va y viene entre Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica y Reino Unido, y luego regresa a probar suerte. Dicen sentir apego por el bush, por la libertad de un espacio donde “uno puede hacer lo que quiera”. Esta valoración de un individualismo pionero coexiste con un sentimiento de desclasamiento y una incertidumbre sobre su destino. Muchos lo repiten: “África es así”. El bush, la libertad, pero también la corrupción e imprevisibilidad. La frase expresa el apego afectivo al lugar tanto como la conciencia de una distancia. Los jóvenes blancos, en su mayoría, pueden irse, volver, invertir desde lejos. Aunque algunos expresan el deseo de construir un mundo basado en otros valores,6 en el plano político la mayor parte se mantiene al margen, mientras que, a nivel económico, Pekín es el principal socio de Harare: de este modo, la explotación del litio de Zimbabue recae ahora en manos de China. Al igual que la construcción de dos nuevas turbinas de la central hidroeléctrica del lago Kariba.

Léa Kalaora, antropóloga. Traducción: Emilia Fernández Tasende.

Largo dominio blanco

Hacia la independencia

A fines del siglo XIX, la British South Africa Company, fundada por Cecil John Rhodes, entonces primer ministro de la colonia del Cabo, anexionó los territorios situados al sur del río Zambeze para explotar los recursos mineros. Pero pronto los colonos blancos quisieron liberarse de la autoridad de la Compañía: en 1923, Rodesia del Sur se convirtió en una colonia británica dotada de un gobierno autónomo. La segregación prevalecía en la región y se reforzó con la creación en 1953 de una federación que agrupaba Rodesia del Sur, Rodesia del Norte y Nyasalandia. Pero, mientras que Reino Unido reconoció en 1963 la independencia de las dos últimas –que se convirtieron respectivamente en Zambia y Malawi–, la minoría blanca de la primera la proclamó unilateralmente en 1965, para preservar su dominio. El territorio devino entonces en Rodesia, un Estado sometido a sanciones económicas [por su segregacionismo racial]. Tras 15 años de guerra entre el régimen y los movimientos nacionalistas africanos, la mayoría negra accedió al poder en 1980.


  1. Cédric Gouverneur, “Perseguidos y expulsados: los masáis en Tanzania”, Le Monde diplomatique, edición Uruguay, abril de 2023. 

  2. David McDermott Hughes, Whiteness in Zimbabwe. Race, Landscape, and the Problem of Belonging, Palgrave Macmillan, Nueva York, 2010. 

  3. Elizabeth Colson, The Social Consequences of Resettlement. The Impact of the Kariba Resettlement Upon the Gwembe Tonga, Manchester University Press, 1971. 

  4. “Au Conseil des droits de l’homme, le Zimbabwe confirme des accords de dédommagement pour les fermiers”, ONU Info, 26-1-2022. 

  5. Doris Lessing, “Llanto por el amado Zimbabue”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, agosto de 2003. 

  6. Como el documentalista Jono Terry, mediante su proyecto They Still Owe Him a Boat

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