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Personas desplazadas en la zona costera de Beirut, el 30 de marzo, tras los ataques aéreos de Israel contra el sur de Líbano.

Foto: Dimitar Dilkoff, AFP

Una docilidad tan mal recompensada

8 minutos de lectura
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El sometimiento de Europa a Estados Unidos.

Carente de pretextos serios y de justificación legal, la agresión israelí-estadounidense contra Irán pone de manifiesto la inexistencia de Europa ante una guerra que compromete su seguridad y amenaza su economía. Esta pasividad resulta aún más llamativa teniendo en cuenta que Washington había roto previamente el trabajoso acuerdo con Irán negociado por el conjunto de los europeos.

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La impotente inquietud de los líderes europeos ante la guerra de Israel y Estados Unidos desencadenada el 28 de febrero contra Irán y el derecho internacional refleja el desconcierto de una clase dirigente formada para ajustarse a un “modelo” estadounidense que se ha vuelto indefendible. Se mezclan el pánico frente a la idea de contrariar al mandatario Donald Trump, la preocupación por la escasez energética, la obsesión por la pesadilla de una crisis económica, el temor a una derrota ucraniana por falta de apoyo suficiente de Estados Unidos y, por último, el vértigo ante una recuperación comercial y diplomática de Rusia.

La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y los jefes de gobierno Keir Starmer (Reino Unido), Friedrich Merz (Alemania) y Emmanuel Macron (Francia) han recibido hasta ahora cada demostración de fuerza del presidente Trump y de su aliado (o tutor) israelí con una respuesta en dos tiempos: primero ceden y luego se lamentan. Una tras otra, la coerción mediante aranceles aduaneros, la obligación de duplicar el gasto militar, las masacres israelíes en Gaza, los bombardeos de Yemen, Líbano e Irán, y el secuestro o asesinato de dirigentes extranjeros como forma habitual de acción diplomática han suscitado una tibia aceptación seguida de reservas afligidas del tipo “de acuerdo, pero no así”. Solo la defensa de la causa ucraniana, convertida en la religión secular de las élites europeas, y la amenaza de una invasión de Groenlandia les han arrancado reacciones que van más allá de los gruñidos.

Ceder y lamentar

La guerra ilegal, irracional e imprudente librada por la pareja israelí-estadounidense contra Teherán, por su parte, ha suscitado el habitual pas de deux. A pesar de que nadie tomó en serio las justificaciones esgrimidas por Washington –neutralizar el programa nuclear y la amenaza balística sobre Estados Unidos, ayudar a la oposición al régimen iraní–, las grandes naciones del viejo continente, con la excepción de España, se han puesto dócilmente del lado de los agresores, quienes no habían considerado oportuno advertir a sus “aliados” de un conflicto cuyas asoladoras consecuencias económicas sufrirían ellos mismos.

Con Teherán bajo las bombas, París, Berlín y Londres se negaron a condenar la agresión, pero expresaron en un comunicado conjunto, el 1° de marzo, su “consternación ante los ataques con misiles indiscriminados y desproporcionados lanzados por Irán contra países de la región”. También se declararon dispuestos a llevar a cabo “acciones defensivas necesarias y proporcionadas para destruir la capacidad de Irán de lanzar misiles y drones desde su origen”.

En cuanto se anunció el asesinato del ayatolá Alí Jamenei, la portavoz del gobierno francés se congratuló: “No podemos sino alegrarnos de su fallecimiento” (RTL, 1° de marzo). “Apoyamos a Estados Unidos e Israel, que quieren deshacerse de este terrible régimen terrorista”, precisó el canciller alemán el 3 de marzo, mientras su ministro de Asuntos Exteriores convocó al embajador iraní para instarlo a “poner fin de inmediato a sus ataques”. Frente a la suba vertiginosa del precio de los hidrocarburos y al fantasma de un estallido económico, los tres dirigentes se ocuparían luego de minimizar su participación en el conflicto y distanciarse de un presidente estadounidense cada vez más imprevisible: primero ceden, luego se lamentan. La brigada de aclamación de la Unión Europea seguirá luchando con valentía para convertir la más mínima de sus reservas en un acto de desafío.1

Los halcones de París

Pero el miedo no explica por sí solo un derrumbe de este calibre. La historia reciente de las relaciones entre Irán y las potencias europeas, Francia en particular, sugiere otra pista: la de una reconfiguración dentro de la Alianza Atlántica. Desde hace unos 15 años, animada por una Comisión Europea repleta de “halcones” atlantistas y, más recientemente, por una Alemania en busca de afirmación diplomática y militar, París se ocupó de tomar la posta de la “lucha por los valores” de manos de los estadounidenses. “Francia se ha convertido en el mejor alumno de la clase neoconservadora”, señala el ex primer ministro Dominique de Villepin.2 A tal punto que los dos países que se opusieron a la intervención estadounidense en Irak ahora la aceptan en Irán.

Los primeros signos de este vuelco se remontan a la guerra contra Libia desencadenada en 2011 por iniciativa de Francia, entonces dirigida por Nicolas Sarkozy. Dos años después, París lamentaba la negativa del presidente estadounidense Barack Obama a intervenir contra Siria; esta vez, el inquilino del Elíseo [sede del Poder Ejecutivo francés] se llamaba François Hollande. Al mismo tiempo comenzaron las negociaciones entre Teherán y los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), más Alemania, para controlar el programa iraní de enriquecimiento de uranio a cambio de una quita condicional y progresiva de las sanciones económicas. Una vez más, Francia se destacó por su deseo de dar una lección a los estadounidenses.

A lo largo de las negociaciones, París fue subiendo las apuestas a riesgo de impedir que se alcanzara un acuerdo. De hecho, el ministro de Asuntos Exteriores, Laurent Fabius, se jactó en sus Memorias de haber rechazado en noviembre de 2013 un texto entre Estados Unidos e Irán que París consideraba “inaceptable” por no ser lo suficientemente duro con Teherán. Lo mismo ocurrió en marzo de 2015: Fabius acusó al presidente Obama de aceptar “concesiones que nosotros, los franceses, consideramos excesivas”.3 Sin embargo, el acuerdo se selló el 14 de julio de 2015 en Viena y fue ratificado, el 20 de julio siguiente, por la Resolución 2.231 del Consejo de Seguridad, adoptada por unanimidad.

Situados a la vanguardia del occidentalismo, Hollande y Fabius cautivaron en aquel momento a los círculos militaristas de Washington y Tel Aviv. En noviembre de 2015, su medio de comunicación más influyente, The Wall Street Journal, llegó incluso a concluir así uno de sus editoriales: “A la espera de que Estados Unidos elija un nuevo comandante en jefe, Hollande es el mejor dirigente antiterrorista de Occidente”.4 Las monarquías del Golfo, muy hostiles a Irán, también apreciaron la firmeza de París. Francia cosecharía los frutos de su línea dura mediante una cascada de venta de armas, en particular de aviones de combate Rafale, en una región que hasta entonces reservaba sus pedidos al proveedor estadounidense.

Una vez firmado el acuerdo de Viena, Irán cumplió sus términos, según la propia Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA), que intensificaba las inspecciones sobre el terreno. Por lo tanto, se levantaron de manera progresiva algunas de las sanciones, para gran disgusto del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu. En una muestra de desafío abierto al presidente Obama, el 3 de marzo de 2015 Netanyahu pronunció un enardecido alegato contra el acuerdo que se estaba negociando, con motivo de un discurso solemne ante las dos cámaras del Congreso estadounidense. Fue ovacionado 28 veces en 47 minutos.

Sumisión tras sumisión

Pero los neo-neoconservadores europeos pronto se toparon con un obstáculo inesperado. Una vez instalado en la Casa Blanca, Trump destruyó en mayo de 2018 el logro diplomático del que Obama estaba tan orgulloso, alegando erróneamente que Teherán no lo había respetado. De manera igualmente unilateral, restableció las sanciones contra Irán. La República Islámica, por su parte, decidió seguir cumpliendo su parte del contrato, confiando en que los europeos también se mantendrían fieles a su compromiso. Reino Unido, Alemania y Francia se comprometieron a ello. Pero, con su habitual delicadeza, el presidente Trump los amenazó: “Cualquier nación que ayude a Irán en su búsqueda de armas nucleares se expone a ser sancionada con severidad por Estados Unidos”. En otras palabras, Estados Unidos castigaría a sus aliados europeos si se obstinaban en respetar un deal [trato] que, sin embargo, Washington había negociado con ellos durante años.

Así pues, se sucedieron los actos de sumisión por parte de Europa. Tras haber aceptado ya unos años antes pagar multas colosales al Tesoro estadounidense por infringir los embargos contra Cuba, Sudán e Irán decretados por Estados Unidos (BNP Paribas aceptó en 2014 pagar 8.900 millones de dólares en multas),5 grandes empresas europeas cedieron al dictado de Trump: la danesa Maersk, la alemana Siemens, las francesas PSA y Total redujeron su presencia en Irán o se retiraron por completo. Las exportaciones francesas a este país, que eran prometedoras, se desplomaron.

Ante esta violación del acuerdo de Viena por parte de Occidente, Irán anunció que la continuación del embargo al que estaba sometido provocaría la reanudación de su programa de enriquecimiento de uranio. “Mantengan sus compromisos o reduciremos los nuestros”, anunció el presidente Hassan Rohani en 2019. Obligada a elegir entre cumplir su palabra y obedecer al señor feudal estadounidense, Europa no dudó mucho tiempo.

Y es que, a comienzos de 2020, Estados Unidos amenazó en secreto a la Unión Europea con imponer aranceles del 25 por ciento a sus exportaciones de automóviles si no iniciaba un procedimiento de sanciones contra Irán. El 14 de enero de 2020, en un comunicado de una hipocresía (casi) asombrosa, París, Londres y Berlín capitularon. Expresaron “de manera inequívoca su pesar y sus preocupaciones tras la decisión de Estados Unidos” de incumplir el acuerdo de Viena y anunciaron que, “dadas las medidas que adoptó Irán”, no les quedaba “otra opción” que iniciar un procedimiento de sanciones contra Teherán.6 El Departamento de Estado de Estados Unidos celebró de inmediato la decisión de “nuestros aliados” europeos “de denunciar el comportamiento ilegal de Teherán”. Cuando The Washington Post develó el chantaje comercial estadounidense que estaba detrás de esta capitulación, un responsable europeo afirmó lastimosamente: “Teníamos la intención de hacerlo [iniciar un procedimiento de sanciones contra Irán], pero la amenaza de Trump casi lo echa todo por tierra, ya que somos muy sensibles a no parecer los perritos falderos de Washington”.7

Serge Halimi y Pierre Rimbert, de la redacción de Le Monde diplomatique (París). Traducción: Emilia Fernández Tasende.

28 millones de muertos

“Nuestros valores”

En 2020, un grupo de académicos publicó una herramienta innovadora: una base de datos que cataloga, desde la década de 1950 hasta la actualidad, el uso de un arma diplomática que siempre se considera más suave y humana que la guerra: las sanciones. La mayoría de las veces los países occidentales las imponen, mientras que los países del Sur global sufren sus consecuencias. Y, en siete de cada diez casos, no se alcanzan sus objetivos declarados.

Sin embargo, esta forma de coerción nunca se había utilizado de forma tan generalizada: los países sancionados representaban el cinco por ciento de la economía mundial en la década de 1960 y el 25 en la de 2010. Si bien las élites suelen encontrar maneras de eludir el castigo, la población lo sufre. Pero ¿hasta qué punto? El verano boreal pasado, tres investigadores publicaron los resultados de un estudio sobre los efectos en la salud de las sanciones impuestas por Estados Unidos y la Unión Europea a 152 países entre 1971 y 2021. Los hallazgos ponen de manifiesto la autocomplacencia de los líderes que penalizan de esta manera a Cuba, Irán, Afganistán, Rusia, Corea del Norte y otros países: “Estimamos que las sanciones unilaterales provocaron 564.258 muertes al año”. Eso supone algo más de 28 millones de muertes en 50 años...

La magnitud de esta carnicería, observan los científicos, parece “comparable al número total de víctimas en los conflictos armados”. Esto se explica por el deterioro de los servicios de salud, consecuencia de la disminución de los recursos públicos, la suspensión de la ayuda y la reducción del acceso a recursos esenciales. Si se suman todas las sanciones, el número de muertos asciende a 776.610 al año. El hecho de que las muertes de niños menores de 5 años representen el 51 por ciento del total durante las cinco décadas estudiadas no parece conmover a gobiernos preocupados por la defensa de los derechos humanos. En total, las personas menores de 15 años y mayores de 60 representan el 80 por ciento de las muertes. Los investigadores señalan que las sanciones económicas unilaterales impuestas por Estados Unidos son las más letales, mientras que las implementadas por las Naciones Unidas no provocan un aumento significativo de la mortalidad, probablemente porque están diseñadas específicamente para prevenirla. Los embargos occidentales, por su parte, suelen tener como objetivo derrocar a gobiernos mediante el levantamiento de una población llevada al límite.

En mayo de 1996, el embajador de Estados Unidos ante Naciones Unidas, interrogado en la CBS sobre la muerte de medio millón de niños iraquíes como consecuencia de las sanciones de su país, respondió que había “valido la pena”. Transcurridos 30 años, periodistas y responsables políticos recibieron las conclusiones de los tres investigadores con un silencio ensordecedor. Menos caótica que una mina antipersonal, menos provocadora que un misil de crucero, más elegante que un degollamiento publicado en redes sociales por el Daesh, esta arma de destrucción masiva “en consonancia con nuestros valores” tiene un futuro promisorio.

Pierre Rimbert.


  1. Ver Sylvie Kauffmann, “Le nom unanime de l’Europe à la guerre”, Le Monde, 20-3-2026. 

  2. Dominique de Villepin, “Refuser la vassalisation de la France, c’est mon combat”, La Croix L’Hebdo, París, 21 de marzo 2026. 

  3. Laurent Fabius, 37, quai d’Orsay. Diplomatie française, 2012-2016, Plon, París, 2016. 

  4. “France leads from the front against terror”, The Wall Street Journal, Nueva York, 19-11-2015. 

  5. Jean-Michel Quatrepoint, “La ofensiva legal del imperio” e Ibrahim Warde, “Irán enfrenta a Trump”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, enero de 2017 y junio de 2018, respectivamente. 

  6. Declaración conjunta de los ministros de Asuntos Exteriores de Francia, Alemania y Reino Unido, 14-1-2020. 

  7. Anne Gearan y John Hudson, “Trump’s strong-arm foreing policy tactics create tensions with US friends and foes”, The Washington Post, 20-1-2020. 

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