Ilustración: Ramiro Alonso

La tregua y el boicot

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Todo parece estar ocurriendo en todas partes y a punto de cristalizar. En la región, sin ir más lejos, arrecian las negociaciones tras bambalinas entre Estados Unidos y Cuba aderezadas con las amenazas de Washington, se agudizan las protestas en Bolivia, y la impaciencia obliga al cambio de ministros en Chile. Podríamos decir que no hay descanso para las teletipos si no fuera que ya no quedan teletipos que fatiguen su tableteo en las madrugadas de las redacciones. Lo que ocurre con el presente, ya se ha postulado, no es tanto un tema de velocidad como de desorden. Quizá por eso algo tan soporífero como la visita oficial del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, a su homólogo chino, Xi Jinping, ocurrida del 13 al 15 de mayo, pareció un oasis de sentido. Podía interpretarse. Permitía situar gestos y señales en una gramática reconocible. Lo demás, en cambio, se parece demasiado a un borbollón. Incluso lo que puede ponerse a priori en el calendario, como las elecciones de Colombia del 31 de mayo o la segunda vuelta de las presidenciales peruanas del 7 de junio, participa, en cierto modo, de esa inquietud. Aunque más no sea por todas las fuerzas en tensión que están en juego en ambos comicios.

El trepidante primer lugar del ultraderechista Abelardo de la Espriella en el primer round colombiano deja un duro panorama para el candidato de Gustavo Petro, Iván Cepeda, hacia el segundo turno del 21 de junio.

Así las cosas, hay una sensación de que la tregua mundialista que comienza de modo informal el 11 de junio podría poner un cierto bálsamo para las grandes audiencias. No resultaría razonable –aunque razonar haya dejado de ser prioritario en la segunda administración Trump (ver contratapa)– que la situación de Oriente Medio escale por mano de Washington mientras la pelota esté rodando en los campos de juego de América del Norte. Una hipótesis que se sostiene –con esa vacilación disfrazada de seguridad que muestran algunos equilibristas de circo de provincia– en los trascendidos de cierta ayuda con Irán que el estadounidense habría pedido a Xi Jinping. El deseo de que las conversaciones con Teherán se consoliden mínimamente, y que eso ocurra antes del pitazo inicial. Pakistán ha demostrado ser un buen canal para que esa intención llegue a la mesa de negociaciones y China tendría antecedentes para ser receptiva. Es el mismo tipo de imaginativas especulaciones que aseguraron, en su momento, que Pekín le habría pedido a Moscú, en 2022, postergar la invasión a Ucrania hasta el final de los Juegos Olímpicos de invierno. La cita deportiva invernal terminó ese 20 de febrero y los tanques rusos atravesaron la frontera ucraniana cuatro días más tarde, dejando fuera del supuesto acuerdo la coda paralímpica posterior.

En el caso del Mundial de fútbol de este año, más que una tregua, lo que puede producirse es un evento ordenador de las distracciones. Un distractor mayor. No se trata de aquel pan y circo de los antiguos romanos ni del deporte como opio de los pueblos de las interpretaciones más superficiales del marxismo, aunque un poco lo sea. Es más bien el ingreso de las prácticas sociales de las grandes audiencias en un nuevo ritmo que se impone de manera provisoria y masiva, como planteaba Stuart Hall.1 Se ve en ese efecto de ciudad vaciada o país parado al momento de un partido, pero lo trasciende: pone a las personas a vibrar en otra cuerda, excepcional u obsedida al mismo tiempo. Es ese impacto real el que ha dificultado históricamente el boicot de las oposiciones a eventos de este tipo.

Sin embargo, aunque no haya boicot posible ni tregua total, la cita máxima del fútbol podría colocar algunos marcos de conversación. En Qatar 2022 no fue posible evitar que un país con malos antecedentes en derechos humanos fuera sede, pero se pudo utilizar esa paradoja para poner sobre la mesa las condiciones de trabajo de la población migrante en la construcción de estadios o los autoritarismos de las monarquías petroleras.

En este campeonato a tres sedes, algunos asuntos pueden obtener visibilidad, en especial en lo referente al equilibrio entre las naciones y a ese reclamo de multilateralismo que nace del Sur global. Por ejemplo, la anunciada visita del rey de España al partido inaugural y su previsible foto con la presidenta de México, Claudia Sheinbaum dará pantalla –fuera del palco, ya que Sheinbaum no irá al estadio– a la política de defensa de la dignidad histórica de los pueblos originarios, mezclada con algo de populismo nacionalista, tendrá pantalla. Gol consuelo para quien quiera referirse a los resultados favorables de la postura mexicana ante la sordera de la antigua metrópoli. Anotación que quedará más en evidencia por el reciente desaguisado de la visita a México de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, quien hizo una incomprensible reivindicación del conquistador Hernán Cortés. La derecha monárquica española podrá ver en la transmisión del partido inaugural, con un nudo en las células de Leydig, cómo el heredero de los jefes de Cortés prefiere cuidar el 0-1 ante la nueva gobernante de Tenochtitlán.

Claro que nada es completamente de una sola manera. La artificial y relativa igualdad de condiciones que se produce en el rectángulo de césped quizá sea sorda sugerencia, en los 104 partidos con sus 9.360 minutos reglamentarios, de un deseable multilateralismo. Pero, por otra, más allá de los premios consuelo que quieran encontrarse, está el mensaje central del Mundial que empieza el 11 de junio: la sonrisa de Trump mostrará que es posible bombardear ciudades, secuestrar presidentes y amenazar países, y al mismo tiempo ser el principal anfitrión en un espectáculo global.

Roberto López Belloso, director de Le Monde diplomatique, edición Uruguay.


  1. Citado por Jules Boykoff en “Toward a Theory of Sportswashing: Mega-Events, Soft Power, and Political Conflict”, Sociology of Sport Journal, 4, 39, diciembre de 2022.