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Donald Trump en su cumpleaños de 80, y Dana White, presidente del Torneo de Lucha Suprema (UFC), observan el sobrevuelo de los Thunderbirds de la Fuerza Aérea antes de las peleas por los 250 años de la independencia de Estados Unidos en el jardín sur de la Casa Blanca, el 14 de junio.

Foto: Jacquelyn Martin, AFP

De la dominación militar a la derrota estratégica

Una antigua fantasía estadounidense.

Desde junio de 2025, Estados Unidos atacó Yemen, Irán, Siria, Somalia y Nigeria. En menos de un mes de guerra abierta contra Irán, la operación Furia Épica reveló la fragilidad del orden financiero fundado en el petrodólar y la erosión del liderazgo estadounidense ante sus propios aliados.

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El 14 de junio, para celebrar su cumpleaños número 80, Donald Trump transformó la Casa Blanca en un escenario de combate de artes marciales mixtas. El título promocional (“Libertad 250”) de este evento televisado hacía referencia al cuarto de milenio de existencia de Estados Unidos que se conmemora el 4 de julio. La realidad, más allá de las carpas instaladas en el jardín de la sede del Ejecutivo de ese país, dotó a este espectáculo de un aire de fin del Imperio romano: inflación impulsada por la guerra en Medio Oriente y los índices de popularidad más bajos de la historia del presidente de Estados Unidos. Mientras tanto, a medida que se acercan las elecciones de medio término, la mayoría republicana se ve amenazada en ambas cámaras del Congreso.

Se necesitaría un Juvenal moderno para comentar el declive que narra este circo, el de una república virtuosa que derivó hacia la oligarquía y el imperio. Sin embargo, las tensiones y oscilaciones entre estos dos polos existen desde la fundación de Estados Unidos, en el complejo ideológico que generó: por un lado, una Constitución venerada por las garantías excepcionales que ofrecía a las libertades en un nuevo mundo muy distinto del antiguo; por otro, un faro cuya luz podía iluminar todo el continente en la carrera hacia el “destino manifiesto”, y luego a través de los océanos mediante la “política de puertas abiertas”.1 Es decir que el excepcionalismo y el universalismo han rivalizado durante mucho tiempo en la definición de las relaciones de Estados Unidos con el resto del mundo.

En 2015, cuando Trump anunció su primera candidatura a la presidencia, se posicionó del lado del excepcionalismo estadounidense, en su versión aislacionista. Criticaba duramente el apoyo de sus rivales republicanos a la invasión de Irak en 2003, prometía restablecer las relaciones con Rusia y cuestionaba la utilidad de una alianza militar occidental como la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). A fines de su primer mandato, en 2020, pudo presumir de no haber desencadenado ninguna guerra durante sus cuatro años en la Casa Blanca. Cinco años después, cuando volvió a ser presidente, esta idea de retirada parecía mantenerse, ya que uno de los primeros documentos estratégicos de la nueva administración insistía: “Afortunadamente, los tiempos en que Medio Oriente dominaba el pensamiento estratégico estadounidense han quedado atrás”.[^2]

Sin embargo, solo entre junio de 2025 y junio de 2026, Estados Unidos atacó Yemen, Irán, Siria, Somalia y Nigeria; secuestró al presidente de Venezuela; impuso un embargo petrolero a Cuba, y hundió varias embarcaciones pequeñas con sus tripulaciones en el Caribe. ¿Cómo se explica este viraje? ¿Y cuáles pueden ser las consecuencias para el imperio estadounidense? A pesar de todos los espasmos que parecen caracterizar el comportamiento diplomático de Trump, la política exterior del país sigue basándose en continuidades estructurales. Sin las exigencias de distintos grupos de presión, tanto internos como externos, sería difícil explicar cómo un hombre que había prometido no librar ninguna “guerra estúpida” terminó por lanzar la guerra que todos sus predecesores, incluso los neoconservadores, habían evitado.

Irán se encuentra en el punto de mira de Estados Unidos desde 1979, cuando el sha Reza Pahlavi, instaurado en 1953 tras un golpe de Estado respaldado por los servicios de inteligencia estadounidense y británico contra el presidente electo democráticamente, Mohammad Mossadegh, fue a su vez derrocado, pero esta vez por la revolución islámica. Las sanciones impuestas por el presidente demócrata James Carter en 1980, tras la toma de rehenes en la embajada estadounidense de Teherán, permanecieron vigentes, salvo contadas excepciones. A principios de siglo, los presidentes William Clinton y George W Bush las endurecieron. Barack Obama se mantuvo en el mismo camino y redujo a la mitad los ingresos petroleros de Teherán, antes de proponer flexibilizar las restricciones a cambio de una limitación del programa nuclear iraní, que quedaría sometido a una estricta supervisión del Organismo Internacional de Energía Atómica. El 14 de julio de 2015, los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), junto con Alemania y la Unión Europea, firmaron un acuerdo. Sin embargo, tres años después, Trump lo rompió de forma unilateral y desencadenó una campaña de “máxima presión” contra Irán, que su sucesor, Joseph Biden, mantendría. A pesar de ello, los europeos alegaron el incumplimiento por parte de Irán de un acuerdo que Estados Unidos había infringido para imponer, a su vez, el restablecimiento de las sanciones en 2025.

Sanciones como consenso

Las técnicas estadounidenses de guerra económica, que recurren a sanciones primarias y secundarias, perfeccionadas a lo largo de los años con el objetivo de provocar un cambio de régimen en Irán, no solamente han unido a los dos principales partidos de Estados Unidos, sino también a sus aliados europeos. Tal convergencia podría calificarse incluso de multilateralismo, con la ONU, a escala mundial, legitimando y aplicando dichas sanciones.2 Hasta tal punto que el Consejo de Seguridad, al que a veces se acusa de ineficacia, encontró tiempo, el 11 de marzo, para aprobar la resolución 2817, que condena los ataques con misiles iraníes contra los Estados del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) y Jordania, sin mencionar la presencia de bases estadounidenses en siete de ellos.

Si bien Trump cometió un error político al atacar Irán, su gobierno persigue objetivos que desde hace tiempo unen a la clase dirigente occidental y sus aliados regionales. Esa es la razón por la que, a pesar de la flagrante ilegalidad del ataque israelí-estadounidense contra Irán, suscitó tan pocas protestas de su parte. La misma Europa ha servido discretamente de plataforma de lanzamiento para la agresión: desde Fairford, en Inglaterra, hasta Ramstein, en Alemania, pasando por bases en Portugal, Nápoles y Creta.

Trump había prometido terminar con las guerras “estúpidas” y “eternas”, pero no con las rápidas e inteligentes, que él dirige. La operación de las fuerzas especiales destinada a capturar a Nicolás Maduro en Venezuela, “un guion perfecto”, según le confió a The New York Times (2 de marzo), reforzó su convicción de que podría elegir a los próximos dirigentes de Irán tras el asesinato del ayatolá Alí Jamenei, aprovechando la implosión del régimen y un levantamiento popular. “Tengo que participar en esa elección, como hice con Delcy [Rodríguez] en Venezuela”, afirmó (Axios, 5 de marzo). Por su parte, su secretario de Guerra, Peter Hegseth, se jactó: “Nunca se ha concebido como un combate equitativo, y no es un combate equitativo. Nosotros golpeamos cuando están en el suelo, y así son las cosas [...] La potencia estadounidense no deja de crecer, cada vez más temida, cada vez más aplastante”.3

Sin embargo, esta fantasía de alcanzar una dominación total sobre un enemigo postrado y sometido también es antigua; Hegseth no es más que el último de un largo linaje. El general Curtis Le May, artífice de la teoría del “bombardeo estratégico”, ordenó el ataque incendiario sobre Tokio que mató a 100.000 personas el 10 de marzo de 1945, “quemadas, hervidas y asadas a muerte”. Más tarde, se jactó de haber “quemado todas las ciudades de Corea del Norte y también de Corea del Sur”, durante una campaña que, según sus propias estimaciones, se cobró la vida del 20 por ciento de la población entre 1950 y 1953.4

Antes de ser destituido de su cargo por el presidente Harry Truman, el general Douglas MacArthur había proyectado “lanzar unas 30 bombas atómicas sobre Manchuria”, con el fin de crear un cordón sanitario contra los comunistas chinos. En Vietnam, la potencia de la aviación alcanzó posteriormente nuevos picos de perversión, ya que la ausencia de blancos evidentes, un problema recurrente en las guerras aéreas desde sus comienzos,5 provocó una ampliación constante de los blancos aceptables, de manera que la zona de combate se extendió para incluir a nuevos enemigos (cada vez más civiles) contra los que se lanzaban armas cada vez más destructivas. En Irán, la misma vieja obsesión por la “focalización” recibió un barniz moderno gracias a la inteligencia artificial, pero el impulso fundamental sigue siendo de la misma naturaleza: los primeros diez días de guerra aérea provocaron la destrucción de más de 21.000 edificios no militares, entre ellos 17.353 viviendas.6

A pesar de ello, la operación Epic Fury [Furia épica] se estancó casi de inmediato, en cuanto el “ataque de decapitación” [contra Jamenei] no logró obligar a lo que quedaba de la dirección iraní a sentarse a la mesa de negociaciones. Según las propias palabras del excomandante británico de la OTAN Richard Shirreff, este asesinato durante el Ramadán fue “tan sutil como asesinar al papa en las escaleras de la Basílica de San Pedro en Semana Santa” (LBC, 4 de marzo).

La guerra se reanudó enseguida, al ritmo de los mercados, interrumpida por publicaciones en las redes sociales. Trump predijo en varias ocasiones el fin del conflicto o avances rápidos en las negociaciones, primero antes de la apertura de las bolsas y luego a principios de semana. Luego impuso ultimátums acompañados de amenazas de aniquilación cuando estaban cerradas. Todo eso se desarrolló en un contexto de operaciones de enriquecimiento personal. El pasado 23 de marzo, por ejemplo, se realizaron transacciones con contratos de futuros sobre petróleo por un valor de 580 millones de dólares, unos minutos antes de que Trump publicara en su red Truth Social un mensaje en el que señalaba conversaciones “productivas” con Irán. Ser “comandante en jefe” permite estar bien informado para especular con tino.

Y ¿para qué? La presencia de bases estadounidenses que, se suponía, debían protegerlos ha convertido a los Estados del Golfo en blanco de represalias iraníes. La destrucción de radares avanzados y baterías de misiles necesitará miles de millones de dólares y años de reparaciones, durante los cuales estos Estados quedarán expuestos a “ataques” en sus yacimientos petrolíferos, sus redes eléctricas y sus plantas desalinizadoras, de las que depende el acceso de la población al agua potable.

El petrodólar en jaque

Eso va mucho más allá del marco de un simple conflicto local. Podría cuestionar el acuerdo leonino en el que se basa el dominio mundial del dólar desde la década de 1970. Y es que, después de que el presidente Richard Nixon pusiera fin al patrón oro el 15 de agosto de 1971, su secretario del Tesoro negoció un acuerdo con los saudíes: garantías de seguridad a cambio de la compra de bonos estadounidenses con los ingresos de sus excedentes financieros ligados al petróleo, así como el compromiso de los países de la Organización de Países Exportadores de Petróleo de fijar su precio en dólares. Este acuerdo también enriqueció a las industrias armamentísticas británica, francesa y, sobre todo, estadounidense, dado que los Estados del CCG son los mayores compradores de equipamiento militar del mundo. Pero ¿qué queda de todo eso cuando los países árabes ya no pueden exportar su petróleo y la protección estadounidense parece un juego de engaños? Al permitir el paso seguro del petróleo por el estrecho de Ormuz a cambio de pagos en renminbis, Irán ya ha esbozado un primer atisbo de respuesta.

El desmesurado rol que ha desempeñado Israel en cada etapa, desde la determinación de la agenda de la guerra hasta la elección de las tácticas utilizadas para llevarla a cabo, no solamente pone de manifiesto el poderío del lobby de Israel en el Congreso, en los medios de comunicación y en la enseñanza superior estadounidenses.7 Es también un indicio del declive del poder imperial de Estados Unidos. Ya no hay ningún experto en Irán en el Departamento de Estado.8 A menudo se bromea sobre Steven Witkoff y Jared Kushner, emisarios del presidente Trump, que al parecer no estarían muy versados en la ciencia nuclear, cuando precisamente ese es el objetivo: asegurar que se mantenga la línea israelí.

Para Tel Aviv, sin embargo, el costo de la operación es elevado: una creciente impopularidad en Estados Unidos y el fracaso de la apuesta con la que los israelíes sedujeron a Trump. El régimen clerical no ha sucumbido, su potencia militar no ha sido eliminada y la integridad territorial del país ha resistido los peligros de fragmentación étnica y religiosa. Sin duda, Irán ha sufrido enormes daños industriales e innumerables destrucciones de escuelas, hospitales, edificios comerciales y residenciales. La inflación se ha disparado y el bloqueo de internet ha provocado el desempleo de dos millones de iraníes más.9

Pero, aunque Teherán no haya infligido a Estados Unidos una derrota estratégica clara, sí expuso las debilidades del imperio más poderoso de la historia, a pesar de estar rodeado de sus bases militares. Pocos conflictos modernos han tenido este efecto. En Vietnam se necesitaron al menos cuatro años para revelar la vanidad de las pretensiones estadounidenses de que una guerra sería victoriosa; con Irán, bastaron cuatro semanas.

Alexander Zevin, historiador en la Universidad de Nueva York. Traducción: Emilia Fernández Tasende.

[^2: “National security strategy of the United States of America”, Casa Blanca, Washington DC, noviembre de 2025.


  1. Como ideología mesiánica, el “destino manifiesto” justificó la apropiación de Texas en 1845 y la expansión hacia el oeste. La “política de puertas abiertas” designa la política extranjera de Estados Unidos con respecto a China a comienzos del siglo XX. 

  2. Perry Anderson, “El derecho internacional del más fuerte”, Le Monde diplomatique, edición Uruguay, febrero de 2024. 

  3. Conferencia de prensa del ministro de Guerra y del jefe del Estado Mayor del Ejército, John Daniel Caine, war.gov, 4-3-2026. 

  4. Richard H Kohn, USAF Strategic Air Warfare. An Interview with Generals Curtis E Lemay, Leon W Johnson, David A Burchinal and Jack J Catton, Oficina de Historia de la Fuerza Aérea, Washington DC, 1988. 

  5. Mathias Delori, “El mito de los bombardeos decisivos”, Le Monde diplomatique, edición Uruguay, abril de 2026. 

  6. Serdar Dincel, “21.720 buildings in Iran hit by ongoing US-Israeli strikes: Iranian Red Crescent”, Anadolu, 11-3-2026. 

  7. Ervand Abrahamien, “Iran under fire”, New Left Review, Nº 157, Londres, enero-febrero de 2026. 

  8. Carroll Doherty y Jocelyn Kiley, “A look back at how fear and false beliefs bolstered U.S. public support for war in Iraq”, pewresearch.org, 14-3-2023. 

  9. Robert Pape, “The war is turning Iran into a major world power”, The New York Times, 6-4-2026; ver también Behrang Tajdin, “Iran sees mass redundancies from war with US and Israel”, BBC, 21-4-2026.