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Le Monde Diplomatique Le Monde › Editorial

Shell-Dwellers I (1989).

Ilustración: Aleksandra Kasuba

El derecho a soñar

Francia, 1945: la Resistencia consulta al pueblo.

¿Y si se les pidiera a los ciudadanos que reinventaran un país en ruinas? En 1945, mientras Francia salía de la ocupación nazi, participaron en una amplia consulta impulsada por la Resistencia para imaginar el país del mañana. Nadie los escuchó: De Gaulle convocó elecciones y los archivó. Pasados 80 años, esos documentos vuelven a la superficie.

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A veces, la historia puede resurgir de un altillo. No a raíz de un descubrimiento espectacular o de un documento secreto, sino porque unas cajas olvidadas terminan siendo abiertas y su contenido clasificado y estudiado. Así fue como, durante casi 80 años, no se supo gran cosa de los “Estados Generales del Renacimiento Francés”, esa vasta consulta popular organizada en 1945 por iniciativa del Consejo Nacional de la Resistencia (CNR). Si bien existían algunos pocos estudios locales, hasta el momento ninguna investigación global había permitido medir su verdadero alcance y creatividad.

En 2011, los archivos de Louis Saillant (1910-1974), presidente del CNR, fueron entregados al Centro de Historia Social del Siglo XX. Se trataba de 27 metros lineales de documentos repartidos en 202 cajas, de las cuales unas 40 contenían información sobre aquella consulta popular. A partir de entonces, dos historiadores1 iniciaron una investigación que permitió sacar a la luz una historia que había estado sepultada durante mucho tiempo.

La idea de organizar Estados Generales –en referencia explícita a 1789– surgió dentro de la Resistencia en setiembre de 1944, menos de tres semanas después de la Liberación de París, mientras una parte del territorio aún seguía ocupada. El CNR enfrentaba tres desafíos: dar a conocer el programa adoptado en la clandestinidad en marzo de 1944, ampliar su base popular gracias a la participación directa de los ciudadanos a través de la redacción de “cuadernos de quejas”, y presionar al Gobierno Provisional para lograr la implementación de las reformas prometidas en la Liberación. El Partido Comunista Francés (PCF) y la Confederación General del Trabajo (CGT) apoyaron el proyecto, mientras que el Partido Radical, la Sección Francesa de la Internacional Obrera (SFIO) y el Movimiento Republicano Popular (MRP) se mostraron más reservados. Por su parte, el general Charles de Gaulle se manifestó abiertamente hostil a la iniciativa porque temía que la consulta limitara la libertad de acción del gobierno al condicionarlo con directrices presentadas como la expresión de la voluntad popular.

Anunciados de manera oficial en diciembre de 1944, los Estados Generales tenían previsto culminar en el Palacio Chaillot, en París, durante un encuentro nacional acordado del 10 al 13 de julio de 1945. En ese intervalo, los comités departamentales de liberación (CDL) estuvieron a cargo de recopilar los reclamos de la población mediante un sistema muy estructurado. En la base de la estructura, estaban los comités locales de liberación (CLL) que organizaban asambleas populares en los pueblos y barrios. Louis Saillant quería que esas asambleas fuesen lo más abiertas posible: “Hay que evitar todo aquello que pueda llegar a impedir que cualquier organización local o personalidad, cuyo patriotismo esté garantizado y su sinceridad reconocida por sus conciudadanos, aporte su contribución a nuestro trabajo”, insistió el 28 de febrero de 1945. Por su parte, los debates estaban pautados: los comités locales recibían cuestionarios elaborados a nivel departamental para fijar los temas a tratar. Sin embargo, las temáticas abarcadas eran tan amplias –política exterior, economía, transporte, cultura, demografía, etcétera– que dejaban un margen real de expresión, sobre todo en lo que respectaba a cuestiones sociales que no figuraban en el programa del CNR. Siguiendo este esquema piramidal, los aportes locales se agrupaban y luego se unificaban a escala cantonal y departamental, antes de ser enviados a París, donde se elaboraban informes temáticos que se utilizaban para preparar la reunión de julio.

La operación se desarrollaba con premura. Como las elecciones municipales (las primeras en las que pudieron votar las mujeres) habían acaparado la primavera francesa, los trabajos preparatorios recién se reanudaron en mayo. Una vez recibidas las instrucciones de los CDL, los comités locales ya no disponían más que de dos o tres semanas para reunir a los habitantes –en ocasiones más de una vez– y redactar un cuaderno comunal. Estos plazos despertaron muchas críticas, en particular en las comunas rurales, sujetas al ritmo de las tareas agrícolas. En Saint-Gondon, en el departamento de Loiret, el CLL –“formado exclusivamente por obreros agrícolas y de la construcción”– manifestó que era “inviable, en este momento de tanto trabajo en el campo, y en un tiempo tan limitado, poner en marcha este asunto”.

Cuadernos del futuro

A pesar de estas limitaciones, durante junio se celebraron miles de asambleas por toda Francia (en municipalidades, centros comunitarios, teatros, escuelas, cafés y bolsas de trabajo) que, en ocasiones, lograron una gran convocatoria. Así, cientos de personas debatieron en Concarneau o Landerneau, en el departamento de Finisterre, y en Saint-Claude o Lons-le-Saulnier, en el Jura. En Montcuq (Lot), la reunión concentró a la cuarta parte de la población, mientras que en Pierrefort (Cantal) los organizadores afirmaron haber logrado reunir a “casi la totalidad de los habitantes”. Por el contrario, la participación fue más limitada en las ciudades: 100 personas en Aurillac, 80 en Quimper, 30 en Brest. Estos encuentros atrajeron a participantes de diversos horizontes: a la gran cantidad de militantes comunistas presentes se sumaron socialistas, radicales, sindicalistas cristianos, representantes de organizaciones profesionales y numerosos ciudadanos sin afiliación, deseosos simplemente de participar en la reconstrucción del país.

De esas asambleas locales surgieron miles de cuadernos de quejas con formatos muy variados. Algunos ocupaban apenas una página, pero contenían respuestas lapidarias. Otros, redactados con esmero en cuadernos escolares, eran más extensos e incluían el desarrollo de argumentos. En conjunto, estos cuadernos componían un extraordinario retrato social de la Francia de 1945, capturada en sus condiciones de vida, sus esperanzas, sus inquietudes y sus líneas de fractura.

Los organizadores querían cuadernos orientados hacia el futuro en lugar de centrados en las dificultades inmediatas, que resultaban incontables tras cinco años de guerra. “No se trata de que elaboren cuadernos de quejas y se lamenten de todo lo que no funciona –advertía el CDL de Haute-Marne en su folleto informativo dirigido a los municipios–. Se trata de una obra constructiva y ustedes están a cargo, no de destruir el mal, sino de formular cómo desearían que fueran las cosas”. Esta consigna fue ignorada en gran medida. En Hubersent, en el departamento del Paso de Calais, los habitantes hicieron un inventario de las escaseces que azotaban a su pueblo: calzado para los campesinos, carbón y clavos para el herrero, cuero para el zapatero, harina para el panadero; también faltaban neumáticos de bicicleta, combustible, cuerda, leche para los niños. Las condiciones de las viviendas también fueron objeto de numerosas quejas, en particular en el campo, donde los obreros agrícolas vivían con frecuencia en pocilgas sin aire ni luz, a veces incluso encima del establo o de los corrales.

No obstante, los cuadernos también estaban impregnados de un imaginario de progreso y de una confianza en las capacidades de transformación social. La precariedad no les impidió formular “sueños razonables”, observa el historiador Jean-Marie Guillon, quien ha estudiado el caso de Var.2 Así, se reclamaba la electrificación del campo, el agua corriente, el alcantarillado, rutas asfaltadas y viviendas espaciosas. Cada pueblo proyectaba sus propios equipamientos colectivos: correo, dispensario, teatro, biblioteca, cine, piscina, estadio, estación de tren, baños públicos, clubes. En el departamento de Isère incluso se llegó a plantear que “la construcción y el mantenimiento de las escuelas, la creación de estadios, piscinas y centros comunitarios, así como el suministro de agua [...] tienen que convertirse en grandes servicios nacionales al mismo nivel que el mantenimiento del ejército y la educación pública”. Los cuadernos de quejas registraban “bocanadas de utopías sociales” –en palabras del historiador Michel Pigenet– que proponían un abanico con múltiples posibilidades. En un cuaderno se permiten imaginar que el Estado podría financiar el trabajo de los escritores; en otro se plantea y solicita la creación de cooperativas hoteleras económicas para que las clases populares pudieran irse de vacaciones. Es “necesario pedirle a la sociedad que se ponga a nuestro servicio durante 15 días, que nos haga vivir el hermoso sueño que cada uno de nosotros ha tenido al caer la tarde, tras una jornada de trabajo especialmente dura: el de un mundo perfectamente feliz”, esbozaron el cuaderno de Meurthe y Mosela.

Tomar el dinero

El costo de tales medidas nunca fue un obstáculo: según el registro de numerosos cuadernos, bastaría con “tomar el dinero de donde está”, es decir, de los bancos, de los trusts, de las “feudalidades económicas” o de los “beneficiarios de la guerra”. Bajo esta perspectiva, el Estado podía incautar las viviendas de los “traidores” para alojar a las familias de los damnificados, requisar “las tierras explotadas por los trusts” durante la guerra, apropiarse de los campos en barbecho en beneficio de los campesinos pobres, o incluso confiscar las fortunas superiores a cinco millones de francos, como proponían los habitantes de Montfort-sur-Meu, en el departamento de Ille y Vilaine. Para ellos, las posibilidades eran infinitas.

Lejos de limitarse a ratificar el programa del CNR, los Estados Generales ampliaron su alcance. Mientras que el CNR preveía nacionalizaciones selectivas en los sectores estratégicos, en los cuadernos de quejas se exigía de forma un tanto caótica la socialización de la industria química, la siderurgia, las cementeras, las fábricas de fibras artificiales, las hilanderías, las minas de bauxita, las fábricas de ladrillos, las compañías de autobuses o incluso, de manera más general, de “todas las fábricas que trabajan para el Estado y las entidades públicas”. Ese era el deseo formulado por los habitantes de Mayenne.

Lo mismo sucedía con la seguridad social: en los cuadernos proponían extenderla a los artesanos, los pequeños comerciantes, los aparceros, los arrendatarios y también a las poblaciones de ultramar. Lo propio ocurrió con la participación: mientras que el CNR planeaba otorgarles un mayor protagonismo a los asalariados dentro de las empresas, en los cuadernos trasladaban ese principio a otros ámbitos, ya sea la enseñanza (con una gestión conjunta entre el Estado, los docentes y los padres), los centros de salud (sumando a las organizaciones de pacientes) o incluso las guarderías administradas por las madres del barrio.3 Presentado a menudo como vanguardista, el programa del CNR resultó estar por debajo de las expectativas expresadas en los cuadernos. Esta situación corroboraría la intuición de la historiadora Claire Andrieu que se pregunta “si la Resistencia no habrá seguido al movimiento social en lugar de adelantarse a él”.4

Mientras se gestaba un amplio consenso sobre la modernización del país, los desacuerdos sobre el rol del Estado o la extensión de la protección social reaparecían tan pronto como el debate se alejaba del marco del programa del CNR. La situación de las mujeres, la colonización o incluso la inmigración, por ejemplo, suscitaban posturas diametralmente opuestas. En Bourran (Lot y Garona), se abogaba por que las mujeres “volvieran a ser amas de casa” para que pudieran “ocuparse solo del hogar” y “dedicarse a la crianza de los hijos”. Por el contrario, en Saona y Loira se exigían “derechos iguales a los del hombre en todos los ámbitos de la vida: económica, pública, cultural, social y política”. Las mismas oposiciones aparecían a propósito del imperio colonial: en Poilly-lez-Gien (Loiret) se pronunciaban a favor de “la independencia absoluta de los pueblos coloniales”, mientras que en Casteljaloux (Lot y Garona) defendían “el mantenimiento y la extensión de la influencia civilizadora de Francia en el mundo colonial”. En cuanto a la inmigración, si bien en la mayoría de los cuadernos se reconocía la necesidad de recurrir a mano de obra extranjera para reconstruir el país, las posturas diferían acerca de qué lugar se le debía otorgar: algunos reclamaban la igualdad de derechos con los franceses y otros se empeñaban en distinguir entre los inmigrantes “deseables” y los “indeseables”. Había quienes fueron incluso más allá y, en algunos cuadernos, manifestaron el rechazo a “toda importación de mano de obra extranjera”, como en Estevelles, en el Paso de Calais, donde los habitantes temían que “una invasión extranjera repueble nuestros pueblos” y que “se formen islotes de otras razas en nuestra raza”.

Miedo al cine y al jazz

De este modo, las quejas locales ponían de manifiesto la persistencia de representaciones que iban más allá del contexto inmediato de la Liberación. A menudo, se calificaba al desempleado de “vago” que “vive del trabajo ajeno”. Se decía que era necesario “acabar con el afán de lucro”. “Nada de desempleo y nada de ociosos”, preconizaban en Lamontjoie (Lot y Garona). En el Jura, un municipio sugería crear “un impuesto a la ociosidad” ya que, de ese modo, “se verían menos vagos en los cafés”. La misma desconfianza se expresaba hacia la juventud, cuyo estado moral y físico se juzgaba degradado. La culpa era de “las privaciones, los hábitos nefastos de intemperancia, el desconocimiento de las normas de higiene y el relajamiento general de las costumbres, que suscitan una tendencia general a la falta de respeto, la grosería y el despilfarro”, aseguraban en Deux-Sèvres. En otros cuadernos se hablaba de la proliferación de la exhibición en la vía pública de revistas consideradas pornográficas, de las publicidades de bebidas alcohólicas, de la multiplicación de bares y, sobre todo, del cine, que habría “destronado al libro entre el pueblo”. En Chambon-la-Forêt (Loiret), por ejemplo, censuraban lo que ellos consideraban “producciones deplorables: historias de adulterio en los ambientes ociosos de parásitos sociales, películas policiales y producciones que tienen como objetivo hacer creer a las jóvenes del pueblo que se casarán con un millonario y que así serán felices”. En el punto de mira también estaban la radio y sus emisiones “de una gran pobreza”; los “bailes swing y negro” que, según la asamblea de Charente Marítimo, “ridiculizan a nuestra juventud”; el jazz, los cabarets y los clubes nocturnos eran otros tantos elementos de un universo cultural que se juzgaba corrompido.

Actualidad del pasado

Por último, en los cuadernos pueden identificarse las raíces de problemas que continúan encendiendo debates en la sociedad francesa actual. Las diferencias entre las ciudades y el campo –en donde por entonces vivía cerca de la mitad de la población del país– atraviesan el conjunto de las contribuciones. En todas partes se ve expresada la voluntad de reducir la brecha entre un mundo urbano que era percibido como beneficiario del progreso y el campo que se consideraba relegado. “La división de Francia en dos sectores, citadino y rural, en la que el segundo es mantenido en gran parte al margen del progreso material, intelectual y social, es mortal para nuestro país”, advertían en el cuaderno de Samazan (Lot y Garona). Esta exigencia de igualdad también tenía lugar en Isère, donde la población se lamentaba del “éxodo rural desastroso” de los jóvenes. Lo mismo planteaban en Saboya, en el Paso de Calais e incluso en el departamento de Ain: “El cosechero […] no se beneficia de las ventajas sociales de los asalariados –escribían en Brénod–. Es seguro que, si no se ofrecen garantías, se producirá un desapego de las masas agrícolas, que corren el riesgo de atrincherarse en un conservadurismo contrario a sus intereses”. Estas reivindicaciones ya trazaban las líneas de una geografía de desequilibrios territoriales llamada a marcar de forma duradera el debate público.

Cuando finalizó el proceso, cerca de dos mil delegados electos convergieron en el Palacio de Chaillot para participar en los cuatro días de debates, que en ocasiones fueron tormentosos. Distribuidos en comisiones, llegaron a una declaración final que, al buscar el fruto de un consenso, terminó resultando generalista y borró la riqueza inicial de los aportes. De hecho, varios participantes criticaron las distintas síntesis por juzgarlas imprecisas y saturadas de “banalidades estereotipadas”. En cualquier caso, la iniciativa ya estaba parcialmente eclipsada por la ofensiva política del general De Gaulle, quien, en la víspera de la apertura de los Estados Generales, anunció la organización de elecciones legislativas y de un referéndum sobre la futura Asamblea Constituyente para octubre; de ese modo logró desplazar de inmediato la atención hacia las próximas elecciones.

Unas semanas después, los Estados Generales prácticamente habían desaparecido del debate público. Redescubiertos años después gracias a los archivos de Louis Saillant, se puede concluir que aquellos encuentros no dejaron ninguna decisión trascendental, ni legado institucional. Sin embargo, tuvieron otro valor. Su verdadera importancia reside no solo en la convicción de que los ciudadanos podían debatir en conjunto el futuro de su país, sino también en algo más frágil y valioso: el derecho a soñar, incluso en tiempos sombríos.

Benoît Bréville, director de Le Monde diplomatique (París). Traducción: Paulina Lapalma.


  1. Michel Pigenet estudió la organización y los debates de estos Estados Generales (Les États généraux de 1945. Une expérience démocratique oubliée, Le Croquant, Vulaines-sur-Seine, 2024); Danielle Tartakowsky dedicó una investigación al contenido de los cuadernos de quejas (1945: les Français ont la parole. Les cahiers de doléances des États généraux de la Renaissance française, Champ Vallon, Ceyzérieu, 2025). Salvo que se indique lo contrario, las citas fueron tomadas de estas dos obras. 

  2. Jean-Marie Guillon, “Rêves raisonnables pour des ‘lendemains qui chantent’. Les cahiers de doléances de la Libération”, en Régis Bertrand, Maryline Crivello y Jean-Marie Guillon (dirs.), Les Historiens et l’avenir. Comment les hommes du passé envisageaient leur futur, Presses de l’université de Provence, Aix-en-Provence, 2014. 

  3. Véase Emma Biscarros, “Les États généraux de 1945 à Villeurbanne”, Mémoires et Société, Villeurbanne, setiembre de 2025. 

  4. Claire Andrieu, “Le programme du CNR dans la dynamique de construction de la nation résistante”, en Histoire@Politique, Vol. 24, N°. 3, París, 2014.