“Hay una lucha, afuera, en pleno apogeo. Pronto hará temblar tus ventanas y sacudirá tus paredes”. Este 15 de mayo, ¿se le pasó por la cabeza a Eric Schmidt la melodía de esta canción de Bob Dylan acerca de los tiempos que cambian? Ese viernes, el expresidente-director general de Google y exasesor del Pentágono se puso el birrete con borla, la toga con solapa amarilla y la sonrisa arrogante para disertar ante una audiencia de estudiantes de la Universidad de Tucson, Arizona, en ocasión de la entrega de títulos. ¿Era la quincuagésima o la centésima vez que repetía automáticamente su discurso sobre la inteligencia-artificial-que-va-a-alterar-todo? De repente, fue interrumpido por un concierto de abucheos y de gritos de rabia, y el barullo se intensificó ni bien formuló sus letras fetiche, “I” y “A”. Su sonrisa se congeló en un rictus. “Sé lo que muchos de ustedes sienten. [...] Entiendo ese miedo”, lanzó Schmidt –cuya fortuna supera los 60.000 millones de dólares– ante estudiantes que cargan con una deuda de 35.000 dólares en promedio y a quienes la IA amenaza con aniquilar los futuros empleos.

El incidente no es aislado. En Estados Unidos hay una creciente oleada contestataria en contra del culto a la automatización, los estragos de la digitalización total, la proliferación de los centros de datos, la arrogancia y el poder de las élites de la tecnología, la corrupción de los representantes que se prosternan a sus pies. Lanzamiento de un cóctel molotov en el domicilio del fundador de OpenAI en abril, disparos de armas de fuego contra el de un consejero municipal de Indianápolis a favor de la instalación de un data center, manifestaciones locales: los indicios de un gran hartazgo se acumulan. Justo cuando la vanguardia del sector –OpenAI, Anthropic– anunció que salía a Bolsa, The Wall Street Journal se estremeció: “Tal vez lo único que crece más rápido que ese sector de la IA es el sentimiento negativo de los estadounidenses al respecto”.1 De ser cierto lo que dicen las encuestas de opinión, este sería el caso de la mayoría de ellos: más de dos tercios consideran “demasiado rápido” el desarrollo de esta nueva tecnología, incluyendo a los jóvenes de 18-29 años (64 por ciento).2

El fantasma de la automatización

Al igual que la mayor parte de los principales cambios tecnológicos, la irrupción de la IA en las sociedades no fue objeto de ninguna deliberación colectiva, y menos aún de un debate público. En lo fundamental el esquema no varía desde fines del siglo XIX: los poderes públicos alientan esas imposiciones privadas en nombre de una “modernización” que consiste en liquidar a las clases “rezagadas” sospechadas de obstaculizar el avance económico –artesanos, campesinos, obreros, empleados–. Pero, esta vez, la amplitud y la rapidez del impacto provocaron una rebelión con una composición social inédita. Los nuevos luditas son reclutados tanto entre los estudiantes, los ganaderos y los católicos entusiasmados por la encíclica papal Magnifica humanitas, que llama a “desarmar la IA”, como en el seno de la burguesía nacional-conservadora del tipo MAGA (“Hacer a Estados Unidos grande de nuevo”). Por ahora, nada relaciona a esos grupos cuya ira proviene de tres lógicas diferentes.

La primera, y la más evidente, insiste en la perspectiva de un gran reemplazo de los directivos y las profesiones intelectuales superiores por parte de máquinas. Sectores que habían recibido la desindustrialización con la indiferencia altanera que les inspiraba la fe en la “economía del conocimiento” se encuentran a su vez amenazados. La sucesión de recortes de puestos de trabajo en las finanzas, la consultoría, la ingeniería informática, la arquitectura, la programación, así como en el mundo de la información, la comunicación y las artes, entre otros, provoca un despertar brusco, sobre todo entre los más jóvenes, a quienes el sistema de enseñanza estadounidense hace entrar en el mercado de trabajo con el yunque de la deuda atado al cuello. A la sombra de esas profesiones encargadas de diseñar el espacio público, la automatización ensombrece también el futuro de hordas invisibles: los empleados administrativos tanto del ámbito privado como del público, encarnación de las pequeñas clases medias, a menudo muy feminizadas, cuyas funciones, llamadas “de apoyo” o “de trastienda” (back-office), se enfrentan a una ola de digitalización.3

Si bien la clase dominante occidental podría haberse sentido satisfecha con el desempleo de los proletarios, que producían mucho pero consumían poco, y hacían que la vida política padeciera el desagradable recuerdo de las revoluciones, la robotización de los oficios ocupados por las poblaciones acomodadas introduce una doble incógnita en la ecuación socioeconómica: ¿cómo hacer para poner en marcha la máquina si los grupos que traccionan el consumo interior se empobrecen? ¿Cómo perpetuar el teatro político si las clases objetivo de los grandes partidos se deprimen o se rebelan?4 Por supuesto, las profecías acerca del descenso de categoría por la digitalización ya atormentaban a los asalariados en los años 1990, e internet renovó, más que aniquiló, a las clases medias. Pero el terremoto de la IA se presenta con una magnitud completamente diferente.

Mientras los economistas liberales profetizan un flujo universal de leche y de miel, uno de los especialistas mundiales en los efectos de la innovación advierte: “La IA va a profundizar la distancia entre los ingresos del capital y los del trabajo”.5 En efecto, su infraestructura absorbe las inversiones en perjuicio de los otros sectores; sus valorizaciones bursátiles enriquecen a los ricos y limitan la libertad de protesta de la mitad de los estadounidenses cuyos ahorros y jubilaciones dependen de los mercados. Más multimillonarios o todos a la calle, la alternativa tiene algo de encantadora. Los dirigentes de Silicon Valley, que vislumbran un final difícil, reclaman alguna forma de redistribución de las ganancias para limitar la proletarización de sus clientes.

Geopolítica sobre democracia

A la perspectiva del desempleo de los profesionales se suma la angustia, corrosiva a pesar de ser estadísticamente invisible, de ser inútil para el mundo. Y de ser traicionado por aquellos que lo dirigen. El poder de las élites no electas alimenta una segunda forma de ira. El caso Mythos provee un buen ejemplo. En abril, la empresa Anthropic decidió no hacer público Claude Mythos Preview, su último modelo de IA, tan potente, asegura, que los usuarios malintencionados podrían usarlo para comprometer infraestructuras informáticas críticas. Ético o promocional, el gesto inmediatamente produjo un malestar bien resumido por la jurista Mariana Olaizola Rosenblat: “Las sociedades democráticas no deberían depender de la moderación moral de los dirigentes de empresa cuando lo que está en juego es la estabilidad de nuestros sistemas financieros, de nuestras redes eléctricas, de nuestros hospitales y de nuestras elecciones”.6 Mientras haya tiempo, “el Estado debe intervenir y legislar enérgicamente”, declara. Eso es precisamente lo que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quiere impedir con el fin de favorecer a los campeones estadounidenses en su competencia con China. Por cierto, este enfrentamiento mundial en torno a la IA animó a la Casa Blanca a suspender, a mediados de junio, el acceso de los no estadounidenses a una versión limitada de Mythos. Preocupado por evolucionar en un marco claro y previsible, el fundador de Anthropic reclama “una regulación más estricta y restrictiva de la IA”. Y Chris Lehane, director de Relaciones Internacionales de OpenAI, sugiere que los intereses superpuestos del Estado y de la industria digital “necesitarían para gestionarlos la introducción de un nuevo híbrido público-privado”.7 En todos los casos, los imperativos geopolíticos anulan las consideraciones democráticas.

Más allá de sus efectos sobre el empleo, esta IA en marcha libre dirigida por supremacistas tecnológicos alimenta la idea de una pérdida de control frente a una tecnología caracterizada por su creciente autonomía –los modelos de la siguiente generación escribirán por sí mismos las líneas de código necesarias para su propio perfeccionamiento–. Ese tipo de huida hacia adelante, evidente para los dirigentes, no es tan obvio para los demás. Porque el tipo de relaciones sociales que la automatización implica resulta indignante para el público, y en particular para aquellos a quienes el semanario The Economist (6 de junio) bautiza con espanto la “Gen-Z socialista”: vigilancia generalizada, desigualdades abismales, indiferencia frente al medioambiente, cinismo de las élites de la tecnología que prohíben a sus hijos los servicios que imponen al resto del mundo, interacciones robotizadas para los pobres y domesticidad humana para los ricos.

Movilizaciones tangibles

En ese idílico cuadro falta el combustible de las máquinas: la potencia de cálculo. Y, por lo tanto, los centros de datos. Sin embargo, una creciente proporción de estadounidenses –70 por ciento en marzo, según Gallup– se niega a la instalación en su vecindario de esos establecimientos ruidosos, contaminantes, que devoran los paisajes, amputan las tierras agrícolas, secan las napas freáticas, emplean a pocos trabajadores y, sobre todo, hacen estallar los precios de la electricidad. Su multiplicación hace que el tema se torne candente: el pasado abril, Estados Unidos contaba con más de 3.000 grandes data centers operativos, esencialmente en áreas urbanas, pero dos tercios de los 1.500 centros adicionales en curso de construcción se encuentran en zonas rurales, en particular en el sur y en el Midwest.8 Esos proyectos –que al momento de iniciar la obra no responden a una necesidad– anticipan el crecimiento exponencial de la IA: la apuesta por un futuro virtual daña la vida real.

A diferencia de los dos primeros, este tercer componente de la ira contra la IA se apoya en comunidades locales y en movilizaciones tangibles, así como en una base sociológicamente diversificada y transpartidista: madres de familia preocupadas por el medioambiente, cristianos de Texas, granjeros, obreros republicanos, técnicos en telecomunicaciones, militantes progresistas. “El nivel de oposición no varía significativamente en función de la edad, del origen étnico, del nivel de estudios, del ingreso o del grado de urbanización”, observa la encuesta de Gallup publicada el 13 de mayo. “El enfrentamiento no opone a la derecha contra la izquierda, a los demócratas contra los republicanos, a los suburbios contra el campo. En realidad, es arriba contra abajo”, explica Saul Levin, un activista entrevistado por el periodista Andrew Cockburn. Su investigación en Saline, una pequeña ciudad de Michigan donde se instalará un data center de 16.000 millones de dólares, muestra la distancia que se establece entre, por un lado, los representantes desconcertados por la oposición local, las eminencias de la tecnología que apuran a los abogados y lobistas para disuadirlos de actuar, los dirigentes de compañías de electricidad que aumentan los precios, y, por el otro, los administrados, amontonados en los gobiernos locales zarandeando a sus representantes.9 La mayor parte jamás se había movilizado. Un poco como los “chalecos amarillos” en Francia en 2018-2019, se sienten engañados por los políticos y están descubriendo el poder de la acción colectiva. El sitio web DataCenterWatch.org contabiliza 142 grupos militantes en 24 países. Solamente en el transcurso del primer trimestre de 2026, 75 proyectos, por un valor estimado de 130.000 millones de dólares, fueron bloqueados o retrasados, contra 48 proyectos, por 156.000 millones de dólares, postergados o anulados durante 2025. “Los representantes de más de diez estados presentaron este año proyectos de ley que apuntan a suspender la construcción”, informaba a comienzos de junio The Washington Post. Y “los habitantes de Monterey Park, en California, aprobaron la primera prohibición permanente de los centros de datos, con más del 86 por ciento de los votos”.10

Humans First

Mientras los concejales locales y los parlamentarios reciben con declaraciones de amor y exuberantes exoneraciones fiscales a esas catedrales digitales alabadas por Trump, hoy la aversión que provocan es un verdadero desafío para las elecciones de medio término. Sin embargo, a excepción de algunas figuras de izquierda (Bernie Sanders, Ro Khanna y Alexandria Ocasio-Cortez, partidarios de un aplazamiento en la construcción de los data centers) o republicanas (Ronald DeSantis, Marjorie Taylor Greene), la protesta popular no encuentra más que un relevo limitado, incluso entre los demócratas, donde la presión de los industriales, las campañas de denigración financiadas por los lobbies y la influencia de ciertos sindicatos favorables a las instalaciones desalientan las pretensiones opositoras.

Siempre al acecho de un elixir que revitalizaría a un movimiento MAGA desorientado por el aventurismo militar de Trump y su devoción por los multimillonarios de la tecnología, el exestratega de la Casa Blanca Steve Bannon publicó en abril una carta firmada por unas 60 personalidades conservadoras cercanas al presidente estadounidense para exhortar a este último a regular la IA. “Sabemos que no podemos contar con esas empresas para que se autorregulen”, explica el documento. La misiva estaba concebida como una plataforma de lanzamiento de Humans First [Humanos primero], derivado digital de America First [Estados Unidos primero]. “Los mundialistas de la tecnología digital buscan desviar nuestro movimiento y presionan para que Washington anteponga los gigantes de la IA al pueblo estadounidense. Humans First marca el comienzo de la lucha por reconquistar nuestro país”. Mientras los partidos titubean, la extrema derecha prueba su suerte...

La lucha ya supera el marco estadounidense. La IA y los centros de datos generan movilizaciones en Chile, en México, en España. En Francia, donde Emmanuel Macron abre paso a los industriales de la tecnología digital, la profusión de los centros de datos en Marsella, Grenoble, Seine-et-Marne, Hauts-de-France, etcétera, aviva el descontento de los lugareños y fomenta la aparición de colectivos de opositores. Si bien la abismal impopularidad del presidente de la República no juega a favor de su querida IA, la búsqueda de la digitalización a marcha forzada sigue estando extrañamente ausente en la campaña electoral que está empezando. Después de la propiedad, el libre comercio, la integración europea o la Alianza Atlántica, ¿es esta cuestión uno de los temas sobre los cuales el voto no tiene influencia? El temor de echar a perder el futuro, la mala reputación de los movimientos políticamente heterogéneos y el atractivo de una fingida soberanía, por supuesto conformada por infraestructuras locales pero que funcionan con microchips estadounidenses Nvidia, anestesian el sentido crítico de las mejores voluntades.

“Lo humano primero” o “Humans first”, populismo popular o nacionalismo reaccionario, “chalecos amarillos” o Tea Party: el destino de la sublevación contra las máquinas plantea una de las mayores cuestiones políticas de nuestro tiempo.

Pierre Rimbert, de la redacción de Le Monde diplomatique (París). Traducción: Micaela Houston.


  1. Amrith Ramkumar, Katherine Blunt y Lindsay Ellis, “The American rebellion against AI is gaining steam”, The Wall Street Journal, Nueva York, 18-5-2026. 

  2. Mike Allen, “AI hate wave is here”, Axios, 17-5-2026. 

  3. Ben Casselman, “Forget about coders. The real A.I. threat is in the back office”, The New York Times, 15-6-2026. 

  4. Frédéric Lordon, “Marx va avoir raison (IA et lutte des classes)”, La pompe à phynance, Les blogs du Diplo, 2-3-2026. 

  5. Daron Acemoglu, “The simple macroeconomics of AI”, NBER working paper, mayo de 2024. 

  6. Mariana Olaizola Rosenblat, “The governance gap Mythos exposed – And how to address it”, Just Security, 29-4-2026. 

  7. Respectivamente, Dario Amodei, “Politicy on the AI exponential”, darioamodei.com, junio de 2026, y Axios, 13-5-2026. 

  8. Skyler Seets y Kaitlyn Radde, “Most new data centers in the U.S. are coming to rural areas”, Pew Research Center, 13-4-2026. Otras fuentes contabilizan más establecimientos. 

  9. Andrew Cockburn, “The data-center divide. Why politicians are squandering the anti-AI backlash”, Harper’s, Nueva York, junio de 2026. 

  10. Liz Goodwin y Riley Beggin, “Why most politicians are not calling for data center bans despite voter’s anger”, The Washington Post, 7-6-2026.