Ingresá
Le Monde Diplomatique Le Monde › Editorial

Shell-Dwellers II, 1989.

Ilustración: Aleksandra Kasuba

Un diamante en la noche

Contenido exclusivo con tu suscripción de pago
Contenido no disponible con tu suscripción actual
Exclusivo para suscripción digital de pago
Actualizá tu suscripción para tener acceso ilimitado a todos los contenidos del sitio
Para acceder a todos los contenidos de manera ilimitada
Exclusivo para suscripción digital de pago
Para acceder a todos los contenidos del sitio
Si ya tenés una cuenta
Te queda 1 artículo gratuito
Este es tu último artículo gratuito
Nuestro periodismo depende de vos
Nuestro periodismo depende de vos
Si ya tenés una cuenta Ingresá
Llegaste al límite de artículos gratuitos
Nuestro periodismo depende de vos
Para seguir leyendo ingresá o suscribite
Si ya tenés una cuenta
o registrate para acceder a 6 artículos gratis por mes

Editar

A dos años y medio de su llegada al poder, ya sabemos lo que el modelo del presidente argentino, Javier Milei, consolidado luego del temblor financiero del año pasado, tiene para ofrecer: inflación controlada y dólar bajo, que junto con la popularidad que aún conserva el presidente y su capacidad para sellar alianzas informales con los gobernadores y el Congreso –“la coalición de la ruta 40”– conforma el trípode en el que se apoya la nueva estabilidad. Bajo crecimiento económico centrado en los complejos extractivos y el campo, y un devastador efecto social: nunca, desde que hay registros, se consumió menos leche en Argentina.1

Pero Milei, guste o no, resolvió algo. Había un problema, el caos macroeconómico, que había signado el final de los dos gobiernos anteriores; llegó Milei y lo solucionó. ¿Mucho o poco? Por ahora, suficiente, en un país que vivió atrapado durante 15 años en una parálisis de gestión, hundido en un empate eterno de impotencia reformista, esa sensación de nadie nada nunca. Por eso cualquier análisis de la gestión libertaria, por más crítico que sea, debería partir de la evidencia de que en Argentina el dirigente que logra resolver al menos un tema brilla como un diamante en la noche: puede ser Milei con la inflación, o Maximiliano Pullaro, que mejoró la inseguridad en Rosario y se encamina a ser el primer gobernador reelecto de la historia de su provincia, o incluso, por citar un ejemplo extemporáneo, Florencio Randazzo [ministro del gabinete de Cristina Fernández de Kirchner entre 2007 y 2015], que con solo mejorar dos cuestiones relativamente menores –la emisión de documentos y los vagones de los trenes– estuvo cerca de convertirse en gobernador.

Nada indica que el actual estado de cosas vaya a cambiar en lo que queda del año. Los economistas coinciden en que los dólares serán suficientes para enfrentar los compromisos de deuda y mantener el precio de la divisa bajo control. Al mismo tiempo, no hay que esperar un rebote del crecimiento ni mucho menos un boom de consumo; a lo sumo, una recuperación lenta, heterogénea, pero asentada sobre el suelo firme de la estabilidad cambiaria. De cara a las elecciones del año que viene, en cambio, las cosas podrían complicarse: Argentina debe pagar unos 32.000 millones de dólares, entre bonos soberanos, deuda con organismos internacionales y bonos atados al dólar. Y además está la estrategia electoral oficialista. Desde [el escándalo con la criptomoneda] Libra, desde [la renuncia de su jefe de gabinete Manuel] Adorni, la idea de un grupo de cruzados que venía a acabar con los privilegios de la casta se disolvió, y la sociología del voto libertario fue perdiendo su componente plebeyo original para acercarse al típico voto antiperonista. Milei hoy se asemeja más a un Eduardo Angeloz [exgobernador de Córdoba y actual senador] extravagante –un Mauricio Macri sin inflación– que a la promesa de disrupción del sistema político que pareció encarnar en un comienzo. El hecho de que seis de los nueve ministros hayan pertenecido al PRO [partido del expresidente Macri, 2015-2019] es ilustrativo.

Así las cosas, la única carta electoral que tiene el gobierno argentino es la carta económica. Pero es un perro que se muerde la cola: la idea de que la reelección de Milei es la única alternativa capaz de asegurar la continuidad de la estabilidad y que un regreso del peronismo equivale a descontrol cambiario e inflación alimentará la clásica incertidumbre preelectoral, como sucedió el año pasado, y las consiguientes chances de que efectivamente este nuevo fogonazo de inflación y dólar acontezca. Por eso insisto tanto con que el peronismo debe dejar de lado su interna autoflagelante para construir un “vector de confiabilidad” capaz de transmitir a la sociedad –a esa parte de la sociedad que duda– la certeza de que su vuelta al gobierno no implica un regreso al caos.

El gobierno argentino conoce los términos de su propia debilidad y los riesgos que enfrenta. Parar corridas es su especialidad. Por eso toda su estrategia económica tiene como objetivo mantener la inflación baja, acumular dólares que fortalezcan al Banco Central y disminuir el riesgo país a niveles que permitan refinanciar la deuda sin recurrir a las reservas. La eliminación de las PASO [primarias abiertas simultáneas y obligatorias] que impulsa en el Congreso tiene el triple objetivo de complicarle la vida al peronismo, neutralizar el intento de algunos sectores del poder económico de construir una candidatura alternativa a la de Milei y evitar una elección en agosto –las PASO, sabemos, funcionan como primera vuelta– que conviertan el tránsito hasta octubre en un viacrucis financiero, como le pasó a Macri después de su primera derrota ante Alberto Fernández [expresidente peronista 2019-2025].

Mientras, Milei avanza en su estrategia de peruanización de Argentina, el camino del Inca sobre el que venimos advirtiendo. La desindustrialización rampante, la transformación de los conurbanos poblados por pymes de baja productividad en desiertos sociales y el desplazamiento del eje dinámico de la economía a la minería y los hidrocarburos van delineando un cambio de matriz productiva con amplias consecuencias sociales –más abajo vuelvo sobre esto– y también políticas. El debilitamiento de los grandes sindicatos industriales y el repliegue de las organizaciones sociales a los barrios son las más notables, pero no las únicas. En paralelo, un silencioso desplazamiento de poder se está produciendo dentro de la élite económica, en la medida en que el complejo agroexportador ya no es el único proveedor de divisas: 37.000 millones de dólares generará este año la supercosecha, contra 17.000 de hidrocarburos y 10.000 de minerales, que además van en aumento.

Esta novedosa diversificación de la fuente de divisas limita la tradicional capacidad de las cerealeras para presionar por una devaluación (como la que forzaron tantas veces, en general antes de la liquidación) o un tipo de cambio especial (como el “dólar soja” que le arrancaron a Sergio Massa [exministro de Economía y excandidato del peronismo en 2025] o las retenciones cero que les concedió el propio Milei). La silobolsa pierde poder de fuego, lo que a su vez ayuda al gobierno a garantizar la estabilidad del tipo de cambio y explica las tensiones entre los productores agropecuarios y Milei, evidenciadas en el silencio que siguió a sus anuncios en el aniversario de la Bolsa de Cereales de Buenos Aires. A casi 20 años del conflicto del campo, origen de muchas de las cosas que suceden hoy en Argentina, ¿será Milei el primer presidente capaz de ganar esa pulseada? Tanto el RIGI [Régimen de Incentivos para Grandes Inversiones], orientado a la minería y los hidrocarburos, como ahora el Súper RIGI, que busca promover la inversión en tecnología y data centers, apuntan a este mismo objetivo de multiplicar las alternativas de ingresos de dólares.

Lo que quiero decir con todo esto es que el gobierno podrá ser una romería de advenedizos e impresentables, pero que más o menos tiene un rumbo. Milei es un líder de intuiciones profundas, dispuesto a arriesgarlo todo en una mano. Claro que las cosas pueden salirle mal: puede perder el control de la economía, puede quedar desprotegido ante una derrota de Donald Trump en las elecciones estadounidenses de noviembre, puede acumular niveles de rechazo social de los que después ya no logre recuperarse. Si algo de esto sucede, y la reelección peligra, el ensayo libertario quedará por la mitad: un intento más de estabilización frustrado; si, en cambio, Milei gana y revalida la adhesión social obtenida en las elecciones del año pasado, quedará habilitado para seguir adelante con su programa de transformación profunda de las estructuras económicas y sociales de Argentina. ¿Qué sigue? Probablemente el fin de la universalidad previsional, una serie de privatizaciones y la modificación radical de la estructura impositiva (el gobierno ha dicho que su plan es extender las condiciones del RIGI o del Súper RIGI al resto de las actividades productivas, sin aclarar el efecto sobre los servicios estatales, la obra pública o las prestaciones sociales que implicaría pasar de 35 a 15 por ciento de impuesto a las ganancias para toda la economía).

El impacto social de este cambio económico es claro. La semana pasada, el Indec [Instituto Nacional de Estadísticas y Censos] difundió los últimos datos de informalidad, que alcanzó un récord histórico de 44,2 por ciento.2 Hoy Argentina tiene el doble de informalidad que Uruguay,3 15 por ciento más que Chile4 y cinco por ciento más que Brasil.5 Junto a la insuficiencia de ingresos y el endeudamiento crónico de las familias, la informalidad es la nueva marca de época, algo que los estudios de opinión cualitativos más perspicaces ya están empezando a captar. La consultora Sentimientos Públicos estudió, a partir de una serie de focus group, el modo en que está cambiando la idea de clase media. Como se sabe, históricamente las encuestas señalaban que un 70 por ciento de la sociedad argentina se autopercibía de clase media, más allá de la realidad de la escala salarial, la pirámide de ingresos o la estructura de clases. Así, la clase media era menos una categoría social que un lugar que se habitaba simbólicamente, vinculado a la educación, el progreso, la vocación por la cultura y una seguridad de ingresos que contemplaba el pudor de la no ostentación. Hoy, después de una década y media de crisis, ajustes e inestabilidad, la clase media no es ya un escudo simbólico, sino una “etiqueta fantasmagórica y astillada”, algo que se exhibe más que se vive, lo que explica que cada vez más personas de clase media adopten comportamientos que en el pasado parecían reservados a los sectores populares, como el consumo rápido y excesivo (“por arriba de sus posibilidades”) y el abandono de la vocación por el ahorro.6

Consecuencia de una crisis de la que Milei es resultado antes que causa, la clase media pareciera estar perdiendo su lugar de gran regulador de la sociedad argentina; sin embargo, no se trata de un proceso concluido –Argentina no es Perú, prototipo latinoamericano de país sin clase media–. Otra investigación, elaborada en este caso por Gonzalo Assusa y publicada hace tres meses en el Dipló,7 muestra en efecto que la gente se identifica cada vez menos con “la clase media” y cada vez más con “la clase media baja”. Las respuestas recogidas por los investigadores contienen una sutileza elocuente: “Soy de clase media bajada”; “Soy de clase media en peligro de extinción”; “Soy de clase media, pero pobre”. Para los autores del estudio, este particular fraseo revela una resistencia a abandonar el imaginario tradicional de sociedad integrada, con una categoría moral –clase media– que permanece, a pesar del adjetivo que la erosiona (“baja”, “bajada”, “hundida”).

Esta obstinación de la sociedad argentina por aferrarse a los restos de lo que supo ser sugieren que lo que se está librando es una lucha hegemónica, una disputa que a pesar de la transformación económica aún no está saldada. Milei no es, todavía, Carlos Menem [expresidente de 1989 a 1999]. Y, si no, veamos las calles de Buenos Aires, donde en el breve lapso de un par de meses se sucedieron la marcha universitaria, el show de un sacerdote portugués que llenó la Plaza de Mayo con una convocatoria que mezclaba música electrónica con mensajes del papa Francisco, la tradicional movilización del colectivo Ni Una Menos y el megavelorio popular del Indio Solari. Aunque ninguna de estas manifestaciones fue convocada por un partido político ni se asumió como explícitamente opositora, en todas se respiraba el rechazo a un estado de cosas entre cuyos responsables probablemente estén tanto Milei como los protagonistas de los gobiernos anteriores. Por eso creo que, si en algún momento logra abstraerse de su interna, la oposición podría ir a buscar ahí –a las profundidades de esa emocionalidad contestaria–8 las claves para disputar con éxito la batalla contra un gobierno que sabe perfectamente hacia dónde está yendo.

José Natanson, director de Le Monde diplomatique, edición Cono Sur.


  1. “Picos negativos históricos para el consumo de leche, carne vacuna y yerba mate”, ambito.com, 3-2-2025. 

  2. “Con Milei, la informalidad es récord histórico y afecta al 44,2% de los trabajadores”, eldestapeweb.com, 23-6-2026. 

  3. “La informalidad laboral volvió a crecer en 2025 y alcanzó al 22,8% de los ocupados”, ambito.com, 15-6-2026. 

  4. “Tasa de ocupación informal a nivel nacional llegó a 26,8% en el trimestre octubre-diciembre de 2025”, ine.gob.cl, 3-2-2026. 

  5. “Cae la informalidad en el mercado laboral de Brasil”, agenciabrasil.ebc.com.br, 6-3-2026. 

  6. Hernán Vanoli, Progresismo, levántate y anda, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2026. 

  7. “El panda de la estructura social argentina”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, marzo de 2026. 

  8. La expresión es de Jorge Liotti.