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Robot chamán que ofrece servicios de lectura facial para predecir el futuro mientras dibuja un retrato, en una tienda temática de chamanismo coreano en Seúl, Corea del Sur.

Foto: Jung Yeon-je, AFP

Chamanes para reparar el sueño surcoreano

Lo irracional se cura con irracionalidad.

En un país que se percibe a sí mismo como exponente de la modernidad y el capitalismo, hay más chamanes que policías o maestros. ¿Cómo se explica esto? Factores históricos y religiosos ayudan a comprender el fenómeno, pero fundamentalmente un presente de penurias económicas que ofrece pocas perspectivas de futuro a los surcoreanos.

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Hacen salir a todos de la casa. Con tambores, gongs y dos cuchillos, las cinco chamanas, de entre 30 y 71 años, ahuyentan a los espíritus y a todo aquello que denominan “impurezas”. Después hacen entrar a la familia. Una de las oficiantes, vestida con ropas ceremoniales, danza al ritmo de los platillos, mientras la madre y la abuela de la difunta se postran ante el altar de las ofrendas. En el reloj, las horas van pasando.

Este ritual, destinado a apaciguar el alma de una mujer muerta y descrito por el etnólogo Alexandre Guillemoz, tuvo lugar entre el 10 y el 11 de agosto de 1982, de 19.25 a 8.40, en un pueblo situado a unos 20 kilómetros de Seúl, la capital de Corea del Sur.1 Es característico del chamanismo: un conjunto de creencias y ceremonias destinadas a establecer un vínculo entre los seres humanos y los espíritus, particularmente poderoso y antiguo en ese país conocido en términos tradicionales como “la tierra de la calma matutina”.

Lejos de reducirse al folclore, la práctica (musok, en coreano) sigue tan viva como siempre. “Hoy en día, se consulta a un chamán por razones muy diversas, todas ligadas a las distintas etapas de la vida, –nos explica la antropóloga Florence Galmiche–. Se recurre a ella, por ejemplo, cuando un hijo se divorció y quiere volver a casarse, para saber si el nuevo matrimonio va a funcionar bien. Si se padecen problemas de ansiedad o depresión, por supuesto que se puede consultar a un psicoterapeuta. Pero, cuando los problemas de salud se acumulan, las mujeres de la familia consideran a veces que es mejor acudir a una chamana”. El musok permea así hasta las esferas más altas del Estado: a lo largo de todo su mandato (2022-2025), y antes de un intento de golpe de Estado que terminaría llevándolo a prisión,2 el expresidente Yoon Suk-yeol no ocultaba sus consultas regulares a “consejeros espirituales” para que lo ayudaran a tomar ciertas decisiones.

Desde la adivinación hasta las ceremonias (kut) complejas que se extienden por varios días, las prácticas chamánicas coreanas abarcan un espectro sumamente amplio. Pero hay una constante: su relativa impermeabilidad a los movimientos de la sociedad y a las alternancias políticas. Se trata de un caso único en Asia oriental, que todavía interpela a los investigadores para tratar de entender qué lo explica. ¿La ausencia de represión de las religiones, como en China, a lo largo de todo el siglo XX? ¿La competencia frente al taoísmo o a las religiones clandestinas? ¿La modernización tardía de Corea? ¿Una transmisión oral que facilitó su circulación?

Como el musok no es una religión instituida y los ingresos que genera no se declaran, resulta difícil obtener datos precisos sobre la cantidad de chamanes profesionales, o mudang.3 La Federación Coreana Kyungsin, la mayor asociación profesional del país, sostiene con regularidad la cifra de 300.000 en actividad, en su gran mayoría mujeres. Es decir, una cantidad superior a la de policías (130.000) o maestros (190.000); una cifra que, según se afirma, se mantendría estable en el tiempo.

Según un estudio del Gallup Korea Research Institute citado por el investigador coreano Kim Chongho,4 el 38 por ciento de los surcoreanos adultos habría recurrido alguna vez en su vida a los servicios de un chamán o una chamana, es decir, unos diez millones de personas. Mientras que un ritual (de algunas horas a varios días) puede costar varios miles de euros, se calcula que el peso de esta economía oscila entre 1.000 y 3.000 millones de euros. Algunos chamanes pueden ganar varias decenas de miles de euros por mes, más que un médico o un abogado.5 Largamente marginado, y de composición esencialmente femenina, el musok cuenta hoy con sus propios k-dramas6 –las célebres series televisivas surcoreanas–, oficinas con local a la calle, practicantes en línea e incluso agentes conversacionales. En 2024, el thriller Exhuma, del director Jang Jae-hyun, protagonizado por dos chamanes encargados de calmar el espíritu de un difunto, alcanzó los 12 millones de entradas vendidas en salas, cuando superar la barrera de los diez millones ya alcanza para que una película entre en la categoría de “éxito popular”.

Transformaciones al ritmo de la sociedad

¿Esta mayor visibilidad del chamanismo en el seno de la sociedad surcoreana representa el reconocimiento de una práctica hasta entonces discreta? ¿El chamanismo milenario –y sus productos derivados– se estaría convirtiendo, también él, en una mercancía como cualquier otra? ¿Cómo explicar la persistencia, en una Corea del Sur que se percibe a sí misma como la exponente de la modernidad capitalista, de rituales que implican, por ejemplo, recitar conjuros alrededor de una cabeza de cerdo?

Para Galmiche, comprender el arraigo del chamanismo en la vida cotidiana de los surcoreanos supone remontarse al paisaje religioso propio de la península. “A diferencia del período anterior, cuando el budismo reinaba sin rivales, el confucianismo se erigió en ideología dominante durante los cinco siglos que duró el reino de Joseon [1392-1897]. Principio a la vez filosófico y moral, moldeó una verdadera teoría del Estado y estructuró la jerarquía dentro de la sociedad: un caballero, un letrado, no podía ser sino confuciano”. Ahora bien, esto implicaba rechazar todo aquello que se acercara, poco o mucho, al mundo de los espíritus. El chamanismo quedó entonces relegado a las periferias de la sociedad, es decir, a las clases populares, y las mujeres pasaron a ser mayoría en su ejercicio.

Tras la capitulación del ocupante japonés, en 1945, el país se sumergió en la Guerra Fría. Estados Unidos instaló en el poder a Rhee Syngman. Como buena parte de las clases altas hostiles a Tokio, Rhee era protestante, una religión introducida por misioneros estadounidenses (y, en ocasiones, británicos) desde fines del siglo XIX. Si bien la Constitución de 1948 establecía la separación entre lo político y lo religioso, reconocía tres cultos oficiales: el protestantismo, el budismo y el catolicismo. Practicado por una parte significativa de la población, pero confinado a una zona gris, al margen de los guiones oficiales, el chamanismo surcoreano se recompuso al ritmo de las transformaciones sociales.

Bajo las dictaduras de Rhee (1948-1960) y luego de Park Chung-hee (1962-1979), el país emprendió una modernización a marcha forzada. Por instigación de Washington, Seúl debía desarrollar una industria capaz de responder a las necesidades estadounidenses en el marco de la guerra de Corea (1950-1953) y a las de Japón, erigido en bastión regional de la lucha contra la amenaza “roja”. En una sola generación, una Corea del Sur esencialmente agrícola se convirtió en un país altamente industrializado y urbano. Entre 1960 y 1970, la población campesina se redujo a la mitad.

En ese contexto trabajó la antropóloga Laurel Kendall, profesora de la Universidad de Columbia y especialista mundial en chamanismo coreano. Los ritos a los que asistió seguían la evolución de la sociedad: ya no se trataba tanto de desear una buena cosecha como de honrar el espíritu de un auto recién comprado (para evitarle cualquier accidente). Y si el almacén o el restaurante familiar no marchaban bien, una mudang podría ahuyentar a los espíritus para restablecer el equilibrio financiero. “Un sistema de prácticas religiosas orientado hacia la salud, la armonía y la prosperidad de la pequeña explotación familiar se adaptó a un mundo donde esas preocupaciones seguían vigentes, pero donde el destino de la familia [...] parecía depender de fuerzas exteriores volátiles, en un período tan lleno de oportunidades como de peligros”, resume la antropóloga.7

Plasticidad

Mientras que la práctica religiosa tiende a retroceder a medida que las sociedades se modernizan y urbanizan, el chamanismo surcoreano –cuya “plasticidad” subraya Galmiche– constituye una excepción. Parecería acompañar las inquietudes contemporáneas en lugar de alejarse de ellas: el desarraigo del campo, el deterioro de los lazos familiares, las crisis económicas, la vacuidad del consumismo de masas. Pero también la angustia frente a un futuro incierto que atraviesa a toda una franja de la juventud. En Seúl, alrededor de las universidades, calles enteras están jalonadas de cafés de tarot o de adivinación, a los que se acude entre amigas o para una cita amorosa, con el objetivo de hacerse leer las cartas o simplemente de intentar ver un poco más claro.

Kali Hong es una joven chamana de unos 30 años que vive en Seúl. Su nueva vida comenzó hace diez años con el sinbyeong: un período de sufrimientos físicos y psicológicos que atraviesan todas las chamanas en la tradición nacional. De él solo se sale después de aceptar la propia vocación, mediante el naerim-kut, un ritual de iniciación realizado por otro chamán.

En su cuenta de Instagram se describe como “queer, feminista y vegana”. Con muchos seguidores, ofrece online-kut, ritos pagos en línea (el equivalente de 50 a 150 euros por una sesión de 30 minutos), pero también una forma de adivinación gratuita que puso a punto con ayuda de la inteligencia artificial. “Antes, los chamanes reunían a la gente en las plazas de los pueblos para llorar y bailar juntos, con el fin de liberar aquello que se había anudado en lo más profundo de sí mismos –analiza la chamana–. Ahora, esa plaza también existe dentro de la pantalla. El espacio digital está abierto las 24 horas, accesible desde cualquier lugar”. Sus clientes, sobre todo mujeres jóvenes o integrantes de minorías sexuales, la consultan no tanto para vislumbrar el futuro como para “intentar redefinirse a sí mismos dentro de una sociedad que no acepta su sensibilidad”. Todavía hoy “la gente no duda en consultar con discreción a videntes o chamanes en cada período electoral o cada vez que estalla una crisis”. El chamanismo surcoreano aparece menos como un producto del capitalismo que como una manera de domesticar las incertidumbres que este produce.

Ayudar a asumir un mundo violento

Durante mucho tiempo laboratorio del Fondo Monetario Internacional (FMI), cuyas exigencias de liberalización forzada del mercado laboral provocaron, a fines de la década de 1990, una explosión del desempleo (que pasó de manera brusca del dos al ocho por ciento), Corea del Sur sigue bajo el dominio de los monopolios. Los 15 primeros chaebol (monopolios comerciales, en manos de familias poderosas) representan todavía cerca de dos tercios de la capitalización bursátil del país, pero emplean apenas entre el 10 y el 15 por ciento de la población. Las pequeñas y medianas empresas (pymes), donde se cobra menos y hay menor protección laboral, concentran la mayor parte de los trabajadores. “Las prácticas religiosas de la pequeña burguesía coreana, tanto como las de los campesinos, los mineros y los proletarios, constituyen una manera de aprehender los movimientos aparentemente arbitrarios de la economía política y de intentar ejercer sobre ellos cierto control”, estimaba Kendall a mediados de la década de 1990. Nada ha cambiado. Jornadas laborales interminables, aumento del desempleo juvenil, ausencia de perspectivas y presión profesional: según los datos publicados por el instituto nacional de estadísticas (Kostat) en 2022, el suicidio es la primera causa de mortalidad entre los surcoreanos de 10 a 39 años. Frente a este desamparo, “los chamanes aparecen como especialistas en aquello que escapa al sentido –estima Kim Chongho–. La curación chamánica es una forma de curación paradójica, en la que lo irracional se cura con lo irracional”.

“Hay que recordar que el chamanismo desempeñó un papel en los movimientos de democratización de Corea del Sur”, recuerda Galmiche, al señalar la implicación de los chamanes en las comunidades para ocuparse de los muertos tras las masacres de Jeju (1948-1949) o de Gwangju (1980). “En Jeju, cuyo levantamiento dejó entre 15.000 y 30.000 muertos, la memoria de la masacre se perpetuaba a través de los lamentos de los muertos, que pasaban por la palabra de los chamanes. Más recientemente, algunos se involucraron en los grupos políticos que intentan esclarecer el caso de las esclavas sexuales coreanas del Ejército japonés durante la guerra del Pacífico...”. Para la chamana Kali Hong, el compromiso militante sería incluso intrínseco a la vida de un chamán: esa vida “en el umbral” los convierte en testigos privilegiados “de la memoria de la comunidad, quizás los mejor ubicados para atravesar junto a ella su duelo y asumir, junto con los demás, la responsabilidad de un mundo violento”.

Emil Pacha Valencia, periodista. Jefe de redacción de la revista Tempura. Traducción: redacción de Le Monde diplomatique, edición Cono Sur.


  1. Alexandre Guillemoz, “La dernière rencontre: un rituel chamanique coréen pour une jeune norte”, en Transe, chamanisme, possession. De la fête à l’extase, actas de los segundos encuentros internacionales sobre la fiesta y la comunicación, 24 al 28 de abril de 1985, Éditions Serre - Nice Animation, Niza, 1985. 

  2. Renaud Lambert, “El mito de la democracia coreana se resquebraja”, Le Monde diplomatique, edición Uruguay, febrero de 2025. 

  3. Inicialmente, mudang para las mujeres y baksu para los hombres. 

  4. Kim Chongho, Korean Shamanism. The Cultural Paradox, Routledge, Nueva York, 2003. 

  5. “Over 300,000 shamans in Korea: A community invisible to the government”, The Korea Times, Seúl, 25-10-2024. 

  6. Stéphane Thévenet, “Les séries télévisées mondialisent la culture sud-coréenne”, Le Monde diplomatique, París, mayo de 2013. 

  7. Laurel Kendall, “Korean shamans and the spirits of capitalism”, American Anthropologist, Vol. 98, N° 3, Arlington, setiembre de 1996.