América Latina se ha forjado, desde el primer cuarto del siglo XIX hasta el presente, en la puja entre el Congreso de Panamá, convocado por Simón Bolívar –que en 1815 ya había escrito “es una idea grandiosa pretender formar de todo el Nuevo Mundo una sola nación”–, y la doctrina Monroe de 1823, retomada, con distintas formas e intensidad, en las sucesivas Conferencias Panamericanas, las cuales fueron creación del secretario de Estado de Estados Unidos James G Blaine.
Los legisladores progresistas del presente que nombraron “Congreso Panamericano” a la instancia que los reúne desde 2024 no tomaron el panamericanismo de aquel antecesor de Marco Rubio, sino la idea defendida por el libertador al convocar al encuentro en el istmo panameño en 1826. Por eso, desde su primera edición en Colombia hasta esta tercera en Montevideo –la segunda fue en México el año pasado–, Bolívar ha sido señalado como el padre de estas reuniones anuales. En tanto, el expresidente uruguayo José Mujica es reconocido como gran tejedor de la integración regional en el siglo XXI.
El mundo ha cambiado desde 2024. Aunque entonces ya había experimentado un primer mandato de Donald Trump en Estados Unidos, los legisladores progresistas de los ocho países que dieron comienzo al proyecto de un congreso que abarcase América de sur a norte se reunieron entonces bajo el cobijo del ahora expresidente colombiano Gustavo Petro. En aquel momento, los parlamentarios chilenos que asistieron eran oficialistas; también los hondureños. México y Brasil son, de los participantes del primer encuentro, los únicos que se mantienen con gobiernos progresistas.
Desde esa edición, Trump ha regresado a la Casa Blanca, la extrema derecha gobierna en Chile, el fujimorismo ha vuelto al poder, el expresidente Juan Orlando Hernández ha podido retornar a suelo hondureño gracias al indulto del actual mandatario estadounidense y Colombia ha caído en manos de un defensor de narcotraficantes, aliado de Israel y Estados Unidos. Para los actuales delegados, entonces, no parecía tarea sencilla no estancarse en un mar de lágrimas.
Sin embargo, en este congreso se llamó a resistir a esa tentación. “No podemos pensar que todo tiempo pasado fue mejor”, dijo la vicepresidenta uruguaya, Carolina Cosse, primera oradora en el Palacio Legislativo, donde abrió formalmente las sesiones. “No podemos ser un muro de los lamentos”, planteó a su turno, de forma metafórica, el expresidente de Chile Gabriel Boric, quien fuera uno de los mandatarios más contundentes al denunciar el genocidio que lleva adelante el gobierno israelí de Benjamin Netanyahu. La lectura no puede ser que la extrema derecha arrasa en la región, aun cuando ganó todas las elecciones de un tiempo a esta parte, porque en Colombia la izquierda perdió por menos del uno por ciento y votó mejor que en 2022, señalaron varios. Tampoco es acertado quedarse únicamente en la autocrítica cuando Fujimori ganó por menos de 50.000 votos, animaron otros a sus pares.
Empero, aun bajo las ópticas más optimistas, el congreso estuvo atravesado por el temor a los resultados de dos elecciones inminentes donde el progresismo se juega este año las cartas que le quedan. En el Sur, las de Brasil del 4 de octubre, donde se dirimirá la continuidad de Lula o el regreso al bolsonarismo, y en el Norte, las de medio término en Estados Unidos, que tendrán lugar el 3 de noviembre. Como bocanada de aire fresco y faro en la oscuridad, fue celebrado el lugar que están ocupando los socialistas democráticos con el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, a la cabeza, aunque Boric advirtió que tomar su ejemplo no significa que sus formas y políticas se puedan replicar con exactitud en cualquier latitud.
La proximidad de estos comicios se vive con alarma por la injerencia que Estados Unidos ha tenido en distintos procesos electorales en América Latina, así como en los asuntos internos de Brasil desde el comienzo del juicio a Jair Bolsonaro, actualmente condenado por planificar un golpe de Estado. Frente a esa interferencia, el llamado fue a fortalecer un frente parlamentario continental que trabaje por la democracia, la soberanía y la integración, así como a potenciar organismos regionales como el Mercosur y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños. Pero la atención estuvo puesta también en construir y difundir herramientas para combatir la extrema derecha en la arena digital, con una alfabetización crítica de lo que sucede en ese espacio y peleando por la soberanía allí donde un par de superricos tienen el control. A apropiarse de las nuevas tecnologías y a no dar la espalda a la inteligencia artificial.
Como contracara de este encuentro se presentó el Escudo de las Américas creado por Trump. En ese espacio “se negocia cómo [Estados Unidos se va a] repartir los recursos de la región; nosotros nos encontramos aquí para hablar de paz, soberanía, desarrollo y derechos”, distinguió la secretaria general del partido oficialista mexicano Morena, Carolina Rangel Gracida. Como “la historia se escribe dos veces”, el sentido que José Martí le encontró en su momento a aquella invitación de Blaine, podría ser la respuesta de un gobierno progresista latinoamericano de la actualidad frente al “ofrecimiento” de integrar tal subordinación. “Jamás hubo en América, de la independencia hasta acá, asunto que requiera más sensatez, ni obligue a más vigilancia, ni pida examen más claro y minucioso, que el convite que los Estados Unidos potentes [...] y determinados a extender sus dominios en América hacen a las naciones americanas de menos poder”, escribió entonces el pensador cubano.
En esta oportunidad el centro de los discursos apuntó a la doctrina Donroe, no solo por la virulencia con la que el hegemón en el continente volvió a actuar en el segundo mandato de Trump, sino por la participación en el Congreso de legisladores y líderes demócratas críticos con las políticas de su país. Sin embargo, esta preocupación no impidió que se tratara la forma en que América debería vincularse con el resto del mundo. “No es Washington o Pekín. Relacionarnos con todos, someternos a ninguno”, resumió quien fuera en Honduras la candidata del progresismo a la presidencia, Rixi Moncada.
Quizás la tarea más ardua –así fue planteado por algunos asistentes– de aquí al próximo Congreso Panamericano no sea generar propuestas con el único fin de frenar a la derecha y extrema derecha, sino alternativas de futuro que miren más allá de lo establecido y enamoren a los electores. En cierto punto, la exministra chilena Camila Vallejo dio el puntapié inicial en Montevideo: “Hay que sacar la idea de que es más fácil pensar en el fin del mundo que [en el fin] del capitalismo”.
Sofía Kortysz Vaz, periodista.
