Le Monde Diplomatique Le Monde › Culturas

Luis Ignacio García.

Foto: Pablo Martínez

Crónicas del desconcierto

Contenido exclusivo con tu suscripción de pago
Contenido no disponible con tu suscripción actual
Exclusivo para suscripción digital de pago
Actualizá tu suscripción para tener acceso ilimitado a todos los contenidos del sitio
Para acceder a todos los contenidos de manera ilimitada
Exclusivo para suscripción digital de pago
Para acceder a todos los contenidos del sitio
Si ya tenés una cuenta
Te queda 1 artículo gratuito
Este es tu último artículo gratuito
Nuestro periodismo depende de vos
Nuestro periodismo depende de vos
Si ya tenés una cuenta Ingresá
Llegaste al límite de artículos gratuitos
Nuestro periodismo depende de vos
Para seguir leyendo ingresá o suscribite
Si ya tenés una cuenta
o registrate para acceder a 6 artículos gratis por mes

Editar

Este ¿libro?, ¿de crónicas, realmente?, es la lectura más real del momento. ¿O es acaso el zarpazo que querríamos darle a la realidad y amputarle la mano derecha del poder? La palabra fascismo tiene una historia pesada: evoca camisas negras, disciplina, doctrinas férreas y totalitarismos. El siglo XX nos enseñó a reconocerlo en uniformes y símbolos. Pero ¿qué ocurre cuando el autoritarismo ya no se presenta con esa solemnidad trágica, sino con el tono burlón de un meme?

En Fascismo..., el filósofo Luis Ignacio García propone una hipótesis tan incómoda como sugerente: el fascismo contemporáneo no aparece como fascismo, aparece como performance. (Insertar meme del presidente argentino Javier Milei “cantando” desaforado a Charly García).

El cosplay, esa práctica de disfrazarse como personajes de ficción, funciona aquí como metáfora política. El nuevo autoritarismo adopta retóricas extremas, pero lo hace con una ambigüedad que desarma la crítica. Cuando se señala el exceso, siempre hay una salida posible: era sarcasmo, era ironía, era trolling. Es decir, perdió hasta la seriedad del autoritario. El fascismo ya no se presenta como doctrina sistemática, sino como estética viral.

El libro, ahora sí, está compuesto por una serie de crónicas escritas originalmente en redes sociales durante el desconcierto político que siguió al triunfo de Milei. Pero lo que podría haber quedado como reacción coyuntural se transforma, en manos de García, en un intento por nombrar algo más amplio: una mutación cultural de la política. En este paisaje, las redes reemplazan a viejos aparatos ideológicos y los memes sustituyen a los panfletos. La provocación ocupa el lugar del argumento y la política se convierte en un territorio de espectáculo, y uno muy patético.

La tesis de García dialoga con la idea de posfascismo del historiador Enzo Traverso, quien sostiene que las nuevas derechas ya no son fascistas en el sentido clásico, aunque heredan sus impulsos: nacionalismo radical, antigualitarismo, desprecio por la democracia. García agrega un matiz decisivo: lo que cambió no es solo el contenido, sino el lenguaje. El fascismo del siglo XXI circula como cultura. La ironía funciona como escudo político, lo dice todo y al mismo tiempo niega que se haya dicho. En ese juego de ambigüedades donde la política se mezcla con la provocación y el marketing, el discurso autoritario encuentra un terreno paradójicamente fértil cuando todo está tan podrido.

En este punto, Fascismo cosplay sugiere algo inquietante: que Argentina podría estar funcionando como un laboratorio de estas mutaciones. Si Chile fue el experimento neoliberal de los años 1970, la Argentina actual podría ser un anticipo de nuevas formas de radicalización mediática. El libro no ofrece respuestas tranquilizadoras ni propone un programa político (¿cómo hacerlo?). Lo que intenta es algo más modesto y urgente: ponerle nombre a una época en la que el autoritarismo ya no marcha al ritmo de tambores, sino que circula disfrazado de broma. Reconocerlo quizá sea el primer paso para entenderlo. Y también para no subestimarlo.

Fascismo Cosplay. De Luis Ignacio García. Caja Negra, Buenos Aires, febrero de 2026. 224 páginas, 1.190 pesos.