¿Cómo es posible que un militante del movimiento neonazi lionés que estaba plenamente implicado en sus actividades y que publicaba en X mensajes como “Apoyo a Adolf”, “Habrá que desenterrar y fusilar a [Gisèle] Halimi” o “Muerte total a los negros” haya podido ser objeto de un minuto de silencio en la Asamblea Nacional francesa y que, incluso, se haya exhibido su retrato en la fachada de la sede del gobierno regional de Auvernia-Ródano-Alpes? Esta es una de las preguntas que han surgido tras la muerte de Quentin Deranque, ocurrida el 14 de febrero durante un enfrentamiento con antifascistas.1
En un giro digno de la obra 1984, de George Orwell, algunos afirman que ahora el fascismo estaría del lado de la izquierda, como lo hizo la revista Marianne el 19 de febrero. Otros, más numerosos, ponen en una misma bolsa a los “ultras” de ambos bandos y explican que su violencia no debería tener cabida en épocas de democracia. Es cierto que el juego político se ha pacificado considerablemente si se lo compara con los años 1970-1980, cuando las batallas campales entre quienes pegaban carteles o durante manifestaciones y actos políticos eran habituales. En el presente, la conflictividad política parece más verbal y se expresa sobre todo en las asambleas, los medios de comunicación o las redes sociales. Sin embargo, esta constatación oculta la existencia y la persistencia de una violencia callejera de extrema derecha que no tiene punto de comparación con aquella ejercida por otras corrientes ideológicas.
Genealogía de la violencia
Identificar sus límites y medir su evolución no es tarea sencilla: se trata de una violencia que reviste formas múltiples, muchas veces no registrada ni denunciada, y que emana tanto de colectivos más o menos identificables como de individuos aislados cuyas motivaciones e inclinaciones ideológicas exactas no siempre se conocen. A pesar de estas dificultades, una reciente investigación arrojó resultados contundentes: a la extrema derecha se le imputan 39 asesinatos o muertes violentas entre 1986 y 2017 (frente a seis de la llamada izquierda “radical”) y 299 agresiones (frente a 40); es decir, nueve de cada diez casos.2
Esta violencia tiene una historia. En Francia alcanzó picos máximos en los años 1930 y posteriormente, durante la guerra de Argelia, cuando el accionar de la Organización del Ejército Secreto (OAS) [todas las siglas son en francés] provocó más de 2.700 muertes a ambos lados del Mediterráneo. El fin del conflicto no la hizo desaparecer. Formados en la clandestinidad, en posesión de armas y con conocimientos sobre su manejo, diversos grupos e individuos comenzaron a involucrarse en los enfrentamientos políticos y sociales de la época.3 Después de 1968, organizaciones como Occident u Ordre Nouveau y sindicatos patronales –en especial la Confederación Francesa del Trabajo (CFT)– recurrieron al uso de la violencia. La cuestión argelina también agudizó el racismo cotidiano. En Marsella, el asesinato de un conductor de tranvía a manos de un argelino con trastornos psiquiátricos desató una ola de agresiones contra magrebíes. Entre agosto y diciembre de 1973, asesinaron a 17 de ellos y el consulado de Argelia en Francia informó que, entre sus ciudadanos, se habían registrado 50 muertos y 300 heridos durante todo ese año.
No obstante, el crisol de la guerra de Argelia pareció agotarse en los años 1980. Los atentados de 1987 y 1988 representaron el último coletazo de la violencia vinculada a la OAS. Llevados a cabo por miembros del Partido Nacionalista Francés y Europeo (PNFE), estos ataques contra dirigentes comunistas y contra el centro de inmigrantes de Cagnes-sur-Mer dejaron un saldo de un muerto y 15 heridos.
Desplazamiento hacia el agitprop
Este cese de la violencia se debió a una cuestión generacional, pero también estuvo vinculado a los éxitos electorales que comenzó a cosechar el Frente Nacional (FN) a partir de 1984, y que lo empujaron hacia una estrategia legalista que recomendaba apartar a los militantes más proclives a la confrontación. La violencia se desplazó entonces hacia grupos de skinheads de extrema derecha que estaban empezando a estructurarse. Entre ellos se destacaban las Juventudes Nacionalistas Revolucionarias (JNR), que se distinguían por sus agresiones racistas, homofóbicas y contra personas marginadas. Sin embargo, su auge se vio truncado por los antifascistas y las bandas de cazadores de skins (chasseurs de skins), quienes les disputaron el espacio público.
En ese contexto, la extrema derecha radical empezó a volcarse más hacia el agitprop, la puesta en escena y la comunicación que hacia la violencia propiamente dicha.4 A los apéros saucisson-pinard [aperitivos de salchichón y vino] organizados por el Bloc Identitaire les sucedieron las pancartas de Génération Identitaire (“732 - Recuerda a Carlos Martel” en la mezquita de Poitiers en 2012; “Las vidas blancas importan” durante una manifestación contra la violencia policial en 2020), la campaña “Defiende Europa” en las fronteras italiana y española, y las acciones de las femonacionalistas del colectivo Némésis –que se infiltran en manifestaciones feministas o actos políticos para denunciar las agresiones sexuales cometidas por “extranjeros” y por el islam–.
Nuevas formaciones y reagrupamientos
No obstante, el clima de ansiedad que se generó a partir de la cantidad de atentados que ocurrieron en 2015, de la crisis por el covid y de las incertidumbres ambientales e internacionales ha contribuido a la difusión de la idea de una guerra civil. Algunos grupos se organizan con vistas a una confrontación racial que pretenden acelerar por miedo a que después sea demasiado tarde. La inspiración de estos “aceleracionistas” proviene de las tesis de Renaud Camus sobre el “gran reemplazo” y de los manifiestos de Anders Behring Breivik y Brenton Tarrant, responsables respectivamente de las matanzas perpetradas en Oslo y en Utøya (Noruega) en 2011 (77 muertos y 151 heridos) y en Christchurch (Nueva Zelanda) en 2019 (51 muertos y 49 heridos). Por primera vez desde la guerra de Argelia, la Justicia empezó a intervenir en casos a los que denomina “terrorismo de ultraderecha”. Desde la Acción de Fuerzas Operativas (AFO) hasta los “Barjols”, pasando por el grupito OAS o el proyecto Waffenkraft (“poder de las armas” en alemán), más de 50 personas han sido procesadas o condenadas desde 2018 por intentar cometer un atentado o planear hacerlo contra personas de confesión musulmana o judía, contra francmasones o también contra representantes políticos, comercios o lugares de culto. La participación de militares, exmilitares o miembros de las fuerzas del orden inquieta a los jueces, quienes constatan que, “a diferencia de los casos yihadistas recientes, ninguno de los expedientes de ultraderecha en fase de instrucción revela dificultades por parte de los implicados para conseguir armas”.5
En paralelo, se están desarrollando un centenar de grupos locales que, la mayoría de las veces, se apoyan en espacios asociativos como L’Alvarium en Angers, La Traboule en Lyon o La Citadelle en Lille. Estas experiencias marcan una ruptura con la situación previa, en la que las estructuras de alcance nacional como Action Française (AF), Troisième Voie (TV), l’Œuvre Française o el Groupe Union Défense (GUD) ofrecían espacios de socialización militante y marcos ideológicos que competían entre sí. El relevo generacional y la disolución de la mayoría de estas organizaciones por parte de los sucesivos ministros del Interior favorecieron una apertura de fronteras internas y reagrupamientos de base local en torno a formas de sociabilidad y valores comunes. En suma, se trata de una colaboración entre facciones antes divididas: una inter-faf, según los términos de Marc de Cacqueray-Valménier, un militante que pasó por Action Française y el GUD, y fue fundador de los Zouaves Paris (una organización que fue disuelta por su violencia callejera).6 Entre las ideas aglutinadoras se destaca aquella que considera que ciertas poblaciones podrían desafiar impunemente el orden establecido, y que las instituciones encargadas de mantener ese orden no cumplirían con su función. Para ellos, esto aplicaría a la justicia “laxista”, a la policía “impotente”, a la escuela “claudicante” y, por supuesto, a la clase política “cómplice”. Por lo tanto, erigirse en sustitutos de estas instituciones deficientes para “ubicar” a estos “indeseables” aparece como una opción posible y también deseable.
Masculinidad y pasión por las armas
Quienes optan por este camino tienen, por lo general, una predisposición a la violencia y al virilismo. Tanto sus declaraciones públicas como sus intercambios privados coinciden en la necesidad de que el hombre sea capaz de defenderse y de proteger a los suyos. En las redes sociales aparecen influencers que dirigen programas destinados a darles a sus seguidores la oportunidad de convertirse en hombres o mujeres “de alto valor”, capaces de ajustarse a su ideal guerrero y de género. Algunos grupos organizan fines de semana en el bosque o competiciones agonísticas para foguear y endurecer a sus miembros. Los clubes de artes marciales identitarios, como los Active Clubs –que proponen el descubrimiento del “nacionalismo” y de “sus valores en comunidades centradas en el deporte”–, proliferan en muchas ciudades francesas y europeas, y las artes marciales mixtas (MMA, por su sigla en inglés) gozan de una gran aceptación en estos ambientes. Lo mismo ocurre con el coleccionismo de armas y la práctica de tiro deportivo. De hecho, muchos individuos llegan incluso a sumarse al ejército ucraniano para combatir contra Rusia con el fin de defender una “identidad europea”, adquirir destrezas marciales y saciar su sed de heroísmo.
Esta autodefensa del cuerpo individual (y de la familia) se combina con la de un “cuerpo nacional”. Se trata de protegerlo contra quienes lo “ensucian” y de castigar sus atropellos –incluso físicamente si fuese necesario–. Son tres los objetivos principales de esta atención violenta: las personas racializadas, las que pertenecen a la comunidad LGBTQ (lesbianas, gays, bisexuales, trans, queers) y los antifascistas. Las primeras suelen ser las más hostigadas y a quienes más se asocia de manera muy estrecha a las nociones de “invasión”, “delincuencia”, “asistencia”, “islam” y “terrorismo”. Las segundas son las que alterarían un orden sexual considerado natural y encarnarían una “anti Francia” “desvirilizada”, sin hijos, globalizada y multicultural. Las agresiones perpetradas por los skinheads neonazis a bares o a zonas de encuentro LGBTQ vienen de antaño, pero las movilizaciones contra el matrimonio igualitario (en 2012 y 2013) reavivaron esta suerte de policía de las costumbres. Por último, las riñas con los antifascistas siguen siendo frecuentes, dado que estos últimos encarnan una oposición organizada a todos los valores que ellos defienden.
En estos ámbitos, en donde masculinidad y pasión por las armas se vuelven ideas indisociables, la frontera entre la violencia política y la violencia privada a veces se desdibuja. Tal es el caso de Frédérik Limol, un preparacionista que, en diciembre de 2020, asesinó con un arma de guerra a tres gendarmes que habían acudido a su domicilio por una disputa doméstica; o el de Jérôme Décofour, miembro de la Brigade Française Patriote –cuyo lema es “Prepararse y resistir”–, quien en agosto de 2024 atropelló y mató a Djamel Bendjaballah, la pareja de su ex; o también el de Romain Bouvier y Loïk Le Priol, dos militantes del GUD que en marzo de 2022 asesinaron al rugbier Federico Martín Aramburú e hirieron a su amigo Shaun Hegarty tras un altercado en un bar parisino.
Por más inquietante que sea, esta nebulosa nacionalista e identitaria no es muy extensa. En 2019, Nicolas Lerner, por entonces al frente de la Dirección General de Seguridad Interior (DGSI), estimó que estaba conformada por entre 2.000 y 3.000 personas, pero que el núcleo duro se limitaba a unos 1.000 militantes, de quienes tenía elementos “para demostrar que ya han pasado a la acción o que podrían hacerlo”.7 Sin embargo, lo preocupante es que su influencia supera su importancia numérica.
En primer lugar porque, fuera de los casos más graves, los registros de la violencia racista resultan dramáticamente escasos. La encuesta de victimización “Vivencia y percepción en materia de seguridad” (VRS), llevada a cabo por el Ministerio del Interior, reveló que en 2022 más de un millón de personas de 18 años o más que viven en la Francia metropolitana fueron víctimas de al menos una agresión “de carácter racista” (es decir, el 2,4 por ciento de la población adulta total) y que menos del tres por ciento de ellas hizo la denuncia ante la policía o la gendarmería.8 Si bien no todos estos actos son atribuibles a los militantes de extrema derecha, los recurrentes testimonios de asociaciones de ayuda a los migrantes (como en Calais) o a las personas sin hogar demuestran que tienen una participación protagónica en ellos.
Por otro lado, los miembros de la extrema derecha cumplen un rol importante en el ámbito político-mediático. Algunos encuentran trabajo de la mano de representantes políticos de la Agrupación Nacional (RN) o del partido Reconquista, se codean con su círculo privado o participan en sus campañas electorales. Pero lo esencial es otra cosa. Sus atropellos llegan a ser interpretados por algunos políticos, periodistas y expertos como el reflejo de la exasperación de los ciudadanos comunes frente a la inseguridad, la inmigración o el islam. Una exasperación que, según ellos, exigiría respuestas enérgicas para evitar que pase lo peor.
Banalización y justificación
El método es viejo. Cuando en febrero de 1995 un grupo de militantes del FN que estaba pegando afiches asesinó a tiros a Ibrahim Ali en Marsella, Jean-Marie Le Pen comentó: “Al menos este desgraciado incidente atrajo la atención general sobre la presencia de 50.000 comorenses en Marsella. ¿Qué están haciendo ahí?”. En su momento, semejantes palabras generaron un escándalo. En cambio, cuando en diciembre de 2022 cientos de identitarios agredieron a hinchas de Marruecos en Lyon, Montpellier, Niza y París tras un partido de la Copa Mundial de Fútbol, terminaron culpando a estos últimos por los disturbios. Asimismo, cuando 80 matones llevaron a cabo una expedición punitiva en Romans-sur-Isère en noviembre de 2024, tras el asesinato de Thomas Perotto en Crépol, los comentaristas decían comprender su bronca y recategorizaron su muerte como “racismo antiblanco”.9
Esta banalización puede explicarse, en primer lugar, por las metamorfosis del sistema mediático, que se ha transformado en un sólido polo reaccionario, y en el que, en líneas generales, el periodismo de opinión se ha impuesto por sobre el de información.10 También es consecuencia del aislamiento de la clase política en sí misma, cuyos representantes están cada vez más profesionalizados, provienen de un mismo sector social y están desconectados de las organizaciones sociales y profesionales (asociaciones, sindicatos) que antes les servían de puente con el resto de la sociedad. Enfocados en sus propios juegos e intereses, parecen estar afectados por un “cretinismo parlamentario” –para retomar la mordaz frase de Karl Marx en El 18 Brumario de Luis Bonaparte–, esa enfermedad “que encierra en un mundo imaginario a quienes la padecen y los priva de todo sentido, de todo recuerdo, de toda comprensión de la crudeza del mundo exterior”.
Dentro de esta configuración, la extrema derecha ha logrado la proeza de subvertir los principios de visión y división del mundo social que prevalecían hasta entonces, reemplazando la brecha de clases por la oposición entre nacionales y extranjeros. Esta última se impone al conjunto de las fuerzas políticas y constituye una de las razones del éxito duradero del FN/RN, que ofrece un refugio identitario en apariencia simple (“estamos en casa”) frente a las múltiples dificultades y competencias que enfrentan sus votantes en el mundo del trabajo, la vivienda o el acceso a los servicios públicos.11 A través de sus golpes de efecto y de puño, los activistas de extrema derecha logran actualizar permanentemente esta lectura racial de las tensiones sociales, y así evitan cuestionar las estructuras socioeconómicas que las producen. Esto explica por qué los círculos conservadores gozan de la “comprensión” de muchos sectores; y también explica el homenaje que la propia República le hizo a uno de ellos.
Laurent Bonelli, profesor de Ciencia Política en la Universidad de París Nanterre. Traducción: Paulina Lapalma.
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N. de R.: Quentin Deranque era un militante de ultraderecha de 23 años perteneciente al grupo neofascista Allobroges Bourgoin. El 12 de febrero murió producto de las lesiones recibidas durante un enfrentamiento con el colectivo Joven Guardia Antifascista, en las afueras de una conferencia impartida por Rima Hassan, diputada del Parlamento Europeo por La Francia Insumisa (LFI) en Lyon. Hassan y LFI condenaron enérgicamente el ataque. ↩
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Ver Isabelle Sommier (dir.), Violences politiques en France. De 1986 à nos jours, Presses de Sciences Po, París, 2021. ↩
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Ver Frédéric Charpier, Les plastiqueurs. Une histoire secrète de l’extrême droite violente, La Découverte, París, 2018. ↩
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Ver Samuel Bouron, Politiser la haine. La bataille culturelle de l’extrême-droite identitaire, La Dispute, París, 2025. ↩
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Bulletin du parquet général sur le terrorisme [Boletín de la Fiscalía General sobre el terrorismo], “L’ultradroite en France hier et aujourd’hui”, N° 11, marzo 2021. ↩
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Ver Sébastien Bourdon, Drapeau noir, jeunesses blanches. Enquête sur le renouveau de l’extrême droite radicale, Seuil, París, 2025. ↩
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Adrien Morenas y Muriel Ressiguier, informe realizado a pedido de la comisión investigadora sobre la lucha contra los grupos de extrema derecha en Francia, Asamblea Nacional, París, 6-6-2019. ↩
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“Les atteintes à caractère raciste, xénophobe ou antireligieux en 2024”, Info rapide, N° 49, Servicio Estadístico del Ministerio del Interior (SSMI, por sus siglas en francés), París, marzo de 2025. ↩
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Ver Jean-Michel Décugis, Pauline Guéna y Marc Leplongeon, Une nuit en France, Grasset, París, 2025. ↩
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Serge Halimi y Pierre Rimbert, “Los medios: el negocio de la discordia”, Le Monde diplomatique, marzo de 2021. ↩
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Ver Patrick Lehingue y Bernard Pudal, Du FN au RN. Les raisons d’un succès, PUF, París, 2026. ↩