“Espero no ver la adhesión de Ucrania mientras viva, y espero vivir mucho tiempo”. Así es como expresa su preocupación Jerzy Plachta, un agricultor de Pińczów, una ciudad polaca situada en el voivodato de Santa Cruz, 80 kilómetros al norte de Cracovia. Su esposa Renata, que está a cargo de la gestión de la explotación de cereales y leguminosas de la familia, reorienta la discusión: “No tenemos nada en contra de los ucranianos, que se han adaptado bien. En 2022 nos ofrecimos como hogar de acogida para refugiados y donamos dinero a organizaciones benéficas o para la compra de drones. Los apoyamos, pero su país es peligroso para la agricultura polaca”.
El trigo ya está alto y los primeros porotos rojos comienzan a germinar a finales de mayo en estos campos abiertos salpicados de pequeños bosques de pinos y robles negros. Desde que Polonia entró en la Unión Europea, en 2004, los Płachta venden sus productos a empresas francesas instaladas en el país: Auchan, Casino, Carrefour y, sobre todo, Leclerc –que además exporta parte de lo que compra a Francia–. Jerzy relata cómo fue el pedregoso camino para conseguir posicionarse en donde está hoy: “Las empresas francesas exigen la certificación IFS Food, una norma de seguridad y calidad cuyos requisitos debemos respetar. Y para recibir las subvenciones europeas, tenemos que detallar cuántas veces labramos la tierra, cumplir con el tipo de semilla, el ritmo de la siembra, etcétera. Cada vez son más las cosas que tenemos que registrar en los libros que los inspectores vienen a verificar todos los años”.
En su momento, el esfuerzo valió la pena. “Pero desde que empezó la guerra en Ucrania, todos los precios bajaron a la mitad –señala Jerzy–. Con la llegada de los productos ucranianos, tuvimos que reducir nuestros costos y la cantidad de empleados. Teníamos diez en 2014, ahora tenemos solo dos. Un tercio de las explotaciones de nuestra región de Santa Cruz tienen problemas financieros. Muchos están abandonando el rubro”. De regreso a su pueblo, el campesino se detiene ante la obra de la casa que su mujer y él están haciendo construir para uno de sus hijos. Las comodidades que se pueden ver de la futura vivienda demuestran su éxito. Sin embargo, Jerzy se lamenta porque su hijo no quiere llevar esa vida en el campo y prefiere instalarse en la ciudad, en Cracovia.
A pocos kilómetros de ese lugar, Marcin Biesaga heredó la explotación de sus padres, que cultivaban tabaco y tomates. En unos veinte años, pasó de tener diez hectáreas a tener 200, y también sumó nuevos cultivos: trigo, apio y papas. Sus declaraciones son más radicales: “Polonia ha dado demasiado por Ucrania, incluso a expensas de nuestra economía. Se importan muchos alimentos ucranianos libres de controles, como la colza o la miel, por ejemplo”. Él también lamenta el desplome de los precios que siguió a la exención de aranceles aduaneros para los productos agrícolas ucranianos en 2022. Al detenerse frente a un montón de tubérculos, nos explica que la misma bolsa de 15 kilos que los intermediarios le compran por 0,75 euros luego se ofrece en las tiendas a seis. Para él, “una adhesión apresurada de Ucrania provocaría una crisis total”.
Al igual que los Plachta, Biesaga participó en marzo de 2023 en el bloqueo de la terminal de Złote Ziarno, que es el lugar por donde pasa la única vía de ferrocarril del país que tiene el ancho de una vía internacional (1,52 metros en la antigua Unión Soviética frente a los 1,435 metros en el resto de Europa, salvo España, Finlandia e Irlanda). Esta línea fue la que permitió el transporte de los cereales ucranianos en el marco de los “corredores de solidaridad” improvisados por la Unión Europea al comienzo de la guerra y de los combates en el mar Negro.1 En teoría, los granos solo iban a “pasar” por Europa Central, pero terminaron inundando los mercados regionales. Ante la emergencia, Polonia prohibió estas importaciones, y luego Rumania, Hungría, Eslovaquia y Bulgaria siguieron el ejemplo. En aquel momento, el comisario europeo de Agricultura era Janusz Wojciechowski, expresidente del Partido Campesino y miembro del partido conservador Ley y Justicia (PiS en polaco). Él fue quien estuvo a cargo de la gestión de la crisis desde Bruselas: “Fue muy difícil –nos confiesa–, pero la comisión terminó legalizando de facto el embargo que Polonia había impuesto de forma ilegal en abril de 2023 al autorizar a cinco países a prohibir los productos ucranianos en sus mercados. Cabe destacar que Varsovia nunca levantó su embargo unilateral y la comisión no tomó ninguna medida al respecto”.
Competencia desleal
A cinco kilómetros de la frontera ucraniana, ya se respira el aire de la guerra. Mieczysław Środa, agricultor en Żniatyn, perdió a dos amigos en 2022, que fueron víctimas de la caída de un misil de defensa aérea en el pueblo vecino de Przewodów. Su explotación, herencia de su padre, creció luego de que comprara un sovjoz (granja estatal) para producir trigo, remolacha azucarera, colza y porotos. “Lo ideal sería que los ucranianos respetaran las normas europeas, pero no lo hacen –asegura Środa, refiriéndose en particular al uso de pesticidas prohibidos–. Sin embargo, incluso si cumplieran con las normas, son demasiado competitivos gracias a sus suelos de gran calidad [las famosas tierras negras o chernozem] y a los conglomerados gigantes controlados por extranjeros. De hecho, las dificultades que hemos encontrado en nuestra lucha contra las importaciones desleales provienen precisamente de la influencia de esas empresas europeas que ponen por delante sus intereses”.
“Al contrario de lo que podría pensarse, la agricultura ucraniana está más mecanizada que la de Occidente. El tamaño de las explotaciones marca la diferencia y permite amortizar el costo de máquinas ultramodernas”, agrega Krzysztof Nykiel, presidente de la Asociación Nacional de Productores de Remolacha Azucarera. “Si nada cambia y los precios se mantienen a este nivel, será Europa la que sufrirá enormes estragos –advierte con preocupación–. Cuando vamos a Bruselas y hablamos acerca de esta situación con los representantes de Francia y de otros países, nos preocupa quedar atrapados en un callejón sin salida por los acuerdos que también se han firmado con el Mercosur, India o Australia, países que cultivan caña de azúcar a precios sumamente bajos”.
Ucrania es el primer país agrícola del continente después de Rusia en tierras de cultivo particularmente ricas en humus. Tiene 32,9 millones de hectáreas, es decir, el doble que Francia (16,2) y el triple que Polonia (11,2).2 Por eso, podría aspirar a una parte considerable del presupuesto de la política agrícola común. En 2020, Ucrania produjo 85 millones de toneladas de cereales, frente a los 53 de Francia y los 35 de Polonia. Más de la mitad de la superficie agrícola ucraniana provechosa (57 por ciento) está en manos de empresas dueñas de más de 1.000 hectáreas, cuando la media de las explotaciones en Polonia es de 11 hectáreas. Los conglomerados son especialmente imponentes en el sector del grano y de la remolacha azucarera, con una media de 23.700 hectáreas por explotación (1.763 veces la media europea). Como consecuencia, los costos de producción del trigo representan solo el 60 por ciento comparados con los de la Unión Europea, y los del maíz, el 75 por ciento.3
En 2023, los agricultores no fueron los únicos que manifestaron su descontento en Polonia. A fines de noviembre de 2023, el sector del transporte de carga bloqueó la frontera con Ucrania e impidió el paso de miles de camiones en el sureste del país. Denunciaban el acuerdo de libre circulación firmado entre Ucrania y la Unión Europea, que a partir de junio de 2022 había eliminado el sistema de licencias que hasta entonces regulaba la entrada de los transportistas ucranianos. “El gobierno polaco nos había prometido que no lo iban a renovar”, recuerda Waldemar Jaszczur, líder de las protestas en aquel momento. Sin embargo, tres años más tarde, el Parlamento Europeo votó a favor de una nueva prórroga del acuerdo. Ahora, el sector se hunde en la crisis.
Líder en el continente, con aproximadamente el 20 por ciento del mercado medido en toneladas-kilómetro –del cual dos tercios corresponden a viajes fuera del país–4, el transporte de carga polaco queda en desventaja y pierde terreno frente a las empresas ucranianas. Estas últimas ofrecen tarifas mucho más atractivas gracias a los bajos salarios (50 por ciento menos) y a la ausencia de ciertos costos vinculados a las normas europeas. Esta competencia se siente con especial fuerza en las entregas dentro de un país del cual la empresa no es originaria. Aunque en teoría está prohibido para las firmas ucranianas, este fenómeno se está extendiendo en perjuicio de las empresas polacas, que antes de 2022 realizaban el 44 por ciento de estos traslados dentro de la Unión.
Además de las dificultades en el transporte hacia el oeste, los camioneros polacos ven cómo se les van cerrando las puertas hacia el este. Rusia, que solía ser un destino prioritario para Jaszczur, ahora está vedada por las sanciones. El comercio con Ucrania también se les escapa de las manos. “Ya no somos rentables”, lamenta Marzena Fik, quien trabaja en la empresa de su padre, Janusz. Con sede en Zamość, a unos 50 kilómetros de la frontera ucraniana, la compañía contaba en 2022 con una flota de diez camiones que transportaban fruta desde los puertos holandeses hasta Leópolis, la principal ciudad del oeste de Ucrania. Hoy en día solo quedan cinco. “Al principio de la guerra, nuestros choferes ya no querían ir a Ucrania porque tenían miedo”, explica. Esas semanas de incertidumbre se tradujeron en una pérdida del mercado. Mientras que en 2021 los transportistas polacos representaban el 38 por ciento del tráfico fronterizo, en 2023 pasaron a representar apenas el ocho por ciento, según la aduana polaca.
A esta delicada coyuntura se suman el constante aumento de los salarios, los precios de la energía y la escasez de mano de obra, todos síntomas de una economía cada vez más parecida a la de sus socios occidentales. Consciente de que solo puede contratar personal en el extranjero, Jaszczur le reclama al gobierno que “simplifique los trámites de las visas”. Nueve de cada diez de sus choferes son bielorrusos. “Nuestra única perspectiva es bajar la persiana de acá a fin de año”, lamenta por su parte Marzena Fik, cuya empresa correrá la misma suerte que viene alcanzando a otras 1.500 del sector desde principios de 2025.
Provocación ucraniana
A estas preocupaciones económicas y sociales se suman las disputas por la memoria histórica. Esta tensión se intensificó a partir de las reivindicaciones del presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, hacia figuras nacionalistas que colaboraron con la Alemania nazi en las masacres de judíos y polacos durante la Segunda Guerra Mundial.5 El 19 de junio, tras la última provocación ucraniana –el nombramiento de una unidad militar en homenaje al Ejército Insurgente Ucraniano, responsable de crímenes masivos en Volinia–, el presidente polaco, Karol Nawrocki, decidió retirarle a Zelenski la Orden del Águila Blanca, la máxima distinción del país, que le había sido otorgada en 2023. Este hecho marca el comienzo de una crisis diplomática de una magnitud sin precedentes entre ambas naciones.
Como resultado, la sociedad polaca pasó de celebrar la cercanía –cultural e idiomática– entre ambos pueblos y figurar entre los defensores más fervientes de Ucrania a tomar distancia. Una encuesta de opinión pública mostró que, entre febrero de 2024 y noviembre de 2025, quienes se oponían al apoyo militar a Ucrania pasaron del 26 por ciento al 39 por ciento, mientras que los que estaban a favor representaban solo el 44 por ciento. Por otra parte, el 47 por ciento consideró que “el Estado polaco ayuda demasiado a los refugiados ucranianos”, y apenas un siete por ciento opinó que la ayuda era “muy escasa”. En cuanto a la integración a la Unión Europea, el 25 por ciento de los polacos se opuso por completo por creer que “eso solo perjudicará a Polonia”; el 17 por ciento sostuvo que Ucrania “primero debe cumplir con los criterios de admisión y resolver sus problemas con Polonia respecto a la historia y la economía”; el 20 por ciento hizo referencia únicamente a los criterios que se deben respetar, y solo el 15 por ciento se mostró a favor sin reservas “por la seguridad de Europa”.6
Este escepticismo no ha parado de aumentar encuesta tras encuesta, al punto de que, a la derecha del ya de por sí conservador PiS, emergieron dos partidos que se nutren de ese descontento: Konfederacja Wolność i Niepodległość (Confederación, Libertad e Independencia, que agrupa al Movimiento Nacional y Nueva Esperanza) y Korona (Confederación de la Corona Polaca). “Asistimos a un aumento del sentimiento antiucraniano –asegura, por ejemplo, Michał Wawer, vicepresidente del Movimiento Nacional y diputado por Konfederacja–. Estoy casi seguro de que la idea de una adhesión de Ucrania se vería como el anticipo de una inmigración todavía mayor y más problemática. La otra preocupación, por supuesto, es el temor a que esto arrastre a Polonia y a toda Europa a una guerra contra Rusia”.
Protesta antiucraniana en recuerdo de la masacre de Volinia y la limpieza étnica contra los polacos en el monumento a Adam Mickiewicz en la Plaza Mayor en Cracovia, Polonia, el 24 de agosto de 2025.
Foto: Beata Zawrzel, Nurphoto, AFP
Como muestra de un malestar que no cesa de crecer, y con las próximas elecciones legislativas programadas para el otoño boreal de 2027, todos los demás partidos rechazaron nuestra invitación a pronunciarse sobre el tema. El mismo recelo percibimos por parte del viceministro de Relaciones Exteriores, Marcin Bosacki, quien siempre estuvo dispuesto... ¡dispuesto a postergar la entrevista propuesta! Este giro rotundo resulta un tanto paradójico si se tiene en cuenta que fue Polonia la que alentó a Ucrania a presentar su solicitud de adhesión cuando comenzó la guerra. “Varsovia a menudo se encontró sola en sus sucesivas propuestas para ofrecerle explícitamente a Ucrania una perspectiva de ingreso, mientras que Europa Occidental se mostraba reticente”, recuerda el historiador y politólogo Lukasz Adamski. El director del Centro Mieroszewski, dedicado al estudio de las sociedades de Europa Central y Oriental, añade: “El coraje con el que Ucrania defiende su soberanía contribuye a nuestra seguridad. Sin embargo, la presión que ejercieron algunos funcionarios ucranianos para lograr que la adhesión se concretara lo antes posible resulta inaceptable para la opinión pública polaca, que todavía recuerda los enormes esfuerzos que Polonia tuvo que hacer para cumplir con las normas europeas”.
El éxito polaco
En 1990, el producto interno bruto (PIB) de Polonia (medido en paridad de poder adquisitivo) representaba menos de la mitad del PIB de Ucrania.7 ¡En 2024 ya era tres veces mayor! El “despegue” económico del país salta a la vista: desde los rascacielos de Varsovia hasta las nuevas autopistas impecables que cruzan el territorio de punta a punta. Se nota incluso en los pueblos más chicos, en sus casas elegantes y bien cuidadas. Desde su ingreso a la Unión Europea, en 2004, Polonia es el país que mayor crecimiento ha registrado entre los 27 miembros. Además, es el principal beneficiario neto de los fondos europeos, con 261.000 millones de euros recibidos en sus primeros 20 años, es decir, el triple de lo que aportó.8
El intendente de Zamość, Rafał Zwolak, nos propone subir a la torre del edificio municipal para contemplar la ciudad. A 52 metros de altura sobre la plaza del mercado y sus fachadas coloridas, oficia de anfitrión y nos cuenta: “Al principio, nuestra ciudad, de 58.000 habitantes, era una de las tres que más fondos recibían por parte de la Unión; llegamos a recibir hasta el 50 por ciento de nuestro presupuesto. Esto nos permitió restaurar numerosos edificios. Miren la Academia, la segunda universidad más antigua de Polonia, y después la catedral, la iglesia franciscana, las murallas. Haber podido poner en valor nuestro patrimonio hizo que el turismo creciera muchísimo. En el caso del zoológico, por ejemplo, la cantidad de visitantes pasó de 20.000 personas en 2004 a 250.000 en la actualidad”.
De acuerdo con una evaluación internacional de febrero pasado, una vez terminada la guerra, el costo de la reconstrucción de Ucrania superaría los 500.000 millones de euros.9 En una hipotética Europa de 36 miembros entre los que estarían los países de los Balcanes, Georgia, Moldavia y Ucrania, esta última absorbería el 40 por ciento de los fondos europeos, según un estudio de proyección.10
Para los más optimistas, el éxito polaco podría servir de ejemplo a Ucrania y, al mismo tiempo, beneficiar a su propio país. “Es el único gran vecino de Polonia con una cultura muy cercana, una zona de expansión natural para nuestros negocios”, explica Jakub Karnowski, presidente-director general (PDG, por sus siglas en francés) de KredoBank, un banco polaco que opera en el mercado ucraniano. Karnowski también fue jefe de gabinete de Leszek Balcerowicz, el ministro de Finanzas tras la caída del comunismo y principal artífice de la “terapia de choque”.
En los pasillos de vidrio de la prestigiosa escuela de comercio de Varsovia, los estudiantes ucranianos visten sus vyshyvanka, las tradicionales camisas con bordados coloridos. Las discusiones frente al pizarrón giran en torno a los desafíos macroeconómicos del país. Con gráficos y propuestas en mano, la asociación estudiantil para la reconstrucción de Ucrania presenta su informe. Karnowski supervisa sus trabajos y sigue de cerca sus trayectorias. “La mayoría de estos jóvenes vive en Polonia desde hace varios años y se va a quedar acá”. Algunos de ellos no han vuelto a su país desde que empezó el conflicto para evitar el reclutamiento en el ejército. Ese es el caso de Danylo, quien duda cuando se le pregunta sobre la posibilidad de regresar: “No sé, dependerá de cómo evolucione la situación política”.
Con un panorama demográfico sumamente crítico, Ucrania espera que su diáspora regrese. “Ambos países van a terminar compitiendo por la mano de obra”, predice Karnowski. Es que, por su parte, Polonia enfrenta una dinámica similar, con una tasa de fecundidad que cayó a 1,09 hijos por mujer. Muchos empresarios ven una oportunidad en la prometida adhesión de Ucrania. “Podríamos sacar ventaja de esa situación, del mismo modo que Alemania se benefició con nosotros”, sonríe Dariusz Szymczycha, vicepresidente de la Cámara de Comercio Polaco-Ucraniana y militante comunista durante toda la década de 1980, que luego se desempeñó como asesor del expresidente socialdemócrata Aleksander Kwaśniewski y organizó el referéndum para el ingreso de Polonia a la Unión Europea. “Ya nos estamos preparando para la reconstrucción. Nos podemos posicionar en sectores como la construcción, la energía, la banca o los productos agrícolas industrializados”, enumera Szymczycha.
Consciente de que la competencia será feroz, Varsovia quiere creer en sus fortalezas. “Desde el inicio de la guerra, aparecieron muy pocos actores nuevos en el mercado ucraniano. Los ganadores serán quienes ya estaban ahí, y ese es nuestro caso”, analiza Karnowski con entusiasmo. “La única adquisición financiera importante en tiempos de guerra proviene de una empresa polaca”, señala Szymczycha, en referencia a la reciente compra de la filial ucraniana de MetLife por parte del gigante de los seguros PZU.
Más allá de la ayuda humanitaria y del envío de material militar, los lazos económicos entre ambos países se están estrechando. Polonia es el segundo socio comercial de Ucrania y su principal mercado de exportación, según la Cámara de Comercio Polaco-Ucraniana. De hecho, una parte del petróleo y del gas transita por los puertos polacos. Algunos trabajadores podrían beneficiarse con la incorporación de Ucrania, reconoce Bartosz Rydliński, profesor de Ciencia Política y responsable del área de educación de la OPZZ, la principal central sindical del país: “Para el resto, la lógica del capitalismo global sigue siendo la misma –agrega–. Mis compatriotas polacos ofrecieron mano de obra mucho más barata en Reino Unido, Suecia o Irlanda cuando nos sumamos a la Unión Europea. Los ucranianos van a hacer lo mismo. Por eso, los sindicatos polacos y europeos deben comprometerse de cara al futuro a informar a los trabajadores ucranianos sobre sus derechos. Hay que sindicalizarlos y explicarles que, al fin y al cabo, el dumping social no beneficia a nadie”.
Desconfianza europea
Aunque Zelenski aspira a que su país pase a formar parte de la Unión Europea en 2027, todos coinciden en que será un largo proceso; incluso los propios estudiantes ucranianos de la escuela de comercio coinciden en que, antes, su país necesita llevar a cabo reformas profundas, en especial para combatir la corrupción y adaptarse a las normas europeas. Lamentan, además, las recientes divisiones en la Rada (el Parlamento) que demoran la aprobación de las medidas que exige la Comisión Europea. “Nuestras negociaciones duraron cuatro años”, recuerda Szymczycha, quien espera que la apertura del primer capítulo de negociación el 15 de junio –tras el levantamiento del veto húngaro por parte del gobierno de Péter Magyar– “dé un respiro al ala reformista en Kiev”.
“Ucrania cuenta con los recursos suficientes para dominar el mercado europeo, en especial en lo que respecta a cereales y producción ganadera”, reconoce Wojciechowski, quien defiende que los grandes conglomerados no deberían recibir incentivos. Sin embargo, el exfuncionario hace hincapié en la tarea que tienen por delante los países de la Unión Europea: “Para prepararnos, tenemos que fortalecer nuestra agricultura siguiendo el modelo italiano: pequeñas explotaciones –muchas de ellas familiares, pero con un gran nivel de procesamiento local–, productores muy integrados en la cadena de valor, sellos, inversión en calidad y productos orgánicos, etcétera”. Para él, la Comisión de Bruselas debería promover un enfoque de este tipo, capaz de competir con el modelo agroindustrial ucraniano. Pero ahí es justamente donde reside el problema: “El próximo presupuesto de la Política Agrícola Común (PAC) prevé un recorte del 30 por ciento –se lamenta–. Si así es como preparamos el futuro, vamos a terminar destruyendo nuestra agricultura”.
La quinta Conferencia sobre la Reconstrucción de Ucrania, que se desarrolló a fines de junio en Gdansk, le otorgó un papel central a su adhesión a la Unión Europea. En su discurso de apertura, el primer ministro polaco, Donald Tusk, sopesó la incorporación de su vecino al bloque occidental como “una misión civilizatoria”. En esa oportunidad, la Comisión Europea también aprobó el desembolso del primer tramo del préstamo de 90.000 millones de euros, destinado a financiar el presupuesto fuertemente deficitario del Estado ucraniano en guerra.
Sin embargo, detrás del centenar de contratos y cartas de intención firmados –sujetos a que la guerra llegue a su fin–, la conferencia sirvió para ilustrar el clima de desconfianza que crece en Europa Central: ni el presidente Zelenski ni su par polaco asistieron al encuentro y varios acuerdos entre empresas estatales de ambos países se cancelaron a último momento a pesar de los llamados a la calma de los sectores empresariales. Cualquier horizonte de paz queda anulado si antes no se abordan con seriedad los desafíos que plantean la adhesión de Ucrania y el resurgimiento de sus demonios ultranacionalistas.
Philippe Descamps y Filip Meyer, periodistas en Varsovia, enviados especiales. Traducción: Paulina Lapalma.
Pasos para unirse a la Unión Europea
La tentación del atajo
“Ya es momento de avanzar con audacia en la integración de Ucrania a la Unión Europea mediante soluciones innovadoras que representen pasos inmediatos”. El 22 de mayo, el canciller alemán, Friedrich Merz, propuso un estatus intermedio para Ucrania. Como “miembro asociado”, el país podría participar de forma acelerada en todas las instituciones, pero sin derecho al voto. De este modo, se beneficiaría de la cláusula de defensa mutua prevista en el artículo 42 del Tratado de la Unión, esquivando el espinoso proceso de adhesión contemplado en el artículo 45 del mismo tratado. La iniciativa de Merz se suma a las presiones del ejecutivo europeo en Bruselas. En sintonía con esto, la comisaria europea de Ampliación, Marta Kos, declaró el 17 de marzo que abriría todos los capítulos de la negociación de “manera informal”, incluso antes de que los Estados miembros se pronuncien al respecto.
Algo inédito. Un atajo así dejaría de lado el debate sobre las reformas que muchos consideran necesarias antes de cualquier nueva ampliación, tras las siete anteriores que hicieron pasar a la Unión de seis a 28 miembros –27 desde la salida de Reino Unido en 2020–. Por lo general, el proceso contempla tres grandes etapas: la candidatura, las negociaciones y, finalmente, la adhesión. Para ser candidato, es necesario ser un Estado situado en Europa (en un sentido geográfico amplio, que llega hasta Transcaucasia), respetar y promover los “valores europeos”, y contar con el apoyo unánime de los miembros actuales. Hoy en día, nueve países obtuvieron ese estatus, en el siguiente orden: Turquía, Montenegro, Serbia, Macedonia del Norte, Albania, Ucrania, Moldavia, Bosnia y Herzegovina, y Georgia. La candidatura presentada en 2022 por Kosovo [país no reconocido por Uruguay] no recibió la aprobación de los 27, de los cuales cuatro países no lo reconocen como Estado independiente y soberano. La de Islandia podría reactivarse tras el referéndum previsto en la isla para fines de agosto. Por su parte, los suizos rechazaron ingresar a la Unión en una consulta popular en 1992, y los noruegos lo hicieron en dos oportunidades, en los referéndums de 1972 y 1994.
En una segunda instancia comienzan las negociaciones, iniciadas por ejemplo por Turquía en 2005, pero oficialmente paralizadas desde 2019. En el caso de Ucrania, el inicio formal de las negociaciones fue posible a fines de 2023, cuando el primer ministro húngaro se retiró de la sala del Consejo Europeo para no romper el consenso requerido y para salvar las apariencias. Sin embargo, hasta su derrota en las elecciones de abril pasado, Viktor Orbán se oponía a la apertura de debates concretos por “capítulos”. En cambio, su sucesor Péter Magyar accedió a ello a cambio del compromiso de Ucrania de restituir los derechos lingüísticos y culturales de su minoría húngara. El 15 de junio se iniciaron las conversaciones sobre el primer grupo de capítulos: sistema judicial y derechos fundamentales, licitaciones públicas, estadísticas y control financiero. No obstante, Magyar declaró querer tomarse el tiempo que fuera necesario y que no estaba en sus planes autorizar las negociaciones sobre todos los puntos al mismo tiempo.
La comisión lidera los debates y es la encargada de mantener informados al Consejo y al Parlamento Europeo. Se considera que un capítulo está “cerrado” cuando el país candidato demuestra que aplica de manera efectiva el “acervo comunitario” o que se compromete a implementarlos antes de la fecha de adhesión. Por lo general, las disposiciones transitorias se ponen en marcha mediante la aprobación de leyes en el país en cuestión, impulsada por subsidios europeos a través de diversos programas de fomento para los candidatos.
Una vez cerrados todos los capítulos, la adhesión queda sujeta a la aprobación del Consejo (por unanimidad de los gobiernos) y del Parlamento Europeo. El ingreso se oficializa en un tratado que debe ser firmado y luego ratificado por el país candidato y por cada uno de los Estados miembros. En Francia, desde 2005 (artículo 88-5 de la Constitución), el presidente puede optar por una ratificación mediante referéndum o convocar al Congreso; en este último caso, la aprobación del tratado de adhesión debe reunir una mayoría de tres quintos de la Asamblea Nacional y el Senado reunidos en sesión plenaria.
Philippe Descamps. Traducción: Paulina Lapalma.
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Corentin Léotard, “Amargos cereales ucranianos”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, setiembre de 2023. ↩
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Datos disponibles en la página web “Terres arables”, 2023. ↩
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“UE/Ukraine: analyse des principales productions végétales agricoles”, farm-europe.eu, 16-12-2024. ↩
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“Le transport routier de marchandises sous pavillons européens en 2024”, statistiques.developpement-durable.gouv.fr, 26-11-2025. ↩
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Catherine Gousseff, “En los confines de Ucrania y Polonia”, Le Monde diplomatique, edición Uruguay, junio de 2026. ↩
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“Ukraine and Polish-ukrainian relations, as seen by poles”, Centre Mieroszewski, enero de 2026. ↩
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“PIB (PPA internationaux constants de 2011)”, donnees.banquemondiale.org. ↩
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Aleksandra Krzysztoszek, “La Pologne a triplé le ‘retour sur investissement’ de son adhésion à l’UE”, euractiv.com, 2-5-2024. ↩
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“Ukraine, Fifth rapid damage and needs assessment”, Banco Mundial, Unión Europea, gobierno de Ucrania y Naciones Unidas, documents1.worldbank.org, febrero de 2026. ↩
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Carlo Bastasin, “Want Ukraine in the EU? You’ll have to reform the EU, too”, brookings.edu, julio de 2023. ↩