Le Monde Diplomatique Le Monde › Culturas

Emmanuel Carrère en Paris.

Foto: Julie Sebadelha / AFP

El cruzador de límites

Emmanuel Carrère.

Contenido exclusivo con tu suscripción de pago
Contenido no disponible con tu suscripción actual
Exclusivo para suscripción digital de pago
Actualizá tu suscripción para tener acceso ilimitado a todos los contenidos del sitio
Para acceder a todos los contenidos de manera ilimitada
Exclusivo para suscripción digital de pago
Para acceder a todos los contenidos del sitio
Si ya tenés una cuenta
Te queda 1 artículo gratuito
Este es tu último artículo gratuito
Nuestro periodismo depende de vos
Nuestro periodismo depende de vos
Si ya tenés una cuenta Ingresá
Llegaste al límite de artículos gratuitos
Nuestro periodismo depende de vos
Para seguir leyendo ingresá o suscribite
Si ya tenés una cuenta
o registrate para acceder a 6 artículos gratis por mes

Editar

En setiembre, Emmanuel Carrère estará en Montevideo en el marco de la Feria Internacional del Libro.1 En el proceso de entrenar para el encuentro con uno de los mayores escritores vivos de la lengua francesa, se preparó este artículo. Mientras elude y alude, el texto aborda genealogías, obsesiones y una posible redención.

Un escritor, o mejor dicho la obra de un escritor, es un recorrido. No es su vida, pero se parece. Lo que leemos, en todo caso, puede acercarnos a otra identidad o a identidades que se proyectan, o directamente se exhiben, en las páginas de un libro. ¿Es un espejo? No es tan simple. Es probable que configure en todo caso una impostura. Sin ir todavía tan lejos, sin meternos aún en laberintos y límites morales, es mejor quedarse en el concepto de la obra de un escritor como la proyección hacia diversas identidades. Cercanas o no. Convengamos, como punto de partida, que la obra de un escritor es un recorrido y que por eso deja un rastro. ¿Qué hacemos con ese rastro? ¿Significa algo? ¿Tiene sentido investigarlo, darlo vuelta, desmenuzarlo, destriparlo? ¿Qué hacemos cuando es el propio autor, el escribidor y sus espejos, quien decide investigarse, desmenuzarse, destriparse?

El objeto de la obra de Emmanuel Carrère es Emmanuel Carrère. El propio Emmanuel, queda muy claro en sus libros y este es un dato relevante, no lo sabía cuando empezó a escribir sus primeras novelas juveniles de ficción, ni tampoco lo tenía muy claro cuando sobrevinieron las sucesivas crisis vitales y puntos de inflexión literarios que explicitará de forma magistral en El Reino (2014) y en Yoga (2020). Nombro esos dos libros centrales ahora, al inicio de este artículo, porque siendo acaso ineludibles, por esa misma razón elijo prescindir de ellos para analizar Koljós (2025). ¿Es posible esto? Sí, en tanto son dos catedrales, en el carácter vargaslloseano del término, con centros gravitacionales tan potentes que pueden estropear y eclipsar otras configuraciones de sentido.

Para llegar a Koljós no se necesita un mapa, porque una de sus cualidades es la de configurar su propio auxilio cartográfico en varias capas, de las cuales la más evidente es la genealógica. Carrère refiere a esto en las primeras páginas. Anuncia que los relatos que más lo conmueven son aquellos que muestran al mismo tiempo las dimensiones horizontal y vertical de la vida. En tanto el concepto de verticalidad remite a las relaciones entre generaciones, Koljós es para él su primera gran obra multidimensional, y de alguna forma definitiva, que busca cerrar una interpretación sobre su familia, sobre todo de las líneas genealógicas maternas (que son las de su particular interés, y esto tiene que ver con Hélène Zourabichvili y con la relación de ambos –madre e hijo– con “lo ruso”).

En las capas verticales que va desarrollando el libro, destaca un punto de fuga central: la catástrofe de los bisabuelos maternos en 1927, cuando fueron expulsados de Georgia y terminan en un durísimo exilio en Francia. Si bien en Koljós se cuentan otras líneas que derivan de antepasados prusianos, lo central es desentrañar lo que pasó con el abuelo Georges Zourabichvili (un trauma familiar que Emmanuel circunvala una y otra vez), y seguir la brillante carrera intelectual de Hélène (con su contracara glacial en la interna familiar), por cierto “una historiadora soviética”, como la define el propio Emmanuel con una dosis de acidez brutal solo entendible en el marco de una relación filial tóxica que es central en Koljós.

El problema de “lo ruso” es uno de los grandes temas de toda la obra de Carrère. Esto no escapa a los lectores más minuciosos. Tampoco escapa que sus libros se superponen unos a otros, incluso se intersectan. Sigamos dejando fuera a El Reino y Yoga, multidimensionales en sentidos y temáticas de educación espiritual y de una posibilidad de autoconocimiento que entreteje Emmanuel y que deja entrar en su obra de forma muy lenta, pese a su cinismo racionalista europeo: la meditación, el taichí, el yoga, las caminatas por senderos, todas cosas en principio atribuidas a otros (sus parejas, el propio Limónov) y que son tanto o más relevantes que sus propias desventuras psiquiátricas (y químicas).

El camino de adversar

Para llegar a “lo ruso”, debemos eludir otras zonas literarias de Carrère que son también relevantes en la construcción de su lenguaje de “acercamiento a lo real” (todo lo contrario, según él, al concepto exhibicionista de la moda literaria autoficcional). Nos referimos al otro centro gravitatorio de su obra, o más bien un big bang que se llama El adversario (2000). Es un libro que lo cambió todo. Es un terremoto que lo llevó al éxito editorial por el interés argumental (el estudio sobre un hombre que para trascender una inquietante impostura asesina a su esposa y sus hijos) y a un derrumbe ético (por qué escribir sobre el asesino e intentar comprenderlo, y no escribir sobre sus víctimas). Es un antes y un después. Después de ese terremoto vendrá De vidas ajenas (2009, uno de sus libros más notables, que indaga en muertes cercanas), libro iniciático porque empieza a meterse él, Emmanuel, dentro del relato, estrategia peligrosa que utiliza para acercarse a lo terrible de lo real. Eso pasará en todos los libros siguientes, en un ejercicio de redención que abrió El adversario y que posiblemente culmina –en su línea periodística– en la crónica desmesurada y obsesiva de V13 (2022, el seguimiento del juicio a los acusados del atentado de la discoteca Bataclan, en París).

Al relevar el desarrollo genealógico de su obra, se visualiza con claridad que El adversario se llevó puesto al joven escritor de ficciones, más o menos raras, que no destacaba mucho y era apenas conocido como “el hijo de la historiadora rusa”, dato que no le era muy cómodo porque Hélène ya había construido una fuerte pertenencia a la derecha francesa (Emmanuel nunca se asociará de forma directa con la izquierda política, esto le incomoda; tanto como le incomoda que su madre admire la pluma cínica de un Michel Houellebecq y deteste que él escriba en primera persona y sobre temas pedestres). Emmanuel era más que nada un eficiente periodista, escribía guiones para cine y llegó a dirigir una película sobre El bigote (1986), novela primeriza de buen nivel literario, como lo es también Una semana en la nieve (1995). Sobre esta última debe decirse que se complementa, proyecta y se intersecta nada menos que con El adversario. Escritos ambos libros en el mismo contexto, comparten una conexión de patologías entre el padre y el hijo de la novela con la impostura del asesino Jean-Claude Romand. Este le confiará a Emmanuel que se sintió identificado con el niño de Una semana en la nieve, situación que le resultará más que incómoda al escritor.

“Lo ruso”

Estos territorios dejan espacio para tres (o cuatro, o cinco) textos firmados por Carrère en los que aparece “lo ruso”. Empecemos por los tres imprescindibles, y recomiendo este orden de lectura que se corresponde con el orden de edición: primero se debe leer Una novela rusa (2007), después el complemento de Limónov (2011) y, por último, Koljós.

Todo libro genealógico (vertical, según Carrère) debe bordearse tomando conocimiento de algunas buenas historias horizontales. Eso es lo poderoso que tiene, como disparador, Una novela rusa, un libro que se resignifica con la aparición de Koljós (libro que solo pudo ser escrito después de la muerte de Hélène), por la sencilla razón de que funciona como lado oscuro de su investigación familiar (y propia) sobre “lo ruso”.

En el tono de sus libros más escabrosos, tal vez sea el que cruza más límites éticos (sobre todo en el relato de su historia amorosa con Sophie y lo tóxico de la ruptura), empieza como el diario de rodaje de un documental sobre un soldado húngaro encontrado en un psiquiátrico ruso, para derivar en otras líneas que se vuelven centrales. Una de ellas se volverá recurrente. Emmanuel narra (más exacto sería decir “destapa”) algunos secretos de su abuelo Georges, de quien tiene dos versiones orales muy cercanas: la piadosa de su madre Hélène y la nada glamorosa de su tío Nicolás. Elige la versión de Nicolás, por lo que nos enteramos en Una novela rusa de que su abuelo no desapareció misteriosamente, sino que fue colaboracionista nazi y que además pasó infinidad de penurias en el París de los años 1930 y 1940, como emigrante georgiano, por su incapacidad de adaptarse y por odiar a Francia y a los franceses (lo que lo lleva a simpatizar con los alemanes).

Hay algo más, y algo relativo a El bigote. Emmanuel se entera, unos cuantos años después de publicar su primer libro de ficción, inspirado en las paranoias literarias de Philip K Dick (el protagonista decide sacarse el bigote y nadie lo nota, porque sencillamente es probable que nunca haya tenido bigote), que la última vez que su madre vio al abuelo Georges con vida, siendo niña, no lo reconoció porque se había quitado el aparatoso bigote georgiano que siempre llevaba.

La aparición de Limónov

Una novela rusa es un libro imperfecto y, por eso mismo, visceral. Tuvieron que pasar 20 años para que Emmanuel volviera al gran tema “ruso”. Tuvo que pasar todo ese limbo (o desvío) que significaron en la escritura de Carrère los viajes espirituales de Yoga y El Reino. Prometimos no adentrarnos en ellos. Porque antes, entre otras cosas, aparece Eduard Limónov, un poeta ruso al que cualquier definición le queda corta: es un tipo pendenciero, tóxico, descabellado, provocador, buscavidas, perdedor, alcohólico, sobreviviente de mil historias en Jarkov, en Moscú, en Nueva York, en París, en la ex Yugoslavia, en la Rusia postsoviética; en fin, un tipo signado por el desastre soviético de posguerra que no quiere ser obrero, se dedica a la poesía y termina viviendo en la calle en su exilio neoyorquino, escribiendo libros más peligrosos que los de Charles Bukowski y Henry Miller juntos, instigador como militante político de un singular y estoico fascismo con orgullo soviético; por cierto, Limónov es anti Mijaíl Gorbachov, anti Boris Yeltsin y anti Vladimir Putin.

De alguna manera, Limónov simboliza lo inexplicable de “lo ruso”, lo inapresable, sobre todo para un francés racionalista como Emmanuel. Es probable que esa misma sea la razón para que lo eligiera para protagonista de una biografía, Limónov, que es además uno de los pocos libros donde Carrère desaparece un poco, o bien baja de tono, apenas para preguntarse en varios pasajes por qué está escribiendo sobre un tipo tan poco querible y tan detestado (ya le había pasado con Romand, lo que demuestra que gusta de tropezarse con las mismas piedras). Hay algo de desazón en la búsqueda infatigable de Carrère en separar la paja del trigo (lo moral de lo amoral, entre tantas antinomias posibles) en Limónov.

La verdad en crisis

Algo similar sucede en el bajofondo de otro libro “ruso”, o más bien de analogía soviética, que es el punto de partida de la biografía que escribió Carrère en los primeros años 90 sobre el escritor de ciencia ficción estadounidense Philip K Dick. Emmanuel es fanático de su obra, pero el detonante para meterse a escribir Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos (1993) está en los días que vivió como periodista en Rumania, cubriendo para una revista francesa la caída de Nicolae Ceauşescu, días turbulentos que lo llevaron a constatar que podía explicar el desconcierto histórico postsoviético con algo tan paranoico como la narrativa de Dick. Los paralelos entre realidades simuladas, recuerdos falsos y conspiraciones de todo tipo son evidentes, y eso lo acompañará en toda su obra y en el juego infernal de Koljós, que ya estaba en Limónov, de la imposibilidad de encontrar algo coherente donde aferrarse. Eso no existe en Rusia, tampoco en Occidente.

Sin embargo, pese a esta sensación (real, constatable) de que Carrère cruza otra línea moral al volver en Koljós sobre la historia del abuelo Georges, y redoblar la apuesta escribiendo intimidades sobre su madre y toda su familia, Koljós es un libro bastante tranquilo y apacible, un libro de redención y, paradójicamente, de piedad filial. No está la provocación de obras anteriores, o sí está, pero con una perspectiva en la que emergen relatos más conciliadores. Es, en definitiva, un libro vertical en el que trata de explicar, y por suerte no lo consigue del todo, dilemas acaso insoportables que recorren todo el siglo XX y lo que va del XXI: los totalitarismos y sus secuelas, no precisamente en lo macro (eso es tarea acaso para su maestro Dick, o para su “rival” Houellebecq), sabedor Carrère de que en lo filial (la aldea tolstoiana) es posible representar el mundo.

Por todo eso es importante reconocer que la escritura de Koljós contó con la ayuda de pesquisas hechas por Louis, el padre de Emmanuel, un personaje de bajo perfil, descendiente de familia pirenaica y genealogista amateur, quien desarrolló este rol obsesivo y al borde del espionaje en su admiración tóxica de Hélène. La relación, o más bien la no-relación entre Louis y Hélène, o mejor dicho la destrucción de todo vínculo afectivo amoroso, es la otra línea que cruza Emmanuel. ¿Es profanación? ¿Es la biografía más cruel, la suya propia, la de su propio génesis? ¿Es lo que quería contar luego de los ensayos que hizo sobre Dick, Limónov y Romand, los más notables y a los que dedicó libros enteros? ¿Es una forma de redención? ¿Pasar este límite lo libera de profanar la intimidad de Sophie, por ejemplo, a quien expuso con violencia discursiva en Una novela rusa?

Es posible que no haya redención para Emmanuel. No se puede borrar lo escrito. Por fortuna para nosotros, sus lectores, escribe Koljós y nos muestra, en todo caso, que necesita reconciliarse con su madre y también con su padre, al aceptar la condición de hijo de una guerra fría, tan cruel y despiadada como el nazismo, el macartismo y las purgas soviéticas, de una familia francesa burguesa. Piedad filial, como lo define muy bien su mejor amigo Hervé. Y todo esto, no en vano, está en el centro de la nomenclatura: Emmanuel nombra a su libro Koljós porque esta alusión a las granjas colectivas soviéticas denomina un territorio mítico de la infancia: cuando él y sus dos hermanas dormían junto a su madre en la cama matrimonial (ya el padre estaba relegado a otra habitación). A esa tierna y tan simbiótica aglomeración familiar la llamaban “hacer koljós”.

¿Escritura del yo? ¿Escritura de los otros? ¿El final de un recorrido? Difícil saberlo. Por lo pronto, si todavía no abrió ningún libro de Emmanuel Carrère, consígase primero uno al que todavía no nos referimos en todo este artículo. Se llama Conviene tener un sitio adonde ir (2017). En la portada tiene un hexagrama de una tirada de I-Ching, como debe ser para un fiel seguidor de Philip K Dick. Adentro reúne una serie de artículos que conforman un mapa. Es el “mapa Carrère”. Sirve para después no perderse en el territorio. Por lo tanto, es, además de mapa, una buena brújula.

Gabriel Peveroni, periodista y escritor.


  1. Martes 29 a las 19.00 en el teatro Solís (Buenos Aires y Juncal). Invitado por Anagrama y Gussi, con apoyo de la Embajada de Francia.