Le Monde Diplomatique Le Monde › Dossier

Vista de la central eléctrica de gas de HKM, planta metalúrgica especializada en la producción de acero en Duisburgo, Alemania Occidental, el 19 de julio de 2023.

Foto: Ina Fassbender, AFP

El peso moral de fabricar armas

La amarga conversión de IG Metall.

El sindicato metalúrgico alemán intenta navegar la contradicción entre sus estatutos pacifistas y la reconversión de las fábricas en favor de la industria bélica. Sus trabajadores se debaten entre la necesidad de conservar el trabajo y los escrúpulos. El movimiento pacifista y la izquierda política no han logrado conectar con el modo de resolver a su favor esos dilemas.

Contenido exclusivo con tu suscripción de pago
Contenido no disponible con tu suscripción actual
Exclusivo para suscripción digital de pago
Actualizá tu suscripción para tener acceso ilimitado a todos los contenidos del sitio
Para acceder a todos los contenidos de manera ilimitada
Exclusivo para suscripción digital de pago
Para acceder a todos los contenidos del sitio
Si ya tenés una cuenta
Te queda 1 artículo gratuito
Este es tu último artículo gratuito
Nuestro periodismo depende de vos
Nuestro periodismo depende de vos
Si ya tenés una cuenta Ingresá
Llegaste al límite de artículos gratuitos
Nuestro periodismo depende de vos
Para seguir leyendo ingresá o suscribite
Si ya tenés una cuenta
o registrate para acceder a 6 artículos gratis por mes

Editar

“Antes construíamos cosas útiles, para transportar a la gente. Ahora construimos cosas que van a matarla”. Tony Menzel, mecánico, recuerda haber sentido cómo se le llenaban los ojos de lágrimas el día en que “su” fábrica de Görlitz, una pequeña ciudad de Sajonia fronteriza con Polonia, se transformó en una fábrica de armamento. Llevaban 176 años fabricando vagones allí, los últimos cinco bajo la tutela de la multinacional francesa Alstom. El producto, un tren regional de dos pisos de color rojo, simboliza los pequeños trayectos ferroviarios en casi toda Alemania. “Todos estábamos orgullosos de él”, confiesa Menzel.

Ahora, bajo el control del grupo franco-alemán KNDS, entre 300 y 400 trabajadores, de los 700 que había, se dedican a cortar piezas de recambio de los carros de combate pesados Leopard 2 o de los vehículos de combate de infantería Puma, ambos suministrados a Ucrania. Menzel lleva 20 años trabajando en la fábrica, al igual que sus padres antes que él. Era delegado de los trabajadores en la época de Alstom. “Creo que la transición me resultó más fácil que a otros, porque, como representante de los trabajadores, había participado en las negociaciones y sabía lo que iba a pasar”. Ya en 2024, este afiliado al sindicato IG Metall fue convocado a una reunión en Fráncfort con los respectivos directivos de Alstom y KNDS. “El asunto estaba atado y bien atado. Nos dijeron: ‘Vamos a cerrar. Pero hay alguien aquí que puede ofreceros una perspectiva’. Y a partir de ese día, para mí, el asunto quedó zanjado”. Las manifestaciones expresaron la hostilidad de una pequeña parte de la población.

Un año más tarde, a principios de 2025, Olaf Scholz, entonces canciller, se desplazó a Görlitz acompañado por el presidente y director general de KNDS en Alemania, Florian Hohenwarter. Una visita de gran envergadura para esta ciudad de 56.000 habitantes, aún marcada por las privatizaciones y el desempleo masivo de la década de 1990. Aquí, las tiendas cerradas y cubiertas de grafitis de colores chillones se suceden en cuanto uno se aleja de la calle principal. En las elecciones federales de 2025, poco después de la visita de Scholz, el partido de extrema derecha Alternative für Deutschland (AfD) obtuvo el 48,9 por ciento de los votos; la formación se mostró cautelosa respecto de la reconversión, pero no se sumó al movimiento de protesta. Quienes se oponen a la transformación de la fábrica, afirmó el canciller, “son también quienes trivializan la guerra de agresión de [Vladimir] Putin y no tienen ningún problema en que hombres, mujeres y niños mueran cada día a causa de los misiles rusos”. Por su parte, Hohenwarter se mostró satisfecho con las “garantías de pedidos” anunciadas por las autoridades públicas: tres años después de los 100.000 millones de euros que se suponía que iban a materializar el “cambio de era” (Zeitenwende) del canciller Scholz en 2022, el Parlamento levantó en marzo de 2025 el freno constitucional al endeudamiento en los ámbitos de la defensa y la seguridad.

El caso de Görlitz ilustra una tendencia más general. Mientras los presupuestos de armamento se disparan, el sector automovilístico alemán se hunde. En el verano boreal de 2026, Volkswagen anunció el cierre de cuatro fábricas en Alemania y la supresión de 100.000 puestos de trabajo en todo el mundo. BMW tiene previsto eliminar 8.000. Ante la competencia de los coches eléctricos chinos, el motor de la industria alemana se está estancando. Y muchos fabricantes están abandonando este sector. Rheinmetall, el principal fabricante alemán de armas, ha abandonado la fabricación de piezas de automóvil que realizaba su filial Pierburg y puso en marcha una cadena de producción de drones kamikaze en la ciudad de Neuss.

Al igual que muchos miembros de IG Metall, el sindicato más importante de Alemania en cuanto a número de afiliados, Menzel sabe perfectamente que esta organización, fundada en 1949, se compromete, en sus estatutos, “con la paz, el desarme y el entendimiento entre los pueblos”. ¿Qué queda hoy de esas resoluciones de la posguerra? Aunque existen matices según las regiones, se perfila una tendencia dominante: “Reconocemos que las nuevas amenazas requieren un ejército federal bien equipado y un refuerzo de las capacidades militares alemanas y europeas”,1 explicaba en 2025 la oficina de Duisburgo.

Ulrike Eifler, de la Confederación Alemana de Sindicatos (DGB) y cofundadora del Movimiento de Sindicatos Alemanes contra el sobrearmamento y la guerra, ofrece una visión crítica sobre la reconversión militar de las industrias civiles. “Liquidar la fabricación de vehículos comerciales o de transporte público es una aberración, precisamente cuando se empiezan a reconocer los déficits de inversión. Esto se traduce en carencias de equipamiento, personal y mantenimiento de los medios en nuestras ciudades y regiones. Alimenta los fallos de funcionamiento y los retrasos crónicos que se observan en la Deutsche Bahn”2 –la empresa ferroviaria alemana cuya falta de puntualidad es tan característica al otro lado del Rin como la salchicha a la parrilla con curry–.

En la fábrica de Görlitz, los trabajadores entrevistados durante el relevo entre las 14.00 y las 15.00 oscilan entre el alivio salarial y la repulsión moral. Menzel, que habría preferido fabricar trenes “hasta la jubilación”, es más directo: “Que alguien me diga cómo salvar los puestos de trabajo de otra manera. Si no estuviera KNDS, habrían cerrado”.

En otras ciudades, sin embargo, la base sindical se resiste –aunque tímidamente–. En Colonia, los trabajadores de la fábrica de Ford –también afiliados a IG Metall– han publicado una declaración titulada “No a la economía de guerra”. “No queremos producir muerte en Volkswagen”, proclaman a su vez los empleados de ese fabricante afiliados al sindicato metalúrgico. De hecho, Volkswagen tiene previsto reconvertir su fábrica de Osnabrück, una gran ciudad de Baja Sajonia, que cuenta con unos 2.300 empleados. Se había barajado la posibilidad de crear una empresa conjunta con el grupo israelí Rafael para producir, a partir de 2027, componentes del sistema de defensa aérea Cúpula de Hierro. El asunto, sin embargo, parece estar fracasando. No por la presión de la movilización sindical, sino por razones geopolíticas: el fondo de inversión soberano Qatar Investment Authority (QIA), accionista mayoritario de Volkswagen con un 17 por ciento de las acciones y dos puestos en el consejo de supervisión, se opondría al proyecto.3

En las calles de Osnabrück, activistas antimilitaristas reparten folletos a los transeúntes y entablan conversaciones. “Dos tanques cuestan lo mismo que una escuela primaria: entre 50 y 70 millones de euros”, explica Lotte Herzberg. Feldmann afirma comprender su causa. Pero, para algunos de sus compañeros, ya es demasiado. “Más manifestaciones, más folletos para explicarnos que fabricar armas es una porquería. El ambiente aquí es tenso. Todos los días nos preguntan: ‘¿Podemos hablar con ustedes?’. Pues no”.

En junio, la Fundación Rosa Luxemburgo (vinculada al partido de izquierda Die Linke) publicó un estudio detallado sobre otro proyecto de reconversión: la posibilidad de fabricar minibuses en la fábrica de Osnabrück. Pero falta un ingrediente: el dinero público, que fluye a raudales para las armas, pero se agota cuando se trata de mejorar el transporte. Feldmann no se lo cree: “La industria armamentística es un negocio demasiado lucrativo para las empresas, precisamente debido a la situación internacional actual”.

Entre dos puertas, un investigador de la Fundación Rosa Luxemburgo nos confiesa que el pacifismo no dará sus frutos mientras IG Metall no se sume a la lucha. Sin embargo, el sindicato no se considera en condiciones de actuar. “Si tuviéramos suficiente poder económico –y me alegraría mucho que así fuera– para decidir por nosotros mismos lo que ocurre en la fábrica, sería otra cosa”, nos explica Thorsten Gröger, representante de IG Metall en Sajonia y Baja Sajonia. Al escucharlo hablar, casi se nos olvidaría que milita en una organización con más de dos millones de afiliados, que cuenta con puestos en los consejos de supervisión de los grandes grupos empresariales, capaz de ejercer una presión significativa y cuyas posiciones son importantes para los partidos políticos.

Die Linke, el único partido de izquierda del Bundestag que se opone al rearme alemán, no parece capaz de influir en los debates: su apoyo entre la clase obrera sigue siendo escaso a pesar de su buen resultado (8,8 por ciento) en las elecciones legislativas de 2025. En la extrema derecha, la AfD, que durante mucho tiempo tocó la fibra pacifista en el este del país –llegando incluso a imprimir palomas en sus carteles en 2024–, votó a favor de los créditos militares ilimitados propuestos por el gobierno y apoya el restablecimiento del servicio militar obligatorio. Una mayoría absoluta en las elecciones regionales del 6 de setiembre en Sajonia-Anhalt le otorgaría una influencia sin precedentes. Y, si algún día llegara al poder, el partido dirigiría una Alemania armada.

Lea Fauth, Fabian Grieger, Niklas Franzen y Paul Welch-Guerra, periodistas. Traducción: redacción de Le Monde diplomatique, edición Cono Sur.


  1. IG Metall, “Frieden rettent – Friedensgutachten 2025”, hoja informativa, duisburg-dinslaken.igmetall.de, 11-9-2025. 

  2. L’Humanité, Saint-Denis, 15-4-2025. 

  3. Johanna Urbancik, “Planta de VW en Osnabrück: ¿Se rompe el acuerdo sobre el sistema antimisiles Iron Dome?”, Euronews, 14-7-2026.