Por su riqueza narrativa, por su profundidad simbólica, porque su fondo fue la vedette del streaming del Río de la Plata en 2025 con las exploraciones del buque Falkor (too), el tema del mar se imponía desde hacía tiempo. Y tenía que ser para el verano, enero precisamente. Pero de lo que no tenía idea era de que iba a estar escribiendo esto a pocos días de la marcha multitudinaria —es nuestra foto del mes— por un mar libre de petroleras. Los contornos difusos, románticos y soñadores del mar se volvieron, rápidamente, coyuntura política y ambiental. Sobre esos contrastes se fue armando este número. Así, ensayos literarios, poesía y análisis de su dimensión mítica conviven con reportajes más sociales.
Lo oceánico es lo inabarcable, se asocia con el pasado y el inconsciente —lo desconocido, las civilizaciones ahogadas—, pero también está anclado en un presente marcado por peligros, injusticias y luchas geopolíticas. De esto hablan los autores del libro El capitalismo y el mar, Liam Campling y Alejandro Colás, entrevistados por Xabier Gangoiti. Allí cuentan cómo el océano es una pieza fundamental del orden capitalista globalizado. En esa línea, y muy en sintonía con estos días uruguayos, está el reportaje de las periodistas argentinas Agustina Ramos y Natalia Concina «El viaje de la ballena», sobre la lucha de vecinos, ambientalistas y comunidades indígenas del golfo San Matías, en el norte de la Patagonia, por defender la vida de la ballena franca austral, amenazada por el proyecto que busca crear el puerto petrolero más grande del país. En el ensayo «La última frontera», Laureano Debat también habla de explotación —aunque esta vez turística— de los fondos oceánicos y de los esfuerzos de investigadores y artistas por descubrir y proteger sus tesoros aún desconocidos. Algunos de esos tesoros emergieron gracias al ya nombrado buque Falkor (too) y sobre esas expediciones, en particular el capítulo uruguayo y la posterior conservación en el Museo Nacional de Historia Natural, escribe Facundo Verdún en «Lo que el Falkor se llevó».
Diego Vila se metió en el mundo de la pesca artesanal en «Buena marea», una crónica que dialoga de forma un poco tétrica con «Los peligros de ser delfín», de Martín Otheguy, sobre los múltiples descubrimientos de la franciscana —nuestro delfín autóctono— por naturalistas europeos, un pequeño cetáceo en peligro en extinción, en parte porque los pescadores locales lo vendieron durante mucho tiempo como alimento para chanchos.
La historia de la franciscana está rodeada de misterios y leyendas, como todo lo asociado con el mar, y sobre esto escribe Ángeles Blanco en «De sirenas y leviatanes», un ensayo que explora mitología, artes plásticas y los universos oceánicos tan proclives a la imaginación, como bien muestra Laura Petrecca en «Corales», una serie de su libro de poema Piedras, Emanuel Bremermann en su novela Los ahogados, de la que publicamos un par de capítulos, y Francisco Tomsich en su bellísimo ensayo «Abismo y resplandor».
Además del inconsciente, el mar representa lo innombrable, eso que no tiene borde, que nos pasa por encima, como puede ser la muerte de un hijo: Salvador Neves escribe sobre esto en el demoledor «Mientras la diosa aguarda». El hijo de Salvador era un amante del mar y un gran nadador, una pasión que comparten varios grupos de uruguayos, entre ellos los nadadores de aguas frías de Solymar, que aparecen en el fotorreportaje de Guillermo Legaria «Nadar juntos».
Y para terminar, la crónica que encabeza este número porque muestra uno de los lados más luminosos y esperanzadores del mar: la expectativa, sorpresa y maravilla de niños que lo ven por primera vez. Sobre esto escribe Amanda Muñoz en «¿Por qué el mar es tan divino?». Queda abierta la pregunta.