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Ilustración: Gonzalo Silva Corcelet

Farsita Klemperer

10 minutos de lectura
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En tiempos en los que se destruye el sentido común (y un destino común), se cimentan lugares comunes desde un lenguaje fabricado en las redes sociales. A la manera de Victor Klemperer, un filólogo judío de origen alemán que registró gestos y discursos del nazismo, la investigadora Magdalena Cámpora recrea y analiza cómo los discursos fragmentados de hoy son pilares para el establecimiento de un nuevo orden mundial basado en la desigualdad extrema.

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Los mudos

La lectura sostenida de tuits anónimos no es inocente. Pienso que no me va a afectar, que siempre mantendré la distancia suficiente. En una reunión, a la noche, repito un chiste cruel leído en Twitter. Me arrepiento nomás de haberlo dicho pero ya es tarde. Quienes están conmigo, que no leen esa red, me miran con asombro. No sé cómo llamar el sentimiento pegajoso de culpa y vergüenza. Borges: «¿Por qué no inventar una palabra para la inconfidencia con nosotros mismos después de una vileza?».

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En las intervenciones en redes anida el resentimiento: dolores pequeños, humillaciones calladas. Detrás hay siempre una herida.

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Hace tiempo Twitter instaló motivos, lugares comunes sintácticos: «Es todo lo que está bien», «El amigo de ustedes», «Digamos todo», «Estoy del lado X de la vida», «Fingir demencia», «Elijo creer». Lo importante es generar afectos, atar el juicio, la ideología y la percepción al afecto.

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El tuit en 140 o 280 caracteres impone nuevas categorías de pensamiento en las que la validación de cualquier idea o posición depende de su brevedad, es decir, de su capacidad de volver corto algo largo, simple algo complejo. Ante la constatación y la refutación de esos nuevos modos de pensar, el sistema encuentra su propio modo de descalificación. Para refutar burlonamente esta misma argumentación, el sistema diría: «Es más complejo». También: «Mucho texto».

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El resentimiento es una pasión de lugares donde el ascenso social es, o fue, una posibilidad real, un sendero posible. Salir. Y ante esa puerta cerrada —pero que podría estar abierta, pero que estuvo abierta— se vuelcan las formas más puras de la conmoción y el odio.

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Lo conveniente hubiera sido empezar con Victor Klemperer, contar del judío alemán, profesor de Literatura Francesa, que entre 1919 y 1945 escribió un diario y en 1947 publicó un libro llamado LTI, Lingua Tertii Imperii: cuadernos de un filólogo, en el que registró discursos, gestos y costumbres de una dominación política que lo quería aniquilar.

Klemperer escondía con terror esos cuadernos, su vida dependía de ello: de que no los encontraran, de poder seguir escribiéndolos.

De ese tiempo solo repetimos el grotesco y la pelea por los imaginarios. Los muertos mueren de otro modo. Esta farsa no tiene lápiz ni cuadernos. Únicamente necesita un teclado para hablar de las redes, las pantallas y los seres nuevos y anfibios que entran y salen de ahí.

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Las consignas, los guiones, los memes, las cadenas argumentales se reducen a su más pequeño formato porque así lo exigen los dispositivos de difusión: tuit, hashtag, clickbait, meme, Snapchat, TikTok. Y esa forma breve, esa reducción, saca su fuerza del manejo del lenguaje, con sus humildes cuotas de ficción y retórica: la capacidad de simplificar, de tocar lo emocional, de ridiculizar, de juzgar y censurar y, sobre todo, de hacer unívoco y liso lo que es multicausal e histórico.

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Flaubert en la entrada «Pregunta» del Diccionario de lugares comunes: «Pregunta: “Plantearla es resolverla”».

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Ha visto caer, Flaubert, en su tiempo histórico, a la Monarquía de Julio, a la Segunda República, al Segundo Imperio, a la Comuna, y también ha observado, en la sociedad en la que vive, el crecimiento imparable de un modo de comprensión del mundo marcado por la simplificación, por el lugar común y la frase hecha, por la violencia de las relaciones humanas que se esconde detrás de las supuestas buenas intenciones y la convención, eso que Flaubert llama la blague: el verso, la chicana, la mentira.

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En ese siglo XIX en que se desarrollan los medios, la imprenta, los diarios, las revistas, las novelas de bolsillo que cuestan un franco, Flaubert observa la aparición de algo que él llama «la fe en la tipografía», y esa fe instrumenta (para su horror) la escritura como infinita repetición, como medio al servicio de algo siniestro, que daña, puede incluso matar, y él llama bêtise o «estupidez».

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¿Dependen las redes de esa fe? En rigor y para ser precisos, los usuarios no creen en la tipografía: son la tipografía, que es una extensión pública de sus afectos y pensamientos más recónditos, de sus percepciones más recientes.

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Y así, el poder de la tipografía persiste, amplificado por su alianza con la imagen. Todos somos generadores de contenido, que compartimos de forma exponencial. Por lo demás, el acceso a la tipografía y a la imagen es directo: se requiere un teclado y una conexión. La tipografía hace del yo-que-opina un yo triunfante y conquistador: «Es mi opinión y la comparto». Los medios de producción están socializados, el proyecto trabaja a la par del yo-con-teclado.

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¿Se refutan las opiniones que se presentan como verdad? ¿Pueden refutarse desde los mismos soportes que les confieren su potencia de infinita repetición? No he visto un solo caso en que no vaya a pérdida.

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¿Qué es lo contrario de ese magma imparable? Y sobre todo, ¿cómo pensarlo sin subirse a un caballo, sin convertirse en el imbécil del Diccionario de lugares comunes? «Imbéciles: los que no piensan como nosotros».

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Con una mezcla de orgullo y de sorpresa ante el 56% que sacó el candidato en las elecciones, los intelectuales que conozco suelen decir que no conocen a nadie que lo haya votado. No es un buen signo. Vamos a una reunión. Me dice el amigo: «Los análisis más agudos de la dominación no logran modificar la dominación». Y luego: «Nada de lo que nadie haya escrito acá logra cambiar ni un centímetro de realidad». El poeta: «Son dos gotas de lluvia en el rocío, dos peladuras de naranja bajo el sol». Pienso en los nombres de quienes inciden hoy en la opinión: Pregonero, Tipito Enojado, Gordo Dan, Traductor Te Ama, El Bunny. Los siglos siempre tienen más de 100 años, entiendo solita en 2023 que el siglo XX se ha terminado.

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La mayoría silenciosa

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Era en Munro o Avellaneda, en una calle comercial con toldos y maniquíes con moños; la economista perseguía con un micrófono a los votantes eventuales del Loco y les explicaba por qué votarlo estaba mal; alguno a veces la contradecía, pero pronto se cansaba ante el débito de frases, la empatía insistente, la seguridad de su razón. En ese tiempo circulaba en redes el consejo del silencio y ya empezaban a instalar esa idea de la mayoría silenciosa. Cuando el candidato ganó las elecciones, miramos atónitos los videos de familias gritando ante la tele, con la alegría de una final de mundial de fútbol. Eran legión y estaban hartos de que les explicaran.

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Identificar lo que está muerto en la propia lengua, las cosas que aceptamos y repetimos por la fe en la tipografía.

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La amiga me manda un audio —ella los llama «notas de voz»— en el que dice: «Entrecerrar los ojos para distorsionar el paisaje y la perspectiva, como hacen los escritores de haikus».

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Escuchar la voz humana a velocidad × 1,5, a velocidad × 2. La voz después de aspirar un globo de helio, un dibujito animado, un anuncio de aeropuerto. No hay nada detrás, es difícil unir esa voz con alguien real. ¿Qué soy yo cuando escucho así?

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Twitter pasa a llamarse X. Tienen toda la razón con el toque pornográfico, el mundo es el hueco de una cerradura sin bordes ni puerta.

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A quienes se marean en los colectivos no les está permitido sacar el teléfono, sumergirse en la virtualidad, olvidar el cuerpo. Les queda mirar al resto: la piel traslúcida de los párpados, su latido casi imperceptible, el resplandor azul sobre las frentes. De pie o sentados, los viajeros; sus dedos índices y sus pulgares se mueven para escrolear. En ese deslizarse periódicamente hay un detenimiento. Entonces, el pulgar y el índice se posicionan en algún punto de la pantalla y se abren y cierran como una pinza para hacer zoom. Algo llamó la atención en la imagen, tocó una fibra propia: algo que falta, se desea o simplemente se esperaba que el otro no tuviera. Ese gesto en medio del escroleo nunca falta y su contenido es irrepetible, secreto, porque el usuario lo diseña para sí mismo. El zoom es la envidia customizada, un invento infalible que funciona para una sola y única individualidad. El algoritmo es el guardián. «Esa puerta estaba reservada solamente para ti».

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Proust hablaba de un libro interior de signos desconocidos, era la tarea de una vida llegar a leerlo después de haberlo escrito, solo para sí. El escritor y el lector de ese libro eran únicos, el libro se cerraba con el fin de esa vida singular. Hay algo raro en lo que pasa hoy, la impresión de que ese interior está dado vuelta, reventado: un mundo cubierto con la piel interna de los seres, los humanos desollados y su carne un pasto indescifrable, expuesto a la mirada de todos.

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Visto por

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Nada es verificable y la novela personal es infinita. La contás a los lectores desconocidos, les hablás de los tuyos: «Marido dice», «Hijo de 11 pregunta». Vos mismo sos tu usuario. El algoritmo circula tus palabras, ofrece asentimiento, numera la cantidad de los testigos. Partiendo de esa base, llevándola a la realidad toda entera, el soliloquio es irrefutable, consolador, aunque el afecto y la verdad solo duren un instante. De inmediato, pide más. Hay que volver a postear.

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Es un montón

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Usualmente en el castellano del Río de la Plata «es un montón» quería decir «es mucho» y refería a objetos materiales. «Es un montón de guita», «es un montón de comida». Pero ahora hay un matiz: parece significar «es demasiado» y se aplica a situaciones emocionales desbordantes, que dejan sin palabras, pero son cuantificables. Aparece tu perro perdido, ves el video del nacimiento de tu hija, te dan trabajo. Dijiste algo que molestó. «Es un montón». El cálculo es posible y va unido a los afectos; allí también obra el algoritmo.

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Al final del día

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«Al final del día» funciona de modo similar. La noche no tiene entidad propia, es la instancia de repaso de la producción, buena o mala, que dio el día. Un examen capitalista y protestante, sajón. Es, de hecho, un calco de traducción del inglés: at the end of the day. «Es un montón» tenía el movimiento canyengue de la expresión coloquial, «al final del día» pide blancura en la piel.

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Hacer esto se siente como / Alguien más en la sala / Ni en mis sueños más locos / Estamos en la misma página / Qué momento para estar vivo / Una ventana de oportunidad

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Como siempre, el consentimiento se obtiene con la imposición sutil de un lenguaje que legitima esa forma de vida y no otra. La novedad es que ahora los términos los genera Google Translate.

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Una vieja fábula de los Balcanes que cuenta Žižek. Un genio se le aparece a un campesino y le anuncia que le concederá un deseo. Le dice además que le otorgará el mismo deseo a su vecino, duplicado. El campesino dice que quiere ser tuerto.

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Los teólogos medievales daban dos definiciones de la envidia. Querer lo que el otro tiene. No querer que el otro tenga lo que tiene, aunque no lo quieras.

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Joseph Vogl: «Es así como el afecto social del resentimiento adquiere una posición privilegiada: en el sistema económico actual, este afecto funge al mismo tiempo como producto y como fuerza productiva, contribuyendo precisamente con sus fuerzas de erosión políticas y sociales a la estabilización del capitalismo financiero».

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Las leyes permiten que los ricos no paguen impuestos en sus países de origen; los servicios públicos decaen porque el Estado no tiene plata; aparecen los profetas que dicen que el decaimiento de los servicios públicos es culpa del Estado; los ricos financian las redes y las plataformas que venden a los profetas, estos ganan las elecciones, permiten que los ricos no paguen impuestos, los servicios públicos decaen...

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You can call me a fascist, I don’t mind.

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Comunista, fascista, socialista. Son palabras que ya no significan nada. Siguen por debajo las agencias que defienden los intereses que no cambian. ¿Quién se queda con el capital? Cui bono, me dice el latinista. ¿Para quién el beneficio?

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La pregunta no es nueva, pero tampoco está de moda.

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Y es cierto que no es un fenómeno barrial. Los abusos, las injusticias son tales, tales los desparpajos y las inclemencias, las escenas del capitalismo demencial: el obrero que duerme en una jaula en Taipéi, los containers que son casas, la jungla de Calais, las zonas rurales sin médicos, los basurales del conurbano y el CEO que alquila Versalles para una fiesta temática María Antonieta por el casamiento de la hija. Es tal el resentimiento, el odio, que la respuesta tiene que ser feroz; hay que volar algo, hay que elegir al que quiere volar algo, no importa si por detrás el capitalismo se hace aún más fuerte, si encuentra en esas propuestas desquiciadas el modo de cambiar su piel y seguir erguido, viboreando: no. En lo inmediato le quitan algo a alguien, por un instante el odio se sacia. Mirar abajo y a los costados. Lo que sucede en las alturas permanece invisible.

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Y en las alturas no quieren que el Estado desaparezca: quieren que el Estado los sirva.

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Dice el analista político que la desocupación en realidad no existe, porque la idea del trabajo estable pertenece al siglo XX. Ahora, hay que aceptarlo, entre aplicaciones y redes se consigue de inmediato un trabajo: esto lo saben bien los menores de 30 años, dice, y los antropólogos que estudian el fenómeno del mejorismo. Debe de tener razón salvo en la edad, porque la ciudad está cubierta de hombres mayores que pedalean con un cubo rojo en la espalda.

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The überwealthy / Take a peek into their lives

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Hablo con el amigo que está de paso, el editor viajero. En Madrid, en el barrio Salamanca termina una noche en un club selecto llamado Milford junto a periodistas españoles y analistas políticos de Estados Unidos. Hay un plan global, le dicen, una toma del poder suavemente construida, votada por las mayorías que van siendo moldeadas por las redes. Su sueño es ser emprendedores, hombres de calidad, traders, consultores, unicornios, brokers, trad wifes, influencers. Los multimillonarios regalan las plataformas. Y hay un plan de anulación: llevar cualquier resistencia a una esquina, volver el discurso de izquierda castrista, kimilsunguista. Ya de por sí son pequeñas nadas que se autocastigan solos mediante purgas internas, le dicen.

¿Pero no hay siempre un movimiento pendular, pregunto, una alternancia por cansancio? La ceja natural y escéptica se me adelanta: «Eso es si se mantiene el juego abierto. La idea es cerrarlo».

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«Una noticia falsa siempre surge de representaciones colectivas que preexisten a su nacimiento; es solo fortuita en apariencia, o, más exactamente, lo único que es fortuito en ella es el incidente inicial, absolutamente aleatorio, que desencadena el trabajo de las imaginaciones; pero esa puesta en movimiento solo se produce porque las imaginaciones ya están preparadas y fermentan por debajo. Cualquier hecho, por ejemplo, una mala percepción que no va en la dirección hacia la que todos están inclinados, podría, como mucho, constituir el origen de un error individual, pero no de una noticia falsa, popular y ampliamente difundida. Si me atrevo a utilizar un término al que los sociólogos a menudo han dado un valor demasiado metafísico, pero que es cómodo y en última instancia rico en significado, las noticias falsas son el espejo donde la “conciencia colectiva” contempla sus propios rasgos» (Marc Bloch).

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El viento de la primavera hace caer las últimas hojas muertas de la primavera anterior. Ya es ilimitada la distancia entre la farsita y el mundo. ¿Cuándo se hará sentir ese mundo y cómo?

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[AHORA] En Bahía Blanca, se recibió y celebró corriendo con una motosierra por la calle.

[AHORA] Un tiktoker cortó su torta de cumpleaños con una motosierra.

[AHORA] Se tomó una botella de whisky por un reto viral de TikTok y murió.

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Le contestás a la farsita, te volvés comparsa de la farsita. Te burlás de la farsita, minimizás la farsita. Te quedás callado, dejás que la farsita avance.

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Restablecer la capa atmosférica que rodea a la servidumbre voluntaria: sus discursos, sus afectos, la ficción de su libertad y de su diferencia.

Magdalena Cámpora (Córdoba, 1976) es investigadora y docente de Literatura. Este ensayo es parte de un libro en proceso.

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