Decir que «no hay intimidad» no es afirmar que desapareció, sino que se volvió difícil de construir. Pero conviene precisar desde dónde se formula esta afirmación. No se trata de una observación moral ni de una crítica cultural general, sino de una lectura que surge de la práctica clínica psicoanalítica, de lo que se escucha una y otra vez en la experiencia con los pacientes: la dificultad no solo de sostener vínculos, sino de que algo del orden del encuentro llegue efectivamente a producirse.

Hay encuentros que no fallan por falta de ganas, sino por exceso de cálculo. Como si antes de que algo empiece, ya estuviera demasiado armado: qué decir, cómo mirar, en qué momento acercarse, cuánto mostrarse. Todo parece disponible, pero nada termina de suceder. ¿En qué momento empezamos a ensayar tanto algo que, en principio, no tiene guion?

En ese punto, la referencia a Jacques Lacan resulta clave. Cuando formula que «no hay relación sexual», no está diciendo simplemente que no hay armonía entre los sexos. Está planteando algo más radical: que no hay escritura posible de una relación que haga proporción entre dos sujetos. No hay fórmula que garantice el encuentro.

Esto no implica que las personas no se encuentren en un sentido empírico. Se ven, se hablan, se tocan, incluso pueden sostener vínculos durante años. Pero desde el punto de vista estructural, ese encuentro siempre está atravesado por un desencuentro. Algo no coincide, algo no encaja, algo del otro permanece irreductiblemente opaco. El malentendido no es un accidente, es constitutivo.

Si esto es así, la intimidad no puede pensarse como un espacio natural que emerge cuando dos personas se acercan. Tampoco como el resultado de una buena disposición o de una voluntad de apertura. La intimidad, en todo caso, es un modo singular de arreglárselas con ese desencuentro estructural.

Esto introduce un matiz importante respecto de ciertas lecturas contemporáneas que ponen el acento en la actitud o en la disposición subjetiva. No alcanza con «animarse», con «soltarse», con «dejar de calcular». Hay algo que insiste más allá de la voluntad: formaciones inconscientes, modos de goce, repeticiones que organizan la manera en que cada quien se vincula.

En la clínica, esto se vuelve evidente. Sujetos que dicen que quieren encontrarse con otro, pero que sistemáticamente «eligen» modos de vincularse que hacen fracasar ese encuentro. O que cuando algo empieza a armarse, introducen sin saberlo aquello que lo desarma. No se trata de falta de ganas ni de incapacidad consciente, sino de una lógica que opera a nivel inconsciente.

Por eso, cuando se dice que hoy «no hay intimidad», conviene no reducir el problema a las condiciones de la época, aunque estas tengan un peso evidente. Las aplicaciones de citas, la virtualidad, la lógica de la disponibilidad permanente, todo eso configura un escenario particular. Pero ese escenario se articula con algo más profundo: la manera en que cada sujeto se posiciona frente al deseo, frente al otro y frente a la falta.

Por supuesto, esto no implica desconocer que muchas personas logran encontrarse, enamorarse e incluso sostener vínculos a partir de estas nuevas formas de relación. Eso también ocurre. Pero en ese caso se trata más bien de algo que irrumpe en esa misma lógica, no de algo que ella garantice. En otras palabras, no es la regla sino, nuevamente, una excepción.

En ese cruce, la lógica contemporánea del capitalismo introduce un matiz específico. No solo por las condiciones materiales que impone, sino por el tipo de lazo que promueve. Una relación con los objetos marcada por la disponibilidad, la sustitución rápida y la promesa constante de satisfacción. Los objetos están ahí para ser elegidos, consumidos y eventualmente descartados. Esa lógica no queda restringida al campo de las cosas: se extiende también, de manera más o menos silenciosa, al modo en que se configuran los vínculos.

El otro puede empezar a aparecer bajo la forma de un objeto entre otros, algo que se selecciona, se evalúa, se prueba. Si no satisface, se reemplaza. Si no responde, se pasa al siguiente. No se trata de afirmar que los sujetos «tratan» conscientemente al otro como un objeto, sino de advertir cómo esa lógica atraviesa las coordenadas mismas del encuentro.

El campo de las aplicaciones de citas es, en ese sentido, una condensación especialmente clara de esta forma de lazo: perfiles, elecciones, descartes, circulación constante. Pero no es solo un fenómeno externo. Esa lógica encuentra puntos de apoyo en la economía psíquica de cada sujeto. Puede volverse un modo de evitar la confrontación con aquello que el encuentro implica: la falta, el desajuste, la imposibilidad de completar la escena.

Así, el otro queda más fácilmente reducido a aquello que puede ofrecer, a aquello que encaja (o no) con ciertas expectativas. Y en ese movimiento, algo del orden del enigma del otro (condición misma del deseo) tiende a perderse.

Esto se vuelve especialmente visible en la protocolización de los vínculos. No en un sentido explícito, sino como una serie de códigos tácitos que regulan la interacción: cuánto esperar antes de responder, qué decir, cómo interpretar un silencio, cuándo avanzar, cuándo retirarse. Hay una lógica de la ejecución correcta que atraviesa incluso lo más íntimo.

Pero esa lógica también puede leerse como una defensa frente a la incertidumbre que implica el encuentro con el otro. Si no hay relación que garantice, si no hay encuentro pleno posible, entonces el protocolo aparece como un intento de reducir el margen de lo imprevisible.

El problema es que el deseo no se deja organizar completamente por ese tipo de cálculo. Algo siempre se escapa. Y es en ese resto donde podría alojarse algo del orden de la intimidad.

Sin embargo, ese resto también puede resultar inquietante. Porque confronta al sujeto con aquello que no domina, con lo que no sabe de sí mismo. En ese punto, muchas veces no se trata de que el encuentro falle, sino de que se evita que ocurra en un sentido más pleno.

La virtualidad, en este sentido, ofrece una solución eficaz. Permite sostener el vínculo en el registro de la imagen, en que el otro puede ser encuadrado, editado, mantenido a cierta distancia. Se puede hablar, fantasear, incluso generar cierta intensidad, sin que eso implique necesariamente el riesgo de un encuentro en lo real.

Pero el cuerpo introduce siempre un elemento de desajuste. El olor, la voz, los gestos, los tiempos. Algo que no coincide con la representación previa. Y es justamente ese desajuste el que muchas veces se evita. No porque no se desee al otro, sino porque ese encuentro confronta con algo que no está bajo control.

A esto se suma el cansancio, no solo físico sino también psíquico. La multiplicidad de demandas, la exigencia de rendimiento, la necesidad constante de responder. La intimidad requiere tiempo, pero también cierta disponibilidad subjetiva que muchas veces no está.

En ese contexto, los vínculos tienden a organizarse en dos extremos: o bien bajo una lógica de control, en la que todo está más o menos regulado, o bien en encuentros rápidos, en los que no hay que sostener nada. En ambos casos, el desencuentro estructural queda, de algún modo, eludido.

Pero el problema no desaparece. Se desplaza.

Por eso, quizás convenga invertir la pregunta. No preguntarse tanto cómo lograr un encuentro pleno (lo que estructuralmente no es posible), sino cómo arreglárselas con el desencuentro. Qué hace cada uno con ese desajuste inevitable, cómo se las ingenia para que, aun sin garantía, algo pueda tomar forma.

En este punto, la intimidad deja de pensarse como una meta a alcanzar y se vuelve más bien una práctica contingente. No en el sentido de una técnica, sino como un modo singular de habitar ese no encuentro. En este punto, quizás también convenga quitarle al encuentro la exigencia de que funcione, de que fluya, de que se haga sin resto. Partir, incluso, de que algo va a fallar. No como resignación, sino como condición.

Tal vez por eso Alejandro Dolina habla del encuentro en términos de milagro: no porque responda a una lógica trascendente, sino porque no hay garantía de que ocurra. Sucede rara vez, de manera contingente, y cuando sucede, algo se vuelve inesperadamente posible.

Y es quizás en ese carácter excepcional (no programable, no repetible a voluntad) donde el encuentro recupera algo de su valor. No como ideal a alcanzar, sino como acontecimiento que irrumpe en medio de lo que no encaja.

Por eso, cuando se dice que «no hay intimidad», tal vez convenga radicalizar la afirmación: no hay intimidad en tanto no hay encuentro que la garantice. Y sin embargo, a veces, algo de eso se produce. No como realización de una complementariedad, sino como un arreglo singular con el desencuentro. Como una escena que, aun atravesada por el malentendido, logra sostener algo del deseo. No es algo que pueda programarse ni asegurarse. Tampoco depende únicamente de la voluntad. Pero cuando ocurre, deja una marca.

Porque es en ese punto (en esa falla) donde, a veces, puede empezar a construirse algo que, sin garantías, sin proporción y sin completud, se aproxima a lo que llamamos intimidad.

Santiago Lanza (Montevideo, 1987) es psicoanalista por la Universidad de la República y actualmente cursa un posgrado en el Instituto Clínico de Buenos Aires.