¿La intimidad prohibida?, ¿acaso la intimidad no se encuentra hoy más permitida que nunca, más condescendida que nunca antes en la historia? El velo que resguarda el espacio íntimo parece estar hecho jirones. Hace ya casi 20 años que Paula Sibilia escribió La intimidad como espectáculo (2008), anticipándose al éxito de las denominadas redes sociales —que atrapan más de lo que socializan—, y no cabe duda de que el spectare sobre la intimidad ha ido en aumento. Los gestos de espiar y de exhibir rigen el comportamiento contemporáneo y producen una profanación constante del ámbito velado-sagrado que constituye la intimidad.

Sin embargo, lo íntimo es una dimensión inherente al ser humano que no puede eliminarse y una reflexión sobre los mecanismos que la conforman exige trascender los fenómenos de época que nos tienen cautivados. En este sentido, cabe sostener que existe una prohibición que recae sobre la intimidad a un nivel estructural y fundante de la condición humana. Una instancia de nuestra psique, a la que llamaremos «madre», nos prohíbe nuestra interioridad constitutiva, nuestra opacidad esencial. Esta instancia se rige por cierto ideal de transparencia y desde ahí nos prescribe que no tenemos derecho a guardar secretos, que deberíamos sentir culpa por no ser puros, cristalinos, por tener un espacio reservado, íntimo.

El origen y el funcionamiento de esa prohibición están relatados con precisión en el gran mito fundacional de nuestra cultura, el de Adán y Eva. La ingesta del fruto delicioso que nos saca del paraíso inicia, a su vez, la era de la intimidad. ¿Qué es la intimidad? Un ámbito velado que ubicamos «dentro» de nosotros, un espacio que el otro no ve. De ahí que nos vuelva opacos —no transparentes— para el otro. Para que exista ese espacio debe haber una separación entre lo que se exhibe y lo que no, un pliegue, una escisión: un adentro y un afuera. Es decir que hay que haber perdido la inocencia. La inocencia significa precisamente la ausencia de ese pliegue. En el paraíso Adán y Eva no saben que están desnudos porque tal escisión no existe, entonces no existe tampoco la vergüenza. Inocencia e intimidad se oponen. Cuando comemos del fruto, termina la inocencia y nace la intimidad. Pero ese nacimiento se da bajo el signo de la prohibición divina. El pecado original no es una falta personal que hereda cada descendiente de Adán, sino que nombra esa privación de la inocencia que supone la aparición de un espacio velado, oculto, que será a partir de ese momento definitorio de la experiencia humana.

Al degustar el fruto aparece el velo, y aparece bajo la modalidad de lo desvelado, de la desnudez. Las Escrituras introducen al respecto una información crucial: cuando Adán y Eva comieron del fruto, «se abrieron sus ojos y vieron que estaban desnudos». ¿Es que antes los tenían cerrados?, ¿eran ciegos? Tenemos una marca textual que indica que veían, porque cuando la serpiente tienta a Eva, esta mira el fruto y «ve que es agradable a la vista». Eva no era ciega. ¿Cómo explicar entonces que recién en ese momento haya abierto los ojos? El sentido parece ser el siguiente: recién cuando comen del fruto, sus ojos se vuelven curiosos, se vuelven «desgarradores de velos», capaces de desnudar con la mirada. La curiosidad, que se ha interpretado generalmente como causa de la transgresión, es en realidad su consecuencia. Eva no comió del fruto porque fuera curiosa, sino que devino curiosa cuando comió del fruto. La serpiente le dice que Dios tiene una sabiduría con la que no quiere convidarlos, a la cual podrían acceder a través de ese árbol. Es decir que el motor del deseo no es la prohibición que formula «vos no» (en ese caso, no haría falta serpiente), sino la envidia que formula «otro sí», otro goza y te mezquina. Esa es, como enseñó Melanie Klein, la fantasía envidiosa por excelencia. La verdadera causa que mueve a Eva a ingerir del árbol no es, por tanto, la curiosidad, sino la envidia.

El consumo del fruto determina entonces el surgimiento de la pulsión escópica como fuerza desgarradora de velos. Ellos se dan cuenta de su indefensión en la misma medida en que los ojos despliegan su poder indagador. Si los ojos miran de ese modo, entonces hay que ocultarse, taparse, protegerse. Adán y Eva se esconden al sentir la presencia de Dios y ese gesto los delata: «¿Dónde estás? Y respondió: oí tu voz en el huerto y tuve miedo, porque estoy desnudo, y me escondí. Y dijo: ¿quién te informó que estás desnudo?, ¿has comido del árbol que yo te mandé no comieses?». El temor responde a la desnudez y no al castigo. Una desnudez que no deriva de los genitales que se cubren con las hojas de higuera, sino más bien de los ojos, que se volvieron, en palabras de san Agustín, «ojos perversos». Hay intimidad porque hay ojos capaces de curiosear, de transgredir, de profanar. Este relato enseña que la intimidad nace estigmatizada, prohibida, ligada a dos pasiones sufrientes, como son la culpa y la vergüenza, que casi se confunden al inicio, como si la culpa original fuese en realidad una vergüenza original.

La profanación que realiza el ojo tiene su expresión más directa en el acto de espiar. Los mitos nos muestran que el espión es severamente castigado con la ceguera o la muerte, dada la gravedad de su delito, que atenta contra lo sagrado, lo velado, es decir, la intimidad. A través de esos castigos, el humano intenta desarrollar frenos a la pulsión escópica, límites a una curiositas que es por definición excesiva (etimológicamente, una superabundancia de interés). Acteón espía a Artemisa mientras se baña y es despedazado por sus propios perros de caza, que no lo reconocen por las artes que utiliza la diosa. Tiresias es castigado con la ceguera por espiar desnuda a Atenea. Cam, el hijo menor de Noé, encuentra desnudo y borracho a su padre en su tienda y lo expone frente a sus hermanos, que en contraste lo cubren y se abstienen de mirar: la maldición cae sobre la descendencia del primero. Y existe otro mito que revela aún más: el de Paul, el hombre de las ratas, con quien Freud construye su teoría de la neurosis obsesiva (los casos clínicos pueden a menudo ser analizados como mitos). El hombre de las ratas espiaba compulsivamente a sus «gobernantas» y sentía una terrible culpa porque creía que si él realizaba esa acción, su padre moriría. Después de Cam, Paul nos refuerza la idea de que espiar es un acto parricida; el padre es un nombre del límite o el velo, de la prohibición cuya transgresión es condición del goce sexual. El árbol paradisíaco alude al conocimiento, por esencia curioso, pero en la Biblia el verbo conocer tiene un doble significado: designa también el acto sexual.

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La sombra bajo la cual surge la intimidad puede llevar el nombre de «lo culposo». Lo culposo es una dimensión anterior a la culpa, anterior a cualquier mala acción e incluso a cualquier mal pensamiento. Se funda en una fantasía primaria: existe alguien que lo sabe todo o lo sabrá todo, y por lo tanto nuestra existencia íntima está destinada a salir a la luz. Esta fantasía es la condición de posibilidad del sentimiento de culpa propiamente dicho. Cuando Adán y Eva comen del fruto —Eva y Adán, si seguimos el orden del suceso—, la humanidad se hace «culposa»; recién con el crimen de Caín, que derrama la sangre de su hermano, la humanidad se va a hacer «culpable», sujeto de una mala acción.

A aquella instancia omnisciente elegimos llamarla «madre». No es el dios que prohíbe comer del fruto (al que llamamos «padre»), sino aquel ante el cual las criaturas no pueden ocultarse. Esta omnisciencia esconde una prohibición más sutil: la de guardar secretos. Como se prohíbe algo en realidad inevitable, no existe modo de evadir la falta. Pero esta es imaginaria en cuanto falta, y consiste simplemente en el hecho de tener una existencia íntima. Cabe aclarar que la culposidad es una fuerza en extremo «actuadora»: quien se siente culposo busca reparar lo que no hizo, y ahí sin duda cometerá algún desliz. El culposo se hace culpable, como ya advirtieron Nietzsche y luego Freud en su elocuente texto «Los que delinquen por sentimiento de culpa». No se trata de la búsqueda de un castigo por una falta cometida, sino más bien de los errores que se cometen al intentar paliar errores no cometidos por lavar la sensación pecaminosa que produce la intimidad.

Lo culposo supone una relación con el decir, una creencia de que debemos decirle todo a alguien. Solo así podríamos asegurarnos de ser transparentes, de no estar guardando ningún secreto. El mecanismo es persecutorio porque si uno cree que debe decírselo todo a alguien, es porque cree que ese alguien ya lo sabe todo. Decirlo, entonces, parece más estratégico que callar. La psicoanalista Piera Aulagnier ha sostenido una tesis tan clara que cabe entera en el título de su artículo «El derecho al secreto: condición para poder pensar». Si el discurso de la locura, explica, puede concebirse como una carencia de filtro entre lo que se dice y lo que no, la posibilidad de guardar (una idea, una representación) resulta esencial para el acto saludable del pensamiento. No hay sujeto que se constituya sin ese espacio de secreto. La libertad, antónimo de lo culposo, no es tanto de hacer o no hacer, sino más bien de decir o no decir. Se trata del derecho a no decir, tal como expresa aquel refrán popular que nos recuerda que somos dueños de lo que callamos. Eso exige que no recaiga sobre tal silencio una amenaza. La obligación de confesar, en cambio, comporta la imputabilidad. Resulta difícil creer que la ética que predicaba Jesús admita ese dispositivo que desplegó la Iglesia romana. Su consejo de rezar en secreto, de hablar con Dios a puertas cerradas (presente en el Evangelio de san Mateo), revela una concepción de la interioridad y de su eficacia en el ejercicio espiritual que se echa a perder en el confesionario. Se trata de aquella sabiduría que enseña que para que haya buena cosecha es conveniente callar por cierto tiempo, guardar un silencio fértil. Se siembra debajo de la tierra, cuando la luna no se deja ver en el cielo, en el interior del cuerpo. Sin intimidad no hay fruto.

La madre confesionario arruina la cosecha, pero los humanos vivimos del conflicto, motor del deseo. Entre los atributos de la función materna parece estar la conformación de esta instancia psíquica, que puede luego depositarse en otros, como el analista o el sacerdote. Theodor Adorno deja anotado respecto de su madre: «¿A quién, si no, podría contarle todo?».

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Contarle todo a la madre actualiza la relación fusional que tuvimos con ella en el origen. El paraíso, como el útero, puede ser asfixiante: allí no hay separación, no hay distancia. La dimensión del psiquismo que responde más claramente a dicha relación fusional es la narcisista. Pero para comprender esto es necesario despejar algunos prejuicios sobre el narcisismo, que proceden de una lectura descaminada del mito.

Narciso no se ama a sí mismo, sino que se enamora de su imagen, con la cual se encuentra inesperadamente en un espejo de agua. Lejos del amor propio, muere en una suerte de suicidio en que le entrega su vida a esa imagen (a veces ahogado en la fuente, otras desvanecido al costado de esta). El agua es el símbolo predominante del mito: Narciso es hijo del río Cefiso y de una ninfa de agua dulce, Liríope; muere al encontrarse con una fuente de agua y al morir se metamorfosea en una flor de agua, el narciso. Este símbolo señala aquella fusión, el líquido amniótico en el cual somos uno con nuestra madre. Pero dicho líquido es una metáfora: no es al cuerpo de la madre al que está pegado el narcisista, sino a su mirada. El espejo en que Narciso se ve alude al que se forma en las pupilas de Liríope, que lo mira con la idealización (narcisista) con que miran mayormente los padres. El drama del narcisista es, en definitiva, la falta de distancia con el ideal materno. Esa imagen es pensada como condición del amor, de ahí que busque sostenerla a costa de su vida. Lejos de la vanidad, lo que se juega allí es demasiado relevante para el sujeto: en un principio, ser mirado y amado es para el humano una cuestión de supervivencia.

Se deriva de lo dicho que la estructura narcisista es también notablemente culposa. Si lo culposo se debe a un ideal de transparencia que nos prohíbe tener un espacio íntimo y el narcisismo se liga a una fusión con la madre que prohíbe también tal espacio, sigue que este tendrá una tendencia natural a ser culposo (lejos del uso del término por parte de la psiquiatría contemporánea, que supone que el narcisista es un psicópata que no se angustia ni siente culpa). Si hay fusión, no hay intimidad. El opuesto del narcisismo es, en la lectura que propongo, el egoísmo. Si el narcisista se posterga a sí mismo e incluso de sacrifica para sostener una imagen en la que cree que es amado por el otro, el egoísta se prioriza a sí mismo por sobre los demás y hace del otro la variable de ajuste de sus decisiones. Pues bien, así como al narcisista lo rige el ideal fusionante de la transparencia, el egoísta tiene, en cambio, una inclinación a ocultar. A veces oculta simplemente para reservar un ámbito propio, y por eso se trata menos de comprender qué oculta que del hecho de que oculte. El secreto le brinda sentido de la individualidad y, además, una fantasía de control, en la medida en que maneja una información que no comparte.

Otro aspecto del mito de Narciso que suele pasarse por alto es su enemistad con Eros, el dios del deseo. Si Narciso se hunde en el líquido amniótico de la fusión, anulando todo velo y toda distancia, Eros se alimenta del enigma, de velos que utiliza para luego desgarrar. La curiosidad es una pasión erótica, pertenece al ámbito de la divinidad alada. Cuando Eva come del fruto se produce la Caída, que es una caída en el deseo (de conocer, en su doble sentido), una caída en el universo de seres escindidos, que han perdido la inocencia y poseen ahora un espacio íntimo amenazado y estigmatizado. Seres humanos. En el paraíso narcisista no hay erotismo, porque este requiere distancia y velo. La sexualidad es lo íntimo por antonomasia. Su existencia misma se funda en el tabú que cae sobre ella. Es una fuente primordial de culpa precisamente porque no podemos no guardar secretos sobre ella. En la sexualidad hay algo inconfesable. El sexo es ese asunto sobre el cual no puede decirse todo.

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Georges Bataille ofrece una definición del erotismo que hace justicia como ninguna a su dependencia respecto del velo de la intimidad: dice que lo erótico es «el reverso de una fachada», es decir, lo que está atrás de la careta, detrás del velo. Lo erótico se oculta, se disimula. Cuando queda expuesto, aparece la vergüenza, el rubor en las mejillas, señal de que la barrera ha fallado. No hay erotismo sin vergüenza, sin desvelamiento, sin ojos abiertos capaces de desnudar con la mirada, como los que adquirimos gracias a Eva.

«No carecíamos de pudor, muy al contrario, pero una especie de malestar nos obligaba a desafiarlo», comenta el narrador de Historia del ojo de Bataille, en un ajuste de cuentas con Sade. En la transgresión no se suprime la prohibición, sino que se goza de ella. Esa clave del pensamiento batailleano explica no solo el carácter erótico de la vergüenza, sino también su relevancia para la existencia del vínculo: cuando esta falta, los desatados personajes experimentan el «aislamiento del impudor». El pudor hace lazo, nos devuelve a la conciencia de ser constituidos por la mirada del otro. Para ser constituidos por otro, tenemos que transferirle antes un poder. Avergonzarse supone atribuir a la mirada ajena ese poder sobre nosotros, dar lugar a cierto temor que se hace presente en la vergüenza. Entonces, la mirada ajena nos intimida, nos vuelve tímidos.

El pudor es cómplice del deseo curioso y transgresor. El erotismo rasga el velo, pero para eso lo instituye. Como enseña el relato del fruto prohibido, no es la curiosidad la verdadera enemiga de la intimidad, sino su origen. Pero también habita el ser humano otro gesto, opuesto al erótico y guardián férreo de lo íntimo: el gesto piadoso que sostiene el velo y así permite que, a veces, el goce de la verdad no profane el espacio íntimo. La piedad detiene el impulso curioso, cultiva el respeto que se sustrae a la lógica erótica del spectare y el enigma. Hay que recordar que esta tensión entre Eros y Piedad es benéfica: en ese arco se juega la experiencia humana. En las antípodas de esa lucha está la intimidad exhibida, hecha espectáculo, devenida pura imagen narcisista: ahí hay mero aplanamiento, rendimiento al ideal, profanación sin sacralidad, fragilidad yoica que se expone en primerísimos planos. Sostener el velo de la intimidad propia es tener piedad con uno mismo, no exponer la carne como comidilla de la morbosidad propia y ajena. Solo a partir de allí podremos restituir, al menos precariamente, el derecho a la intimidad. Si no deberíamos a priori sentir vergüenza o culpa por aquello que somos o sentimos no es porque tengamos el permiso de exhibirlo sin más, sino por el derecho que tenemos de resguardarlo, por el derecho que tenemos a cultivar y nutrir nuestro espacio íntimo, si es que nos lo damos.

Florencia Abadi es filósofa y escritora. Nació en Buenos Aires en 1979. Es doctora en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires (UBA), investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas y profesora de Estética en los departamentos de Filosofía y de Artes de la UBA. Su campo de trabajo incluye la estética, los afectos y la filosofía de la historia, en intersección con la mitología comparada, la filosofía griega clásica y el judaísmo.