Ingresá

Ilustración: Juan Palarino

Un mundo infeliz

12 minutos de lectura
Contenido exclusivo con tu suscripción de pago

¿Hay realmente una epidemia de depresión o los diagnósticos y las prescripciones son cada vez más laxos? En un momento en el que parece que «todo el mundo toma medicación psiquiátrica», Inés Garbarino fue en busca de algunas respuestas: desde el origen y la construcción de una patología que la ciencia decidió alojar en el cerebro hasta aquella información que las farmacéuticas ocultan, la dificultad de dejar los antidepresivos y sus efectos secundarios insospechados.

Contenido no disponible con tu suscripción actual
Exclusivo para suscripción digital de pago
Actualizá tu suscripción para tener acceso ilimitado a todos los contenidos del sitio
Para acceder a todos los contenidos de manera ilimitada
Exclusivo para suscripción digital de pago
Para acceder a todos los contenidos del sitio
Si ya tenés una cuenta
Te queda 1 artículo gratuito
Este es tu último artículo gratuito
Nuestro periodismo depende de vos
Nuestro periodismo depende de vos
Si ya tenés una cuenta
Registrate para acceder a 6 artículos gratis por mes
Llegaste al límite de artículos gratuitos
Nuestro periodismo depende de vos
Para seguir leyendo ingresá o suscribite
Si ya tenés una cuenta
o registrate para acceder a 6 artículos gratis por mes

Editar

—Y lo que menos comprendo es por qué no tomas soma cuando se te ocurren esta clase de ideas. Si lo tomaras olvidarías todo eso. Y en lugar de sentirte desdichado serías feliz. Muy feliz —repitió.

Aldous Huxley, Brave New World

Empecemos por el principio

En 1932, cuando se publicó la novela de Huxley, todavía no existía el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM), que vio la luz recién 20 años después, publicado por la Asociación Estadounidense de Psiquiatría. La primera versión (dado que, con el tiempo, se fue modificando —actualmente estamos en la quinta—) fue un intento de elaborar una clasificación de los llamados «trastornos mentales» que pudiera servir de referencia a todos los actores de la salud mental, ya que hasta el momento no existía una referencia clara y universal para llevar a cabo los diagnósticos. Esta primera versión (el DSM-I) seguía, a grandes rasgos, la clasificación que ya había sido confeccionada por el Ejército de Estados Unidos y, dato de color, incluía la homosexualidad como un trastorno de la personalidad. No fue sino hasta 1980, en el DSM-III, que se incluyó el «trastorno depresivo mayor» dentro de los llamados «trastornos afectivos».

Entonces, ¿antes no existía la depresión? Claro que sí. Solo que tenía otro nombre; se le decía «melancolía». Recién en 1994, la cuarta edición del manual eliminó ese término de sus páginas. En la historia de la psiquiatría se manejaron varios conceptos para referirse más o menos a lo mismo: neurastenia, agotamiento del sistema nervioso, trastorno de los nervios. Lo que tenían de particular estos conceptos era que incluían todo el cuerpo. En la Edad Media, la melancolía significaba «exceso de bilis negra en el cuerpo» (esa es la etimología de la palabra, que viene del griego). Esto ubicaba el problema no en la mente, sino en todo el cuerpo, lo que tenía un efecto directo sobre su tratamiento.

Pero si miramos el desarrollo del concepto, veremos que a medida que fue pasando el tiempo, su definición se fue desplazando hacia otros terrenos: en 1816, por ejemplo, la enciclopedia francesa Encyclopédie méthodique recogía mélancolie como «enfermedad mental caracterizada por una tristeza perpetua». En el siglo XX, Freud contribuyó a este desplazamiento al relacionar la melancolía con el duelo y los sentimientos de culpa; aquí ya no se ubicaba ni en el cuerpo ni en la mente, sino que era un problema psíquico, más complejo que la tristeza.

El tema de la ubicación de la dolencia es fundamental porque tiene relación directa con la manera en que se intentará curarla o tratarla. En psicoanálisis «la cura por la palabra» solo es posible si nos ubicamos en el paradigma de lo psíquico. En otras palabras: si la melancolía o la depresión se deben a cuestiones del inconsciente, a eventos del pasado que es posible reorganizar y resignificar hablando, no es necesario hacer más que eso, hablar.

Sin embargo, este paradigma, notablemente a partir de mediados del siglo XX, empezó a dejarse de lado, y desde hace ya varias décadas se experimenta el apogeo de un paradigma biológico de los trastornos mentales, según algunos autores debido, en parte, a los avances tecnológicos de la industria farmacéutica y su necesidad de vender siempre más.

Es así como actualmente el discurso imperante es que la depresión es «un desbalance químico del cerebro», «una enfermedad como cualquier otra», y que para tratarla hay que tomar una medicación. Sin embargo, muchas voces se han alzado desde la medicina para señalar que el supuesto «desbalance químico» no está, en verdad, demostrado y que no existe evidencia sólida para sostener esta hipótesis.

La hormona de la felicidad

El concepto de depresión tal como lo entendemos ahora empezó a establecerse en el mundo médico y en la sociedad al mismo tiempo en que, paralelamente, empezaron a desarrollarse los primeros psicofármacos para su tratamiento, en las décadas del 50 y el 60. Antes, en la década del 30, las anfetaminas, recientemente sintetizadas, se recetaban para diversos trastornos. Esto tuvo consecuencias negativas, dado que rápidamente se descubrió el efecto adictivo de estas drogas, lo que impactó directamente en las ventas, que disminuyeron de manera considerable para el pesar de las empresas farmacéuticas.

Los primeros antidepresivos fueron, en realidad, un hallazgo de los laboratorios que experimentaban con drogas para curar la tuberculosis y descubrieron que estas tenían un efecto elevador del ánimo. La imipramina y la iproniazida se introdujeron en la clínica en 1957 y no solo la revolucionaron, sino que abrieron el camino a la industria farmacéutica para iniciar una carrera que nunca se detuvo. Estos fármacos son, respectivamente, del grupo de los antidepresivos tricíclicos y de los inhibidores de la monoaminooxidasa y se consideran antiguos; actualmente se recetan con poca frecuencia debido a que tienden a causar varios efectos secundarios.

Los más comunes hoy en día son los llamados inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS). En la página web oficial del Departamento de Salud estadounidense se describen como «el tipo de antidepresivo más recetado, [que obra] al aumentar los niveles de serotonina en el cerebro [y], en general, tiene menos efectos secundarios que otros tipos de antidepresivos».

La serotonina o 5-hidroxitriptamina, que según esta página «ayuda a regular el estado de ánimo, el apetito, el sueño y la percepción del dolor», es un neurotransmisor que se encuentra en las plantas y los animales e interviene en numerosos procesos fisiológicos. En los humanos, 90% de la serotonina se halla en el tracto gastrointestinal y en las plaquetas de la sangre, y solo 10% en las neuronas del sistema nervioso. Esta molécula, que hoy es de conocimiento popular (todo el mundo habla de la serotonina), se aisló y se nombró a fines de la década del 40. Una búsqueda rápida en internet arroja como resultado que la serotonina es «la hormona de la felicidad y el bienestar». Este descubrimiento fue fundamental porque proporcionó de una vez por todas la «prueba» del paradigma biológico: si la felicidad es una molécula aislable, no solo se puede «ver», sino que se puede sintetizar para su consumo. La «tristeza perpetua» ya no es un concepto abstracto ubicado en la mente ni un complejo proceso de culpa o negación de traumas pasados en la psiquis, sino algo tangible. Esto, evidentemente y con razón, provoca una sensación de alivio, no solo en los diversos actores responsables de la salud mental, que pueden al fin señalar físicamente el problema, sino también en las personas que lo experimentan, porque poder ubicar en un lugar preciso eso que te hace sufrir tanto es un gran primer paso para combatirlo. Pero este alivio no debe eclipsar un aspecto algo controversial: haber podido «biologizar» el trastorno depresivo y convertirlo en «un desequilibro químico del cerebro» fue una excelente noticia para la industria farmacéutica, que gracias al descubrimiento de la hormona de la felicidad encontró un nuevo nicho de mercado.

El huevo o la gallina

Aunque sería un poco arriesgado afirmar que el aumento de los diagnósticos de depresión es la causa de la necesidad de vender antidepresivos, hay elementos que nos permiten sospechar que efectivamente existe una «epidemia de depresión», como le llama la Organización Mundial de la Salud (OMS). Por un lado, es innegable que hubo cambios en la sociedad que podrían habernos llevado a estar más deprimidos. Desde la psicología, la psiquiatría, el psicoanálisis y la sociología, en la década del 90 se esbozaron explicaciones relacionadas con la vida moderna y la exacerbación del individualismo. Actualmente se leen teorías que explican la depresión y la ansiedad como un resultado directo de las redes sociales y la inmediatez de internet. Y por si fuera poco, atravesamos el confinamiento de la pandemia de covid-19, a la que se adjudica el aumento a nivel mundial tanto de depresión como de ansiedad y, por consiguiente, el consumo de psicofármacos.

Pero ¿estamos realmente más deprimidos o los diagnósticos aumentan porque el modo de concebir la depresión la ha convertido en una enfermedad «más laxa y abarcadora», como señala Andrea Bielli en su libro La introducción de los antidepresivos en Uruguay (1950-2000)?

¿Cuántos casos conocemos de personas que asisten por primera vez al psiquiatra, cuentan lo que les pasa en unos diez minutos (o menos) y salen con una receta verde? No soy psiquiatra y desconozco la forma en que evalúan a los pacientes, pero ¿es seguro recetar una droga tan poderosa y con efectos secundarios y de abstinencia tan peligrosos con tan solo haber escuchado un breve relato de menos de diez minutos? La doctora Inés Acosta,1 entrevistada para esta ocasión, explica que la medicación debe reservarse para cuadros de moderados a severos o para situaciones en las que los síntomas generan un deterioro importante en la vida de la persona. Si el caso es más leve, el médico debería comenzar con intervenciones psicoterapéuticas, cambios en hábitos de vida y apoyo psicosocial. La doctora Acosta también señala que para hacer un buen diagnóstico es importante disponer de tiempo en la consulta que permita escuchar y comprender y que, lamentablemente, en muchos sistemas de salud ese tiempo es limitado, lo que complica el trabajo de los profesionales.

Otro fenómeno que empieza a verse es el de los adolescentes medicados, algo que, por ser docente, he tenido cerca. Muchos de ellos, lamentablemente, consumen una pastilla de la que no tienen idea: se saltean las tomas porque no saben cómo funciona, nadie les ha explicado qué puede hacerles en el organismo y cuáles son sus riesgos. ¿Será que justo estos jóvenes fueron a malos psiquiatras? Puede ser. Lamentablemente, que un solo adolescente esté mal medicado o desconozca la seriedad de lo que está metiéndose en el cuerpo ya parece demasiado.

En la página web de la reconocida Clínica Mayo, la sección dedicada a los antidepresivos viene con un apartado que se titula «Riesgo de suicidio y antidepresivos» y explica: «La mayoría de los antidepresivos son generalmente seguros, pero la Administración de Alimentos y Medicamentos exige que todos los antidepresivos incluyan advertencias de recuadro negro, las advertencias más estrictas para las recetas médicas. En algunos casos, es posible que los niños, los adolescentes y los adultos jóvenes menores de 25 años presenten un aumento en los pensamientos o las conductas suicidas cuando toman antidepresivos, especialmente en las primeras semanas después de comenzar a tomar estos medicamentos o cuando se cambia la dosis. Cualquier persona que tome un antidepresivo debe ser vigilada de cerca por si empeora la depresión o si tiene algún comportamiento inusual. Si usted o alguien que conoce tiene pensamientos suicidas cuando toma un antidepresivo, comuníquese inmediatamente con el médico o busque ayuda de emergencia». Respecto de este punto, la doctora Acosta señala que en el caso de niños y adolescentes, el uso de psicofármacos requiere especial cuidado, dado que sus cerebros aún están en desarrollo y la evidencia científica es más limitada que en adultos. Además del riesgo de ideaciones suicidas, existe también un riesgo de viraje hacia síntomas de tipo bipolar en personas con vulnerabilidad previa, por lo que es fundamental evaluar antecedentes personales y familiares. Aunque no tenemos forma de saberlo, es difícil no preguntarse cuántos suicidios habrán sido debido a un trastorno propio de la persona y cuántos, a la luz de la información del recuadro negro, habrán sido causados por la misma droga que supuestamente debía evitarlos.

Maniobras farmacéuticas

En el apartado «Contornos de los farmacéuticos» de su libro sobre la introducción de antidepresivos en Uruguay, la doctora Bielli cita a algunos autores que han denunciado la injerencia de la industria farmacéutica en relación con la prescripción de medicamentos. El investigador canadiense Sergio Sismondo, por ejemplo, llama «maniobras farmacéuticas» a los métodos utilizados por la industria farmacéutica para influenciar las decisiones de los médicos en el momento de recetar, que consisten en generar conocimientos sobre los psicofármacos que la propia industria produce y asegurarse de los circuitos para su distribución, lo que cuestiona o por lo menos se enfrenta a las normas de publicación y circulación de la investigación científica (que deberían ser independientes de intereses económicos). Por otra parte, el psiquiatra David Healy habla de las prácticas de ghostwriting («escritura fantasma») que se utilizan para la redacción de los artículos científicos. Las empresas farmacéuticas encargan la escritura de la mayor parte del texto a redactores profesionales que trabajan para compañías de comunicación médica y los académicos participan principalmente al final del proceso, revisando el artículo y realizando algunos aportes menores, sin acceso directo a los datos originales del estudio. Además, señala Bielli, es muy común que en este tipo de artículos se haga hincapié en los resultados que dejan bien parados a los fármacos, mientras que los resultados negativos tienen mínimas menciones.

Respecto de esto, la doctora Acosta concuerda en que la industria no solo cumple un papel importante en la financiación de buena parte de la investigación clínica, sino que además puede influir en la forma en que se difunde la información sobre los tratamientos. Por ello, subraya la importancia de regular los conflictos de interés y promover la investigación independiente. Sin embargo, afirma que el aumento en el uso de psicofármacos no puede explicarse únicamente por la influencia de los laboratorios. Existe también una tendencia social más amplia a la medicalización del malestar, es decir, a interpretar experiencias humanas complejas como el estrés, la tristeza y la angustia principalmente en términos médicos y tratarlas con intervenciones sanitarias. Esto iría en el mismo sentido de la consideración de la depresión como una enfermedad «más laxa y abarcadora», sumado al hecho de que las expectativas sociales sobre el bienestar, según Acosta, se han modificado, a la vez que los sistemas de salud se han deteriorado y a veces se termina cayendo en «la respuesta más rápida disponible», que es la farmacológica.

Back in the ISRS

Además de los riesgos de ideación suicida que pueden presentar los antidepresivos y de la controversial injerencia de la industria farmacéutica en la «epidemia de depresión» y la consecuente prescripción masiva de estas drogas, existe otro tema polémico del que se ha empezado a hablar hace muy poco: los ISRS pueden provocar, en algunos organismos, lo que se ha dado en llamar «síndrome de discontinuación». No se le dice «síndrome de abstinencia» porque se considera que estas drogas no generan dependencia en el sentido clásico, como sí ocurre, por ejemplo, con las benzodiacepinas (los ansiolíticos), explica la doctora Acosta.

¿De qué se trata esto? ¿No eran acaso los antidepresivos «drogas seguras»?

Cuando yo empecé a tomarlos, hace muchos años, me acuerdo perfectamente de lo que me dijo el médico: que no había ningún peligro más allá de algún efecto secundario y que cuando decidiéramos suspender el tratamiento, lo haríamos paulatinamente, para evitar cualquier efecto rebote. Me aseguró que, de todos modos, si llegaban a surgir síntomas al dejarlo, estaba demostrado que desaparecerían en un lapso de pocas semanas. Spoiler alert: esto no fue así. Por más «paulatino» que lo haga, siempre tengo que volver a tomarlo, aunque sea en una dosis mínima (que algunos médicos han bautizado «té de tilo»). Mis síntomas no son una simple molestia que desaparece en semanas y tampoco son una recaída de mi enfermedad, porque todo lo que me ocurre cuando dejo esa pastilla no me había pasado nunca, jamás, antes de tomarla. Cuando empecé a darme cuenta de esto, lo primero que hice fue googlear. Y descubrí que no soy la única. En internet y en las redes se multiplican las páginas y las cuentas de apoyo para todas las personas que sufren de esto y que cuando empezaron el tratamiento no recibieron la advertencia. En Estados Unidos (y descubrí que en Uruguay también, después de haber consultado con tres médicos) existen farmacias a las que se les pide que hagan antidepresivos en formato líquido (o en pastillas de menor dosis), para que la gente que sufre del síndrome de discontinuación pueda ir disminuyendo sus dosis de forma «hiperbólica» (así se le llama), es decir, mucho más lentamente de lo que nos explicaron que debía ser, porque la suspensión tradicional, que es ir bajando a la mitad, a mucha gente no le funciona. Algunos «organismos sensibles» (dixit los médicos), como el mío, necesitan ir bajando, a veces, de a 0,1 miligramos, y esto no está contemplado por los fabricantes (no existen dosis tan bajas a la venta).

Según los investigadores, este síndrome tiene más probabilidad de aparecer cuanto más tiempo se hayan tomado los fármacos, lo que nos lleva a un segundo problema, que observa la doctora Acosta: «Puede ocurrir que los tratamientos se continúen de forma casi automática durante largos períodos, sin revisiones periódicas suficientes». El organismo, entonces, se acostumbra a la presencia de esa droga y luego no logra vivir normalmente sin ella. Por estos motivos, y por la reciente preocupación acerca de este síndrome, se ha empezado a discutir un tema importante: la «deprescripción». Tradicionalmente, explica Acosta, la formación médica ha estado más enfocada en cuándo iniciar un medicamento que en cuándo y cómo retirarlo. La deprescripción implica revisar periódicamente la necesidad del tratamiento y, cuando es posible, reducir o suspender la medicación de forma gradual y supervisada, pero esto, como explica la doctora, recién está empezando a considerarse y aún queda mucho por aprender.

Urge ampliar la reflexión

El 2 de setiembre de 2025, la OMS lanzó un comunicado titulado «Más de mil millones de personas viven con trastornos de ‎salud mental: urge ampliar los servicios». Yo agregaría que también, o en lugar de los servicios, urge ampliar la reflexión. Es necesario que se tome en cuenta seriamente la influencia de la industria farmacéutica, porque vender mercadería y ayudar a las personas son dos intereses que suelen chocar entre sí. Urge, como explica la doctora Acosta, que la investigación sea más independiente y que los médicos no opten por «la respuesta rápida», para lo cual, entre otras cosas, necesitan el apoyo de sistemas de salud que permitan consultas más largas (al menos para algunas especialidades). Es importante, agrega Acosta, evitar una visión excesivamente alarmista, porque los psicofármacos son herramientas terapéuticas muy valiosas cuando están bien indicados. El problema es que al parecer hoy en día abundan los casos en que no están bien indicados o en que se indican sin fundamentos sólidos que los justifiquen o sin el seguimiento adecuado. Algunos investigadores hablan de la medicina actual como una medicina «farmacéuticamente centrada», en el sentido de que se ha enfocado más en recetar medicamentos que en comprender lo que realmente les sucede a los pacientes. En el caso de la psiquiatría, el centro puesto en los fármacos estaría generando una cultura en la que a veces pareciera que «todo el mundo se medica» o que tomar antidepresivos o ansiolíticos ha pasado a ser algo banal. No sabemos, al final de cuentas, si en las cifras hay más depresión porque el diagnóstico se ha vuelto «laxo» o si realmente existe una epidemia que atender. Probablemente estén ocurriendo las dos cosas. Entonces, urge que reflexionemos, porque sospecho que atiborrarnos de soma, como en la novela de Huxley, no nos ayudará, como sociedad, a sentirnos menos desdichados.

Inés Garbarino (Montevideo, 1983) es magíster en Letras, traductora, docente e investigadora y escribe ficción y no ficción.


  1. Doctora en Medicina, psiquiatra de niños y adolescentes especializada en primera infancia y perinatalidad. Magíster en Salud y Psiconeuroinmunoendocrinología. Presidenta de la Sociedad Uruguaya de Psiconeuroinmunoendocrinología y cofundadora de Gestando, un equipo de profesionales especializado en salud mental perinatal. 

¿Tenés algún aporte para hacer?

Valoramos cualquier aporte aclaratorio que quieras realizar sobre el artículo que acabás de leer, podés hacerlo completando este formulario.

¿Te interesó este artículo?
Suscribite y recibí en tu email la newsletter de Lento, periodismo narrativo y ficción de la diaria.
Suscribite
¿Te interesó este artículo?
Recibí en tu email la newsletter de Lento, periodismo narrativo y ficción de la diaria.
Recibir
Este artículo está guardado para leer después en tu lista de lectura
¿Terminaste de leerlo?
Guardaste este artículo como favorito en tu lista de lectura