Escucho la propuesta y me pregunto: ¿qué se entiende por «intimidad de la escritura»? En desorden acuden a mí hábitos, incertidumbres, búsquedas apasionadas, frustraciones, hallazgos felices, manías, una corriente dichosa que suele recorrerme desde la cabeza hasta los dedos. Tal vez esas ocurrencias no están del todo erradas: son parte de un paquete que guarda pedazos bastante consistentes de mi intimidad de mujer-que-escribe. Ya presiento que me va a gustar ir desenterrando esos pedazos y, hasta donde me sea posible, dar cuenta de un espacio bien singular de mi mundo privado. Solo que, apenas intento adentrarme en ese mundo, descubro que no voy a poder revelarlo a pleno si antes no indago en otra intimidad, más sumergida y antigua, sin la cual esa mujer que escribe —yo— no existiría. Se me hace necesario rastrear de dónde viene el impulso primario, el requerimiento intenso e impreciso que me llevó a elegir la escritura y a seguir eligiéndola. O mejor: a expandirme en la escritura.
No me resulta fácil distinguir el origen de ese empujón inicial, ya que parece tener varias puntas. Pero esta propuesta está instalando en mí el deseo de bucear en el magma original, en mi intimidad fundante. Por qué escribo, así de simple es el planteo, aunque tratar de responderlo no tenga nada de simple.
Vislumbro ante todo una etapa, entre los cuatro y los seis años, en la que vivía con la casi perpetua demanda de entender el mundo que me rodeaba y en paralelo, mientras daba vueltas en el patio de la casa de mi abuela o alrededor de la mesa del comedor de mi casa, me imaginaba a mí misma viviendo acontecimientos mucho más apasionantes que los de mi vida real, que me parecía monótona. Sintetizando: me sentía incómoda en el mundo y estaba convencida de que entendía cosas que ninguna otra persona podía entender, de modo que no tenía manera (y tampoco interés) de comunicárselo a los otros. Es más, tenía la impresión de que ese acontecer imparable que atravesaba mi cabeza y que después pude nombrar «pensamiento» e «imaginación» era un fenómeno que me pasaba solo a mí. O sea: entre los cuatro y los seis años me sentí dueña de un don incomunicable y muy difícil de soportar, que de ninguna manera entendía como un don y que me condenaba a una soledad atroz, cosa que, para los otros, era vista sencillamente como timidez extrema, lo que por supuesto no me gustaba para nada.
No es que más allá de los seis años esa «corriente imparable en mi cabeza» dejara de ocurrirme —debo confesar que en cierto modo me sigue ocurriendo—, pero al menos empecé a entender que el pensamiento no me pasaba solo a mí. O sea: abolí una parte pavorosa de la soledad. Y me ocurrió otra cosa: empecé a leer. El mundo se me amplió con posibilidades infinitas; la lectura era un acontecimiento absoluto, una presencia que se extendía más allá del tiempo en el que estaba leyendo, ya que mi imaginación se nutría de acciones y situaciones de los libros que no hubiese sido capaz de concebir sola, y hasta podía imaginarme como protagonista de esas acciones y modificarlas a mi antojo.
En esa primera época, hubo un hecho anticipatorio, aun cuando entonces no le di la menor importancia. Ocurrió en segundo grado: la maestra clavó una lámina en el pizarrón y nos dijo que teníamos que escribir acerca de ella. Fue la primera propuesta de escritura que tuve en mi vida. Lo que veo hoy: un hombre, una mujer (supuestamente madre y padre), dos chicos, un perro, o sea, una escena penosamente desabrida. Ante la lámina, el concepto de desabrido ni siquiera se me cruzó. Me lancé ahí nomás a escribir una historia. No recuerdo nada de esa historia, sí recuerdo la facilidad y el placer al escribirla. Algo se había abierto en mí para siempre (ahora, mientras escribo estas palabras y sigo indagando en mis orígenes, puedo garantizar que es así: escribir creando fue para mí desde el inicio, y sigue siendo, una actividad dichosa). Pero de ningún modo la consideré una virtud. Virtud era mi facilidad para las matemáticas, algo exaltado por mi familia y que provocaba resultados inmediatos y palpables. Por ejemplo: en tercer grado, la maestra, bajo la forma de un concurso, nos dio un problema a resolver: resultó tener catorce pasos y fui la única capaz de resolverlo. Eso era virtud; lo otro, escribir, era meramente alegría. No tenía mérito o no me interesaba en lo más mínimo que fuera un mérito para otros. Debo decir que no me consideraba muy meritoria para el exterior. Era muy buena para actuar, eso sí: de hecho, actué en casi todas las fiestas escolares; pero era desafinada para cantar, mala para dibujar y un desastre para las labores de costura. Como alumna, hacía lo necesario para zafar, nada más. Odiaba toda actividad escolar y no hacía los deberes porque me tentaban actividades mucho más interesantes: sobre todo, leer. A propósito, hay una anécdota que también se vincula con mi origen: en los primeros días de clase, la maestra de quinto grado nos propuso dibujar una portada en el comienzo de cada mes, cosa que las alumnas aplicadas hacían. Yo aprovechaba la volada de que no fuera obligatorio para saltear la propuesta, pero cuando llegó septiembre consideré que un mes tan promisorio ameritaba mi intervención. No hice el dibujo cuando correspondía, pero dejé la página en blanco; pasó el tiempo y ahí seguía, con la observación, cada vez menos amable, de la maestra. Casi a fin de septiembre, asediada por la inevitable mala nota, me puse a idear una manera no trabajosa de llenar la página en blanco. Ya estaba: un poema. Era tan vaga que ni siquiera lo escribí; lo pensé y lo iba registrando en la memoria. Todavía me lo acuerdo; decía así: «Llegó primavera, / renacen las flores / y las mariposas / son de mil colores. / Está el cielo azul, / está el sol de oro / y niños felices / ya cantan en coro: / “Primavera alegre, / primavera hermosa, / llenas los jardines / de lirios y rosas. / Llenas de fragancia / el aire más tibio / que juega a mecer / claveles y lirios”. / Primavera, llegas / cargada de flores / y con tus pinceles / repartes colores».
Una seguidilla de lugares comunes con métrica correcta y aceptable rima asonante, pero no tengo duda de que habría sido más que ponderable para la maestra. No ocurrió: nunca lo pasé al cuaderno (de hecho, acabo de escribirlo por primera vez). Lo que hice fue pintar la página entera de amarillo rabioso y, en el centro, escribir «Septiembre» con tinta china: un asco. Me dio pudor exponer algo que, para mí, era un juego privado. No le veía mérito, como tampoco se lo veía a hacer buenas redacciones. Entre las tareas de la escuela, que no me gustaban, lo que concernía a la invención y la escritura era puro placer. Ocurría cuando ocurría, sin mandatos externos y todavía —por poco tiempo— sin mandatos internos.
Acá empieza a asomar otra instancia de mi historial. ¿A qué llamo «mandato interno»? A una percepción que al principio fue muy tenue, pero que iría volviéndose cada vez más nítida: ir sabiendo que la escritura era algo intensamente mío de lo que no podía ni quería prescindir.
En los comienzos, esa percepción careció de formato y de ninguna manera me hizo soñar con un futuro. La explicación que hoy le puedo dar a ese no-sueño es bastante clara. No me importaban los autores ni sus vidas: solo me importaban los libros, lo que cada uno de ellos tenía para decirme. Sabía el nombre de quienes los habían escrito por una mera cuestión práctica: si me gustaba determinado libro, buscaba otros de ese autor para que se me multiplicara el placer. Amaba a esos autores, no por cómo habían sido, sino por los libros que habían escrito, y era capaz de identificarlos. Sabía qué esperaba encontrar en Salgari, y en Louisa May Alcott, y en Dickens. Y, más adelante, en Oscar Wilde, o en Bernard Shaw, o en William Saroyan. Y en cada uno de mis poetas amados. Devoré tempranamente Los titanes de la poesía universal. Idolatraba a Bécquer, a Amado Nervo, a Lorca, a Alfonsina Storni y a Juana de Ibarbourou. Sabía muchos de sus poemas de memoria, pero de ellos no sabía nada ni me importaba. (Sí de Lorca, ahora que lo pienso, por lo terrible de su historia, que abarcaba un territorio más allá de su poesía, y de Alfonsina Storni, por su rebeldía y por su suicidio; de los demás no sabía casi nada). Eran los Escritores, seres sin entidad con la capacidad para haber creado los libros que yo amaba. ¿Cómo podía soñar ser uno de esos seres capaces del milagro?
Pero sí, como dije, iba sintiendo cada vez con más intensidad el mandato interno de escribir. No se daba en plenitud en la escritura de poemas, aunque escribí varios entre los trece y los catorce años. Del mismo modo que mi verso a la primavera, que pensé y memoricé pero no escribí hasta hoy, los diversos poemas de amor que compuse en ese período nunca fueron escritos. Los inventaba y los memorizaba, al punto de que aún hoy los recuerdo de principio a fin, pero nunca tuve la necesidad de escribirlos. El primero de ellos lo inventé a los trece años, en la cama, mientras miraba el cielo estrellado desde la ventana; empezaba justamente así: «Es una noche tibia de verano, / arriba las estrellas hacen guiños de luz, / abajo mil cuadrados de lucecitas tiemblan / la noche perfumada en su manto de azul». El verso siguiente —«Desde mi lecho, triste, miro el cielo, / el cielo iluminado que invita a amar»— me parece elocuente respecto de lo que me sucedía: no estaba escribiendo; componía con palabras (bastante rebuscadas a veces; la palabra lecho es un buen ejemplo) lo que me estaba ocurriendo en ese preciso momento. Y es esa la sensación que recuerdo: los versos eran el reflejo de mi estado presente. No creaba: me retrataba con palabras. Una vez que el retrato había sucedido, no tenía la menor necesidad de que quedara escrito.
Hubo también en esa etapa algunos intentos de escritura que considero bastante fallutos, o al menos exteriores, consecuencia de una novela de diez tomos que me marcó de manera fundamental a los catorce años: Juan Cristóbal, de Romain Rolland; me adentré de cuerpo entero en su protagonista, Juan Cristóbal, compositor; lo amé a él y a su búsqueda y supe (tal vez para siempre) que el único trabajo que tenía sentido para mí era el trabajo creador. Lo cierto es que, adolescente pretensiosa al fin y sin mayor indagación en el asunto, concluí que toda novela que se preciara debía tener diez tomos y ahí nomás decidí escribir una novela de diez tomos. Empecé dos: una, sobre una chica de trece años que venía de España a la Argentina; me proponía nada menos que contar, a lo largo de diez tomos, todos los incidentes de su vida desde los trece a los catorce años. Ese primer intento perdió por abandono en el final del segundo capítulo. La segunda era sobre las andanzas de un cartero y estaba escandalosamente influida por un libro que amaba, La comedia humana, de William Saroyan; en particular por un personaje, Homero Macauley, cartero adolescente. Por supuesto, ignoraba todo sobre el tema correos y afines, así que esta vez la intentona no llegó a tocar siquiera el segundo capítulo.
Si bien ya debían indicar una tendencia, en ninguno de estos intentos adolescentes conseguí —y ni siquiera busqué— expresar a fondo mis vivencias y desbordes de esa época.
Hubo, en cambio, tres experiencias de escritura que sí lo consiguieron y que considero fundantes de lo que iba a significar para mí la escritura. El primero sucedió a los quince años, cuando inventé un género literario al que llamé «túnguele». Me recuerdo sentada en el sofá cama de mi hermana con la compulsión incontenible de escribir algo que no tenía ni idea de qué iba a ser. Sin detenerme a pensarlo, tomé un cuaderno y escribí un título: «¿Te gustan las aceitunas?». A partir de ahí me dejé llevar por el deseo de un narrador que se me impuso y por la incertidumbre o la soltura que le daba (y me daba) no saber a qué género pertenecía eso que estaba escribiendo. Hasta que, al final, el narrador decide que esto que acaba de escribir no es un cuento ni una novela ni un poema y establece que es un túnguele y que acaba de inventar el primer túnguele de la historia de la literatura. Dos cosas curiosas. La primera: esa persona que se percibe escritora es un hombre. Puedo advertir ahí una desviación de época; la literatura que yo amaba estaba sobre todo hecha por hombres. No se me ocurrió que ese ser que yo estaba inventando (en rigor, mi primer personaje), que con todas sus fibras se sentía escritor, fuera una mujer. La segunda curiosidad marca una novedad auspiciosa: el túnguele está narrado en tercera persona; sin tener conciencia de lo que hacía, estaba descubriendo esa posibilidad maravillosa que ofrece la literatura de narrar desde otro, de meterse en la interioridad de otro. (Ese fue el texto que le llamó la atención a Abelardo Castillo el día que nos conocimos y el que, tiempo después, él y Arnoldo Liberman habían pensado publicar en El grillo de papel). El segundo hecho fundante también ocurrió cuando tenía quince años, durante el poderoso movimiento estudiantil y popular de 1958 en defensa de la ley 1420, de enseñanza gratuita, laica y obligatoria (entiendo que fue entonces que, tempranamente, empezamos a politizarnos los de mi generación). Yo estaba cursando cuarto año en la Escuela Normal y varias de nosotras hacíamos piquetes en la calle convocando a la huelga. Nuestra profesora de Didáctica era ferozmente reaccionaria y defensora de la enseñanza religiosa obligatoria. Yo sentía que me desbordaban los argumentos para refutarla, pero era arrebatada y era alumna: no me tenía confianza en una discusión tan desigual. Entonces, hice lo único de lo que me sentía capaz: escribí un extenso texto contra la religión en el que creo que desarrollé mis argumentos con bastante coherencia. Al día siguiente, sin la menor inhibición y desoyendo la autoridad de la profesora (o respaldándome secretamente en la autoridad de la palabra escrita), me paré en mitad de la clase y le leí mi texto de punta a punta; creo que la dejé pasmada: por primera vez me valía de la escritura como herramienta ideológica.
El tercer hecho me ocurrió cerca de los dieciséis años; estaba por entrar a quinto y no podía decidir qué carrera seguiría. De entrada, había desechado Letras por considerarla desvinculada del acto de escribir y de mi desordenada pasión por la lectura. Un día lo vi clarito: iba a anotarme en Ciencias Exactas e iba a estudiar Física o Química. Haber descubierto cuánto amaba el pensamiento científico y hasta qué punto tenía alguna aptitud natural para abordarlo me provocó un estado de euforia tan desaforado que lo único que pude hacer con ese estado fue volcarlo por escrito. Ahí nomás, en mis hojas Rivadavia, escribí un texto que empezaba así: «Todo a mi alrededor vibra; yo misma estoy vibrando y palpitando». Todavía perdura en mi cuerpo la vibración de ese momento. Paradójico, sí, que lo único que haya podido hacer con mi elección de estudiar ciencias fuera un texto literario. No lo vi como una contradicción, para mí era mi modo natural de expresarme.
Algo de mi pasión por la escritura debió filtrarse hacia el exterior en ese tiempo: a partir de los quince años empecé a ser vista por mis compañeras de colegio como la que escribía. Adaptándolas de temas conocidos, compuse todas las canciones que cantamos en cuarto y en quinto año, y escribí dos monólogos bastante cómicos y sutilmente críticos que yo misma actué en las fiestas de fin de año ante un público nutrido y entusiasta. No sé qué me dio más placer, si escribir los monólogos o actuarlos.
Lo que tengo claro es que, desentendida del rol que empezaban a asignarme otros, no imaginaba para mí un destino de escritora. Me apasionaba escribir, eso era todo: escritores seguían siendo aquellos seres prodigiosos y amados que me agrandaban el mundo.
Por este motivo considero que los acontecimientos relatados hasta ahora constituyen la prehistoria de mi escritura: el despertar, todavía sin formato, de eso ardiente e ineludible que todavía hoy, a los ochenta y dos años —mientras tecleo estas palabras y voy revelando, y revelándome, un mundo íntimo en el que nunca me había detenido a pensar—, sigue siendo el motor esencial de mi seguir escribiendo.
Liliana Heker (Buenos Aires, 1943) es cuentista, novelista y ensayista. Publicó las novelas Zona de clivaje, El fin de la historia y Noticias sobre el iceberg. En no ficción, entre otros, publicó La trastienda de la escritura e Intimidad de un oficio. Algunos de los galardones que ha obtenido son el Premio Nacional, el Premio Municipal y el Konex de Platino.