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Sophie Calle posa delante de su obra Transport amoureux, expuesta en una estación de la línea RER B de Toulouse, el 28 de junio de 2007.

Foto: Lionel Bonaventure, AFP

La artista espía

9 minutos de lectura
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Sophie Calle es conocida por llevar al extremo experimentos artísticos en los que el concepto de intimidad queda dinamitado. Desde perseguir a extraños por la calle y documentar sus movimientos hasta exponerse a sí misma y a sus parejas en películas y muestras, en su obra, la exhibición, esa palabra tan propia del mundo del arte, se hace carne con mucha valentía y sentido del humor.

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Cuando invitaron a Sophie Calle (París, 1953) a intervenir el Museo Picasso de París, en 2023, con la muestra À toi de faire, ma mignonne (podría traducirse como Es tu turno, linda), en el marco del 50º aniversario de la muerte del artista, la única forma en la que se sintió capaz de hacerlo fue cubriendo con telas todas las obras del pintor español y mudando los objetos de su propia casa al museo. Era una forma de lidiar con su propia finitud, con la pregunta de qué pasará con sus cosas cuando ella no esté. Un torso de jirafa que adquirió luego de la muerte de su madre y que le recuerda a ella por mirarla con ironía desde lo alto, un perro de ojos claros que relaciona con su padre, un gato naranja eternamente panza arriba, distintos animales embalsamados que representan, o ahora son, seres queridos. En una entrevista filmada en su casa en las afueras de París, Calle levanta una copa de utilería con un líquido inmóvil dentro y toma una fruta verdadera y la contrasta con una de plástico; le gusta que elementos verdaderos convivan con elementos falsos. Tal vez lo que la provoca es que no pueda discernirse lo que es verdadero de lo que no lo es. Decidió intervenir el museo y la obra de Picasso desde la ausencia o remarcando la invisibilización, en un gesto de gracia feminista frente al quizás más emblemático artista varón del siglo XX. «Los engañaste», le dijo su madre cuando exhibió sus obras en Nueva York junto a las de Hopper y Magritte; ahora frente a una invitación de tal magnitud, se pregunta qué diría ella.

La idea de impostora que interesa a Calle está presente en las obras que elige: su primer dibujo de la infancia con una anotación de su padre en la que le cuenta a su abuela que en la casa tienen a una «pequeña Picasso», una versión en dibujo de una obra robada por el artista que funciona casi como un significante de esta, una foto de su infancia traída de su casa en la que tiene los mismos anteojos espigados que utiliza ahora, a los 72 años. Es que para Calle todo parece partir de la noción de juego, algo que no debe ser tomado en serio, pero que es serio mientras sucede y tiene una lógica interna muy clara y potente.

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Sophie Calle nació en París en 1953, hija de un médico prestigioso y coleccionista de arte y de una madre periodista y extrovertida. Sus padres se separaron cuando ella era muy chica y siempre dijo que sintió tanto libertad como presencia, una especie de red protectora. De niña no le importaba que su madre saliera a divertirse hasta altas horas de la noche siempre y cuando le prometiera despertarla a las tres o cuatro de la mañana para contarle qué había hecho, escuchar el relato en duermevela y así poder volver a dormir. De adolescente logró vivir sola en París y luego, a los 19 años, se fue a viajar por el mundo: vivió sin casa fija, con trabajos temporales, observando todo a su alrededor y un día decidió volver a casa. En una entrevista le preguntaron si les recomendaría esto a los artistas que están empezando y ella respondió que ahora la posibilidad de perder un año parecería impensada, por la manera en la que piensan la carrera los jóvenes. Cuando se refiere a su trayectoria o a su obra, hay algo de contundente a la vez que despreocupado que se mantiene a lo largo de sus diferentes proyectos, como si situaciones casuales hayan despertado una posibilidad que a la vez siempre estuvo ahí. El vagabundeo en forma de viaje, el flâneurismo (termino francés para designar a quien pasea sin rumbo, a la deriva), parece ser el puntapié inicial para el mapa de lo que luego sería su carrera. Al regreso de su viaje, con 27 años, volvió a vivir con su padre. Por la mañana, a falta de otra cosa que hacer, empezó a seguir a gente en la calle; al no tener una dirección clara, optó por seguir la de otros. Se sentía alimentada por esa energía de los demás, que la llevaban y la hacían descubrir lugares nuevos. A esa serie de primeras fotografías en blanco y negro siguiendo a personas en París la llamó Hilatura parisina (1978-1979). En 1980 llevó esta idea de espionaje y seguimiento un poco más lejos y al sentirse atraída por un hombre que conoció en una fiesta, al que llamaría Henry B., decidió seguirlo en secreto desde París hasta Venecia; el resultado de esto es un libro de fotos en blanco y negro en el que se lo muestra en su hotel, en restaurantes y en sus recorridos por la ciudad, que incluye un diario de ella en el que relata estas secuencias con un posfacio del filósofo Jean Baudrillard, que siempre siguió de cerca la obra de Calle. El libro se titula Por favor sígame (1983), nombre que de alguna manera recuerda al «por favor cómame» de Alicia en el País de las Maravillas. Es una posibilidad de entrada a un terreno fantástico en el que no importa tanto a quién se sigue sino el lugar que se abre. Y es que esta es una singularidad de la obra de Calle —muchas veces cuestionada por su carácter intrusivo—: lo íntimo deja de ser íntimo o deja de ser lo que era, lo personal se convierte en otra cosa o la pregunta es la que resignifica los estadios anteriores. Calle parece tener habilidad para abrir puertas que la llevan a lugares inesperados. Cuenta que una vez en París se metió en un hotel abandonado que resultó estar conectado de forma secreta con la vieja estación de trenes de Orsay; durante un año estuvo yendo ahí a sacar fotos, lo que comentaría más tarde en una cena de coleccionistas en el museo.

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Es curioso que ante el pedido de un autorretrato uno decida que otro tome el mando, pero Calle le pidió a su madre que contratara a un detective privado para seguirla. Esa serie de fotografías se titula La detective (1981) y en esta es ella quien es seguida por una mirada externa, que la retrata dando paseos por el jardín de las Tullerías, encontrándose con amigos y haciéndose fotografiar por extraños en la plaza, con lo que crea una puesta en abismo, como si necesitase la visión mediatizada de sí misma o esa visión de sí misma pudiera ser manipulada por la mirada ajena y a la vez por ella misma, que sabe que está siendo espiada, lo que convierte entonces el seguimiento en un juego de representación. La mirada de los otros y cómo nos vemos a nosotros mismos a través de ellos es algo muy importante en el trabajo de Calle. «Me hice artista para impresionar a mi padre, para intentar seducirlo», dice ella. Al volver de su largo periplo en el exterior y notar que él coleccionaba obras de arte, pensó en que podía hacer algo similar para llamar su atención y se sintió reconfortada cuando él empezó a mirarla de otra manera, con cierta admiración.

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De joven trabajó como estríper en el barrio Pigalle de París para poder enfrentarse a la mirada del otro. Ella relaciona esa situación de riesgo con una experiencia previa: la adrenalina que le daba de niña desnudarse en el ascensor cuando subía a la casa de sus abuelos y correr desnuda por el pasillo para meterse de un salto en la cama. En su proyecto Los durmientes (1981), la invitación a la intimidad es consensuada: Calle convocó a distintas personas a dormir en turnos de ocho horas en su cama mientras ella las fotografiaba en ese momento en que en general nadie nos ve y luego anotaba las conversaciones con esos durmientes. «¿Por qué una cama debería permanecer vacía?», se preguntaba Calle con ironía, y entonces tenía sentido hacer turnos continuados para explotar la funcionalidad del objeto.

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La idea de configurar la identidad a partir del otro o de que Calle oficie de mediadora toma fuerza en The notebook (1983); allí la artista encuentra la agenda de un hombre en la calle y antes de devolverla, la fotocopia para luego llamar a las personas que tenía agendadas y tratar de reconstruir a su dueño a través de los relatos de sus amigos y contactos. En los extractos de este diario que publicó en el periódico francés Libération a modo de columna cuenta cómo se encontró con los distintos amigos del hombre de la agenda, Pierre. «Es un documentalista, un hombre muy inteligente», dicen unos, «aunque no sabe venderse muy bien», agrega uno de los fragmentos. Cuando el dueño de la agenda descubre el proyecto de Calle se enoja, quiere demandar al diario y pide que la artista también muestre su intimidad publicando una foto de ella desnuda, pero esto no es problema para ella, acostumbrada a exponerse. En este caso, como en muchas de sus obras que parecen cruzar un límite infranqueable, el perseguido, el buscado parece ser menos importante que el acto de buscar y, aunque sea el protagonista, parece estar fuera de la escena. Como un centro que se oculta donde lo que importa es lo satelital, esa onda que se desprende de un lugar difuso. Pero también es mostrar cuánto hay de puesta en escena o de ficcionalización en uno, ya que lo cierto es que esa etnografía nunca podrá dar con algo cierto, o quizás eso que es cierto y personal solo pueda ser un fragmento a completar.

En el proyecto El cuarto de hotel (1981), Calle trabajó limpiando en un hotel durante varias semanas y aprovechó la ausencia de los huéspedes para revisar sus cosas. Tomó fotografías en blanco y negro en las que puede verse la ropa interior, los libros, las cajas de cigarrillos de distintas personas. Estas imágenes generan una inmediata melancolía por la ausencia; solo quedan los objetos, un escritorio, ropa sobre una silla, una ventana abierta. «Todo lo que se ve es real, salvo una habitación que encontré vacía en la que coloqué todo lo que querría encontrar en una habitación vacía para hacerla más interesante», dice Calle cuando le preguntan acerca de esta obra. Ropa sucia, pañuelos usados. Es que, al fin y al cabo, la intimidad de todos puede parecerse y resultar aburrida.

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Calle trabaja sobre todo a partir de la fotografía y la escritura, pero también hizo películas. En 1996 filmó, junto con el artista Greg Shepard, la película No sex last night. Calle y Shepard eran pareja al momento de realizar este documental sobre un viaje en ruta desde Nueva York hasta California, donde ella iba a pasar un semestre dando clases en una escuela de arte. La relación ya estaba en declive, pero igualmente ella quiso hacer ese viaje. Cada uno fue con su cámara registrando los acontecimientos desde su propia perspectiva. Luego, en París, un año después de esto y en vísperas de su divorcio, se juntaron a editar y a superponer esas miradas. Si bien Calle tiene esa forma voyeurística, de espía, que es celebrada y también criticada, ella misma se expone a mostrar lo que podría ser vergonzante y suele ponerse en situaciones de vulnerabilidad, desestimando así la importancia de lo privado. «Cuando tomás distancia, ya no sufrís», dice al reflexionar sobre sus trabajos. Es que exponer la intimidad, darse contra ese fuego parece una forma radical de vencer un miedo, de resignificar lo que pasa. Calle necesita tomar esa distancia de sí misma para agregarle un componente irreal a la realidad. Seguramente también para atravesar el dolor o ponerle esa suerte de entretela a ese dolor. En 2007 filmó a su madre en su lecho de muerte intentando captar el momento justo de su deceso en una película que se tituló No pude alcanzar su muerte (2007), que se exhibió en la Bienal de Venecia de ese año. La artista cuenta cómo ese proyecto la ayudó a bajar a tierra lo que estaba viviendo. Entonces la muerte de repente se aleja y la experiencia de lo real de alguna forma se aliviana o altera, deja de existir. Ella dice que no imagina, que trabaja con lo que hay, con lo real. En la misma línea de esta película, Calle tendrá diferentes exhibiciones en las que es su vida íntima la que se pone en el centro de la escena. Una de las más conocidas, que fue exhibida en varios museos de América Latina en la década posterior a su inauguración, fue Cuídese mucho (2007). En esta, la artista recibió una carta de ruptura de quien fuera su pareja en ese momento; la carta terminaba con un «cuídese mucho», una fórmula de la cortesía francesa bastante habitual, una frase convencional que todos podríamos utilizar sin pensar, pero que a ella le resonó para indagar en su significado y enviársela a 107 artistas y profesionales mujeres para que la interpretaran a su manera. La exhibición muestra la lectura de la carta y su interpretación bailada, cantada, declamada por las distintas artistas, actrices, psicólogas o filósofas. Este gesto de Calle parece tocarnos en algo muy básico: acudir a otros para entender algo. Lo hacemos todo el tiempo; frente al desconcierto o la incomprensión, pedimos ayuda a otros para poder entender, para completar nuestra mirada, siempre incompleta. A veces como constatación de algo que suponemos, otras veces para aliviarnos, muchas veces porque realmente no entendemos. Esta es una obra que genera empatía y risas inmediatamente y conecta con algo que todos podemos entender. Calle reconoce con una sonrisa que ese rechazo fue lo mejor que podría haberle pasado, pues le dio la posibilidad de armar este proyecto, hacerse amigas nuevas y mostrarlo en diferentes museos; fue como si hubiera encontrado así una forma de transmutar el dolor y convertirlo en algo mejor. Se muestra sorprendida en una entrevista cuando le preguntan qué siente al exponer algo tan personal, pero la respuesta parece evidente: «Cuando estoy pasando por un momento difícil, lo primero que me pregunto es qué puedo hacer con eso».

Laura Petrecca (Buenos Aires, 1985) es poeta, estudió cine y escribe sobre arte. Publicó varios libros de poesía, el último en 2025, Piedras (Paripé Books).

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