Ya no tiene sentido averiguar de quién fue la idea original. No cabe duda de que fue de uno de los hermanos Píriz, un hombre y una mujer que podrían ser mellizos si alguien se preocupara en indagar. No importa, porque, si ahora ellos pudieran ser rastreados efectivamente y finalmente localizados, difícilmente se disputarían la iniciativa. Porque significaría que algo habría salido mal y podrían ser condenados.
En un taller literario abundan las ideas, sin embargo, escasean quienes las lleven a cabo. Algo así se encargaba de transmitir a sus aprendices el organizador y voz cantante en aquellas clases semanales, el poeta inédito Lustrino Esteche, responsable de El Cenáculo. Aparte del hecho de nunca haber publicado nada, Lustrino atribuía la causa de su desconocimiento literario al nombre que le había tocado en mala suerte. Estaba convencido de que si se hubiera llamado Paul Verlaine todo le habría resultado más fácil.
Aunque no dejaba de soñar con el inmerecido reconocimiento que algún día le llegaría, Lustrino Esteche estaba más preocupado por las urgencias terrenales que por el prestigio de unos versos nonatos que seguían dándole vueltas en la cabeza, aturdiéndolo como si se tratara del revoloteo de pájaros enjaulados. Un sueldo insuficiente de profesor de Literatura, del cual todavía le retenían el veinticinco por ciento, correspondiente al pago de la pensión alimenticia del único hijo (un adolescente omniausente fogoneado por la madre rencorosa), lo obligaba a prodigarse en tareas complementarias y en horas acumuladas para poder llegar a fin de mes con todas las cuentas satisfechas, o casi.
El taller, a imagen y semejanza de otros que había en la ciudad, fue un artilugio más en las tácticas sobrevivientes de Lustrino. Con la desesperanza a cuestas, ni él mismo mostró entusiasmo en algún momento. Ni cuando propagandeaba el nuevo emprendimiento entre sus alumnos del liceo, con la esperanza de que lo comentaran entre sus allegados, ni aun cuando al cabo de una semana recibió un par de llamadas telefónicas de interesados en conocer las condiciones. Con el correr de los días fueron otros los que se comunicaron para pedir información, hasta que al final reunió a cinco entusiastas, que todos los martes a las siete de la tarde subían los tres pisos por escalera para ocupar sus lugares en el apartamento vetusto del Centro, sobrecargado de libros, diarios viejos, con polvo suspendido en el aire que se iba espesando a partir de la puerta de entrada y olor a rancio cuyo origen mejor no averiguar.
Luego de cinco meses en los que Lustrino había logrado a duras penas equilibrar su economía, irrumpió la peste conocida como pandemia y con ella, las recomendaciones para evitar el contagio. Las consecuencias inmediatas relacionadas con el hermeneuta de las facturas puntuales fueron la interrupción de las clases presenciales en el liceo y el aplazamiento de las reuniones literarias de los martes. Lo primero lo tenía sin cuidado, ya que de todas maneras le pagarían el sueldo sin trabajar; en cambio, perder de vista a los talleristas sí se transformaba en un problema.
Al cabo de los primeros días de susto y desconcierto, las clases del liceo se reencauzaron remotamente, y de la misma manera las reuniones de los martes fueron sustituidas por encuentros mediante Zoom, instrumento del cual hasta ese momento Lustrino no tenía la menor idea de su existencia y mucho menos de su utilización. Fue así que, luego de averiguar lo imprescindible acerca de la novedad que acaparaba la atención de los recluidos hogareños, los talleristas se adaptaron a la nueva modalidad, que al menos les ahorraba tener que respirar el aire enrarecido de aquel apartamento apestoso.
El confinamiento obligatorio y el tedio consecuente en tanto transcurrían los días iguales, apenas alterados por las discusiones familiares entre quienes no estaban acostumbrados a pasar tantas horas juntos, fomentaron la evasión facilitada por las pantallas que se abrían como vías de escape. Por eso, de esa manera irracional que caracteriza a los aburridos, creció el número de los aspirantes a la gloria, cada vez más dependientes de Lustrino, y, como si se hubiesen puesto de acuerdo, simultáneamente a todos les dio por escribir como si no hubiera un mañana. Pronto las dos horas semanales de El Cenáculo fueron insuficientes para responder a esa demanda insospechada e insana de tantos candidatos a escritores, y cuando la extensión del horario no fue solución Lustrino creó un grupo nuevo que funcionaría los jueves.
Esa tertulia alternativa a la tradicional de los martes se armó con las últimas incorporaciones. Entre ellas, los hermanos Píriz, insospechados maestros del engaño que finalmente quedarían en evidencia, aunque todavía faltaba mucho para que eso ocurriera.
En el poco tiempo que pertenecieron al grupo del Zoom grupal, los Píriz, a pesar de ser dos, actuaban como si se tratara de una sola persona. Utilizaban la misma computadora para comunicarse, pero no lo hacían alternándose frente a la cámara al momento de hablar. Juan Píriz daba la cara y movía los labios, pero la voz que se escuchaba era la de Irene Píriz —si es que se llamaban como dijeron—, y al revés funcionaba de manera idéntica. Excepcionalmente tomaban distancia de la cámara y quedaban encuadrados los dos, apretujados pero risueños, y entonces sucedía algo tan peculiar como la irreprochable coordinación entre los movimientos de los labios de uno y las palabras del otro durante las apariciones individuales: el discurso unísono empezado generalmente por Irene y mantenido por Juan —aunque nada cambiaba cuando era el hermano el que tomaba la iniciativa—; las palabras fluían continuas, con precisión exquisita, sin importar de qué boca salían. Lo raro de esta seguidilla era que podía ocurrir en medio de una frase, sin tener que esperar al punto, ni siquiera a la mínima inflexión de la coma, para tomar la posta. Había que rendirse ante la evidencia, y si la explicación de lo visto y oído no tenía en cuenta la existencia de metódicos ensayos exhaustivos propios de maniáticos obsesivos ni de algún truco imperceptible, entonces se debía concluir que eran dos cabezas que funcionaban como una.
Desde el primer momento, la novedad del dúo unipersonal sorprendió a los aburridos contertulios, que estaban allí esperando turno para recibir la devolución por parte de Lustrino de lo que había sido el correspondiente envío semanal, en prosa o en verso. Fue así que durante varias sesiones los vergonzantes perseguidores de la fama descuidaron sus sobrealimentadas egolatrías y cedieron al embrujo de los Píriz (o debería decirse «del Píriz»), que se adueñaron del espacio y el tiempo de los jueves. No era únicamente el espectáculo, cercano al de un fonomímico o de un ventrílocuo, lo que dejaba al resto expectante y en silencio, sino las historias narradas por los que se habían adueñado de la voz cantante, todas ellas plagios descarados de Poe. Como los que pagaban no advirtieron o no les importó en principio el engaño, Lustrino decidió tolerar a los charlatanes, que en definitiva le alivianaban el trabajo. Después, cuando los dormidos despertaron y se quejaron porque habían sido dejados de lado, un jueves el coordinador anunció que los hermanos Píriz ya no serían de la partida; lo dijo así, como si se tratara de un juego de naipes. Obviamente que el voraz Lustrino se guardaba una carta en la manga, ignorando que sería su perdición. Previo al anuncio público de la desvinculación de los dos talleristas, el que no se iba a perder el dinero que eso significaba convino con los Píriz en darles atención exclusiva los viernes, por un precio acorde al trato preferencial. Y todos contentos.
De esa manera, por la relación entre costo y beneficio, el viernes pasó a ser el mejor día de la semana para Lustrino, que se sentía orgulloso, y especialmente bien pagado, al haber solucionado el problema planteado por los que habían amenazado con irse en tropel. Se había quedado con el pan y con la torta, o al menos eso creía. Con la perspectiva del tiempo transcurrido, quizás podría decirse que la inmediata aceptación de cambiar el día y todavía pagar más que los otros talleristas podría inscribirse en un plan de los hermanos Píriz para atraer a Lustrino, hacerlo su cómplice y finalmente brazo ejecutor de lo que tendrían previsto con muchísima antelación.
Tal vez la decisión de llevar a cabo el ajuste de cuentas se remontara a la adolescencia del dúo, cuando habrían tomado conciencia simultáneamente de que el padre, o el que decía que era el padre de ellos, era un hijo de puta irredimible, lo que los convertía por línea sucesoria irrestricta en nietos de puta inapelables, aunque esto último jamás se les pudo pasar por la cabeza porque se tenían en alta estima recíproca. Esa epifanía pudo haber ocurrido veintitantos años atrás, teniendo en cuenta la edad aparente de los hermanos, sin duda cuarentones a la luz de la cámara.
Esto lleva a preguntar: ¿importa el momento exacto en que se decide llevar a cabo un crimen? Si bien a los efectos relacionados con lo policial, en el supuesto caso de que se hubiera atrapado al culpable, sería un dato más en un expediente, la respuesta es distinta al vincularse con el trabajo del psicólogo tratante de los Píriz, que llevaba notas puntuales de lo escuchado en cada sesión y que estaba orgulloso de haber contribuido a mantener encendida durante tanto tiempo la llama del parricidio en sus pacientes. Él sí sabía lo que habían pasado aquellos muchachos entonces, hombre y mujer ahora, que sin embargo habían encontrado un motivo para vivir, aunque no se le escapaba que el odio domesticado puede terminar en un hábito quejoso y nada más.
Así como el psicólogo había encontrado más provechoso y redituable para sus intereses pecuniarios reunir en una misma consulta a los dos pacientes, los hermanos Píriz siempre escribieron a cuatro manos, simplificando la tarea de Lustrino, que desde el principio debió corregir un solo texto en lugar de dos.
Cuando se hartaron de emparedados en vida, de muertos rascando las tablas del piso por las noches, de cuervos parlantes y de almas en pena deambulando entre tumbas, plantearon la idea de escribir una historia, tal vez una novela, entre los tres. Irene empezó la propuesta en tono meloso, fingiendo un interés desmedido, mediante palabras salpicadas de elogios al talento, la sabiduría y la sensibilidad de Lustrino, entre otros atributos mentidos que justificarían su elección por parte de los Píriz. Algo así como el socio perfecto había resumido la mujer, a lo que este, vanidoso, respondió desde lejos con una inclinación de cabeza, que por efecto del Zoom dejó a la vista la coronilla raleada, un oasis ligeramente costroso entre tantos pelos anárquicos y grasientos. Como era previsible, la invitación la remató Juan. Sin descuidar la intencionalidad lisonjera desplegada por su hermana, fue práctico al ofrecerle una buena cantidad de dinero por participar en el proyecto, que le generaría mayores regalías en caso de finalizar la historia, aunque nunca hablaron de publicarla. Como Lustrino no era ciego, y además se consideraba merecedor de todo lo bueno que le estaba ocurriendo desde la bendita pandemia en adelante, no desconfió de la limosna grande. El fatigador de proyectos fallidos para torcer la vida recortada a la que estaba condenado creyó haber encontrado un filón y se comprometió en cuerpo y alma a no desdeñarlo. No es gratuita la mención al alma, pues, como se verá, Lustrino no dudó en vender el alma, con el perjuicio de que además hipotecó la esperanza y entregó en comodato la dignidad; se habría quedado vacío si ellas —alma, esperanza y dignidad— no fueran, en definitiva, más que palabras tan venales y al mismo tiempo incorruptibles como dinero, ambición o poder. De palabras se trataba, o al menos eso quiso creer Lustrino.
Si bien los Píriz estaban acostumbrados a la paridad alcanzada por los dúos afiatados que suenan como solistas, el tercero incluido era un ejemplo de individualismo exasperante, a quien le iba a costar ponerse a tono con sus socios. Eso fue lo que sucedió, al menos al principio.
Después de dos semanas en que no escribieron una línea porque no se ponían de acuerdo en qué querían y cómo llevarlo a la práctica, las vacilaciones, que consumían por completo el tiempo de cada sesión, parecía que harían naufragar el proyecto, con el temor que eso representaba para el imprudente Lustrino, que ya había empezado a gastar a cuenta.
La cerrazón se levantó el tercer viernes cuando uno de los hermanos, obviamente, con el consentimiento del otro, exclamó, fingiéndose Arquímedes en la bañera: «¡Una novela policial!». Antes de que comenzara el premeditado intercambio fraterno para justificar lo que parecía una idea casual, Lustrino pensó en Isidro Parodi y se dijo que sí, que podría funcionar.
Aquella noche, al terminarse la sesión de Zoom a los ciento veinte minutos estrictos, el poeta imposible transformado en novelista fortuito sonrió aliviado. Miraba la pantalla empeñado en perderse en el trasfondo que intuía más allá de la oscuridad. Desembocaba en una composición fotográfica conocida, en la que en primer plano se situaba el teclado expandido sobre una mesa antigua de madera noble (¿teca, caoba, roble?) y enseguida, enfrentadas a esa superficie veteada, las dos sillas ergométricas contiguas, propias de una nave espacial, que ocupaban los hermanos en sus viajes semanales. Aunque le urgía una pausa para ir al baño y prepararse un café instantáneo batido en exceso —la manía obsesiva para descargar sus frustraciones diarias—, prefirió aguantarse para no salirse de foco. De esa manera podía ir más allá, imaginándose lo que no se veía en la pantalla de la computadora pero que podía adivinar hasta con los ojos cerrados. No tuvo más remedio que imaginar un salón amplio con las dos altas paredes laterales cubiertas de libros, otra pared, la más alejada desde el punto de mira, ocupada centralmente por una puerta rotunda de dos hojas que hacía ver enanos a quienes la atravesaban. A cada lado se extendían sendos óleos horizontales a media altura que ilustraban por separado y con escasos matices una tempestad furiosa en el mar amenazando con tragarse un velero de tres palos, zozobrante sin remedio en el centro del lienzo. ¿Eran marinas o se trataba de amasijos de soldados ensartándose con bayonetas y espadas, con caras de dolor y espanto, como si les fuera la vida en eso de morirse? Dada la distancia y la oscuridad de los cuadros, era difícil acertar de qué se trataba. En la pared restante, a espaldas de la cámara, se repetía, o eso inventaba Lustrino, la disposición de las dos hojas altísimas y las pinturas a los costados, aunque esta vez se trataba de una puerta acristalada que comunicaba, balcón de por medio, con una calle arbolada. Para poblar el vacío del salón dispuso, a un par de metros detrás de las sillas ergométricas, un sofá Chesterfield de cuero marrón oscuro, dos poltronas haciendo juego y en el centro, una mesa ratona con tapa de vidrio. No le dio el tiempo para adornar la mesa, pues su cuerpo le avisó que llegado a un punto las necesidades fisiológicas no admiten la menor demora. Así que se paró para ir al baño.
Cuando volvió con el café y se sentó ante la pantalla oscura, se dio cuenta de que, aunque forzara la vista, abriera y cerrara los ojos intermitentemente o se hiciera el distraído, había perdido la capacidad de continuar recreando la casa —solariega, evidentemente— donde vivían los Píriz. Fue como si el don de ver más allá se le hubiese escurrido entre las piernas en el momento de orinar. Se quejó a nadie, más por costumbre que por convicción, ya que esos días andaba con la sangre dulce.
Las frecuentes decepciones de los martes y los jueves y las consabidas frustraciones arrastradas desde el liceo tenían su compensación los viernes.
Mientras esperaba la hora de la conexión, a Lustrino la tarde de ese día se le hacía eterna. Apaciguaba el desasosiego imaginándose tramas policiales que al final no exponía, pues los hermanos parecían no tener ningún apuro en comenzar a escribir. Pagaban por un tiempo muerto que consumían con circunloquios farragosos y difíciles de seguir, de duración prolongada, que reemplazaban de improviso por silencios pertinaces. Impasibles, uno junto al otro, miraban la cámara y permanecían sin mover un músculo, absteniéndose de pestañear. Pasaban un tiempo indecible simulándose estatuas, hasta que el dúo, recargado, indistintamente soltaba otra perorata maníaca que en segundos, como si se hubiese roto un dique, inundaba la comunicación. Al menos así lo sentía Lustrino, que enfrentaba el torrente poniendo cara de interesado, aun cuando muchas de las palabras rodaban con tanta intensidad y estruendo que salpicaban y caían fuera de su entendimiento.
¿Catarsis, confesiones, disculpas? El que oía el runrún apremiante y despiadado no estaba en condiciones de calificarlo y mucho menos tenía ganas de desentrañar sus orígenes. Embarrullado, apenas si intentaba cazar frases al vuelo, que quizás más tarde, cuando el dúo no fuera evidente, podría llegar a usar para reconstruir parte de lo escuchado. Con retazos trataba de inventar torso, brazos e incluso piernas a algo que no tenía pies ni cabeza. Eso lo hacía por la culpa de estar cobrando por casi nada, o tal vez por la cautela de tener algunas respuestas en el caso de que los Píriz pudieran llegar a demandarlas.
Sin importar la razón, el hecho es que al final del invierno Lustrino tenía una composición del lugar que colocaba a los hermanos en familia, viviendo desde siempre en la casa que terminó de imaginar con base en alusiones de los abusivos declarantes.
Se le antojó que la residencia señorial, edificada sobre una calle recoleta presidida por árboles añosos, tenía dos plantas espaciosas, ocupando el segundo piso los dormitorios en suite, la biblioteca entrevista en las transmisiones, un despacho donde el dueño de casa manejaba sus negocios y un cuarto de juegos, luego de estudios, bastante aludido por los hermanos en sus intervenciones. La planta baja habría sido diseñada en función de los compromisos sociales del padre, antes del abuelo y sin duda del bisabuelo de los hermanos Píriz. Muchas generaciones de invitados habían caminado por aquellos pisos europeos que cubrían el vestíbulo y continuaban resplandecientes a través de puertas idénticas que permitían el paso tanto al salón de estar con la desmesurada estufa de leña, o al comedor, como a las distintas salas —la de té, la de fumar, la de música, que si era necesario se transformaba en una pista de baile para treinta parejas— donde el anfitrión hubiese previsto agasajar y deslumbrar a sus convidados.
Una casa así necesita del personal imprescindible para su funcionamiento. Aunque la cantidad, las descripciones físicas y los cometidos variaban dependiendo de la historia contada, de los empleados que se repetían frecuentemente hizo una lista que incluyó una cocinera y su ayudante, tres o cuatro mucamas, un jardinero, un chofer y Nina, la única mencionada por su nombre, la ama de llaves, la eterna protectora que seguía tratando como niños a los hermanos. Esa mujer, que aparentemente continuaría a las órdenes de la familia, fue la que les dispensó los cuidados propios de una madre en aquella casa desangelada. Lo sucedido con la progenitora (¿estaba muerta?, ¿divorciada?, ¿los había abandonado?) era un misterio que los parcialmente huérfanos ni siquiera rozaban durante las monsergas que prácticamente consumían las apariciones de los viernes.
Tan grande como aquel olvido premeditado era la también planeada aparición recurrente del padre en los relatos (¿en el relato?) dirigida al cómplice insospechado, cuentos que moldeaban con afán de artesanos. Antes de la llegada de la primavera, Lustrino ya sabía todo acerca de aquel personaje que los hijos denostaban con tanta furia que los adjetivos usados para calificarlo parecían quedar a medio camino. Al consabido «hijo de puta» lo sucedían «ladrón», «perverso», «maníaco», «marica», «mezquino», «estafador», «farsante», «abusador de menores», «déspota», «misógino», «alcohólico», «violento», «torturador», descerrajados con la variedad capaz de ser encontrada en un diccionario de sinónimos. «De nuevo las palabras insuficientes», pensaba el tallerista al repasar las tremendas recriminaciones verbales, incapaces de expresar el odio genuino, creciente, inabarcable, quizás puro, que sentían los hermanos hacia el padre.
Durante aquellos meses de desahogo, cada vez que Lustrino pretendió imponer su autoridad para encauzar las sesiones, los recitadores de las palabras acordadas, y tal vez ensayadas, fingían no escucharlo. Sin mucho esfuerzo desistió de sus propósitos pedagógico-literarios y se rindió fascinado ante la confirmación innegable de que quien paga manda.
Cuando estaba a punto de convencerse de que aquella temporada en el limbo sería eterna, uno de los hermanos (imposible de identificar por la costumbre de impostar las voces y poner caras desconcertantes) dijo que ya era tiempo de hablar de la novela policial que perpetrarían a seis manos. Dijo bien: hablar, porque, que se sepa, no se llegó a escribir ni una sola línea de lo conversado en todo aquel tiempo, y mucho menos de las conclusiones a las que llegaron.
De acuerdo a los acontecimientos posteriores, es de presumir que entre los tres inventaron la trama, crearon los personajes y sobre todo habrían intercambiado detalles acerca del asesinato perfecto que sería el centro del relato. La novela —de alguna manera hay que llamarla— creció en el aire como un gran pez globo oral y venenoso, una especie de audiolibro instantáneo y efímero, a punto de extinguirse con la menor brisa, ya que, como es sabido, a las palabras se las lleva el viento.
Más allá del despropósito que suponía participar en un taller literario en el que no se escribía, esa paradoja, que al principio pudo haber intranquilizado a Lustrino, no fue impedimento para que pronto terminara aceptando las reglas de los hermanos.
De más está decir que el que terminaría asesinado era un personaje miserable que, amparándose en un apellido de prestigio, acrecentaba su fortuna estafando mediante negocios turbios a inversionistas ambiciosos, prometiendo ganancias desmesuradas y, por lo tanto, irresistibles. Cuanto mayor fuera el tendal de los estafados, más estarían dispuestos a vengarse; eso suponían los autores del desatino. De esa manera la lista de los posibles sospechosos crecería exponencialmente, lo que entreveraría aún más la baraja cuando se llevara a cabo la inminente investigación. Los tres eran conscientes de que sin la pesquisa para encontrar a un culpable, los homicidios en las novelas policiales no tienen razón de ser. Como habían acordado que se trataría de un asesinato perfecto, la posibilidad de que hubiera muchos ejecutores dificultaría encontrar al verdadero culpable.
Cuando se discutió sobre las características del crimen, Lustrino esbozó su teoría de que los crímenes perfectos solo ocurren en la vida real y expuso su improbable teoría sosteniendo que muchos de los accidentes domésticos son homicidios indemostrables. Completó su razonamiento argumentando que, por el contrario, en la ficción el solo hecho de escribir sobre ellos invalida la supuesta perfección. Como no iban a ponerse de acuerdo en ese punto, al cabo de dos viernes, uno de los hermanos dio por terminada la discusión al argumentar que para ellos la perfección consistía en que el culpable no fuera descubierto. «Así cualquiera», se dijo Lustrino, acallando el desprecio hacia sus socios, mientras movía la cabeza confirmándoles su asentimiento.
Mientras urdían la trama que parecía interminable, las finanzas del profesor Esteche se equilibraron al punto de que pudo sustituir los cafés batidos por whiskies placenteros, tragos amables que lo animaban a creer que estaba salvado, o a punto de estarlo, en tanto los hermanos siguieran transfiriéndole semanalmente el pago acordado. Tampoco era la gran cosa, apenas si en la escala zoológica había pasado de piojo a piojo resucitado, pero para él estaba bien y eso era suficiente también para el propósito de los Píriz.
Como era previsible desde el principio —aunque tal vez no para Lustrino, o siempre lo supo y disimuló—, la novela no escrita terminaría siendo la autobiografía de los Píriz, urgidos por llevar a cabo el parricidio anhelado durante tantos años. El móvil era el dinero, pero ocultaban el zarpazo disfrazándolo con eufemismos, para que sonara a algo así como justiciera reparación por vejaciones sufridas o a cualquier otro argumento que los hermanos hubieran aprendido con el psicólogo. «Por la plata baila el mono», pensó Lustrino mientras los oía fantasear acerca de los motivos para matar al padre. Cuando se aburrieron de hacerse los bien intencionados, para captar la atención del otro, que se veía aburrido, uno de los dos dijo de la nada: «La literatura es un espejo de la realidad, ¿no, profe?». Sonrieron socarronamente al unísono. Pero la burla no les duró demasiado, porque el aludido respondió: «No es tan sencillo: la literatura es parte de la realidad y puede adoptar formas variadas; el espejo puede ser una, también lo es el laberinto». Se guardó de aclarar que eso se trataba de un plagio descarado, porque los ignorantes no le merecían ninguna consideración. Se contentó con mirarles las caras bobaliconas y se sintió satisfecho.
Como era de prever, la confusión predominó en el relato y en el ánimo de los metidos en el proyecto insólito que se abstenía de la escritura. Ya que la trama se tejía con los hilos de la memoria de los tres empeñados en el despropósito, la historia iba y venía, se repetía y también se proyectaba salteándose el orden lógico. Era un reino caótico que se revelaba con la inconsistencia de los desvaríos, que no distinguen entre el éxtasis y la indiferencia. El agregado de una hora a la sesión semanal propuesto por alguno de los tres para intentar aclarar el panorama no hizo otra cosa que entreverar aún más las cartas. No tuvieron en cuenta que el tiempo juega a favor de la desmemoria y que cuando creyeran que estaban llegando al final no tendrían noción del principio, aplastado por el peso del palabrerío posterior. Esa forma del olvido que era, en definitiva, la novela satisfacía a los hermanos y enfermaba a Lustrino. Los delirantes chapoteaban en el barro, mientras el que se suponía que debía llevar la batuta sentía que se hundía irremediablemente ante la incapacidad de ordenar el caos, que no le permitía distinguir entre lo real y lo que no lo era. Por momentos sentía que los tres disponían arbitrariamente de lo que sucedía en la historia que estaban contando, en otras oportunidades advertía que eran simples personajes desorientados que otro manejaba a su antojo.
Terminada la función por Zoom, Lustrino continuaba por un rato encandilado por la pantalla oscura y muda. Repasaba lo visto y oído y sentía que semana a semana aumentaba el disparate de lo que estaban haciendo. Los días siguientes eran de incertidumbre absoluta, pues los Píriz se habían vuelto imprevisibles, así que la táctica se redujo a correrlos para donde disparaban, que podía ser hacia cualquier lugar.
Siguiendo ese plan complaciente, un viernes, después de desechar por diversas razones las opciones propuestas para plantear el asesinato del padre, Lustrino escuchó decir a Irene (¿o fue a Juan?) que lo mejor sería matarlo en la casa, simulando un robo que había salido mal. Argumentó, y el otro la secundó cabeceando afirmativamente, que quien unos capítulos más adelante se desempeñaría como cadáver no se dormía sin antes tomarse un cóctel de somníferos y alcohol que lo planchaba hasta que la próstata hacía de despertador en la madrugada. Cuando los hijos no estaban y los sirvientes se habían ido al final del día, el amo y señor quedaba solo, amparado por las cámaras de seguridad exteriores y las alarmas complementarias.
Los tres coincidieron en que los hermanos inmediatamente serían indagados como los primeros sospechosos, por lo que tendrían que estar lejos de la casa cuando ocurriera el crimen; el asesinato debería llevarse a cabo entre la medianoche y no más de la tres y el ejecutante debía apuñalarlo o estrangularlo, para evitar el ruido de un disparo que alertara a los vecinos de aquel barrio tranquilo.
Ni ese día ni tampoco cuando volvieron a plantear los detalles de la ejecución del homicidio alguien habló de quién asumiría el papel del asesino. No era fácil y por eso se postergó todo lo posible. Lustrino rompió el fuego diciendo que necesariamente debía ser un sicario, ya que los hermanos podían tomar la justicia en sus manos, pero no hacerla efectiva. Esa tarea deberían encargársela a alguien que luego no pudiese ser relacionado con la familia, un perfecto desconocido sería lo ideal. Aunque no sabían cómo contratar al que les sacaría las castañas del fuego, tenían claro qué era lo que esperaban de él antes del golpe definitivo: que cumpliera al pie de la letra las instrucciones.
Pronto coincidieron en que el contacto con el elegido sería exclusivamente en red y solo se comunicarían de manera oral mediante Zoom, que ellos convocarían cuando lo consideraran oportuno. El sicario recibiría un pago de veinte mil dólares en efectivo, la mitad al contratarlo y el resto al final del trabajo. De la misma manera que garantizarían el apagado de las cámaras de seguridad, le proporcionarían la clave de la alarma, le indicarían dónde estaba la caja fuerte y le facilitarían la combinación. Eso haría que el robo se llevara a cabo sin tropiezos después de que el padre odiado estuviera muerto. Bastaría que el sicario trasladara al muerto ante el mueble en el que se encontraba el cofre, lo sacudiera un poco y lo dejara tirado, como quedaría luego de luchar con un intruso que, a pesar del empeño manifiesto, lo terminaría sometiendo y le haría revelar la combinación antes de acuchillarlo o estrangularlo, pues todavía no tenían claro la manera de despenar al sentenciado.
Al fin y al cabo, después de quince meses, la historia propuesta por los hermanos Píriz se había completado a los saltos, aunque el trío se daba maña para entrar y salir de ella alternativamente sin que se resintiera en su estructura o perdiera su interés.
La última aparición de Lustrino fue en la calle recoleta coronada de árboles altos, frente a la casa señorial que había imaginado al detalle y que en ese momento corroboraba. Como si fuera posible que pudiera verse desde afuera, como ocurre en los sueños, se vio y sonrió satisfecho porque había hecho un gran trabajo. Sin necesidad de determinar si aquello estaba sucediendo o era parte de la trama circular y recurrente que inventaban a voluntad, avanzó con cautela, ingrávido, pisando con la liviandad que se les atribuye a los peluqueros.
Miró hacia donde le habían dicho que se ubicaban las cámaras de seguridad y comprobó que estaban apagadas e inmóviles, luego subió los cuatro extendidos escalones de mármol; en el porche se sintió protegido sin necesidad, ya que era una apacible medianoche de fines del verano. A punto de abrir la puerta estaba seguro, confiado, como si hubiera hecho antes lo que estaba a punto de hacer.
Milton Fornaro es narrador y guionista uruguayo nacido en Minas (1947), ganador del Premio Nacional de Literatura y del Premio Morosoli en Uruguay y del Premio José María Arguedas en Cuba.