A mi papá, con todo el amor del mundo.
—Este es Emilio, el Pigliasoide, nuestro más reciente invento —me dijo el empleado de la empresa—. Le cargamos todos los materiales de Ricardo Piglia: sus libros, diarios, ensayos, entrevistas; está todo acá. Gracias a la integración con la IA, también es capaz de producir material nuevo y entablar conversaciones reales. Es de lo más innovador que hemos hecho. Acá tenés el manual y el cable para cargarlo —me indicó mientras me extendía una caja—. Que lo disfrutes.
Los tomé, le agradecí y cerré la puerta tras él. Admiré una vez más al androide, maravillado con el parecido. Llevaba seis meses esperándolo. Supuestamente lo tendrían que haber lanzado hacía tiempo, pero tuvieron varios problemas en la cadena de producción que atrasaron el lanzamiento. Todo surgió mientras leía ¿Sueñan los gauchoides con ñandúes eléctricos?, de un tal Michel Nieva. Sus textos me despertaban mucho interés; comencé leyendo La infancia del mundo, una novela ambientada en el año 2197, en una Argentina completamente transformada, en donde tras los efectos de una crisis climática sin precedentes, el deshielo había dado lugar al Caribe Antártico y al Caribe Pampeano y una empresa de geoingeniería se proponía reproducir ecosistemas ya extintos, llevando al límite la noción de la naturaleza como mercancía. El protagonista era un niño dengue, un protagonista tan extraño como incomprendido. Me pareció una novela super interesante para pensar la crisis ambiental, porque lo que Nieva dejaba claro era que el problema no era el «ser humano», en abstracto, sino el capitalismo.
Pero en fin, luego de leer La infancia del mundo decidí ir por su primera novela, en la que aparece un gauchoide llamado don Chuma. Pensé que solo se trataba de una ficción, pero haciendo un poco de research me di cuenta de que la empresa creadora de gauchoides sí existía. Inicialmente quise comprar otro androide, el Borgesoide —el cual también aparecía en el texto de Nieva—, pero estaba agotado. «No pensamos recibir nuevas unidades por el momento», me dijeron desde la empresa. ¡Qué decepción! Hubiese sido genial poder entablar una conversación con un Borgesoide: hablar de Tlön, de Pierre Menard, de la escritura como reescritura, del plagio, todos temas que me apasionaban. Le hubiese preguntado si es verdad que una vez acusó a una persona por plagio, cuando él mismo defendía el plagio en varios de sus cuentos y ensayos. También le habría preguntado qué pensaba de las batallas legales de María Kodama, su compañera de vida, quien demandó a todo aquel que se atrevió a copiar, reescribir o reimaginar sus cuentos. De estos ejercicios, el que más me gustaba era El Aleph engordado, de Pablo Katchadjian. Tomar El Aleph y «engordarlo». ¡Qué idea tan simple y a la vez tan maravillosa! Le había valido varios dolores de cabeza, por supuesto, pero no dejaba de ser un ejercicio fenomenal. Me hubiese gustado ver la reacción del Borgesoide a ese cuento. Si de verdad era una fiel réplica de Borges, seguramente hubiese celebrado el procedimiento, pensé. Pero a su vez, me dije, a un tipo que se caracterizó por la economía de palabras, por un estilo breve y erudito, no creo que le hubiese gustado el agregado.
Cuando le manifesté al empleado de la empresa mi decepción, me dijo que si bien no tenían más réplicas del Borgesoide, estaban a punto de lanzar algo que les generaba mucha expectativa: el Pigliasoide, una réplica del escritor de Respiración artificial. Mi decepción rápidamente se transformó en entusiasmo. Piglia era otro de mis escritores favoritos y alguien que también trabajó mucho sobre el tema del plagio y la propiedad literaria, temas que me fascinaban. Sería interesante conversar con un Pigliasoide sobre qué piensa de la IA, pensé, considerando que Piglia nos dejó muchos años antes de la revolución de la inteligencia artificial. En sus últimos escritos, de hecho, se maravillaba con internet y la posibilidad de acceder a miles y miles de textos y de copiar y pegar con facilidad, bajo una ilusión de libertad absoluta. Pero eso claramente ya había quedado bastante atrás.
Así que cuando me ofrecieron al Pigliasoide no lo dudé ni un segundo y lo pedí en esa misma llamada. Seis meses después acá estaba, frente a mis ojos. Me puse a leer el manual con atención: «Para darle vida a Emilio, oprima el botón de encendido ubicado en el hombro izquierdo. Se recomienda dejarlo conectado a la corriente por al menos cinco horas para que esté totalmente cargado. Los casos de réplicas defectuosas son raros pero pueden suceder; si luego de las cinco horas el androide no responde, proceda con la devolución siguiendo las instrucciones tal como se indica al final de este manual».
Presioné el botón de encendido, pero no pasó nada. No te puedo creer, la puta madre, insulté mientras volvía a oprimir el botón. La segunda vez lo dejé presionado unos segundos. Prendete, pedazo de mierda, volví a insultar. Ya estaba por pegarle una patada a ese coso de metal semihumano cuando la pantallita en la frente se prendió e indicó un dos por ciento de batería. Dos por ciento. Qué hijos de puta. Por lo menos podrían haberlo enviado con un poco más de batería. Resignado, supe que tendría que esperar al día siguiente para poder verlo en acción. Lo guardé en un rincón del baño de servicio, me acomodé en el sillón y me dispuse a ver los últimos dos capítulos de la segunda temporada de El eternauta.
Eran las cinco de la tarde del día siguiente. Ambos —el androide y yo— estábamos sentados en el sofá del comedor. En la mañana me había levantado temprano para ir a trabajar, por lo que apenas tuve tiempo para comprobar que mi nueva adquisición ya estaba con la batería al cien por ciento. Me estaba muriendo de ganas de volver a casa y probarlo.
—¿Un matecito? —le pregunté para romper el hielo.
—El mate es una bebida tradicional de Sudamérica, especialmente de Argentina, Uruguay, Paraguay y el sur de Brasil. Se prepara con hojas secas y trituradas de yerba mate, Ilex paraguariensis, que se colocan en un recipiente también llamado mate o porongo, y se bebe a través de una bombilla —expresó la voz metálica por primera vez.
—Ya sé lo que es un mate, boludo, te preguntaba si querías uno. Igual es una joda, sos un androide, ya sé que no tomás mate.
—Yo no tengo un cuerpo biológico, así que no necesito ni comida, ni agua, ni dormir. Solo me alimento de energía en forma de electricidad para poder funcionar.
La escena en la que estaba, hablando con un androide idéntico a Piglia, pero con voz y movimientos robóticos, me parecía surreal. No, miento; no solo eso. Escalofriante y surreal.
—Bueno, Ricardoide —respondí en tono de broma—. ¿Puedo llamarte Ricardoide?
—Claro que sí. Podés llamarme Ricardoide, no hay ningún problema. Aunque mi nombre oficial es Emilio, acepto identidades múltiples sin conflicto ontológico.
—A la mierda, resultaste todo un filósofo. Bueno, Ricardoide, yo sí me voy a hacer un mate. No se te ocurra irte, ¿eh? Esperame quietito acá.
Mientras hervía el agua, me puse a pensar en cómo iniciar la conversación con mi nuevo amigo artificial. Decidí que no quería empezar por lo mejor, el impacto de la IA en la literatura. Además, eso suponía pedirle al Pigliasoide que elaborara una respuesta nueva. Primero tenía que asegurarme de que ese robot efectivamente era lo que aparentaba ser: una réplica fidedigna del gran Ricardo Piglia.
—Escuchame, Ricardoide, vamos a empezar por una pregunta bien bien fácil. Quiero ver que no seas un impostor: ¿qué podés decirme de Roberto Arlt? —le consulté mientras me volvía a sentar en el sillón.
Unos segundos de silencio. Parecía que el androide estaba procesando la información. Sus ojos, claramente robóticos a pesar del parecido, se clavaron en mí como dardos. Por un momento me pregunté si, a pesar de estar programado con el tono afable y tranquilo del verdadero Piglia, no me iba a atacar de un momento a otro.
—Arlt es el único escritor verdaderamente moderno que produjo la literatura argentina del siglo XX —respondió el androide sin pestañear. Reconocí al instante la fuente.
—Claro, muy bien, eso lo dice Piglia en Respiración artificial...
—Yo soy Piglia —me corta el Pigliasoide, seco.
—Bueno, está bien, perdón. Eso lo escribís vos en Respiración artificial. Siempre me pareció genial esa observación. Yo también tengo a Arlt como uno de mis escritores favoritos, Ricardoide. Me parece super interesante tu tesis de que escribe mal...
—Exacto —me volvió a interrumpir mi interlocutor—. La suya es una mala escritura, una escritura perversa. El estilo de Arlt es el Stavroguin de la literatura argentina; es el Pibe Cabeza de la literatura, para usar un símil nativo. Es un estilo criminal. Hace lo que no se debe, lo que está...
—Okey, okey, me queda claro el punto. —Esta vez lo interrumpí yo. Me sentía como Marconi, el personaje de la novela—. Es obvio que podés reproducir los textos de Piglia palabra por palabra, pero ¿sos capaz de decirme algo sin recurrir a citas textuales? A ver, probemos. Hablame de Borges. Decime algo, no sé, sobre la literatura fantástica borgeana.
—Lo que hace Borges es otra cosa. Yo lo llamaría ficción especulativa o, si quieren, literatura conceptual. Se parece mucho a lo que hacía Duchamp; es mejor que lo que hacía Duchamp, pero se parece...
—Pará, loco —lo interrumpí con impaciencia—. No quiero citas textuales te dije. Además, ¿cómo que «quieren»? Estoy yo solo acá. Pensá lo que decís, Ricardoide. ¿Podés pensar? Decime algo sin reproducir citas de libros, entrevistas o lo que sea de Piglia. Quiero algo nuevo.
Hacía tan solo unas semanas había terminado de leer el libro Borges por Piglia, publicado por Eterna Cadencia, que recoge las clases sobre Borges que dictó Piglia en 2013, que fueron transmitidas por la Televisión Pública. Lo que me acababa de decir el androide era una cita textual de ese libro. Luego de mi interrupción se quedó en silencio lo que pareció una eternidad, procesando mi pedido.
—Borges era un ladrón —espetó la voz mecánica—. Se apropió de obras ajenas bajo el disfraz de la traducción. Jugaba con el idioma como un contrabandista de palabras. Quería negar la propiedad misma.
—Bueno, ya me estás haciendo calentar, hermano. ¿Qué mierda estás diciendo? Piglia tenía una admiración enorme por Borges, entre otras cosas, justamente porque jugaba con la copia y el plagio. Te doy un punto por decir algo sin citar, pero lo que acabás de decir es una traición al verdadero Piglia. Me decepcionás, Ricardoide.
Silencio.
—Como decía Pierre-Joseph Proudhon, «la propiedad lo es todo».
—¡«La propiedad es un robo», Ricardoide! Esa es la frase de Proudhon. ¿Sabés que es el fundador del anarquismo? Si tenés alguna neurona mecánica, usala y no tergiverses la historia. Además, dicho sea de paso, el nombre lo pronunciaste como el orto. Podrían haberte fabricado con un mejor manejo del francés. —Me detuve unos segundos antes de continuar—. Todo lo que estás diciendo es lo opuesto a lo que Piglia entendía por literatura. Sos el anti-Piglia.
Las palabras que salieron de la boca robótica del androide terminaron con lo poco que me quedaba de paciencia:
—Si algo me individualiza y sostiene mi concepción de la literatura, mi marca personal, es que siempre he tenido, y creído en, un lugar mío, o propio. Siempre la propiedad, porque ese es para mí el estado de la literatura...
—Andá a cagar, robot de mierda.
Sos la contradicción en su estado más puro, pensé. Un robot cargado de libros, de palabras ajenas e integrado con la IA que supuestamente viene a ser igual a Ricardo Piglia y que defiende la originalidad. Increíble. Pero en lugar de decirlo, me acerqué al androide y presioné el botón de apagado. Me había sacado las ganas de hablar y ni siquiera habíamos llegado a lo que quería. Lo levanté y lo dejé de vuelta en el baño de servicio. Bueno, en realidad no lo dejé, casi que lo tiré ahí adentro. Ya era tarde, pero lo primero que haría la mañana siguiente sería llamar a la empresa y pedir un reembolso.
Federico Correa es profesor de Literatura Latinoamericana y crítico literario uruguayo.
