Lento Ficción

Ilustración: Amparo Bengochea

Café irlandés

«Vos siempre jugás en la vida con tus reglas», le dice, palabras más o menos, Matías a Ivana. En el escaso margen que deja una rutina que se despliega entre trabajar, estudiar y sobrevivir y que no admite sometimiento, la protagonista de esta historia encuentra una llave, un príncipe y, por fin, una carroza.

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Editar

Hacía seis meses que vivía en ese hostel del Centro compartiendo un cuarto con tres chicas de mi edad. Mi favorita era Belén, una sanducera que trabajaba limpiando culos en un hogar de ancianos. Nos hicimos amigas porque las dos sabíamos cuándo quedarnos calladas. Por ejemplo, los domingos a la mañana cuando comprábamos bizcochos de queso y cruzábamos a la plaza. Nos acostábamos en el pasto y no era necesario conversar ni saber más de la otra. Yo la tenía a un costado, arriba el sol golpeándome la cara, al otro costado alguien paseando un perro, debajo nuestro la maleza, a lo lejos el ruido de los bondis y el murmullo de los feriantes de Tristán. No precisaba nada más y ella tampoco.

A las otras dos chicas las teníamos cansadas y uno de esos domingos decidieron contarles a los dueños del hostel que Belén y yo llegábamos borrachas a cualquier hora, hacíamos sesiones de fotos en bombacha, fumábamos porro en el balcón y habíamos metido hombres al cuarto en varias ocasiones. Eso último era mentira y se los recalqué. Solamente yo había metido hombres al cuarto. Belén era mucho más inteligente y siempre se buscaba tipos que tuvieran casa o auto.

Ellas tampoco eran unas santas. Guadalupe se tiraba pedos estruendosos con mucho olor a podrido todas las noches y tenía una voz chillona y complaciente. Joana no tenía razones para quejarse de nada, casi nunca estaba en el hostel. Ella era otra de las genias que se conseguían novios con casa y solo volvía para buscar libros y ropa limpia. Estudiaba no sé qué de ecología o diversidad y se quedaba con nosotras solo un par de horas por semana, observándonos desde su litera alta como si fuera una diosa inalcanzable. Nos quisieron mover a otro cuarto, uno con seis camas y más barato, pero Belén estaba furiosa. Odiaba a las alcahuetas, chupamedias, amigas de la yuta, me dijo. Se peleó con Joana y con una de las dueñas, les dijo malcogidas, sarnosas, creídas, chusmas de mierda, y le terminaron pidiendo con un tono muy violento que por favor se fuera.

Belén metió sus pocas cosas en la valija mientras escuchaba Los Redondos a todo volumen. Yo la miraba desde el balcón, fumándome un porro. Era uno de esos momentos en los que tenía que quedarme callada. Ella nos sacó el dedo del medio a todas mientras se subía al ascensor. Supuse que solía hacer esas cosas y no la cuestioné demasiado. Tenía que seguir su camino en un lugar donde sí la quisieran. Era una tipa sensible. Los dueños me odiaban por ser su amiga, por ser casi como ella, y me dijeron que me fuera también para evitar más disputas innecesarias. Pero que me tomara mi tiempo. Y unos minutos después de sentir la ausencia de Belén, de ver su cama vacía, me di cuenta de que me tenía que ir cuanto antes.

El primer anuncio de alquiler accesible que encontré era de otra residencia, de cuartos individuales, que quedaba en Ciudad Vieja. Las fotos te compraban. Consistía en un pasillo abierto que hacía de entrepatio, con muchas plantitas, al que se entraba por un zaguán de madera enorme. Las puertas a lo largo del corredor conducían a cuartos pequeños que tenían una cama de una plaza, una mesa de luz, un frigobar y un ropero. No había ventanas, pero sí una claraboya situada justo arriba de cada entrada. La cocina y los baños compartidos estaban en una especie de segundo piso, al que se subía por una escalera de metal pintada de azul fosforescente. Me pareció un palacio salido de un cuento de hadas y fui a hablar con el dueño esa misma tarde de domingo. Era un viejo muy baqueteado que se llamaba Juan. Era más petiso que yo, usaba lentes gigantes con mucho aumento que le agrandaban los ojos y casi no tenía arrugas, pero sí una cara con muchas manchas y decaída, como si con el pasar de los años sus rasgos se hubieran ido entristeciendo, exhaustos de cargar con él. Vivía en un cuarto apartado y mucho más grande, justo a la entrada de la residencia. El precio del alquiler no era el ideal, pero yo estaba desesperada; iba a tener que ser delicada con mis gastos, pero no conseguiría algo mejor y tan rápido. Cuando estábamos por sellar el contrato, Juan me advirtió que la mayoría de los inquilinos eran jubilados como él y me preguntó si yo era «una mujer de la noche». Le dije que no, que si me había visto cara de serlo. Me pidió disculpas sinceras y me explicó que en la residencia, esporádicamente, vivían y ejercían trabajadoras sexuales, y que por cada cliente que llevaban él les cobraba una comisión de trescientos pesos, solo por hacer uso del espacio. También mencionó que a veces los jubilados llegaban borrachos del casino y se ponían a gritar y a romper cosas. Le dije que se quedara tranquilo, que yo nunca iba a estar; trabajaba de lunes a viernes como asistente contable en una oficina y en pocos días empezaba el semestre en la facultad, solo iba a llegar a comer, bañarme y dormir.

Al atardecer, moví todas mis cosas en un taxi. Sentí que mi vida recién empezaba. Organicé el ropero, colgué mi póster de Pulp Fiction y a la noche fui al bar Tazú a festejar que al fin, por primera vez en mi vida, tenía un cuarto para mí sola. Como Juan, el dueño, me prestaba ollas, sartén y demás artefactos de cocina, destiné un dinero que tenía guardado para comprar mi primer dildo. Era rosado y grueso y vibraba en diez velocidades distintas, y guardé la caja en la que venía porque era muy linda y tenía brillitos. Me sentí muy mujer.

La residencia quedaba a unas cuadras de la parte más desierta de la rambla, cerca del río, y cuando llegó el invierno la noche era helada. Como Juan tenía un contrato de consumo mínimo que no pensaba cambiar, yo no podía enchufar la estufa eléctrica que había heredado de mi abuela, porque además saltaba la llave general hasta con un secador de pelo. Todos los cuartos se quedaban sin luz y me llovían las puteadas. Era evidente que muchos inquilinos habían exigido cambiar el plan eléctrico y Juan les habría dicho: «Dale, hacete el vivo, pagalo vos» o «Dale, lo cambio, pero aumenta el alquiler» o alguna cosa de esas. Yo no tenía plata para una estufa a gas, ni para un acolchado ni para más abrigo; ni siquiera tenía una almohada. Lo único que tenía era el dildo rosado, al que no podía abrazar. Dormía con el pelo mojado sobre una campera fachera que hacía un rollito, a la mañana la desenrollaba y me la ponía para ir a trabajar, y parecía que nunca se secaba. A veces me acercaba a algún chico en el bar y le preguntaba si quería venir a casa a abrazarme. Para mí era sencillo. Belén me había enseñado que no había que tenerles miedo a los hombres lindos. Pero al llegar al cuarto, la seducción duraba muy poco y terminaba teniendo un sexo poco elegante y esquimal, que no podía disfrutar completamente. Cuando me acostaba sola, consumía litros de té que robaba de la oficina, pero al momento de dormir era imposible calentarme. No podía masturbarme, mis manos frías y el dildo me hacían doler, sentía que me clavaban cuchillos de nieve en los labios internos. Ducharme tampoco era una opción. El calefón de treinta litros casi nunca tenía agua caliente. También la presión de la ducha era muy poca, y en el trayecto desde el baño hasta el cuarto ya perdía todo el calor que había acumulado con el escaso vapor que se generaba. Me iba a la cama e imaginaba que me cubría una manta gruesa y pesada, de lana, tejida a mano. Que me metía a un sauna. Que era un feto flotando en líquido amniótico tibio y nutritivo y nadie me obligaba a nacer. Pensaba en mi bisabuelo Iván, de quien heredé mi nombre, Ivana, y que murió cuando yo tenía dos años. Emigró junto a su familia después de que sus hermanos más chicos, mellizos, se murieran enfermos como consecuencia de haber sido bautizados en los ríos helados de Siberia. Por supuesto que mi bisabuelo Iván odiaba el frío. Yo siempre me sentí conectada con él. Mi abuela me decía todo el tiempo que ser flaquita era insultar a nuestro árbol genealógico, que las mujeres rusas fueron las primeras en tomar el lugar de los hombres, vestirse con uniforme de guerra, pelear, con lo que quedaron fornidas, con caderas anchas y muslos macizos y bien preparadas para parir hijos robustos, con un buen sistema inmunológico, que por eso me llamo Ivana. Tuve miedo de morir, congelada y sola, defraudando a mis ancestros. Decidí empezar a rezarle a mi bisabuelo, entrelazar mi sufrimiento con el suyo, mi santo ruso de confianza.

En la oficina lo notaron. Me dijeron que parecía un mapache por mis ojeras, por mi comportamiento huraño. Lloraba en la cocina, abajo del aire acondicionado; casi me vuelvo loca.

Cuando me dirigí al cuarto (y a la vez oficina) de Juan a pagarle el primer mes de alquiler, me dijo que le debía la suma que habíamos discutido, más cargos extras. Dijo que él veía y oía todo lo que pasaba en su residencia y que yo había llevado a varios hombres a mi cuarto después de las veintiuna horas. No me quise quejar del frío, no quise discutir con él ni que me tuviera lástima. Odiaba hacerme la pobrecita; sí que la estaba pasando mal, peor que nunca, pero no quería que nadie lo supiera. Le dije que no me estaba prostituyendo, simplemente era joven y quería tener sexo, quería sentir calor, pero no le cobraba a nadie y había entendido que la regla de la comisión era solo para las trabajadoras sexuales. Juan fue dulce al explicarme que decidió aplicar la regla también en mi caso, porque no era justo para las demás. Yo le pagué sin rechistar tanto, no me pude enojar con él ni con las chicas. Tenía un poco de razón en que había abusado, era cierto que había llevado a un montón de chicos distintos y era capricho mío no decidirme por uno oficial que viniera a calentarme todas las noches que yo quisiera. Además, Juan me cuidaba: me decía que no fumara tanto que me hacía mal, me daba consejos para hacer pucheros ricos y, si tenía que esperar un taxi o a una amiga, él esperaba conmigo en la puerta y ahuyentaba a los adictos de la Aduana, que venían a pedirme cosas y a babearme en la cara.

Me había gastado casi todo mi sueldo en el alquiler y me quedaban muy pocos fondos para pilotear el mes. Tuve que sentarme a pensar en qué podía hacer, ya que pedirle ayuda a alguien era imposible. Había mantenido firmemente por muchos años el papel de «yo puedo sola» y todos en mi familia se lo habían creído. Mientras chateaba con uno de los amantes estufa (un irlandés con muy buena ortografía, hasta para los «OK, ¡dale! Nos vemos en un rato... Llevo profilácticos :—») se me ocurrió una idea brillante. Y me autofelicité. Con la plata que me quedaba fui al supermercado y compré una botella de whisky nacional barato, un pote de café instantáneo y crema de leche. Para comer elegí mucha sopa instantánea, dos kilos de arroz, un paquete de aceitunas y galletitas al agua. Hacía unos meses Belén me había enseñado a hacer café irlandés. Un shot de whisky, un poco de azúcar, café instantáneo y crema batida por encima, servido en un vaso de capuchino (el pelirrojo me había regalado dos de esos, que había encontrado en un remate). Lo anoté en mi agenda: todos los días, cuando volviera de trabajar, en ese ínterin en el que llegaba a la residencia y me cambiaba para ir a la facultad, me iba a preparar y tomar un café irlandés. Pensé que además de calentarme me emborracharía un poco, lo cual me ayudaría a concentrarme mejor durante las clases. Cuando volviera, antes de dormir, me iba a tomar otro bien cargado, así no tenía que gastar en merendar ni en cenar y podía mantener el calor dentro de mi cuerpo cuando me fuera a la cama.

Los primeros días de la ejecución me parecieron un sueño. Me miraba en el espejo de la facultad y estaba hermosa, radiante, bien descansada, feliz. Me fui sintiendo cómoda con que mi vida fuera así de perfecta. No solamente estaba cálida y orgullosa de mí misma, sino también más sociable; al fin podía coger solo por placer y no por necesidad, mis horas de sueño se equilibraron y justo en época de parciales podía improvisar un escritorio con cajas dentro de la habitación y estudiar sin morirme de frío. Muchas veces me quedaba dormida, borracha, sobre los apuntes, y me despertaba al amanecer, con la claridad que entraba por la claraboya, y me sentía agradecida de estar viva.

Aún me quedaba un problema por resolver y era encontrar una forma de que Juan no me cobrara por llevar chicos a mi cuarto. Ya tenía seleccionados a mis favoritos; eran cuatro, que entendían muy bien lo que yo quería: coger, dormir abrazada y que no me distrajeran a la mañana cuando tenía que vestirme, siempre apuradísima, para ir a la oficina. Los fines de semana quería quedarme en la cama, hacer deberes para la facultad y cuando terminara, elegir un director de cine y mirar todas sus películas, haciendo pausas solo para ir al baño y para comer un sánguche hecho de galletitas al agua con una aceituna en el medio. Si alguno quería acompañarme, bárbaro.

Me aprendí los horarios de Juan. Se acostaba alrededor de las once de la noche y se levantaba a las seis de la mañana. Todos los viejos que conozco son así, y eso me enoja. No tienen que ir a trabajar y en vez de quedarse durmiendo hasta tarde, se levantan temprano a tomar mate y a romper las bolas.

Cuando salía con Nacho, Matías, Lucas o Daniel, teníamos que quedarnos haciendo tiempo en el bar Fénix o en la plaza Zabala, tomando algo y charlando, hasta las once y algo de la noche. Ciudad Vieja se sentía el paraíso de la seducción. A eso de las siete de la tarde el barrio se moría, los restaurantes cerraban y los artesanos se metían en sus cuevas. Las luces amarillas de la peatonal no alumbraban casi nada y podía caminar de la mano con quien quisiera, merodeando por los edificios como si fuéramos poetas tristes. Al llegar a la residencia, había que entrar haciendo el mínimo ruido posible y agacharse cuando pasábamos frente a la ventana de la casona de Juan. Hacer movimientos discretos, pero rápidos. Al principio me daba mucha vergüenza expresar las condiciones para acostarse conmigo, pero era eso o cobrarles trescientos pesos, y a ellos les parecía desafiante, peligroso, pensaban que yo era única y divertida, atrevida y espontánea, pero en realidad solamente era pobre.

Una noche llegué con Matías (un ingeniero de software que había conocido en un ascensor) justo cuando Juan volvía del baño. Se dio cuenta de lo que estaba haciendo; sentí que hasta había escuchado cómo giré la llave de la puerta con delicadeza, cómo mis movimientos eran más calculados de lo normal. Puso cara de desaprobación, pero enseguida la cambió por una de placer, de haberme ganado. Miró a Matías y le dijo, con sarcasmo: «Buenas noches, caballero». Como un envidioso. Matías y yo entramos a mi cuarto y nos reímos para ocultar la vergüenza que nos había dado la situación. Preparé dos cafés irlandeses mientras él miraba mi póster y cuando le extendí la taza me dijo que no podía tomar alcohol porque tomaba antidepresivos.

—Bueno, me tomo los dos —le dije.

—¿Por qué no le llevás uno al viejo? Yo creo que le va a gustar.

Me pareció una buenísima idea, y pícara. No entendí cómo no se me había ocurrido antes y por un instante desprecié a Matías por haberme robado un pensamiento que todavía no se había formulado en mi cabeza. Fuimos hasta el cuarto de Juan con la taza extendida, como una ofrenda de paz. Le golpeamos la puerta hasta despertarlo, prendió la luz y nos atendió vestido con su pijama feo de viejo y sus pantuflas feas de viejo. Le sonreímos y él aceptó el trago.

—Muchas gracias —nos dijo y cerró la puerta enseguida.

Más tarde, en la cama, Matías me miró a los ojos y me dijo: «Vos siempre jugás en la vida con tus propias reglas, ¿no?». Sus ojos no brillaban y su pelo tampoco; todo en él era opaco, como entrar en una tienda de muebles antiguos. Me pareció que Matías era lo que yo necesitaba: no tomaba, no tenía tatuajes, era lampiño y alérgico a un montón de cosas, lo cual lo dejaba débil, con el ego dañado, sin creerse mejor que nadie. Tenía que poner la alarma y echarlo a las cinco y media de la mañana, pero no tuve ganas. Le di un beso y le pedí que me abrazara y que durmiéramos, sin más. Nos acariciamos en la oscuridad, escuchando algún grito esporádico de algún jubilado puteando por alguna boludez sin importancia o exclamando «vamo arriba Peñarol».

La noche siguiente, Juan fue hasta mi cuarto para devolverme la taza. Le pregunté si le había gustado mi café irlandés. Me respondió diciendo que la noche estaba helada. Que estaba para «aquello», y me hizo una mueca alzando su dedo pulgar y haciendo la mímica de que empinaba una botella.

Cuando Matías me dijo de vernos, le pedí que nos encontráramos en la Zabala y fuéramos directo a la residencia, que llegáramos como si nada, riéndonos y charlando a los gritos. Preparé un café irlandés para Juan y repetí el ritual de llevárselo como si fuera un regalo de cumpleaños. Me abrió la puerta, me sonrió y entró con la taza. Tuve esperanzas de haber hecho un pacto invisible con él, esperanzas de haber ganado.

Esa noche Matías y yo celebramos comiendo sánguches de galletitas al agua con una aceituna en el medio, cogimos hasta tener todo el cuerpo sudado y nos agarramos una gripe que casi nos mata. Tuvimos que faltar a nuestros trabajos por un par de días y nos quedamos en la cama llenándonos mutuamente de mocos, tomando té con Novemina machacada y mirando pelis de Tarkovski. Me encantaba Matías. Él siempre estaba triste y feliz al mismo tiempo.

Cuando tuve que ir a pagar el alquiler, efectivamente Juan no me había sumado ningún cargo extra. Tuve una sensación muy extraña en el pecho. Quizás era paz.

Por un tiempo muy noble no estuve muy ansiosa, ni bebí en exceso, ni fumé en exceso, ni lloré en ningún baño y me hice el test de ETS y me salió todo negativo. Le pregunté a Matías si podía ser su novia. Él me miró serio y, como siempre hacíamos, jugamos a ver quién se reía primero. No pudimos aguantar ni un minuto y terminamos dándonos besos con gemidos y todo.

Cuando llegó el primer día del mes siguiente fui a hablar con Juan y él no podía creer que le estaba diciendo que me iba. Matías y yo habíamos conseguido una garantía y encontramos un monoambiente decente y amueblado en el centro. Nos íbamos a mudar juntos y adoptar un gato para el cual ya habíamos elegido nombre. Juan se paró en la puerta de su habitación y me miró vaciar mi cuarto sacando valijas de ropa, una colección de botellas vacías, libros y los utensilios de cocina, que él me dejó que me llevara conmigo. Matías me esperaba en la vereda, armándose un tabaco. Mientras llamábamos un taxi, Juan entró a mi cuarto para fijarse que no me estuviera olvidando de nada. Cargamos todas mis cosas, que seguían entrando sin problemas en el baúl de un auto, y antes de subirnos Juan me llamó. Caminé hasta él y me extendió algo de lo que me olvidaba: la caja del dildo rosado que había quedado atrás del ropero. Quise pensar que no se notaba qué era, que Juan no iba a saber, pero sí, se notaba, indiscutiblemente tenía forma de pene. Juan y yo nos sonreímos y nos dimos un abrazo breve. Matías se había subido al taxi. Pensé que ni bien me subiera tenía que decirle que me prestara la campera beige que tenía puesta porque seguramente me quedaría mucho mejor a mí que a él.

Erika Paula Curbelo (Fray Bentos, 2000) es escritora desde muy chica; se mudó a Montevideo en 2018. Ha trabajado como secretaria, moza, limpiadora, analista de datos y bartender, su empleo actual. En 2021 participó en Susurro y Altavoz, el taller de Ruth Kaufman, en el que, luego de explorar la poesía, comenzó a escribir narrativa. En 2023 se incorporó a la clínica de escritura de Vera Giaconi. Ese mismo año obtuvo una mención en el Concurso Literario Juan Carlos Onetti por un volumen de cuentos, varios de los cuales están incluidos en Me gusta así (Estuario), su primer libro publicado, en el que aparece «Café irlandés».

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