Lucila señala el pez, que nada despreocupado en el agua turbia. Mira a Sebas, espera algo más. Pero solo hay silencio. Por la ventana entra una corriente fría que ninguno parece percibir. Es un agujero en la ventana, cubierto con un pedazo de nailon negro. Sebas dice:
—Mirá.
Un objeto raro, parecido a un colador, pero más pequeño, se agita en su mano. Acerca un banquito rosado, de plástico, de esos de patas hinchadas, y se sube. Se pone en puntas de pie y mete el calderín en la pecera. Le cuesta un poco la maniobra. María Isabel evade el contacto con la herramienta. Por fin, Sebas la atrapa contra una de las paredes de vidrio. Sonríe. Levanta de un gesto brusco el calderín, se baja del banquito, se agacha, deja su botín en el suelo. María Isabel se retuerce dando saltos. Su cuerpo rebota.
—¿Qué hacés? —pregunta Lucila.
Su corazón rebota como el pez.
—Quiero saber cuánto tiempo aguanta.
En sus mejillas calientes y sus sienes transpiradas va encendida la niñez. María Isabel quiere vivir.
—Ya se mueve menos —dice Sebas—. ¿Querés agarrarla?
Pero Lucila está mirando hacia otro lado. El nailon de la ventana se sacude. Sebas agarra a María Isabel, que ahora ya no rebota tanto. Se sube al banquito y la suelta. Se oye un plop, María Isabel cae al fondo. Inerte. Los niños pegan la nariz a la pecera y apoyan sus manos a los lados de la cara. El pez ondea su cola y de a poco inicia un nado errático, borracho, por el agua fría y sucia. Se choca contra un castillo y luego contra un tesoro abierto, lleno de oro.
Sebas camina hacia la cama; se sienta.
—En un rato lo volvemos a hacer.
Lucila mira el castillo de plástico y se pregunta qué habrá detrás de la puerta.
—En un rato lo volvemos a hacer y vemos si aguanta más.
En la esquina del cuarto, lejos del agujero de la ventana, hay una cuna. El bebé duerme boca arriba; dentro de un enterito amarillo, sus puños parecen dos flores rojas. Lo rodea una muralla de almohadones y a sus pies asoma la cabeza de un viejo peluche.
Lucila se agarra del borde de la cuna para asomarse, pero le queda muy alta. De todos modos, ve un muñeco informe, que no parece tener cara.
—No tiene ojos —dice.
—No. Se le salieron.
Sebas va hasta la pecera, agarra el banquito y lo arrastra hasta la cuna. Se sube, se pone en puntas de pie, se estira y agarra el peluche. Se lo da a Lucila. Es un oso pardo. Donde debían estar los ojos, unas costuras flojas dejan ver la guata blanca. La boca está un poco torcida y le falta pelo en algunas partes del lomo. El bebé emite un ruidito, como un suspiro de alivio. Sebas sigue trepado al banco.
—Tu pez tiene un nombre raro —dice Lucila.
Sebas le saca el peluche de las manos y vuelve a ponerlo en la cuna.
—Iba a ser mi nombre —responde—. Si hubiera sido nena.
Y agrega:
—Mirá.
Señala la barriga del bebé, un globito de algodón. Hay tanto silencio. El bebé patea como si quisiera defenderse de algo. Desde la pecera, el ojo de María Isabel observa.
Sebas le cuenta a Lucila que los bebés ven borroso. Ella le pregunta, entonces, cómo hacen para saber lo que está pasando. No saben, responde.
Busca un juguete, algo para hacer. No sabe cuánto tiempo más estará ahí. A veces son unas horas, otras pasa la noche. Odia dormir en esa casa porque le arman una cama en el piso con almohadones de un sillón y es muy incómodo, a medida que avanza la noche los almohadones se van separando y ella va cayendo en esas grietas, una en la mitad de su espalda, otra entre sus rodillas y sus pies, y se siente como una marioneta desarticulada y ya no puede seguir durmiendo. Abre los ojos y mira. En la penumbra, a veces divisa a María Isabel yendo y viniendo en su pecera; a veces escucha los ruiditos del bebé. A veces mira hacia la cama de Sebas y ve sus ojos abiertos y brillantes como la luz. No sabe si duerme así, porque hay gente que duerme con los ojos abiertos, o si en la noche también se despierta y la mira. Ella desvía la mirada, sube la sábana y se tapa hasta la cabeza, pero no puede estar así mucho rato porque se ahoga. Cubierta por la sábana, sin ninguna parte de su cuerpo en contacto con el aire, se siente protegida.
—¿A qué jugás con tu hermana cuando la despertás? —pregunta Lucila.
Sebas no responde. Vuelve a mover el banquito, de la cuna a la pecera. Mira a Lucila. Ella le ve los mismos ojos que en la noche, dos esferas blancas con un punto negro muy pequeño en el medio. Tiene los ojos tan negros que casi no se distingue la pupila del iris. Él agarra el calderín, estira la mano y le dice:
—Ahora hacelo vos.
Pero ella no quiere. Le dice que no, no, no.
Sebas da un paso adelante y le apunta al pecho con el calderín. Ella siente la presión, pero no se mueve. Está paralizada, como las noches en que se tapa hasta la cabeza, y aguanta hasta que no puede respirar y siente su respiración humedeciendo su cara, el calor de su aliento y su corazón rebotando, la sábana en la boca, un cosquilleo en la garganta. Y la decisión final de destaparse y aspirar de golpe el aire frío que congela la habitación. La puerta está cerrada, pero por la rendija de abajo se filtra un halo de luz amarilla. Por esa misma rendija entran las risas. Risas adultas, algunas fugaces, como un hipo, y otras estruendosas y largas, como una sierra contra la corteza del árbol. A veces, las risas se superponen con puertas golpeándose, armarios abriéndose y cerrándose y una música, de fondo, siempre esa música lejana, que Lucila oye como un susurro en su oído. Solo una vez se animó a levantarse, se acercó a la puerta, puso su mano sobre el pestillo. Porque esa vez los ruidos ya no eran los de siempre, estaban deformados, como cuando alguien te habla abajo del agua. Estaba temblando, con su mano sobre el pestillo, sin decidirse, hasta que escuchó que desde atrás una voz, la voz de Sebas, le decía: «No abras». Pero ella no quería abrir. Quería asegurarse de que la puerta estuviera trancada.
Lucila mete el calderín en la pecera. En contacto con el agua, la resistencia le dificulta la maniobra, pero a la vez la tranquiliza. Persigue al pez, se impacienta, no lo consigue. Sebas le dice que tiene que estar tranquila. «Si estás tranquila, no va a saber que querés atraparla». Pero su corazón rebota. Al fin, atrapa a María Isabel. La saca, se baja del banquito. Arrodillados en el suelo, la miran pegar saltos de un lado para el otro. Lucila quiere devolverla a la pecera. Sebas le dice que espere. Siempre aguanta un poco más de lo que creemos. María Isabel se aferra, busca oxígeno. Sebas quiere esperar un poquito más. Entonces, el movimiento se atenúa. Ahora solo agita la cola, como saludando. Queda de costado. Boquea una vez. Y otra. Sebas estira la mano para agarrarla pero Lucila lo frena y le dice:
—Un poquito más.
Sebas insiste y cuando está a punto de agarrarla, María Isabel deja de boquear. Su ojo rígido apunta hacia el techo. Desde la cuna se oye un ruidito mientras la noche cae al otro lado del nailon. Lucila entiende que otra vez tendrá que dormir allí, sobre los almohadones.
Inés Garbarino (Montevideo, 1983) es magíster en Letras, traductora, docente e investigadora. Escribe ficción y no ficción.