El estilo sobre las piezas sueltas: Instrucciones para las ruinas, de Ana Fornaro

Compilación de crónicas periodísticas.

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Vale empezar por un detalle: la tensión que evidencia la crónica al ser publicada en libro. En algunos textos de Instrucciones para las ruinas, Ana Fornaro agrega una cota al final. Ofrece datos sobre el destino de las personas implicadas, o el destino más general de las cosas del mundo, que siempre es revirado y tumultuoso. Lo que parece una mera actualización, evidencia la relación entre la urgencia del momento en que los textos fueron publicados y la adaptación a la posteridad del libro con acomodos (y vigencia diferida).

Las antologías siempre revelan algo más que lo que ofrecían los textos desperdigados. Por una parte, la mirada de quien los junta marca una dirección de lectura, una refundación. En este sentido, hay que celebrar que Instrucciones para las ruinas sea hoy una muestra unitaria de lo que Fornaro ha escrito en el terreno del periodismo desde 2012. Además, en cierta forma, arroja luz sobre el rumbo editorial de Lento, revista de la que es editora desde 2024. Como ella misma sabe (hizo el rescate de los escritos de su abuela Elina Berro en Mónica por Mónica), reunir escritos de prensa implica rescate, relectura, y es el puntapié de nuevos abordajes.

Y las escrituras de la prensa no siempre terminan en libro. Algo de esto decía Antonio Cándido sobre la crónica: se lee un día, y, al otro, esa página se usa para secar el piso de la cocina. ¿Qué habilitan las antologías de, por ejemplo, las obsesivas y germinales Irrupciones de Mario Levrero para la revista Posdata, o Bendita indiscreción, las entrevistas de María Esther Gilio, o Las cosas que veo, de Manuel Soriano (por poner ejemplos recientes), si no una nueva lectura? Lejos de los acontecimientos puntuales que le dan origen, el racimo se despega del hecho histórico y revela rasgos estilísticos no tan evidentes en la pieza suelta. Surgen desvelos constantes, estrategias recurrentes, momentos de quiebre y algo así como todo un estilo: en Instrucciones para las ruinas hay mucho de esto.

La selección de textos cae dentro de lo que, elásticamente, se denomina crónica (o periodismo narrativo, o periodismo literario, y sigue la lista). En la primera parte, “Largo aliento”, están los escritos extensos que buscan dar cuenta de un asunto urgente. Son muy buenos, y lo mejor que tienen es la voz que los conduce. En el reino de la crónica en estricta primera persona y salpimentada con un exceso de yo, Fornaro es sobria e inteligente en el acercamiento a la triste y verdadera historia del Sahara occidental; o a la realidad de las empleadas domésticas de un barrio privado en Buenos Aires. Llama la atención la dosificación de los adjetivos en tiempos de barroquismos periodísticos y una preocupación por contar desde una ética y un compromiso claros. Y en el medio se gana nuestra confianza, que no es poco.

Fornaro escribe sobre el Hombre Araña en el parque Rodó (el texto salió en la primera Lento, de 2013, y espero que también recuerden la foto de tapa de la revista). Esta crónica es extraña, deja gusto a algo raro que no terminamos de entender y que ella tampoco explicita, por suerte, en el juego entre un narrador en segunda y tercera persona: “Te pusieron Bismarck por el acorazado alemán de la Segunda Guerra Mundial. No sabés el motivo, tu padre no era militar ni belicista, era repostero de la época en la que La Tablada era un hotel, antes de que se transformara en un centro clandestino de detención y tortura durante la dictadura. Naciste en Montevideo y fuiste un hijo único mimado por un rato. Te sacaban fotos en tu triciclo, con moñita y zapatos de charol. Vos no mirabas a la cámara y tus ojos se reían mientras cruzabas las manos”.

También está la crónica en que sigue los pasos de Jean Michel Bouvier, “Zamba para un padre solo”, quien busca justicia por su hija asesinada en Salta en 2011. Fue publicada, junto con muchas otras, en Anfibia, uno de los espacios clave del periodismo narrativo en Latinoamérica. No hay voyeurismo ni tampoco golpes de efecto innecesarios en ese texto atravesado por el dolor neto de la ausencia. Como en la crónica del Hombre Araña, Fornaro liga pasado y presente de los implicados en elipsis que buscan dar sentido a lo ocurrido, en capas.

La segunda parte de Instrucciones... transita hacia la confesión, el juego, el humor. En “Sin aliento” hay textos anclados en el yo, entendido siempre como un saludable constructo, y en ellos Fornaro muestra el costado delirante de una realidad concreta: un concierto de Coldplay, la muerte del verdulero del barrio, recuerdos de bagayos en el Chuy. La oda a mantenerse en posición horizontal durante largos períodos de tiempo, “Yendo de la cama a la cama”, provoca carcajadas, sépanlo.

Para terminar, otro detalle nada menor. En un panorama de influencias y conexiones que no siempre escapan del monolingüismo y el anclaje en un solo sitio, Fornaro ha buscado otros rumbos. Por una parte, tiene al lugar del francés como lengua de conexiones, de tránsito. Y es un francés que se sabe limitado al ser usado como lengua colonial y de guerra, como en la crónica del Sahara occidental. También está su ligación deliberada con Buenos Aires en tanto ciudad de la crónica, que desplazó la poesía “de un codazo”, como ella misma apunta en el prólogo. Esos tránsitos, plasmados en medios de prensa regionales y ahora en libro, agregan razones para celebrar esta publicación.

Instrucciones para las ruinas, de Ana Fornaro. 156 páginas. Estuario, 2026. El libro se presenta el miércoles 15 de junio en la Alianza Francesa.

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