La tapa de la edición de papel de la diaria Libros de la semana pasada la ocupan un gran retrato de Sandino Núñez, dibujado por Ramiro Alonso, y el comienzo del no menos importante artículo sobre el pensador uruguayo que escribió Alejandro Gortázar.
El texto de Alejandro no solo se ocupa de El aire y lo sólido, el más reciente ensayo de Sandino Núñez, sino que también traza un recorrido por su obra, la sitúa dentro de lo que en el ámbito de las humanidades se llama “la teoría” y calibra el impacto que tuvo en el medio cultural uruguayo. “El estilo de Sandino Núñez impregna, inunda, va ocupando espacios y hace reflexionar, y esto lo vuelve singular en la escena del pensamiento local”, escribe.
Al dejar el artículo se me ocurrió compartir en este boletín parte de una entrevista con Sandino de fines de 2008, en la que hablamos con la excusa de la aparición de su libro El miedo es el mensaje. Arriesgando anacronía, copio algunos fragmentos.
La política
En un momento le pregunté por la relación entre la política y lo electoral. Sandino contestó: “Entiendo que hay momento de aparición misma de la política, así como hay momentos, incesantemente a lo largo de la historia, de extinción de la política. La política aparece en un momento histórico preciso como una decisión institucional pura, como un contrato. La educación, la subjetivación, el gobierno: esas son las tres patas en las que se apoya el bicho, digamos. El artefacto político se apoya sobre esas patas o no funciona, no existe. El hecho de que algo como una energía social circule en la mera horizontalidad del cuerpo social no quiere decir necesariamente que ese fenómeno sea político, porque falta algo, como un lenguaje que esté desagregado de ese funcionamiento”.
Más adelante hablamos de la alianza entre el Partido Comunista y el MPP –altri tempi– para la interna frenteamplista de aquel año, y ahí retornó el asunto: “Todo parece ser acto electoral. Los cinco años de ejercicio de gobierno parecen preparar el acto electoral y forman parte de la vastísima y dilatada performance electoral. Ahora, ¿dónde hay un signo de política, un gesto? Es muy extraño. Esto que voy a decir es monstruoso, y que Dios me perdone: yo no sé si no da para reevaluar la idea misma de política. Porque ya ni siquiera la izquierda está en juego, es la propia política. Uno no puede entender la política como el arte de lo posible. Ese juego liberal no es el juego de la izquierda, por lo menos no el que yo estaba habituado a pensar en la izquierda. La política, si no tiene una promesa imposible, no es política”.
Amor platónico
Para muchos jóvenes –Alejandro debe estar entre los más chicos y yo, entre los otros– fue todo un impacto el suplemento La República de Platón, que publicó semanalmente el periódico La República entre 1993 y 1995. Sandino Núñez era el director de la publicación, y habló un rato sobre ella entonces:
“Nunca nos dieron un Bartolomé Hidalgo, aunque nosotros habíamos aclarado en qué categorías queríamos competir. ‘Fárrago pedantesco’ era una. Platón fue el concurso de una serie de malentendidos. Lo único fiel era que éramos tres personas que escribíamos con muchos nombres, porque no había dinero para hacerlo. Nos pagaban un sueldo, pero también las colaboraciones, con lo cual, para multiplicar los panes, lo que hacía cada uno de nosotros era tener 20 firmas distintas. De algo había que vivir; era un período jodido. Y había que instituir cierto discurso como una marca. No negarle posibilidades intelectuales; al contrario, dar a entender que ahí también –sobre todo ahí– había un discurso críticamente muy potente”.
“Sí, yo estaba preocupado por la legibilidad ambiguamente: sigue habiendo ilegibilidad en dos puntos. La hiperinstitucionalización estatal de la escritura trae consigo fenómenos de ritualización de la lectura que son el punto ciego de la legibilidad, por lo tanto, un punto de no legibilidad. Después está la descompensación psicótica lisa y llana: tipos que hacen asociaciones libres. Era lo que pasaba con Platón: se hacían asociaciones libres porque se entendía que en ese momento el problema estaba en los altos niveles de institucionalización de la lectura. Vale decir, todas las comunidades de lectura venían armadas a priori y por lo tanto un poco de psicosis por ahí no estaba mal. El problema es que, como hay alianzas ocasionales, los psicóticos lisos y llanos coincidían en la estructura superficial con lo que se estaba proponiendo, pero después seguían siendo psicóticos. La celebración atolondrada de las diversidades, que en cierto modo tenía que ver con una especie de psicosis de la propia escritura, fue directa u oblicuamente planteada en el suplemento. El barroco, los transexuales, las estrellas del pop, lo bizarro, Marilyn Manson, etcétera. Ahora, hay un punto donde uno tiene que colgar una analítica posible, pero había gente que simplemente aplaudía el advenimiento de un carnaval psicótico como los de El Bosco. No es que lo quiera reprimir, pero prefiero tener un vínculo intelectual con eso. Hubo un montón de alianzas ocasionales que se desvanecían. Cuando uno decía ‘barroco’, el otro también decía ‘barroco’; en la estructura de superficie coinciden los dos ‘barroco’ porque suenan igual, pero cuando alguien propone una analítica posible para el barroco, el otro sencillamente aplaude ese telón que se levanta sobre una escena barroca y lo deja siderado, alucinado. Con todo, hubo a lo largo de toda la historia de Platón, que fue breve pero intensa, muchas coincidencias. E iba, estaba perfecto”.
“Hubo una marca generacional importante, en la forma de habitar ciertas formas no prestigiosas de la cultura. Y cierta voluntad de inflar las pelotas”.
La búsqueda de siempre
“Tu actitud, a pesar de lo que indicaría la época, es la de buscar sentido”, le dije al final de la charla, y Sandino contestó: “Absolutamente. Y si no haiga, haberá. Debe haber. El problema es que las cosas pueden no tener sentido. Pero por eso mismo es que uno las interpreta permanentemente: terror al no sentido”.