Fin de semana Gobernanza global

Contrabando de combustible iraní, en las afueras de Quetta, provincia de Baluchistán, Pakistán (archivo, marzo de 2026).

Foto: Banaras Khan, AFP

¿Por qué la crisis petrolera de 2026 no hundió a la economía mundial?

El fantasma de 1973.

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En octubre de 1973, varios países árabes exportadores de petróleo decidieron reducir la producción y establecer un embargo contra algunos países occidentales, lo que desató una de las mayores crisis económicas del siglo pasado. La reducción de la producción petrolera provocó un fuerte aumento del precio del crudo, y ello determinó a su vez una aceleración de la inflación, un deterioro de la actividad económica general que puso fin al crecimiento sostenido en la mayor parte de los países industrializados.

Más de medio siglo después, la economía internacional enfrenta una nueva perturbación petrolera de magnitud incluso mayor que la anterior. Los ataques de Estados Unidos e Israel a Irán y las restricciones al transporte por el estrecho de Ormuz provocaron una interrupción del suministro que, medida por la pérdida diaria de barriles, llegó a superar la de 1973, de acuerdo con la Agencia Internacional de Energía (AIE). En su momento más crítico, la pérdida superó los 12 millones de barriles diarios, frente a los aproximadamente 4,5 millones de la crisis de 1973-1974. La diferencia también es significativa en términos relativos: mientras que en 1973 la interrupción representó alrededor del 7%-8% del consumo mundial de petróleo, en 2026 ha llegado a superar el 11%.

Sin embargo, sus consecuencias macroeconómicas y en la actividad parecen ser mucho menos destructivas que aquella. La economía de hoy resiste un shock más significativo. ¿Por qué?

En primer lugar, el mundo es mucho menos dependiente del petróleo que 50 años atrás. El Banco Mundial indica que la intensidad petrolera mundial –indicador que mide el volumen de petróleo consumido por unidad de producto interno bruto (PIB)– cayó de 0,12 toneladas por unidad de PIB en 1970 a 0,05 en 2022, una disminución del 58%.

En segundo lugar, existe no solo una sustitución parcial del crudo por otras fuentes energéticas, sino una mayor diversidad de productores de petróleo. A diferencia de la crisis petrolera de los años 70, cuando el mercado mundial dependía de unos pocos productores en Medio Oriente, el suministro actual proviene de muchas fuentes. Tras la segunda crisis del petróleo (en 1979), surgieron nuevas fuentes de oferta en Alaska, México y el mar del Norte. Durante el período de precios altos entre 2010 y 2014, hubo un aumento en el suministro de fuentes de mayor costo, como las arenas petrolíferas canadienses, el petróleo de esquisto (rocas ricas en materia orgánica de las que se puede extraer petróleo) en Estados Unidos y los biocombustibles. Estas tres fuentes añadieron unos seis millones de barriles por día. En los 70 los productores de petróleo de Medio Oriente representaban un promedio del 38% de los suministros mundiales, pero hoy su participación es inferior al 30%.

Sin embargo, es necesario matizar este argumento. Si bien es cierto que mayor diversidad de fuentes asegura menor dependencia, la crisis de Ormuz demuestra que diversificación de productores no equivale a diversificación de rutas comerciales: una parte trascendente del suministro continúa dependiendo de puntos geográficos estratégicos.

Medidas preventivas

En tercer lugar, en los 50 años que van desde la primera crisis petrolera hasta hoy, se han producido avances significativos en la implementación de medidas de respuesta a emergencias generadas por las interrupciones en el suministro de petróleo. De acuerdo con la AIE, antes de 1973, solo un pequeño número de países –que representaban menos del 1% de las importaciones netas de petróleo– contaba con medidas de emergencia. El Programa Internacional de Energía, el documento fundacional de la AIE, introdujo en 1974 la obligación vinculante para los países miembros de mantener reservas de petróleo equivalentes a 90 días de importaciones netas, junto con algunas medidas para restringir la demanda y promover una mayor eficiencia energética, diversificación e innovación.

Como resultado, ya en 1975 la cobertura de las reservas de emergencia (el almacenaje de petróleo para casos de emergencia) y las políticas de restricción de la demanda se expandieron a unos diez países que representaban cerca del 35% de las importaciones netas globales. La Guerra del Golfo de 1991, la guerra civil en Libia que comenzó en 2011 y la invasión rusa a Ucrania en 2022, fueron hitos que incentivaron la adopción de nuevas políticas de respuestas a crisis en el mercado del petróleo. Actualmente, los países con al menos una medida de seguridad petrolera cubren el 98% de las importaciones netas de petróleo. Los requisitos de reservas de petróleo de emergencia están presentes en 61 países, 42 de los cuales son importadores netos. Si bien las medidas de emergencia no ponen a salvo a los países de futuros shocks, el cambio demuestra la idea de aprendizaje institucional.

En cuarto lugar están los cambios en la política monetaria. El shock petrolero de los 70 se produjo en un contexto previo de inflación elevada, inestabilidad del sistema monetario internacional y escaso anclaje de las expectativas. Es dudoso que el shock petrolero produjera en esa década por sí solo la estanflación (estancamiento e inflación), pero lo que sí hizo fue agravar un proceso inflacionario que ya estaba en marcha. En 2026, los bancos centrales disponen de marcos institucionales e instrumentos diferentes para impedir que el encarecimiento energético se transforme en inflación persistente. Si bien el manejo de tasas de interés (o los agregados monetarios) no determina directamente el precio internacional del petróleo, sí influye en la demanda agregada y en la posibilidad de que un aumento inicial de costos energéticos se convierta en inflación sostenida. Una cosa es que aumente el precio relativo de la energía y otra es que todos los precios continúen subiendo luego de un aumento inicial de la energía.

El impacto de la expansión de la IA

En quinto lugar aparece como explicación la inteligencia artificial (IA). El Fondo Monetario Internacional (FMI) publicó recientemente su World Economic Outlook, que indica una proyección de crecimiento económico mundial del 3,1% para este año y atribuye parte de la resistencia de la actividad a la inversión vinculada con la IA. En este punto es importante distinguir dos fenómenos: el papel de la inversión en IA y las posibles ganancias de productividad que genera la masificación del uso de la IA. El encarecimiento de la energía impulsa al alza los costos de producción y reduce el ingreso disponible haciendo que se frene la actividad económica. En sentido contrario opera la notable expansión de la inversión en IA, que incrementa la demanda de equipos, en construcción de infraestructura (por ejemplo, en los data centers) y servicios tecnológicos. Si bien este fenómeno está concentrado geográficamente en Estados Unidos, China, Corea y algún otro país del sudeste asiático, lo que de acuerdo con el FMI está ocurriendo es que este efecto compensa y supera el shock negativo petrolero. Quizás valga la pena preguntarse si este auge de inversión tecnológica que sostiene el crecimiento (desigual) actual se va a mantener en el tiempo o si se trata, como algunos sugieren, de una nueva burbuja. ¿Qué nivel de rentabilidad es suficiente para justificar las enormes inversiones actuales?

Los tres primeros argumentos explican un menor efecto en la actividad del shock petrolero actual por el lado de que la economía mundial de 2026 es estructuralmente diferente de la de 1973: hoy hay menos intensidad petrolera, más diversificación y mecanismos de seguridad energética. El cuarto se refiere a cambios en la gestión macroeconómica y el lugar que ocupa la inflación en las prioridades gubernamentales. El quinto explica una circunstancia específica que está sosteniendo la actividad en 2026: la enorme inversión en IA.

Llegados hasta aquí hay que admitir una debilidad metodológica: estamos comparando cinco meses de crisis en 2026 con todos los efectos acumulados de la anterior entre 1973 y 1982. Aunque el embargo petrolero de 1973 duró apenas cinco meses, sus consecuencias económicas se extendieron durante varios años. El precio del petróleo se cuadruplicó, numerosas economías industrializadas entraron en recesión y la inflación alcanzó niveles elevados y persistentes. La crisis contribuyó a transformar las políticas energéticas y monetarias, pero sus efectos se combinaron con desequilibrios que ya existían antes del embargo. Por eso, evaluar la resistencia de la economía mundial en 2026 exigiría considerar sus consecuencias a mediano plazo. Por ahora resiste.

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