Yemen, una de las civilizaciones más antiguas del mundo, está ubicado en el extremo sur de la península arábiga y posee territorios muy disímiles. Hay una zona montañosa, adyacente al mar Rojo, que tiene un clima muy diferente al que predomina en el resto de la península, asemejándose más al clima de las tierras altas de África oriental. Esto explica la historia comercial del café: si bien la planta de Coffea arabica tiene su origen silvestre en Etiopía, fue en Yemen donde se cultivó, procesó y exportó comercialmente por primera vez al resto del mundo a través del histórico puerto de Moka (Al-Makha). Fuera de esa zona de importante producción agropecuaria, existen otras asociadas a la producción petrolera y extensas regiones desérticas que se proyectan hacia el vecino Omán. En ese contexto se desarrolla el conflicto saudi-yemení.
Un gobierno aún no reconocido
Lo que en Occidente llamamos los hutíes o rebeldes yemeníes son, en realidad, el gobierno de la región que concentra el 70% de la población del país. Es así desde hace una docena de años, cuando las milicias de Ansar Alá tomaron la capital de Yemen, la ciudad de Saná, y las regiones montañosas adyacentes que se proyectan sobre el mar Rojo. La prolongada e infructuosa guerra que Arabia Saudita e integrantes de una coalición internacional –con participación de Estados Unidos y Reino Unido– impusieron contra el movimiento de los hutíes consolidó la actual fragmentación político-administrativa de Yemen. Gobernando desde Saná, se consolidó Ansar Alá junto con sus aliados políticos, quienes administran la estructura de servicios públicos, el sistema sanitario y las fuerzas militares de la región más poblada. Por otro lado, con base administrativa provisional en la ciudad portuaria de Adén, se sitúa un gobierno colegiado que es el reconocido internacionalmente hasta el momento. Este ejecutivo ha sido financiado y respaldado por los saudíes y, originalmente, por Emiratos Árabes Unidos, apoyándose en fuerzas que incluyen contratistas de seguridad privada y diversas milicias locales. Debido a la inestabilidad en Adén, este gobierno opera frecuentemente desde la capital saudí, Riad. La región bajo su influencia abarca la gobernación de Marib, una zona estratégica vinculada a la extracción y producción de hidrocarburos.
La respuesta al ataque saudí de julio
En los últimos años, el conflicto armado había entrado en un impasse, si bien Arabia Saudita mantenía un férreo bloqueo económico y comercial sobre el gobierno de Saná. Esta situación se modificó drásticamente cuando fuerzas gubernamentales prosaudíes bombardearon, en julio pasado, la pista del aeropuerto de Saná para impedir el aterrizaje de un avión comercial iraní de Mahan Air que transportaba, entre otros pasajeros, a la delegación hutí que regresaba de las exequias del ayatolá Jamenei en Teherán. Semanas después, los hutíes lanzaron una fuerte ofensiva que les permitió expandir su control hacia Moka y regiones del sur, incluyendo el estratégico estrecho de Bab el-Mandeb y la isla de Perim, además de cercar nuevamente la ciudad de Taiz, la segunda en importancia del país, aislándola de las rutas hacia Adén. La caída de Taiz es cuestión de días. Los hutíes permiten que las fuerzas rendidas puedan retirarse desarmadas de la zona o amnistiarse y regresar a sus hogares. Luego de Taiz, el foco estará puesto en Adén, así como en la región de Marib, que también está siendo atacada.
Arabia Saudita solicita apoyo
La respuesta saudí ha consistido en el bombardeo de Saná y otros enclaves bajo control hutí, registrándose entre 50 y 100 ataques aéreos diarios. Estas incursiones provocan bajas civiles (por ejemplo, en el hospital maternal próximo a Saná), pero el impacto sobre los objetivos militares de Ansar Alá es limitado, pues la mayoría de sus bases e infraestructuras estratégicas se encuentran guarecidas bajo tierra o en zonas fortificadas de la montaña. Tal como coinciden diversos analistas militares, sin una ofensiva terrestre simultánea y coordinada resulta inviable generar cambios sustanciales en el frente, un patrón ya observado durante los años en que Saná fue bombardeada por las fuerzas saudíes, estadounidenses y británicas. A pesar de contar con una aviación moderna, el reino saudí carece de tropas de infantería con la experiencia necesaria para sostener un combate de estas características.
Ante este escenario, el príncipe heredero y primer ministro saudí, Mohammed bin Salman –principal artífice de la estrategia militar del reino–, solicitó un mayor involucramiento de Estados Unidos; sin embargo, la administración de Donald Trump ha evitado comprometerse de forma directa en múltiples ocasiones. Por consiguiente, Riad ha recurrido al Acuerdo de Defensa Conjunta de La Meca, un pacto de seguridad colectiva firmado en agosto pasado junto con Pakistán y Turquía. Ambos aliados activaron los compromisos del comité de emergencia para iniciar el despliegue de apoyo técnico, defensa aérea y tropas operativas dentro del territorio del reino; no obstante, mantienen una postura cautelosa y enfocada estrictamente en la disuasión y salvaguarda defensiva de las fronteras e infraestructuras saudíes, evitando participar en incursiones directas sobre suelo yemení.
Misiles hutíes impactan el aeropuerto de Riad y el oleoducto Este-Oeste
Esta ofensiva de los hutíes se complementa con los ataques dirigidos a objetivos estratégicos dentro del territorio saudí. Los misiles y drones lanzados lograron impactar de forma exitosa infraestructuras ubicadas a más de 1.000 kilómetros de la frontera, afectando, por ejemplo, al aeropuerto internacional en Riad y golpeando varias estaciones de bombeo de Saudi Aramco en el oleoducto Este-Oeste, que conecta los yacimientos del golfo Pérsico con refinerías y terminales de exportación de Yanbu, en el mar Rojo. El flujo de crudo ha sido suspendido parcial o totalmente en repetidas oportunidades, lo que ha agravado la crisis energética global.
¿Será finalmente reconocido como gobierno yemení?
Hasta el momento no se han abierto, para el diferendo regional, alternativas distintas a la escalada militar promovida por Arabia Saudita. Esta, probablemente, resulte ineficaz como lo fue hace años cuando Ansar Alá era, incluso, militarmente mucho más débil. El resultado del conflicto en su dimensión humanitaria, de acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas, incluye 150.000 muertes en combate, 226.000 muertes indirectas, más de dos millones de niños con desnutrición aguda, cuatro millones de desplazados internos y una histórica epidemia de cólera que llegó a registrar 2,5 millones de casos sospechosos, una cifra sin precedentes globales para un solo brote en el último siglo. La expansión territorial del gobierno de Saná dentro de Yemen y su demostrada capacidad de contragolpear blancos estratégicos dentro de territorio saudí deberían revertir la visión instalada de mero grupo rebelde interno, llevar a reconocer que es el gobierno efectivo de la inmensa mayoría del país y forzar la apertura de negociaciones.