El 8 de octubre, en Square Maurice Gardette, París, una mujer le donó a un grupo de militantes estudiantiles ampollas para los ojos en caso de que los rociaran con gas lacrimógeno. Días antes, militantes de La France Insoumise (LFI), que apoya las movilizaciones estudiantiles, ofrecieron su ayuda a los manifestantes lanzando al aire, por arriba de los policías, alimentos y agua a estudiantes que bloqueaban los ingresos a una sede universitaria. La tensión fue escalando y extendiéndose lentamente desde el 17 de setiembre. Ese día, en Créteil, estudiantes liceales llevaron adelante una movilización por la escasez de recursos. Cuatro días más tarde, los estudiantes volvieron a movilizarse con sus familias y profesores, y difundieron videos en redes sociales sobre los problemas que enfrentaban.
Para el 29 de setiembre, las manifestaciones y bloqueos ya se habían extendido a todo el país y más de 400 centros educativos se encontraban afectados. Hoy esta ola de movilizaciones estudiantiles ha movilizado a cientos de miles de personas en toda Francia y es comparada por actores políticos con otros grandes procesos de movilización, como el protagonizado por los “chalecos amarillos”, e incluso con los hechos de mayo del 68, no solo por la gran afluencia de manifestantes, sino también por el alto número de detenciones –casi 6.900 hasta el momento– y por la intensa represión policial que afrontan. De fondo, pasan la semana de la moda en París, eventos de marcas de lujo y una exposición de vestuario de Los juegos del hambre, titulada “Elegance is authority”.
Los problemas que denuncian los estudiantes son: liceos con invasión de ratas, moho, la asistencia a clases durante la ola de calor sin refrigeración, sobrepoblación en las clases, altos costos de vida, escasez de plazas en educación superior, entre otros. La Union Étudiante hizo pública su plataforma con diez demandas, entre ellas un plan de emergencia para renovar edificios, creación de 250.000 plazas en educación superior, democracia estudiantil en los liceos, aumento de becas y beneficios de vivienda (además de construcción de viviendas para estudiantes), garantías en el acceso real a la comida de un euro en comedores universitarios, supresión de las matrículas diferenciales entre estudiantes internacionales y franceses, control de alquileres y fin a la represión y violencia policial.
Primer acto: la toma de los liceos
La nacionalización del conflicto forma parte del primer acto de esta ola de protestas, desde que la Union Syndicale Lycéenne (USL) convocó a bloquear todos los liceos del país el martes 29 de setiembre. Los estudiantes cortaron los ingresos a más de 400 centros educativos en todo el territorio, según este gremio estudiantil. En París, además, se llevó adelante una concentración en la plaza République, entre estudiantes y trabajadores de centros educativos públicos. Esto sucedió en medio de tensiones entre el gobierno nacional y la izquierda partidaria francesa, porque el oficialismo consideró que LFI alentaba los bloqueos y manipulaba a los estudiantes para tensionar al gobierno a siete meses de las elecciones. Esa noche, la USL convocó al segundo acto para el 1° de octubre. Un día antes, el 30 de setiembre, en un bloqueo liceal, un joven quedaba ciego de un ojo tras recibir una bala de goma disparada por la Policía.
Segundo acto: bloqueos y negociaciones
Durante el segundo acto, el 1° de octubre, continuaron los bloqueos a los liceos, y se sumaron más de 30 universidades en solidaridad con los estudiantes de secundaria. Para el 1° de octubre había casi 2.000 detenidos en el marco de las manifestaciones. Los estudiantes mantuvieron una reunión con el gobierno, que no resultó en ningún compromiso concreto. El gobierno fijó la presentación de las primeras medidas para fines de octubre, pero los estudiantes reclamaron medidas inmediatas y convocaron al tercer acto: la manifestación masiva en la plaza République. El gobierno anunció también que el 5 de octubre se lanzaría la plataforma Ágora para recibir quejas y propuestas vinculadas a la educación.
Tercer acto: liceos abandonados, juventud sacrificada
El martes 6 de octubre no era posible llegar desde Gare Saint-Lazare hacia la zona del 11éme, porque las cinco estaciones de metro entre République y Nation se encontraban cerradas. Al intentar tomar un ómnibus solo era posible encontrarse con manifestantes caminando por las calles paralelas, y varias manzanas a la redonda se encontraban bloqueadas para el uso de vehículos, excepto bicicletas. Esto generaba en la línea 9 del metro la frustración de algunas personas mayores, que se quejaban por teléfono, ya que no podrían llegar a sus casas.
Por otro lado, la complicidad entre estudiantes, orgullosos de los efectos que su protesta estaba teniendo y de la magnitud de la convocatoria. La presencia policial era notoria: bordeaba cada punto de acceso a la plaza con el fin de revisar mochilas y carteras antes de permitir el acceso. En medio de la situación, los turistas con valijas se encontraban desorientados, ya que no sabían a dónde dirigirse para alcanzar el metro o un taxi.
La convocatoria a esta manifestación fue multitudinaria: según los organizadores, en la plaza République se concentraron 100.000 personas y en el total del país, 450.000. Según las cifras del Ministerio del Interior, fueron 56.000 y 256.000, respectivamente. Los estudiantes vistieron sobre el Monumento a la República una pancarta con la frase “Liceos abandonados, juventud sacrificada”. Ese día, además, tuvo lugar la mayor concentración de bloqueos en centros educativos, que llegaron a más de 1.800 en todo el país. La escalada de la represión se hizo notar, tanto en los bloqueos como en la concentración en la plaza République. En esta última, a raíz del armado de barricadas, las fuerzas del orden utilizaron gas lacrimógeno, cañones de agua, cachiporras y balas de goma para reprimir.
Hubo otras actividades importantes, como la ocupación de la Universidad de Nantes el día anterior, o el bloqueo de Sciences Po al día siguiente, que acabó con el cercamiento de los estudiantes y una fuerte represión. Además, también el 5 de octubre un joven perdió una mano por una granada arrojada por la Policía –aunque las fuentes no coinciden respecto de las responsabilidades concretas por este hecho–.
Cuarto acto: la toma de la Bastilla
El jueves 8 de octubre tuvo lugar el cuarto acto: la toma de la Bastilla, en un contexto de alta tensión, en el que la represión policial escalaba y los estudiantes afirmaban que no iban a frenar las movilizaciones hasta que se diera cumplimiento a sus demandas –entre ellas, 10.000 millones de euros para el Plan de Emergencia–. En la Bastilla se encontraron estudiantes liceales y universitarios, docentes, músicos con sus trompetas, acordeones, maracas y otros para tocar canciones vinculadas con la protesta. En la manifestación, dos estudiantes vestidas del Lórax sostenían un cartel: “Pedí una licenciatura, no los juegos del hambre” en referencia a “Elegance is authority”, la exposición inaugurada el día anterior.
Esta actividad fue masiva, aunque con menor convocatoria que el acto 3: asistieron aproximadamente 24.000 personas en París y 71.000 en total. Sin embargo, la tensión fue aún mayor. Las fuerzas del orden cerraron los diferentes puntos de acceso a la plaza para impedir la salida y utilizaron nuevamente granadas lacrimógenas y cañones de agua. Algunos manifestantes también lanzaron objetos y fuegos artificiales hacia la Policía.
Ese día, los gremios de secundaria mantuvieron una reunión con el gobierno, que propuso proveer 3.000 profesores suplentes para 514 liceos. Además, múltiples asociaciones de las universidades sostuvieron asambleas para valorar con qué acciones continuar. Los estudiantes de Sciences Po mantuvieron su reunión en la Square Maurice Gardette, para deliberar sobre cómo continuar. Debajo del quiosco de la plaza, los presentes se sentaron en una ronda para plantear sus propuestas y sacudían las manos para mostrar apoyo a las intervenciones de otros. Se discutió la situación de los gases lacrimógenos, qué hacer de cara a la Asamblea Nacional, entre otras medidas de lucha. Una mujer se acercó a ofrecer su apoyo y repartir ampollas para calmar el ardor por los gases lacrimógenos. Los militantes decidieron realizar un bloqueo el 9 de octubre en solidaridad con los liceales, pero esto se vio trunco porque Sciences Po París canceló todas las actividades presenciales hasta ayer. En esta universidad, algunos docentes se encuentran en una encrucijada entre evitar que las clases interrumpan las movilizaciones, y las demandas de la universidad de que den clases con normalidad pero en modalidad virtual (muchas veces en horarios que coinciden con actividades de protesta).
¿Quinto acto?
El martes, los gremios estudiantiles convocaron a marchar hacia Place d’Italie, en el marco del primer debate de la Asamblea Nacional sobre presupuesto. Las asociaciones estudiantiles reclaman 10.000 millones de euros para un Plan de Emergencia dirigido a la educación. Mientras tanto, permanece abierta hasta el 23 de octubre la plataforma Ágora, donde el gobierno recibe quejas y propuestas. En las primeras 24 horas la plataforma recibió 30.000 aportes, según la prensa francesa, y el gobierno espera presentar oficialmente las primeras medidas a fines del presente mes. Recientemente el gobierno anunció que habrá 3.000 profesores suplentes en el marco de las demandas estudiantiles. La UNEF, la asociación estudiantil más antigua en Francia, declaró que es un primer paso, pero que no hará frenar las movilizaciones estudiantiles.
Desde el comienzo de las protestas ya son casi 6.900 las personas que han pasado por comisarías, el 86% menores. En este marco, Unicef pidió a las autoridades francesas una desescalada de la violencia, la protección de los menores y el respeto del derecho a manifestarse pacíficamente. Por el momento, no parece haber una salida clara al conflicto pese a los avances; el gobierno continúa procesando posibles medidas, mientras que el movimiento estudiantil exige un accionar inmediato. Francia tendrá elecciones en abril del próximo año, y el conflicto se ha vuelto un punto de tensión entre estudiantes y el gobierno, y también entre la izquierda y el oficialismo, especialmente a partir de la escalada represiva.
