La ofensiva estadounidense contra Irán no busca ocupar el país ni provocar un colapso del régimen, sino forzar un cambio de comportamiento mediante presión militar y golpes selectivos contra su cúpula. Washington apuesta a que el debilitamiento de los sectores duros fortalezca a los pragmáticos del régimen y abra la puerta a una recomposición estratégica con Estados Unidos.
Como predijimos hace algunos días, a la luz de la continua intransigencia del régimen –su negativa a comprometerse para poner fin al enriquecimiento de uranio y a negociar límites a su programa de misiles balísticos–, Irán se enfrentaba “al riesgo de un ataque militar que podría crear una situación que amenace a todo el régimen, y que en última instancia podría conducir a la salida de Jamenei del poder de una forma u otra”. Concluimos que el inminente ataque estadounidense estaba “planeado para apuntar específicamente contra Alí Jamenei, junto con los jefes de los sectores duros de la cúpula iraní, con la esperanza de que su eliminación allane el camino para la sumisión de Teherán a los deseos de Washington”.
También explicamos cómo el enfoque de Donald Trump hacia Irán se inscribe en el marco de la estrategia que implementó con éxito en Venezuela, que se centra en “cambiar el comportamiento del régimen” más que en “cambiar al régimen” mismo, como la administración de George W Bush buscó hacer invadiendo Irak en 2003 (véase “Estados Unidos: una vieja-nueva doctrina imperial”, Le Monde diplomatique, febrero de 2026). Sin embargo, una diferencia significativa entre Venezuela e Irán es que Washington tenía conexiones con figuras clave dentro del régimen venezolano y creía que cumplirían sus demandas una vez sometidas a una intensa presión y tras la eliminación de su presidente, Nicolás Maduro, mediante un secuestro. En Irán, por el contrario, el régimen ejerce un control y una supervisión mucho más estrictos sobre sus principales figuras, lo que hace que el riesgo de que alguna de ellas alcance un acuerdo entre bastidores con Washington sea mucho menor. Además, secuestrar al líder supremo de la República Islámica de Irán no era una opción factible, y eliminarlo por sí solo habría sido en cualquier caso insuficiente para alterar la trayectoria del régimen.
Por esta razón, la operación estadounidense contra Irán es mucho más grande y compleja que la que tuvo como objetivo a Venezuela. ¿Cuál es, entonces, el objetivo de la administración Trump en Irán? Conviene repetir que no se trata de un “cambio de régimen”, pese a la insistencia de quienes no logran comprender la enorme diferencia entre esa política –como la ejemplificada por la ocupación de Irak– y operaciones militares a gran escala. La actual embestida no va acompañada de ninguna intención de ocupar Irán (incluso suponiendo que tal ocupación fuera posible, dado que requeriría un esfuerzo militar más parecido a las guerras de Corea y Vietnam que a la ocupación de un Irak mucho más debilitado en 2003 –algo que la administración estadounidense no es políticamente capaz de emprender ni está dispuesta a hacer–). Todo lo que Trump hizo hasta ahora parece coherente con el enfoque descrito más arriba, incluso hasta el punto de tranquilizar a la columna vertebral del régimen iraní –la Guardia Revolucionaria–, asegurando que les garantiza “inmunidad total” si detienen la guerra y se someten a la voluntad de Washington.
La ofensiva estadounidense contra Irán no busca ocupar el país ni provocar un colapso del régimen, sino forzar un cambio de comportamiento mediante presión militar y golpes selectivos contra su cúpula.
Esto sugiere que la apuesta de Washington en Irán descansa en la esperanza más que en la certeza, a diferencia de sus cálculos en Venezuela. La administración Trump apuesta a que una presión militar abrumadora, combinada con la eliminación de varios dirigentes –incluido el jefe de Estado–, inclinará la balanza a favor de los “moderados” pragmáticos y no ideológicos. Se trata de figuras que creen que preservar el régimen de los mulás ahora requiere abandonar la postura de “resistencia” y “firmeza”, renunciar a las ambiciones expansionistas regionales y perseguir una apertura política y económica hacia Estados Unidos. Tal cambio, creen, devolvería a Irán a una senda de desarrollo económico para la cual posee un potencial considerable. También prolongaría la vida del régimen y disminuiría la oposición popular, especialmente si fuera acompañado por un alivio significativo de la represión que pesa sobre la vida cotidiana, en particular sobre las mujeres. El cerco se estrechó alrededor del régimen de los mulás hasta el punto de que ya no puede continuar por su curso anterior, a menos que los sectores duros opten por transformar el país en una dictadura absoluta, aislada y empobrecida, similar a Corea del Norte. Ese escenario no puede descartarse, por supuesto, aunque el pueblo iraní se mostró mucho menos susceptible al adoctrinamiento y la sumisión que la población de ese desafortunado país.
Aquí reside la diferencia fundamental entre los objetivos de la administración Trump en Irán y los del gobierno sionista (en realidad, del Estado sionista). Netanyahu llamó repetidamente al pueblo iraní a derrocar al régimen y expresó abiertamente su deseo de la restauración de la dinastía Pahlavi, que fue derrocada por la Revolución iraní de 1979, representada por Reza Pahlavi, hijo del depuesto sha. Washington, sin embargo, no respaldó al hijo del sha, del mismo modo que no apoyó al liderazgo opositor venezolano, al considerar que ambos eran incapaces de gobernar sus respectivos países. Su objetivo principal es que el régimen iraní, con sus estructuras centrales intactas, coopere con Estados Unidos en líneas similares a las de los otros aliados regionales de Washington. Teme el colapso del régimen, reconociendo que tal desenlace probablemente conduciría al caos armado y a la fragmentación, produciendo una inestabilidad extrema en la región del Golfo –un resultado completamente contrario a los intereses de Washington, e incluso a los intereses personales y familiares de Trump (por no mencionar los de las familias Kushner y Witkoff)–.
Por el contrario, el gobierno sionista favorece tal colapso, que se alinea con el antiguo plan sionista de fragmentar todo Medio Oriente (véase “Revivir el proyecto sionista de fragmentar el Oriente árabe”, 22 de julio de 2025) y reforzaría la imagen del Estado de Israel como “una villa en la jungla”, como lo describió en una ocasión el ex primer ministro israelí Ehud Barak, quien –tomando prestado el léxico colonial y haciéndose eco del fundador del sionismo moderno, Theodor Herzl– prometió que el “Estado de los judíos” que imaginaba sería “un puesto avanzado de la civilización frente a la barbarie”. Mientras tanto, el Estado sionista superó a todos los demás estados de la región en barbarie mediante la guerra genocida que libró –y continúa librando– en Gaza.
Gilbert Achcar es profesor de Estudios del Desarrollo y Relaciones Internacionales en la Universidad de Londres. Este artículo fue publicado originalmente en Jacobin.