Hace pocos días estuvo en Montevideo el expresidente colombiano Ernesto Samper, quien ejerció el cargo entre 1994 y 1998. Más cerca en el tiempo, Samper fue secretario general de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) entre 2014 y 2019, un rol desde el cual intentó desarrollar uno de los ejes de su actividad política en la actualidad: la integración regional. Sobre este y otros temas, Samper habló con la diaria.
Actualmente, el contexto caótico por el que pasa el mundo encuentra a América Latina completamente desintegrada, con sus instituciones cada vez más debilitadas. ¿Cómo evalúa ese proceso?
Creo que es un fenómeno universal. El presidente Donald Trump dio una patada en la mesa del tablero mundial y ahora lo que tenemos que hacer desde cada región es pensar cómo lo reconstruimos. Porque esta política de devolverles América a los estadounidenses tiene unos desarrollos muy agresivos, como por ejemplo el caso de la subida de los aranceles a nuestras exportaciones, el tratamiento a los migrantes en Estados Unidos, la supresión de los fondos de Usaid (Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional) en América Latina. Pero también creo que eso es una oportunidad para que, por ejemplo, en el caso de los aranceles, revisemos los acuerdos de libre comercio que teníamos suscritos con Estados Unidos.
En ese contexto, ¿por dónde pasa la integración de América Latina? Por ejemplo, hace pocas semanas fue la cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) en Bogotá. Solamente tres presidentes estuvieron presentes, de los 33 países que integran el organismo. En la reunión ni siquiera se pudo sacar una resolución sobre la situación de Cuba. ¿Qué piensa al respecto?
Pues coincido con la versión un poco pesimista de que nunca había sido tan importante la integración en la región como ahora y que nunca habíamos estado tan desintegrados. Ahora, ¿con qué tiene que ver eso? Pues con unas olas de la diplomacia ideológica que se están siguiendo en la región, que hacen que las relaciones internacionales entre los países no sean entre estados, como debería ser, sino entre gobiernos. Entonces yo le pregunto a un gobierno si es amigo o no ideológicamente para saber si tengo o no y si puedo tener o no buenas relaciones. Y lo mismo hace Estados Unidos, que ha dividido al mundo entre los países amigos y enemigos. La mejor prueba de esto es la reciente cumbre de lucha contra el narcotráfico (el denominado Escudo de las Américas), donde dejaron por fuera a Colombia, a México y a Brasil, que son tres protagonistas excluyentes del problema del narcotráfico en la región. Es como hacer un congreso mundial de quesos al que no invitan ni a Francia, ni a Suiza, ni a Holanda. Creo que esto es prueba de que esta polarización ideológica que estamos viviendo, de la cual la diplomacia ideológica es un subproducto, es lo que explica por qué estamos en este momento, no solamente desintegrados, sino con muchas dificultades para volvernos a integrar.
Estados Unidos en los últimos meses ha intensificado su intervencionismo en América Latina. La intervención en Caracas que terminó con la captura de Nicolás Maduro fue un hecho que mostró un cambio total de reglas. Ahora la presión a todo nivel sobre Cuba es cada vez mayor. ¿Cómo evalúa este proceso?
Tal vez hay que hacer un contexto muy breve para contestar a esta pregunta. En 1945, cuando se reunieron todos los países después de la guerra para pactar unos términos de convivencia, se acordaron por lo menos tres principios fundamentales que deberían garantizar esta convivencia planetaria. Primero, la solución pacífica a las controversias. Segundo, la no intervención en los asuntos internos de los estados. Y tercero, el respeto al derecho internacional. Lo que hemos visto durante estos últimos meses es que nos estamos saltando esos principios de convivencia y que están siendo reemplazados por unos apetitos hegemónicos que no veíamos desde hace más de medio siglo.
Esta posibilidad de hacer invasiones territoriales para secuestrar presidentes o lo que se terminó convirtiendo en un genocidio de Gaza, o que todos tengamos que pagar con el aumento de los precios de la gasolina por el cierre del estrecho de Ormuz, dejó claro que hay un cambio en las reglas de juego y han aparecido aquí unas propuestas hegemónicas, violentas, que no veíamos desde hace mucho tiempo. El de Cuba es un caso dramático. Cuba es un país heroico, realmente ha resistido durante 50 años un bloqueo sistemático en todas sus posibilidades de progreso, y ahora pretenden darle el golpe final, el nocaut.
Esto creo que esperamos que no se vaya a dar. Trump abandonó los principios, abandonó la ética y la reemplazó por la violencia. Aquí no estamos viviendo la fuerza de la razón, sino la razón de la fuerza. Y el presidente Trump, como otros mandatarios del mundo, como en el caso de Israel, ha encontrado en la fuerza las posibilidades de conseguir sus fines internacionales abandonando estos principios que de alguna manera nos reunían a todos.
Hablemos un poco de Colombia. ¿Cómo evalúa el gobierno de Gustavo Petro?
Yo creo que razonablemente bien. Hay que tener en cuenta tres premisas fundamentales para entender lo que está pasando en Colombia. La primera es que hace 200 años que no había un gobierno de izquierda; eso es muy importante en el país. La segunda, que Petro ha logrado meter gente nueva en la política y en el gobierno. Muchos de los que han sido funcionarios del gobierno de Petro, algunos con problemas, como hemos tenido todos los gobiernos en nuestros mandatos, no hubieran tenido ninguna oportunidad de llegar a gobernar si no hubiera sido por la oportunidad que nos dio Petro. Y eso me parece que para el país es sano. Y el tercer elemento es que, a pesar de todas las discusiones, Petro no se ha metido con la institucionalidad.
Hace tres años, en Colombia decían que podía concretarse una reelección de Petro cambiando las normas constitucionales, que iba a expropiar, que iba a perseguir a ciertos sectores, pero nada de eso ha sucedido. Yo creo que esos son tres legados que deja Petro, digamos, como beneficiosos para el país. Tanto que hoy día lo que se juega en las próximas elecciones es el resultado de una polarización entre los que quieren que les devuelvan el país, entre comillas, y los que queremos que el país siga cambiando.
Así de sencillo. Esta no es una elección como otras elecciones de Colombia, que consistían en encontrar un gris entre el negro y el blanco. No. Aquí vamos a escoger entre si regresamos al país de hace unos años con la gente que lo manejaba, con las élites que se beneficiaban de ellos, o si vamos realmente a seguir cambiando el país con todas las dificultades que tiene.
En ese sentido, si bien faltan todavía más de dos meses para las elecciones, ¿cómo ve la candidatura oficialista, la de Iván Cepeda? ¿Tiene posibilidad de ganar?
Iván Cepeda es una persona que ha dado muestras, a lo largo de su carrera pública, de una serie de valores que creo que el país necesita y aprecia.
Primero, ha sido un defensor aguerrido de la paz y de las salidas políticas al conflicto armado, con todo lo que eso implica en Colombia. La defensa de las víctimas, la justicia restaurativa, la presencia social del Estado en las zonas de guerra. Creo que eso es toda una propuesta de la que él ha sido uno de sus mayores defensores.
Segundo, ha sido también un líder de la moralización y de la lucha contra la corrupción. No es que se pueda reivindicar, pero sus diferencias con el expresidente [Álvaro] Uribe, que son muchas y muy profundas, las ha manejado a través de los canales institucionales, a través de los jueces, es decir, no se ha saltado para el resto, no han sido denuncias políticas, sino realmente denuncias orgánicas que parece que le dan una autoridad.
Y tercero, creo que es una persona de una reconocida honestidad personal.
Creo que esas son virtudes que la gente tendrá en cuenta.
¿Piensa que, como pasó el año pasado en Honduras y en menor medida también en las elecciones de medio mandato de Argentina, puede haber una injerencia de Estados Unidos, directa o indirecta, en la campaña electoral colombiana?
Sin ninguna duda. Creo que América Latina vive un proceso de derechización muy preocupante. No hablo de conservadurismo en el sentido de que haya otro tipo de valores que estén llegando, sino de un proceso de fascistización. Estamos yendo hacia unos sistemas autocráticos, estamos legitimando la violencia como forma de resolver nuestras diferencias, pero sobre todo estamos renunciando a las posibilidades de integrarnos nosotros, aceptando que se mantenga el concepto de que todos tenemos que sintonizar los intereses de nuestros países con los intereses de Estados Unidos. Eso lleva a dos conclusiones muy importantes. La primera es que si el señor Trump está revisando de facto sus relaciones con los países, persiguiendo a Cuba, persiguiendo a Venezuela, amenazando a Panamá, tratando de anexar Canadá y además prestándoles una valiosa ayuda a sus amigos que están en trances electorales, con lo cual rompe el principio de neutralidad de la democracia, como es el caso que tú mencionabas de Honduras, lo que está haciendo con Bolsonaro en Brasil, lo que hizo con la derecha en Chile, pues todo eso lo que está indicando es que tenemos que revisar el sistema interamericano. Dicho de otra manera, ¿qué hacemos nosotros metidos en la OEA [Organización de Estados Americanos] legitimando esta política intervencionista, violenta, hegemónica? Yo creo que la OEA debe ser revisada, así como todos los mecanismos del viejo sistema interamericano. ¿Para qué la Escuela de las Américas? ¿Para qué el BID [Banco Interamericano de Desarrollo]? Todos los mecanismos que existían del sistema interamericano para sintonizar nuestra política con la política de Estados Unidos, a la luz de este nuevo comportamiento, tienen que ser revisados.
Hablando de un tema que surgió en los últimos días, ¿qué le parece la decisión del gobierno chileno de José Antonio Kast de retirar el apoyo a la candidatura de Michelle Bachelet para la secretaría general de la Organización de las Naciones Unidas?
Es un acto de ceguera histórica del nuevo gobierno. Todos sabemos cuáles son los antecedentes del presidente Kast y cuál era su relación cercana con el régimen de [Augusto] Pinochet. Y yo aquí creo que le están pasando una cuenta de cobro ideológica a la expresidenta Bachelet. Dicho eso, y por el conocimiento personal que tengo de ella, creo que es la persona más preparada para manejar un cambio en las Naciones Unidas que se tiene que dar.
Y es la más preparada porque ha tenido la oportunidad de desempeñar cargos tan importantes como el alto comisionado de Derechos Humanos, la política de ONU-Mujer, y también por el hecho de ser mujer. Porque aquí lo que se está reivindicando, además de que sea una región y de que América Latina debería volver a tener la posibilidad de manejar las Naciones Unidas, es que sea encabezada por una mujer, porque nunca ha sido una mujer secretaria general de Naciones Unidas. Y aquí cito una frase de [Gabriel] García Márquez para avalar este tema: él decía que el único cambio importante que le falta por probar al mundo, después de todos los cambios que ha hecho y con los que ha fracasado, es que sea gobernado por una mujer.